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sábado, 9 de febrero de 2013

Entre embajadores y criptoanalistas...






Carpaccio, Vittore: "La llegada de los embajadores ingleses", Año 1498, Gallerie dell'Accademia de Venecia


Los testimonios de los diplomáticos resultan ser siempre una fuente de incalculable valor capaces de acercarnos como por arte de magia a una recóndita y alejada época.  Una "primary source" en toda regla que tenemos la suerte de todavía conservar en diversos archivos. Eran ellos los que redactaban las crónicas y que registraban todo lo que sucedía en los escondrijos de los palacios. Además, gracias a su pluma,  cobran vida todos los acontecimientos y festividades de las cortes reales de entonces, aunque, todo sea dicho, también fueron los responsables de propagar rumores y desvelar controvertidas verdades.

Por ejemplo, ser diplomático en la corte de Enrique VIII tenía sus pros y sus contras. Normalmente eran hombres de buena familia y educados a los que no resultaba fácil intimidar. No era costumbre asignarles alojamiento en  la corte salvo que el monarca así lo ordenara, no obstante se alojaban cerca de la residencia real y todos los gastos pertinentes corrían a cuenta de la corona inglesa. Ya veis que el rey no escatimaba gastos para tener contentos a los embajadores...

Otro cantar era la manutención que recibían de parte de sus señores. Se esperaba de un embajador una presencia que reflejase el status de su gobernante, pero por desgracia la mayoría de los monarcas europeos mantenían a sus diplomáticos a raya, escasos de ingresos y para colmo debían subsistir echando mano de sus propio dinero. Para su consuelo, tenían la suerte que Enrique era un tipo generoso que le gustaba agasajar a todos los embajadores en el momento que regresaban a su país. Ninguno se iba de Inglaterra sin una valiosa vajilla en su baúl.

El día día de un diplomático era una tarea ardua. Sus responsabilidades era muy grandes: debían velar por los intereses de su señor, facilitarles información útil y a menudo confidencial con lujo de detalles y la mayoría de la veces transcrita en códigos, e incluso tenían que resolver situaciones difíciles que exigían el máximo tacto. El problema es que a veces iban más allá de lo que les convenía. Como es nombrado en el artículo anterior, casi todos empleaban espías e informantes para averiguar secretos de estado y también lo que escondían los poderosos del reino. Muchas intervenían en los líos cortesanos y unos cuantos se encontraron en situaciones comprometidas. Ya veis que la inmunidad diplomática no siempre surtía efecto.

Tenemos varios ejemplos que hicieron caso omiso a esa supuesta inmunidad. Pero primero debemos  tener en cuenta que se les consideró desde el principio como espías potenciales. A comienzos del siglo XV, Enrique V de Inglaterra, por ejemplo, ordenó encarcelar a todos los embajadores franceses mientras desarrollaba sus planes de invasión con respecto al país galo. Luego ya en la Era Enrique VIII, vemos el ejemplo del cardenal Wolsey que desconfiaba bastante de los diplomáticos. Una de sus medidas fue ordenar a Sebastiano Giustiniani (enviado de Venecia en la corte inglesa entre 1515 y 1519) que le enseñara sus despachos antes de mandarlos a su señor. En 1524 interceptó la correspondencia del enviado imperial, Louis de Flandre, Sieur de Praet, lo puso bajo arresto domiciliario porque no le gustó lo que leyó y luego exigió que se fuera de Inglaterra.




 El arte de la Criptografía


El uso regular de la criptografía comienza en la Edad Media, con los árabes, y en Europa ello no sucede hasta el Renacimiento. Hasta entonces sólo se empleaba de forma esporádica, sin embargo,  En el siglo XV era una industria floreciente. El resurgimiento de las artes, de las ciencias y de la erudición durante el Renacimiento nutrió el desarrollo de la criptografía mientras que el hervidero de maquinaciones políticas proporcionó los alicientes necesarios para la comunicación secreta. 


Desde muy temprano en la historia se urdieron sistemas de cifrado para proteger la información secreta. Los más simples consistían en sustituir letras por cifras. Al intercambiar las letras de la misiva en series de números o símbolos sin ningún sentido aparente, se lograba preservar la valiosa información. Aunque claro, antes de más nada, había que entregar la clave de la cifra para el descodificado a receptor y emisor. Si tenéis la oportunidad de visitar un día el Archivo General de la Simancas, allí podréis apreciar decenas de documentos cifrados elaborados por el embajador de Isabel la Católica en Inglaterra, el doctor Rodrigo González de la Puebla, y más adelante por el cardenal Granvela, con instrucciones y negociaciones sobre la boda del futuro Felipe II con María Tudor, hija de Enrique VIII.



Nombrado secretario de cifras en Venecia en 1506, el veneciano Giovanni Soro es considerado hoy en día como el padre de la criptografía moderna. Se especializó en la tarea de descifrador de códigos, empleando sus conocimientos a la hora de descubrir los mensajes secretos que capturaban de los espías de los estados extranjeros. Además, Soro tenía la habilidad de romper los códigos que utilizaban las naciones vecinas, entre ellos los de Maximiliano I y posteriormente de Carlos V. En 1510, gracias a su enorme destreza, los otros estados se vieron obligados a reforzar su sistema de comunicación a un nivel mayor de sofisticación. Como resultado,la curia papal lo contrató para que descodificara los mensajes que su propio analista de códigos era incapaz de descifrar. Además, el papa Clemente VII a menudo enviaba misivas codificadas a Soro para que testara su grado de impenetrabilidad.


Cabe destacar también el francés Philibert Babou, criptoanalista del rey Francisco I de Francia. Babou había adquirido la reputación de ser increíblemente persistente, trabajando día y noche e insistiendo durante semanas para descifrar un mensaje interceptado. Desgraciadamente para el pobre Babou, mientras tanto el monarca francés aprovechó para vivir una larga aventura amorosa con su esposa...


Bibliografía:

http://en.wikipedia.org/wiki/Giovanni_Soro

Weir, Alison: Enrique VIII el rey y la corte, Círculo de Lectores, Barcelona, 2004. 

