
El rey demuestra una alegría extravagante

Probablemente, habían alojado a Ana Bolena en las llamadas Habitaciones Reales, en la Guardia Interior, hacia el sur de la Torre Blanca que había ocupado antes de su coronación, pues eso le había prometido Sir William Kingston. Sin embargo, el ambiente no era tan asfixiante como era de esperar. Se sabe que las circunstancias de su arresto no eran tan penosas. Tomaba sus comidas con el contestable, como era costumbre que hicieran los prisioneros de Estado, y la presencia de cuatro o cinco damas para atenderla era una señal reveladora que todavía se dirigían a ella como reina.
Como era lógico, Ana Bolena manifestaba un gran abatimiento por la inquietud de su viaje y a la vez terror al verse encerrada en la Torre. Siempre había demostrado un carácter nervioso, una dama que con facilidad se entregaba a la ira o a las lágrimas. Daba la impresión que la reina se había hundido por completo. Kingston hizo saber a Cromwell de que ella pasaba constantemente de la risa al llanto, tal y como había revelado en su recibimiento en la Torre. Además, sus palabras se volvieron turbadoras y sin sentido.


Sin embargo, las damas que la cuidaban registraron cuidadosamente sus palabras. Ana se referiría más tarde a esas mujeres con indignación como a sus "guardianas". Seguramente, eran mujeres más leales ante el rey ( y a Cromwell) que a su señora: una de ellas era la tía de Ana, lady Shelton, que había ocupado el puesto de gobernanta de la princesa Elizabeth; también estaban lady Kingston y la señora Margaret Coffin, esposa del Maestro del Caballo de la soberana, y cierta señora Stoner. Se sabe que la señora Coffin compartía dormitorio con la reina. Una de las obligaciones primordiales de estas damas era la de transmitir todo cuanto decía Ana al contestable y en definitiva a Cromwell.
A pesar de padecer momentos de total desespero, aún tuvo fuerzas de solicitar el sacramento de la Eucaristía en su gabinete, pues deseaba orar. "Estoy limpia de la mancha de que se me acusa - dijo a Kingston -, y soy fiel esposa del rey". Otra noche dominada por la desesperación, al ver pasar al contestable de la Torre lo interrogó: "Maestro Kingston, ¿voy a morir sin que se me haga justicia? "Hay justicia hasta para el súbdito más pobre del rey" - le respondió el contestable. De repente, Ana emitió unas sonoras carcajadas.
El jurado se reúne para dictar una sentencia
Se reunió un jurado procedente de Kent y Middlese, lugares en donde se suponía que había sido cometidos aquellos delitos de adulterio. Los acusados se presentaron ante Cromwell, en Westminster Hall, el día 12 de mayo, decidiéndose además que Ana y su hermano serían juzgados, en virtud de su rango, en la gran sala de la Torre por veintiséis pares del reino, tres días después.
Los cargos que imputaban a Smeaton, Norris, Weston y Brereton eran en su mayoría inverosímiles: por ejemplo, que la reina cometió adulterio con Norris pocas semanas después del nacimiento de la princesa Elizabeth; en una época que se tenía por costumbre que la soberana permaneciera aislada en Greenwich antes de la ceremonia religiosa oficial con la cual una mujer volvía al mundo después del alumbramiento.
Cranmer había quedado estupefacto cuando se enteró de lo que había sucedido a Ana y algunos de los cortesanos. "Estoy asombrado - escribió al rey -, pues jamás mujer alguna mereció mi buena opinión tanto como la reina. Por otra parte, no creo que Vuestra Alteza hubiese ido tan lejos, como lo ha hecho, si no estuviera convencido de que existe culpabilidad...Yo la he amado mucho porque creí observar en ella un gran amor hacia Dios y los Evangelios".
Cranmer compuso esta misiva y la mantuvo en su posesión hasta después de ser interrogado por la Comisión; y en vista de lo dicho allí, añadió una postdata habilidosa en la que decía: "Siento que puedan probarse como ciertas las acusaciones lanzadas contra la reina". Ana lo había protegido siempre. Su nombramiento como Arzobispo de Canterbury se debía a la importante misión de conseguir la anulación del matrimonio de Enrique y Catalina para luego casarla legalmente con el rey.
La calculadora y cobarde actitud de Crammer influyó, sin duda, en la conducta de Smeaton al comparecer ante el jurado. Mark finalmente admitió ante todos su culpabilidad por el delito de adulterio. Norris, Weston y Brereton lo negaron, y los cuatro fueron igualmente condenados a muerte. Las normas jurídicas durante el reinado de Enrique VIII no autorizaban la comparecencia de abogados defensores si los cargos eran de traición. Los cuatro hombres fueron sentenciados a morir en Tyburn con las penalidades extremas de la ley: ser destripados en vida, castrados y luego desmembrados.
Continuará...
Bibliografía:
Fraser, Antonia: Las seis esposas de Enrique VIII, Ediciones Web, Barcelona, 2007.
Hackett, Francis: Enrique VIII y sus seis mujeres, Editorial Juventud S.A., Barcelona, 1975.
Weir, Alison: Enrique VIII el rey y la corte, Círculo de Lectores, Barcelona, 2004.











