martes 28 de diciembre de 2010

Los últimos días de Ana Bolena: 10ª Parte

El rey demuestra una alegría extravagante

Cierta noche, Enrique cenó en casa de John Kite, obispo de Carlisle, y sin disimulo alguno, "mostró una alegría extravagante", mientras comía en compañía de varias damas. Parecía completamente impasible a la tragedia que se avecinaba. El obispo anfitrión relató después lo sucedido a Chapuys alegando que el monarca le había dicho que creía que más de cien hombres "habían tenido que ver" con la reina, y dijo que durante mucho tiempo había esperado los resultados de estas aventuras. Se percató también que Enrique VIII sacó del pecho un librillo escrito de su puño y letra, pero el obispo no pudo leer el contenido. Es posible que se tratara de ciertas baladas que el mismo rey había compuesto, de las cuales Ana y su hermano George se habían burlado por considerarlas estúpidas.


"La dama de la Torre"

Probablemente, habían alojado a Ana Bolena en las llamadas Habitaciones Reales, en la Guardia Interior, hacia el sur de la Torre Blanca que había ocupado antes de su coronación, pues eso le había prometido Sir William Kingston. Sin embargo, el ambiente no era tan asfixiante como era de esperar. Se sabe que las circunstancias de su arresto no eran tan penosas. Tomaba sus comidas con el contestable, como era costumbre que hicieran los prisioneros de Estado, y la presencia de cuatro o cinco damas para atenderla era una señal reveladora que todavía se dirigían a ella como reina.


Como era lógico, Ana Bolena manifestaba un gran abatimiento por la inquietud de su viaje y a la vez terror al verse encerrada en la Torre. Siempre había demostrado un carácter nervioso, una dama que con facilidad se entregaba a la ira o a las lágrimas. Daba la impresión que la reina se había hundido por completo. Kingston hizo saber a Cromwell de que ella pasaba constantemente de la risa al llanto, tal y como había revelado en su recibimiento en la Torre. Además, sus palabras se volvieron turbadoras y sin sentido.






Sin embargo, las damas que la cuidaban registraron cuidadosamente sus palabras. Ana se referiría más tarde a esas mujeres con indignación como a sus "guardianas". Seguramente, eran mujeres más leales ante el rey ( y a Cromwell) que a su señora: una de ellas era la tía de Ana, lady Shelton, que había ocupado el puesto de gobernanta de la princesa Elizabeth; también estaban lady Kingston y la señora Margaret Coffin, esposa del Maestro del Caballo de la soberana, y cierta señora Stoner. Se sabe que la señora Coffin compartía dormitorio con la reina. Una de las obligaciones primordiales de estas damas era la de transmitir todo cuanto decía Ana al contestable y en definitiva a Cromwell.

A pesar de padecer momentos de total desespero, aún tuvo fuerzas de solicitar el sacramento de la Eucaristía en su gabinete, pues deseaba orar. "Estoy limpia de la mancha de que se me acusa - dijo a Kingston -, y soy fiel esposa del rey". Otra noche dominada por la desesperación, al ver pasar al contestable de la Torre lo interrogó: "Maestro Kingston, ¿voy a morir sin que se me haga justicia? "Hay justicia hasta para el súbdito más pobre del rey" - le respondió el contestable. De repente, Ana emitió unas sonoras carcajadas.



El jurado se reúne para dictar una sentencia

Se reunió un jurado procedente de Kent y Middlese, lugares en donde se suponía que había sido cometidos aquellos delitos de adulterio. Los acusados se presentaron ante Cromwell, en Westminster Hall, el día 12 de mayo, decidiéndose además que Ana y su hermano serían juzgados, en virtud de su rango, en la gran sala de la Torre por veintiséis pares del reino, tres días después.