 Jesús J. Ortega Triguero,Miguel Ángel López Guerrero,Eugenio C. García del Castillo Crespo: Introducción a la Criptografía: Historia y Actualidad, Universidad de Castilla la Mancha, 2006.


Espías y Agentes dobles durante la Edad Media, artículo perteneciente a la Revista Historia National Geographic, número 109, diciembre 2012.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Luis XII rey de Francia, Francisco, ¿el nuevo duque de Orleáns?





Luisa de Saboya, grabado realizado en el siglo XIX por Paul Lehugeur

Luisa de Saboya se lanzó al ataque. Ahora que Luis, el primo de su marido, era ya rey de Francia habría que sacar la mayor ventaja posible de la situación. Deseaba vehementemente que se le otorgara el ducado vacante de Orleáns para Francisco. La paciente y perseverante condesa viuda arregló prontamente sus asuntos, y se dispuso a emprender un viaje a París para felicitar a Luis XII. Para darle fuerza en esos momentos tan decisivos, la acompañó su supuesto amante, el chambelán Juan de Saint-Gelais, mientras tanto, la que fuera querida de su marido, Juana de Polignac, permanecería en casa cuidando de los niños.

De repente, comenzaron a circular extrañas habladurías. Era cierto que la corona debería recaer sobre Luis de Orleáns, aunque también era conocido por todos que su figura estaba apartada del partido dominante del consejo. Además, en tiempos no tan lejanos el duque de Orleáns había sido considerado un rebelde y un traidor. ¿Todavía era posible conspirar contra él? se preguntó Luisa. Si bien que la idea se le pasó por la mente, no era muy conveniente obrar así ya que Francisco era apenas un niño de cuatro añitos, demasiado joven para que los partidarios de Luisa hubieran arriesgado arrebatar la corona a Luis para dársela a él.

A Luisa le daba la sensación que el nuevo rey no viviría demasiado. Luis XII contaba entonces con treinta y seis años y las enfermedades habían ya apoderado su cuerpo. Sus grandes pesares en Novara, y su larga estancia en la cárcel, a pesar de los deportes de todas clases a que se había dedicado, lo habían precozmente envejecido y deteriorado. Sus ojos eran saltones y brillantes, sus labios gruesos y secos, su cuello muy hinchado por un bocio. Probablemente padecía la enfermedad de Graves. Asimismo, se moderaba mucho en sus comidas, no tomaba más que carne hervida, y a horas fijas, pero le molestaba bastante que alguien se atreviera a presenciar su decaimiento. Cuando le daban achaques, se enojaba y gritaba; sin embargo, tenía fama de ser bastante callado, y cuando su salud se lo permitía, era amable, hablador y franco.






"Libro de la Horas de Luis de Orleáns" (1490)
. Retrato de Luis XII extraído del pasaje donde figura la Creación de Eva.

La presentación de nuevo soberano debía celebrarse con la pompa apropiada. A su predecesor, Carlos VIII, se le haría un entierro brillante, fastuoso, y luego se procedería a la consagración del nuevo rey y a su coronación. Se conmemoraría el suntuoso acontecimiento con fiestas, banquetes, haría su entrada oficial en París.

Luisa en el momento de solicitar el ducado de Orléans para su vástago, digamos que fue relativamente modesta en comparación a otras peticiones que se diligenciaban al mismo tiempo.Ana de Beaujeu, hermana del difunto Carlos VIII, no solamente se presentó ante el nuevo rey para reclamar una dote que en cierta ocasión se le había destinado por razón de un enlace, que nunca había tenido efecto, sino fue más lejos todavía queriendo que se esclareciera su derecho al título de Borbón. Ana de Bretaña, la reina viuda, quería regresar a su amado ducado, acarreando consigo logícamente todo lo que le correspondía.


Ana de Bretaña


Luis XII era un monarca apacible y cauteloso. Antes de otorgar cualquier veredicto, prefirió consultarlo con sus dos mejores consejeros; Jorge de Amboise y el Mariscal de Gié. Aquellos dos caballeros no dudaron en exponer su dictamen. Nombrar a Francisco Duque de Orleáns, hubiera sido el más insignificante de los quebraderos de cabeza del rey, si tenía intención de continuar casado con Juana de Valois sin esperanza de sucesión. Pero ahora viene el más complicado de sus dilemas, ¿qué se haría con el ducado de Bretaña? Luis cuando aún era solo un duque había cortejado a la heredera sin éxito.

Ana de Bretaña era una dama que haría cualquier cosa por su pueblo, a pesar de todo luchaba con mucho empeño por mantener la independencia de su ducado, fuerza y coraje nunca le faltarían. Sin embargo, Luis debería evitar a toda costa que esto ocurriera y la única forma de lograr la anexión de Bretaña a Francia sin duda era casándose con Ana. Aunque había una barrera que no le permitía avanzar en sus propósitos: ¡Luis ya estaba casado!


Continuará...

Bibliografía:

Hackett, Francis: Francisco I, rey de Francia, Editorial Planeta de Agostini, Barcelona, 1995.


http://www.kimiko1.com/research-16th/TudorMen/1490/index.html


http://www.moleiro.com/en/books-of-hours/book-of-hours-of-louis-of-orleans/miniatura/189


http://www.kimiko1.com/research-16th/TudorWomen/1500/index.html


miércoles, 27 de octubre de 2010

La tenacidad de la condesa viuda de Angulema


La súbita muerte de Carlos de Orleáns, acaecida cuando éste contaba con treinta y seis años de edad, víctima de una pulmonía o pleuresía, es de suponer que fue un auténtico pesar; algunos de sus servidores estaban llorosos y tristes, pero para la joven viuda, que todavía no había cumplido los veinte años, la pérdida de su esposo no representaba un hecho castastrófico por el momento. Sin embargo, si el conde hubiera sobrevivido unos pocos años más, la unión podría haber producido una larga dinastía de vástagos, que hubiera permitido a Luisa disfrutar de un seguridad plena con respecto a la descendencia. Un sólo hijo varón no era garantía de nada,en una época en que la muerte súbita de lo niños era un temor recurrente en cualquier hogar, sea de la plebe o de la nobleza.


En Cognac tenía ardientes partidarios, no obstante, en la corte no disponía de amigos pudientes. Su riqueza era muy limitada. El conde de Angulema, en el testamento no le confiaba a Francisco. Era normal que Luisa de Saboya no se fiaba de las intenciones de los parientes de su difunto marido, razones no le faltaban. Luis de Orleáns, primo hermano de su marido, tenía un aliado que le aconsejaba a que participara activamente en la educación del pequeño Francisco. Era una hábil jugada y de cierta forma previsora. El chico podía un día ser rey de Francia. Moldearlo a su antojo desde el principio, podría llegar a convertirse en una fuente inagotable de poder para el caballero o los caballeros que lo hicieran.

Luis de Orleáns

Luisa no era una dama tímida y complaciente, estaba muy lejos de creer en la buena voluntad y en la tolerancia de sus parientes. En aparencia era una triste viuda apenada, pero en realidad velaba por los intereses de su hijo Francisco, como una leona que defiende a su cría, siempre alerta y con una intuición extraordinaria para preservar del mal a lo que tan suyo era. No representaba sólo el instinto ilimitado de una madre que proteje a su niño, tratábase de una propietaria de un niño varón en cuyo própero destino creía con todas las fuerzas de su ser.

Entonces, reclamó ella el pago de su dote. Era una solución práctica contra Luis de Orleáns que no quería ceder, y estó le valió quedar como guardiana de su hijo. Francisco tendría que ser rey a toda costa, a base de tesón sería capaz de lograr el ansiado triunfo. Teniendo en cuenta que todos los vástagos de Carlos VIII y Ana de Bretaña había fallecido siendo bebés, las posibilidades que su retoño se alzara con el trono eran inmensas. Aunque todo no era un camino de rosas, siempre estaría Luis de Orleáns interponiéndose en su camino.

La incertidumbre de la herencia de su hijo despertaba en ella todos los instintos protectores. Pero las personas que la rodeaban eran, por ahora, leales. Tanto ella como sus satélites, los Saint-Gelais y los Polignac, mantendríanse a su lado contra viento y marea. Ahora le tocaba administrar las tierras que había dejado a su cargo el fallecido conde, Cognac, Angulema, Romorantín y Melle.

Los primeros años de su viudez los pasó en el seno de su familia. Los consejeros de Carlos VIII decidieron que Luis de Orleáns sería tan solo el guardián del niño, comprobaría sus gastos y estaría al tanto de los cambios que sucedieran en la casa. Contrató Luisa de Saboya a Juan de Saint-Gelais como chabelán, y a los Polignac no se les dijo nada. Su causa la absorvía por completo.



El autor de manuscrito iluminado presenta su obra a Carlos VIII, c1475-c1498. Se arrodilla ante el rey y sus cortesanos, y le entrega el libro. El monarca tiene un halcón en una mano. Detrás de ellos, el revestimiento de paredes está decorado con la flor de lis que indica que él es el rey de Francia.



Bibliografía:


Hackett, Francis: Francisco I, rey de Francia, Editorial Planeta de Agostini, Barcelona, 1995.


http://www.heritage-images.com/Preview/PreviewPage.aspx?id=1224936&pricing=true&licenseType=RM

jueves, 7 de octubre de 2010

El hogar de los Angulema y el nacimiento de "Monsieur le Dauphin"

Manuscrito iluminado que posiblemente retrate a Luisa de Saboya ataviada con vestimentas exóticas. Cognac (1496-1498), obra de Octavien de Saint-Gelais (b. 1468-d. 1502). Extraído de la traducción al francés de Epistulae heroidum de Ovidio que fue encargada por la propia Luisa.

El ambiente en el que vivía Luisa de Saboya, según las enseñanzas de Ana de Beaujeu, era realmente inmoral. Pero la culpa se debía a la mismísima duquesa de Borbón,la única responsable por la extraña situación que debía sobrellevar la joven. Ella fue quién casó a Luisa a una muy temprana edad con el licencioso conde de Angulema. Ahora la pobre niña debía aprender a lidiar con las dos amantes de su marido.

Luisa aceptaba con resignación su sufrimiento; deliberadamente permitió que Antoinette de Polignac fuera su amiga. La amante de su marido actuaba como una verdadera madre, no sólo de sus retoños , sino también para con Luisa y sus futuros hijos. Ambas consiguieron, a pesar de tener diversos elementos en contra, convivir sosegadamente sin contratiempos.


Blasón de los Condes de Angulema

Se sabe que Carlos de Orleans, su marido, estaba medio arruinado. Únicamente disponía de diez mil francos de renta, a los que se sumaban los tres mil que aportaba Luísa. No podían permitirse en aquella casa las cacerías, los banquetes y los torneos que se celebraban en el Valle del Loira, el centro de las fiestas reales. En Cognac no tocaba otra que reducir esos gastos desnecesarios. Sus halcones, sus caballos, sus perros de caza eran, sin duda alguna, tan magníficos como su posición requería, aunque este grado de ostentación lógicamente existía para conservar las apariencias.


Castillo de Cognac

Torre del Castillo de Cognac

A los quince años, Luisa de Saboya dio a luz a su primer hijo, una niña, Margarita, el 11 de abril de 1492, quien, según los poetas," nació de una perla" (Margarita proviene del latín, idioma en el que significa "perla").La futura reina de Navarra, sería una de las damas más cultas y refinadas del Renacimiento, además de haber sido una gran impulsora de la Reforma. Al principio, la recién estrenada madre se decepcionó con el sexo del bebe, sin embargo, al haber alumbrado una criatura saludable sabía que en breve llegaría un hijo varón. Y no tardaría demasiado.

Dos años después, nacería Francisco. Por cierto, el parto no pasó para nada desapercibido. Luisa empezó a sentir contracciones un cálido día de verano de 1494, el 12 de septiembre, y prefirió que su hijo viniera al mundo al aire libre. Hizo colocar su cama bajo un enorme olmo del jardín del château fort que defendía la ciudad gascona de Cognac. El torno al lecho se construyó un murete para proveer la la condesa de Angulema un mínimo de intimidad.