Los cargos que imputaban a Smeaton, Norris, Weston y Brereton eran en su mayoría inverosímiles: por ejemplo, que la reina cometió adulterio con Norris pocas semanas después del nacimiento de la princesa Elizabeth; en una época que se tenía por costumbre que la soberana permaneciera aislada en Greenwich antes de la ceremonia religiosa oficial con la cual una mujer volvía al mundo después del alumbramiento.

Cranmer había quedado estupefacto cuando se enteró de lo que había sucedido a Ana y algunos de los cortesanos. "Estoy asombrado - escribió al rey -, pues jamás mujer alguna mereció mi buena opinión tanto como la reina. Por otra parte, no creo que Vuestra Alteza hubiese ido tan lejos, como lo ha hecho, si no estuviera convencido de que existe culpabilidad...Yo la he amado mucho porque creí observar en ella un gran amor hacia Dios y los Evangelios".



Cranmer compuso esta misiva y la mantuvo en su posesión hasta después de ser interrogado por la Comisión; y en vista de lo dicho allí, añadió una postdata habilidosa en la que decía: "Siento que puedan probarse como ciertas las acusaciones lanzadas contra la reina". Ana lo había protegido siempre. Su nombramiento como Arzobispo de Canterbury se debía a la importante misión de conseguir la anulación del matrimonio de Enrique y Catalina para luego casarla legalmente con el rey.

La calculadora y cobarde actitud de Crammer influyó, sin duda, en la conducta de Smeaton al comparecer ante el jurado. Mark finalmente admitió ante todos su culpabilidad por el delito de adulterio. Norris, Weston y Brereton lo negaron, y los cuatro fueron igualmente condenados a muerte. Las normas jurídicas durante el reinado de Enrique VIII no autorizaban la comparecencia de abogados defensores si los cargos eran de traición. Los cuatro hombres fueron sentenciados a morir en Tyburn con las penalidades extremas de la ley: ser destripados en vida, castrados y luego desmembrados.

Continuará...


Bibliografía:

Fraser, Antonia: Las seis esposas de Enrique VIII, Ediciones Web, Barcelona, 2007.

Hackett, Francis: Enrique VIII y sus seis mujeres, Editorial Juventud S.A., Barcelona, 1975.

Weir, Alison: Enrique VIII el rey y la corte, Círculo de Lectores, Barcelona, 2004.

viernes 24 de diciembre de 2010

A Tudor Christmas


Estimados Lectores,


Admito que este año no ha sido tan prolífero con respecto a los artículos publicados. Siento haceros saber que varias obligaciones me han mantenido alejada del blog, más de lo que yo preveía. Espero que el próximo año pueda satisfacer con creces vuestras curiosidades históricas y revelar más a menudo datos interesantes sobre diversos personajes del Universo Renacentista. Siempre habrá un lugar reservado para Ana Bolena, Enrique VIII, Elizabeth I, Luisa de Saboya, Francisco I, Juana de Castilla, Felipe el Hermoso, Cesar y Lucrecia Borgia, Sancha de Aragón, Elizabeth Woodville, Eduardo IV y muchos otros más. Pero sobretodo, sois vosotros, mis lectores, lo que proporcionais alegría a esta corte. ¡Que sería de un palacio sin el bullicio y el exuberante alborozo de los cortesanos! ¡Mil gracias a todos por vuestros comentarios y visitas!



Os deseo de todo corazón una Feliz Navidad en compañía de vuestros seres queridos y un Próspero Año 2011 lleno de felicidad, prosperidad, paz, salud y grandes éxitos.

Un abrazo,


Lady Caroline
Los Líos de la Corte




Para finalizar os pongo un video de la tercera temporada de "The Tudors". Me complace mucho verlo ya que se contempla finalmente toda la familia de Enrique VIII reunida. Por fin, arregló las diferencias con sus hijas, María y Elizabeth gracias a la amabilidad y tacto de Jane Seymour.






viernes 17 de diciembre de 2010

Luis XII rey de Francia, Francisco, ¿el nuevo duque de Orleáns?