El bebe Francisco era grande y saludable que tardó muy poco en nacer y necesitó los servicios de dos damas de cría. Al niño le suministraban mucha leche lo que provocó que creciera hasta convertirse en un gigante. ¡ De adulto decían que medía casi dos metros! Luisa tenía por costumbre llamar a su nuevo retoño "mi césar", un apelativo un poco prematuro ya que en aquel entonces las posibilidades de su marido o hijo alcanzasen el trono de Francia eran más bien remotas.

Aquel mismo verano, las dos amantes de su marido también alumbraron a dos bastardos, en ambos casos sendas niñas. La familia vivió en total siete felices y espléndidos años, hasta el inesperado fallecimiento de Carlos de Orleans, en 1496. La joven condesa viuda de Angulema, a sus dieciocho años, consoló a las amantes y el joven chambelán de su esposo hizo lo mismo con Luisa. Para entonces el padre de Luisa se había convertido en regente de Saboya y ella tenía derecho a utilizar su nombre.



Luisa de Saboya


Bibliografía:

http://www.loc.gov/exhibits/bnf/bnf0004.html

Hackett, Francis: Francisco I, rey de Francia, Editorial Planeta de Agostini, Barcelona, 1995.

Kent, Princesa Michael: Diana de Poitiers y Catalina Medicis, rivales por el amor de un rey del Renacimiento, La Esfera de los Libros, Madrid, 2005.

viernes, 23 de octubre de 2009

La malograda conquista amorosa del delfín Francisco

Retrato de una dama desconocida

El futuro rey Francisco I de Francia, a la tierna edad de quince años, fue invadido por primera vez por un desmesurado amor plátonico, algo irremediable de evitar en los conflictivos años de la adolescencia. Era el año de 1509, y nuestro protagonista se alojaba junto a su madre y hermana en el castillo de Blois. Un cierto día, en la iglesia, sus ojos se cruzaron con una joven morenita clara, pequeña y de espléndidos modales. En ese mismo instante, quedó totalmente cautivado por ella y no descansaría hasta saber quién era esa dama que acababa de robarle el corazón.

El primer paso que llevó a cabo fue relatar sus inquietudes a su confidente hermana Margarita. Ambos recordaban conocerla, solía ir con Margarita para jugar juntas a las muñecas. Supo que su nombre era Françoise y que era cuñada del mayordomo que tenían en Blois, o sea que estaba casado con la hermana de ella, y claro está que Françoise vivía allí, en una de las casas de la plaza. Contaba precisamente dieciséis años, uno más que Francisco. Aunque no era una dama de la corte, Margarita, para complacer a su hermano, decidió invitarla a todas las celebraciones que se dieran en el castillo. Francisco no podía creer que la había conocido en sus años infantiles, y sin embargo, ahora la contemplaba desde una óptica totalmente distinta. Estaba tan apasionado que su hermana no tenía coraje de negarle nada.


Françoise, algo tímida, se percató del efecto que hizó sobre el delfín. Decidió cambiar de sitio en la iglesia, y el joven inmediatamente se movió de su asiento para seguir mirándola sin ningun reparo. De cierta forma, ella en el fondo de su corazón, correspondía a los anhelos del delfín. No obstante, sabía que aventurarse en una relación con un joven de tan alta alcurnia, que incluso podría un día ser rey, no era exactamente lo que más le convenía. Era obvio que para Francisco ella unicamente sería un entretenimiento pasajero y al poco tiempo la abandonaría. Era imposible aquello fuera más allá, ella no era más que una plebeya entre el montón.


Françoise se sintió incomoda ante tantas atenciones y decidió oír misa a otra capilla, pero aquel gesto sólo hizo que se convirtiera en un juego cada vez más excitante para el delfín. No obstante, Francisco no poseía plena libertad para ir en su busca, su madre, Luisa de Saboya, estaba al asecho y vigilando cualquier imprudencia por parte de su vástago. Aquello no era suficiente para detenerse, él nunca se echaba para atrás ante los obstáculos. Viendo que su amada se negaba a dirigirle la palabra, organizó un plan muy osado que le llevaría hasta el dormitorio de la muchacha.



Retrato de Francisco a la edad de 21 años (1515)

El delfín Francisco, cabalgando en su impetuoso córcel, se encaminó hacía la ciudad, y una vez estuvo en la plaza dónde ella vivía, puso el caballo a galope dejándose caer en un hoyo y para colmo en frente a la residencia de Françoise. Los caballeros que le escoltaban lo sacaron de allí repleto de barro. Protestaba por su mala suerte y hasta cojeaba. A pesar su estado impresentable, su hombres no demoraron ni un instante en ayudarlo a subir las escaleras de la casa de su dama y se atrevieron a dejarlo en la cama de la joven, mientras un mensajero se daba prisa en ir en busca de otro traje.


Françoise había contemplado el espectáculo desde una una ventana y se había acelerado a resguardarse en un desván, de dónde fue rapidamente hallada por su cuñado, el mayordomo. La llevaron hasta Francisco y dejaron sola ante él, tremula y agitada. El delfín tendido en la cama, la cogió de la mano.


- ¿Por que huyes de mí? ¿Por qué me torturas, Françoise? Yo no soy malo. Yo no voy a devorarte. ¿Por qué no me dejas que te mire?

Sus súplicas no sirvieron de nada, ella se apartó de él. Toda la población había observado cómo entraba en la casa y nadie creería que no hubiera yacido con él.

-No, Monsieur, no. Lo que deseáis no puede ser. Yo no soy nadie a vuestro lado; antes moriría que acceder a vuestros ruegos.

Francisco empezó a alarmarse. ¿Era posible que ella no le amase?

Dios era testigo de que ella le amaba. - Yo no soy tan estúpida, ni tan ciega, para no ver lo bello, lo atractivo que Dios os ha hecho, y lo feliz que ha de ser la mujer que os ame. Pero...

Se detuvo unos intantes.

- Sería una locura que una persona de mi condición pensara en vos. Podéis explicar vuestra conquista a quien sea; en vuestra propia casa, en donde mis padres servían, he aprendido lo que era el amor. Deseáis una mujer para pasatiempo; en la ciudad encontraréis mucho más bellas que yo, a las que no tendréis que suplicar tanto. No es por falta de amor que huyo de vos. Os amo más que a mi vida, pero no quiero obrar con desacuerdo a mi conciencia.


Francisco afligido continuaba suplicando. Llamaron a la puerta para informarle que su traje nuevo ya estaba listo. Hizo que aguardaran mientras seguía implorando por los favores de la prudente dama. Pero todo fue en vano. El rendido delfín por temor a su madre se apresuró a marchar. Françoise con su corazón deshecho se mantuvo inflexible para conservar su honor.


Pero aún no se daría por vencido. Todo sucedido lo relató a sus ayudantes de cámara y el más viejo de todos le propuso una solución: intentaría comprarla con dinero. Para su infelicidad su secretario era su propia madre, y no podía pedirle dinero sin explicarle el porqué. No sabemos cómo, pero se las arreglaron para conseguir 500 coronas, una suma considerable. El mismo cortesano que le aconsejó las llevo a Françoise. La joven ofendida ante semejante insulto, se negó rutundamente a aceptar tan indignante proposición. El ayudante de camara, enfadado por el comportamiento de Françoise, volvió a su amo diciéndole que aquello era un afrenta contra él y que la insolente dama lo pagaría muy caro. No obstante, Francisco temía demasiado a Luisa de Saboya para recurrir a las violencias.


Pero la historia no termina aqui. Francisco seguía empeñado en conseguirla costara lo que costara, y su siguiente maniobra sería hacérsela suya engañándola. Su próximo plan era que su mayordomo la llevara a la casita que tenía en su viña. Sin embargo, a la hora concertada, cuando el muchacho iba nuevamente en busca de su amada, lo llamó su madre. Quería que sus dos hijos la ayudaran a escoger lo que tenían que colocar en una de las habitaciones que estaban decorando bajo su dirección. Francisco, esforzándose al máximo para parecer amable ante su progenitora, no veía la hora de que llegara su ansiado encuentro con Françoise. Mientras él se encontraba allí, a Françoise la entretenían en la casita del bosque. Cuando finalmente el joven pudo escapar de las garras de su madre y galopó a toda velocidad con su caballo, la muchacha ya no estaba. Había descubierto el engaño y había huído para refugirarse en su casa, decidida a abandonar Blois.

Todavía hubo un último encuentro, el escenario fue otra vez la iglesia. De este vez Françoise no consiguió eludirlo y Francisco aprovechó la ocasión para reprocharle su conducta. Ella se mantuvo firme en sus convicciones, no permitió otra vez que la debilidad la venciera. Fue entonces que Francisco compreendió su derrota y jamás volvió a molestarla.


Bibliografía:


Hackett, Francis: Francisco I, rey de Francia, Editorial Planeta de Agostini, Barcelona, 1995.

González Cremona, Juan Manuel: Amantes de los reyes de Francia, Editorial Planeta, Barcelona, 1996.

lunes, 15 de junio de 2009

Françoise de Foix , Condesa de Châteaubriant: Cuarta y Ultima Parte


El 24 de julio 1524 una tragedia asoló la vida de Francisco I, la muerte de su esposa Claudia con tan sólo veinticinco años. La reina se encontraba convalecente desde el nacimiento en junio de su última hija, Margarita y ya no le quedaban muchas fuerzas para continuar. La bondadosa dama, casada a los catorce años, había tenido siete partos en nueve años. Todo aquello debilitó enormemente su salud, ocasionándole una deficiencia de calcio y una osteoporosis temprana. Sin embargo, existen rumores que su dolencia se complicó todavía más a consecuencia de una sospechosa enfermedad que le había transmitido su marido.

Al saber la notícia, el rey lloró sinceramente su muerte y no pudo evitar pronunciar estas palabras a su hermana Margarita: "Si yo pensase que podía salvarla dando mi vida, lo haría de corazón". Y prosiguió: "No hubiera pensado nunca que fuese tan triste deshacer el lazo del matrimonio". Según el señor de Fleurange, amigo íntimo de Francisco I, el monarca guardó un luto rigoroso, como hicieron su madre y todo su séquito.



Tumba de Claudia de Francia, Basílica de Saint-Denis

Pero aún estaba por venir la Batalla de Pavia. El 24 de de febrero de 1525, día en que Carlos V cumplía veinticinco años, Francisco I, rey de Francia, era totalmente derrotado y hecho prisionero por las tropas imperiales. Se lo llevarían a España, donde permanecería en cautiverio durante un largo año. Mientras tanto, Françoise permaneció en Francia, no era muy conveniente desplazarse al país vecino para visitar a su regio amante. La única que siguió el paradero del rey fue su estimada hermana, Margarita, quién confortó a Francisco en estos terribles días de su existencia.


Francisco llega a Valencia
Logró su libertad gracias al firmar un tratado que nunca cumplió, dejando a la merced del emperador a sus dos hijos, el delfín Francisco y Enrique, futuro Enrique II. Aparte también se comprometería en matrimonio con Leonor, hermana de Carlos V. El monarca regresó a Francia y tomó las riendas del gobierno. Procedió entonces a crear ligas con más o menos poderosos aliados para vengar la ofensa recibida. El Francisco que había vuelto de España ya no era el mismo, toda aquella alegría que rebosaba un año antes ahora se había convertido en rencor y en verguenza.
La presencia de Madame Châteubriant ya no es tan grata como solía ser antes. De hecho, nada de su entorno le hacía gracia. La Petite Bande ya no existía, muchos de sus combatientes habían perdido sus vidas en el campo de Pavía, y los sobrevivientes, que contemplaron la muerte tan de cerca y presenciaron la infortunada derrota, ya no estaban para celebraciones y bailes.
Al poco tiempo de regresar del cautiverio, en el año de 1526, Francisco conoció a Anne de Pisseleu, una bonita dama de dieciocho años repleta de ingenio y ambición. Françoise intuía lo que se avecinaba, las atenciones que el rey prodigaba hacía la doncella eran las mismas que ella había recibido años antes. Ya contaba con treinta y dos años y tenía conciencia que su belleza se marchitaba, sin embargo, su encanto aún relucía en los saraos palaciegos. Pero aquello ya no era suficiente, su persona ya no era una caja de sorpresas para el monarca y perdía terreno para la misteriosa muchacha, que era toda una novedad.