Luisa de Saboya, grabado realizado en el siglo XIX por Paul Lehugeur

Luisa de Saboya se lanzó al ataque. Ahora que Luis, el primo de su marido, era ya rey de Francia habría que sacar la mayor ventaja posible de la situación. Deseaba vehementemente que se le otorgara el ducado vacante de Orleáns para Francisco. La paciente y perseverante condesa viuda arregló prontamente sus asuntos, y se dispuso a emprender un viaje a París para felicitar a Luis XII. Para darle fuerza en esos momentos tan decisivos, la acompañó su supuesto amante, el chambelán Juan de Saint-Gelais, mientras tanto, la que fuera querida de su marido, Juana de Polignac, permanecería en casa cuidando de los niños.

De repente, comenzaron a circular extrañas habladurías. Era cierto que la corona debería recaer sobre Luis de Orleáns, aunque también era conocido por todos que su figura estaba apartada del partido dominante del consejo. Además, en tiempos no tan lejanos el duque de Orleáns había sido considerado un rebelde y un traidor. ¿Todavía era posible conspirar contra él? se preguntó Luisa. Si bien que la idea se le pasó por la mente, no era muy conveniente obrar así ya que Francisco era apenas un niño de cuatro añitos, demasiado joven para que los partidarios de Luisa hubieran arriesgado arrebatar la corona a Luis para dársela a él.

A Luisa le daba la sensación que el nuevo rey no viviría demasiado. Luis XII contaba entonces con treinta y seis años y las enfermedades habían ya apoderado su cuerpo. Sus grandes pesares en Novara, y su larga estancia en la cárcel, a pesar de los deportes de todas clases a que se había dedicado, lo habían precozmente envejecido y deteriorado. Sus ojos eran saltones y brillantes, sus labios gruesos y secos, su cuello muy hinchado por un bocio. Probablemente padecía la enfermedad de Graves. Asimismo, se moderaba mucho en sus comidas, no tomaba más que carne hervida, y a horas fijas, pero le molestaba bastante que alguien se atreviera a presenciar su decaimiento. Cuando le daban achaques, se enojaba y gritaba; sin embargo, tenía fama de ser bastante callado, y cuando su salud se lo permitía, era amable, hablador y franco.






"Libro de la Horas de Luis de Orleáns" (1490)
. Retrato de Luis XII extraído del pasaje donde figura la Creación de Eva.

La presentación de nuevo soberano debía celebrarse con la pompa apropiada. A su predecesor, Carlos VIII, se le haría un entierro brillante, fastuoso, y luego se procedería a la consagración del nuevo rey y a su coronación. Se conmemoraría el suntuoso acontecimiento con fiestas, banquetes, haría su entrada oficial en París.

Luisa en el momento de solicitar el ducado de Orléans para su vástago, digamos que fue relativamente modesta en comparación a otras peticiones que se diligenciaban al mismo tiempo.Ana de Beaujeu, hermana del difunto Carlos VIII, no solamente se presentó ante el nuevo rey para reclamar una dote que en cierta ocasión se le había destinado por razón de un enlace, que nunca había tenido efecto, sino fue más lejos todavía queriendo que se esclareciera su derecho al título de Borbón. Ana de Bretaña, la reina viuda, quería regresar a su amado ducado, acarreando consigo logícamente todo lo que le correspondía.


Ana de Bretaña


Luis XII era un monarca apacible y cauteloso. Antes de otorgar cualquier veredicto, prefirió consultarlo con sus dos mejores consejeros; Jorge de Amboise y el Mariscal de Gié. Aquellos dos caballeros no dudaron en exponer su dictamen. Nombrar a Francisco Duque de Orleáns, hubiera sido el más insignificante de los quebraderos de cabeza del rey, si tenía intención de continuar casado con Juana de Valois sin esperanza de sucesión. Pero ahora viene el más complicado de sus dilemas, ¿qué se haría con el ducado de Bretaña? Luis cuando aún era solo un duque había cortejado a la heredera sin éxito.