Anne de Pisseleu, futura Duquesa de Étampes


Françoise hace valer sus derechos como favorita real. Al principio se enoja con la situación y luego implora por el amor de Francisco. El monarca hace oídos sordos a las súplicas y amenazas de su amante. Anne sabe que al final ganará la partida, no presiona al rey, e incluso trata con amabilidad a su competidora, hasta con respecto. Las cortesanas siguen luchando por su posición, ambas posee una esmerada educación y un saber estar inigualable, no obstante sólo existe algo por lo que Françoise jamás podrá alcanzar, la juventud de su rival.


Hay momentos que Francisco pierde la paciencia y Françoise llega al extremo de abandonar la corte, pero sólo para volver rapidamente e implorar por su amor. Finalmente se llega a un acuerdo, el rey podrá visitar a Anne, sin embargo Madame de Châteaubriant mantendrá su puesto como
maîtresse en titre. Logícamente semejante solución tenía sus días contados, duró, apesar de todo, dos años, hasta que, ya en 1528, Françoise abandonó definitivamente en campo de batalla, cediendo su plaza a Anne de Pisseleu. Huiría a refugirarse Châteubriant, donde su marido, construiría una mansión para ella.


El rey enviaría unas crueles líneas a su afligida amante:

"Pour le temps qu`avec toi j´ai passé,
Je puis bien dire: "Requiescat in pace".

(Del tiempo que pasé con vos, sólo puedo decir: "Descanse en paz")


Brantôme nos cuenta detalles curiosos de la ruptura. El rey solicitó a Madame de Châteaubriant que le devolviera las joyas que le había regalado, en las cuales estaban grabados lemas amorosos compuestos por la reina de Navarra. La condesa enfurecida tuvo tiempo de fundirlas, y, a continuación las entregó a un gentilhombre que trabajaba a servicio de Francisco I. El monarca no quiso quedarse con los lingotes y se los devolvió a su antigua amante.

La ex maîtresse en titre tuvo que comenzar a convivir nuevamente con Jean de Leval y aparentemente vivían en paz, dismintiendo ante todos la fama de violento y vengativo que tenía su marido. El tiempo pasaba tranquilamente por Châteubriant, hasta que en el fatídico otoño de 1537 murió Françoise de Foix. Tenía cuarenta y tres años, y según la opinión de quienes la vieron por entonces, no había perdido ni un ápice de la belleza que había cautivado al rey Francisco.



Françoise de Foix

Las notícia de su muerte había llegado rapidamente a la corte, Francisco montó a caballo y galopó hasta Châteaubriant, donde rezó ante la tumba de Françoise, según los cronistas oficiales, o lloró, según testigos presenciales. Pero a princípios de 1538, un terrible rumor llegó a los oídos del los cortesanos: la muerte de Françoise no se había debido a causas naturales; había sido asesinada. Por nadie más y nadie menos que su marido.

Todos sabían que el conde era un hombre abstraído, de poco amigos y en ocasiones, violento. Durante largos años había tolerado que la mujer que adoraba desde que era niña perteneciera a otro, y no podía hacer nada para remediar la situación. ¿Quién era capaz desafiar el rey de Francia? Incluso tras el regreso de su infiel esposa siguió aparentado estar conformado con el papel que le tocaba, agradando al monarca cuando llegaba de visita a Châteaubriant y aceptando las concesiones que le eran otorgadas. Sin embargo su odio se iba alimentando cada día más, hasta que finalmente estalló.

Durante seis meses mantuvo encerrada a su esposa en una habitación totalmente tapizada de negro y, por fin, el 16 de octubre de 1537, hizo que dos cirujanos, con unos bisturíes bien afilados, sagraran a Françoise hasta que la muerte se la llevara. Indignado y fuertemente impresionado por la historia, Francisco I encargó al Contestable Montmorency que elaborara una ardua investigación. Su leal servidor nada pudo averiguar y nadie condenó al sospechoso. Montmorency apenas concluió que la dama había muerto por causas naturales. Jean de Laval fallecería el 11 de febrero de 1543, a los cincuenta y seis años de edad nombrando al Contestable de Francia su unico heredero (para ello desheredó a sus sobrinos). Semejante acontecimiento no hizo sino derramar más dudas sobre la veracidad de las investigaciones de Montmorency.

Anne de Montmorency, retrato atribuido a Jean Clouet (1530)


Bibliografía:

Gonzalez Cremona, Juan Manuel: Amantes de los reyes de Francia, Editorial Planeta, Barcelona, 1996.

Kent, Princesa Michael: Diana de Poitiers y Catalina de Médicis, Rivales por el amor de un rey del Renacimiento, Esfera de los Libros, Madrid, 2005.

http://en.wikipedia.org/wiki/Fran%C3%A7oise_de_Foix

http://fr.wikipedia.org/wiki/Fran%C3%A7oise_de_Foix

domingo, 7 de junio de 2009

Françoise de Foix , Condesa de Châteaubriant: Tercera Parte



A Francisco I le encantaba reunirse con su Petit Bande, un grupo de jovenes cortesanos vivarachos y alegres. Con ellos se aventuraba a todo tipo de travesuras y juegos, sin embargo Françoise no formaba parte "oficial" de este grupo, su personalidad y hasta su posición la situaban por encima , pero acostumbraba estar presente en sus entretenimientos y diversiones. Una de éstas casi le cuesta la vida al rey de Francia.

Era el invierno de 1520-21 la corte se hallaba en Romorantin, prácticamente aislada por la nieve, por lo que no es de extrañar que se jugara con ella. En una noche profundamente oscura, el rey y sus inseparables amigos se tiraban bolas con todo el entusiasmo de que eran capaces, en la excitación del juego, alguién no se le ocurrió mejor idea que iluminar el campo de batalla arrojando, a falta de bengala, una antorcha encendida. Que fue a parar nada más y nada menos, que a la frente de Francisco.

La herida era grave y se llegó a temer por la vida del monarca. Excepto a él mismo, todos en el palacio estaban enojados por lo ocurrido, y más que todos, Luisa de Saboya, la austera madre de Francisco. Rogaba que los culpables recibieran su merecido. Se refería a quién había lanzado la antorcha, pero también al resto de la pandilla implicada en los hechos. Parece ser que la reina madre incluía entre estos cómplices a Françoise, con quién sostenía una recelosa relación.



Luisa de Saboya

Las furias de Luisa eran siempre temidas, y en esa ocasión estaba más furiosa que nunca, así que Françoise optó por abandonar la corte y retirarse en su castillo de Châteaubriant. Allí volvería a encontrarse con su desdichado marido. Poco tiempo después de su regreso murió su única hija, Anne, el 12 de abril de 1521. Ante el tremendo dolor de tal pérdida, el matrimonio acabó uniéndose nuevamente, compartiendo sus desconsoladas lágrimas.


Felizmente para Francia y, en general, para todos, Francisco I sanó sus heridas y lo primero que hizo al montar a caballo no fue galopar hacia los enemigos del país sino hacia el castillo de su amante.



Francisco I, pintura de François Clouet (1540)


A pesar del mal carácter de su esposo, Jean de Laval, éste recibió a su soberano como correspondía a su rango. El destino volvería a pasar al conde una mala jugada, el rey se llevaría a Françoise nuevamente a la corte, pero antes colmaría a su marido de regalías.

Volviendo a la Petit Bande, el monarca ordenó expresamente que no se castigara a ninguno de ellos por el accidente. Entonces todo retomó a la normalidad y todos tan felices como siempre. Francisco era el que más contento se hallaba, con su recuperada amante oficial.

Pierre de Bourdeille, señor y abad de Brantôme (1540-1614), que pasó a los anales de la historia relatando todo tipo de líos y chismes cortesanos, afirma que por esos años Françoise, fiel a su rey, no a su esposo, en realidad no lo era tanto. Según él, concedía sus favores también a Bonnivet, íntimo amigo de Francisco.



Guillaume Gouffier, Señor de Bonnivet, retratado por Jean Clouet (1516)


Un cierto día, el rey llegó si anunciarse a los aposentos de la dama, encontrando a su puerta una criada que intentó detenerle. Apartándola de su camino, entró en la habitación para descubrir a Françoise compartiendo lecho con el apuesto Bonnivet. El monarca al presenciar la escena, en vez de sacar su espada y luchar contra su amigo infiel y recriminar su adúltera amante, prefirió hacer la vista gorda ante los hechos. Para cubrir la historia, Francisco inventó que había pillado a uno de su caballeros con una de sus sirvientas, repreendiendo al primero haberse deshonrado a sí mismo acostándose con una criada y a la segunda haber difamado el lecho de su amo. Y como era costumbre en esa libertina corte, todos tan felices.

Esta es simplemente una anécdota entre otras tantas que relató Brantôme, sin embargo nunca sabremos si fue un divertida invención o una curiosa verdad.


Bibliografía:


González Cremona, Juan Manuel: Amantes de los reyes de Francia, Editorial Planeta, Barcelona, 1996.

miércoles, 3 de junio de 2009

Françoise de Foix , Condesa de Châteaubriant: Segunda Parte

Después de la anecdota de la sortija, Françoise de Foix, a quién la historia más conoce como Madame de Chateaubriant, es presentada ante la corte de Francisco I . La condesa cautiva a todos los cortesanos con su belleza y sus ingeniosas palabras. Era una de las damas más cultas del palacio, hablaba latín e italiano además de dedicarse a la poesía.

A pesar de los constantes asedios del impetuoso monarca, Françoise amaba a su marido y era una mujer de moral intachable. Logícamente era consciente del cortejo de Francisco, los esfuerzos reales saltaban a la vista de todos, sin embargo ella no hacía nada para alentar sus deseos, lo que enardecía y estimulaba más al enamorado rey de Francia.

Frustado ante sus fracasados intentos, Francisco empieza a empreender una serie de estrategias para conquistar poco a poco el corazón de su dama. Entre sus tácticas estaba hacerle regalos y beneficiar a su familia. Su marido, Jean de Laval, recibió un alto cargo en la corte y a su hermano mayor, el vizconde de Lautrec, se le otorgó el título de gobernador del ducado de Milán. En cuanto a la propia Françoise, fue discretamente homenajeada con unas mágnificas telas bordadas. Tanta estima hacía sus parientes y a ella misma era imposible no sentirse halagada. Redactó una admirable carta en señal de agradecimiento a Francisco, y observamos que en vez de firmar Comtesse de Châteaubriant simplemente anota Françoise de Foix. Su corazón empieza ablandarse ante la amabilidad del monarca.

Como eterno romántico que era, el rey de Francia olvidó los deberes de Estado, sus diversiones cortesanas e incluso el creciente poderío de Carlos I de España. Se dedicó enteramente a escribir a su querida apasionados y largos poemas. Afirma que sólo ella puede calmar su corazón, cuerpo y vista y, en fin si accede a ser su Maîtresse en titre, no habrá mujer más afortunada que ella.

Francisco I, anónimo de 1515

Françoise contesta a su galante rey con todo su ingenio posible. En este poema dá a entender que ha dejado de ser una presa inaccesible:


Et je te parle privément, car je sens
En ta personne tant d´honneur et de sens
Que pour mourir ne voudrais déceller
Ce que te veux maintenant revéler:
C´est qu´il te plaise garder mon honneur,
Car je te donne mon amour et mon coeur

(Y yo te habló intimamente porque siento
En tu persona tanto honor y sentimiento
Que ni ante la muerte revelarías
Lo que ahora te voy a confesar:
Y es que quieras guardar mi honor,
Porque yo te doy mi amor y mi corazón)


Firma de Françoise de Foix

Finalmente alrededor de 1518, el monarca había conseguido su objetivo, pero para entonces había pasado un largo año desde aquel encuentro en el castillo de duque de Bretaña. Es digno de admirar que la condesa se mantuviera firme y fuerte ante los asedios de Francisco, y más siendo un rey que se resistiera tanto tiempo. El monarca estalló de alegría por su logro ante toda la corte. Todos los cortesanos y sirvientes compartieron el júbilo de su señor, menos ciertas personas claro está. Claudia de Francia aunque acostumbrada a las infidelidades de su marido, intuía que esta vez iba a ser distinto, y al conde de Châteaubriant podemos imaginar que la notícia tampoco le hizo ninguna gracia.
Reina Claudia de Francia con sus hijas. En primer plano, Charlotte (izquierda) y Louise (derecha). Arriba a la derecha Madeleine, reina consorte de Escócia. Atrás a la izquierda, Marguerite, duquesa consorte de Saboya.