Ana de Bretaña era una dama que haría cualquier cosa por su pueblo, a pesar de todo luchaba con mucho empeño por mantener la independencia de su ducado, fuerza y coraje nunca le faltarían. Sin embargo, Luis debería evitar a toda costa que esto ocurriera y la única forma de lograr la anexión de Bretaña a Francia sin duda era casándose con Ana. Aunque había una barrera que no le permitía avanzar en sus propósitos: ¡Luis ya estaba casado!


Continuará...

Bibliografía:

Hackett, Francis: Francisco I, rey de Francia, Editorial Planeta de Agostini, Barcelona, 1995.


http://www.kimiko1.com/research-16th/TudorMen/1490/index.html


http://www.moleiro.com/en/books-of-hours/book-of-hours-of-louis-of-orleans/miniatura/189


http://www.kimiko1.com/research-16th/TudorWomen/1500/index.html


sábado 4 de diciembre de 2010

Los archiduques de Austria atraviesan Francia (2ª parte)





Las villas de Borgoña y de Francia dan la bienvenida a los Archiduques


Con semejante comitiva que acompañaba a los archiduques de Austria, obviamente el viaje tenía que ser lento. Cada villa por donde pasaban o pernoctaban quería homenajear a tan ilustres visitantes. En Mons estuvieron tres días; Doña Juana fue muy agasajada, pues era su primera visita, y la población le obsequió con dos jarras de plata doradas y una copa llena de florines de oro. La parada suposo que tardaran más de una semana en llegar a Valenciennes, donde también fue halagada la princesa de España, que recibió como regalo una palangana y una fuente de plata.

Tras dejar atrás Cambrai, entonces territorio del ducado de Borgoña,
el 16 de noviembre de 1501 alcanzaron la frontera francesa. En San Quintín, región de Picardía, fueron bien recibidos por los principales de la ciudad, quienes les agasajaron con unos espléndidos fuegos artificiales . A continuación, Felipe y Juana fueron hasta la iglesia para besarle la cabeza al santo.




La Basílica de San Quintín hoy en día

Después de tantas bienvenidas siguieron el camino hacía la capital del reino con parada obligada en Saint Denis, panteón real francés, donde escucharon misa cantada por sus chantres y les fueron enseñados los requicarios y sepulturas de los monarcas galos; con especial orgullo les mostraron la "taza de esmeralda allí guardada", ya que sentían por ella un particular aprecio "más que ninguna otra cosa de su tesorería".


Interior de la Basílica de Saint-Denis




Panteón de los monarcas franceses Carlos V (1338-1380) y Juana de Borbón (1338-1378) y de Carlos VI (1368-1422) e Isabel de Baviera (1370-1435).


El recibimiento en París

Al día siguiente, el 25 de noviembre, la comitiva llegó a París. Felipe pretendía impresionar a los parisinos con una entrada triunfal: colocó a doce pajes a caballo, vestidos con terciopelo carmesí, jubones de seda negra con brocados y sombreros blancos, portando bien hachas, bien alabardas. A media legua de la ciudad salieron a recibir a los archiduques las autoridades civiles y religiosas, y después recorrieron las calles para el regocijo del pueblo.



Saludado también por las autoridades de la universidad y del parlamento, el archiduque asistió a un Te Deum en Notre Dame y, como si del soberano se tratara, se le ortorgó el derecho a impartir la justicia.


En suma, fue un grato recibimiento para los archiduques verse colmados de tantas atenciones. Sucedieron también las fiestas con banquetes y bailes en los que participó Doña Juana.

Bibliografía:


Zalama, Miguel Á. Juana I. Arte, poder y cultura en torno a una reina que no gobernó. Centro de Estudios Europa Hispánica, 2010.

http://www.kimiko1.com/research-16th/TudorMen/index.html