El 25 de abril de 1519, el delfín Francisco fue bautizado en Amboise. Jean de Châteaubriant y su esposa asistieron a la ceremonia. Françoise fue situada cerca de las princesas de sangre real, que significaba que era "la favorita del rey". Ella fue la primera amante oficial que tuvo Francisco I, y desde Agnes Sorel en el siglo anterior, Francia no había vuelta a tener querida. Aquella situación no complacía nada a la madre del rey, Luisa de Saboya, quién sentía antipatía por la familia Foix.
Jean, el conde de Châteaubriant, en diciembre de 1519 fue enviado por el monarca a realizar largas y complejas tareas en Bretaña, mientras su esposa, ya dama de honor de la reina, permanecía en la corte. El conde intentó disimular el disgusto y agradeció a Francisco el puesto otorgado. Por ahora, el marido no se interpondría en el Affair real.
Los años transcurren tranquilos y felices para la pareja. Carlos I de España se convierte en V de Alemania, emperador de la cristiandad, y eso molesta muchísimo a Francisco, pero no al extremo de dejar de disfrutar de la compañía de su amante. La relación entre Françoise y el rey iba más allá de lo carnal, abarcaba compreensión , entendimiento, cariño y hasta mutua protección.
Ni siquiera todo el amor que profesaba hacía la condesa impedía que continuara teniendo escarceos con otras cortesanas. Pero Françoise es inteligente; las "traiciones" son fugaces y sin importancia, mejor es ignorarlas o disculparlas para seguir gozando del favor real.
En aquellos tiempo se vivía muy bien en la corte. Hay problemas con el lejano turco y el emperador vecino, pero la tormenta no ha estallado todavía y los ecos de los truenos que la anuncia no llegan hasta palacios y castillos del rey. Los días pasaban entre cacerías, excursiones a los bosques, de vez en cuando majestuosos torneos, banquetes; por la noche, fiestas, bailes y mascaradas. Y, por encima de todo, amor.

El rey Francisco y su corte

Bibliografía:
Gonzalez Cremona, Juan Manuel: Amantes de los reyes de Francia, Editorial Planeta, Barcelona, 1996.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Françoise de Foix , Condesa de Châteaubriant: Primera Parte



Françoise de Foix, condesa de Châteaubriant


Françoise, nacida en 1495, era hija de Jean de Foix, Vizconde de Lautrec, y de Jeanne d'Aydie. Su padre era el hermano pequeño de Gaston IV de Foix, que se había casado con Leonor, Reina de Navarra.Pertenecía a la alta nobleza de Francia, siendo prima segunda de Ana, Duquesa de Bretaña y Reina de Francia. Cuando solo tenía diez años fue llamada por ésta a la corte para ser educada como correspondía a su rango.

Apenas acababa de cumplir los once cuando un apuesto caballero de diecinueve, Jean de Laval, conde de Châteaubriant, empezó a cortejarla y se enamoró de ella locamente. La reina Ana no pudo hacer nada al respecto, al tal punto que no tuvo más remedio que acceder a las súplicas y aceptarlo como prometido de su infantil dama, a la que estimaba mucho. La soberana proporcionó a la muchacha veinte mil libras y prometió su madrinazgo cuando fuera tiempo de pensar en boda. Pero para el ansioso Jean, que no se contentaba con nada, esto no era suficiente.

Jean fue incapaz de esperar el tiempo estipulado para desposarse, su carácter apasionado le urgía estar cuanto antes con su amada. Un determinado día, rompiendo las convenciones e iras regías, se llevó a su dama de once años a sus tierras de Châteaubriant. Los reyes de Francia vieron este acto caballerezco como un insulto y se sintieron profundamente disgustados. Era de esperar que el conde se le cerraran muchas puertas, sin embargo a él nada le importaba.

Jean de Laval, conde de Châteaubriant
A los trece años de edad, el once de marzo de 1508, Françoise dió a luz a una niña a la que llamaron Anne. En 1509, la pareja decidió formalmente contraer matrimonio. La imensa felicidad de Jean y Françoise se prolongó durante diez largos años, que para ellos se hicieron muy breves. La pasión entre los dos seguía viva y después de todo ese tiempo no había disminuido ni un ápice. Entonces fue cuando Francisco I entró en escena y tambaleo los cimentos de este castillo de amor contruido con tanto esmero.
El joven rey de Francia, con sus veintidós años bien vividos, en 1516 entrevió a la condesa de Châteaubriant en el castillo del duque de Bretaña. El monarca quedó totalmente cautivado por su morena belleza y su don a la hora de versificar en francés, italiano y latín. No pudo evitar preguntar más cosas sobre ellla y fue bastante bien informado. No se le ocurrió otra idea que invitar a la pareja para que visitara la corte, con la oportuna excusa de ofrecer un cargo al conde de Châteaubriant. Jean no era tonto e intuía las intenciones del soberano, sabía que el objecto de sus atención no era él, sino su esposa. Aquello le enfureció y no se dignó ni a responderle. Muy poco tardó Francisco en perder la paciencia y reintera la invitación, que ya es una orden.



Rey Francisco I de Francia pintado por Jean Clouet (1525)
Entonces parte el receloso marido hacía la corte, pero dejando a su esposa en Chateaubriant con una sortija de especial factura; él se lleva otra identica. El objecto de las joyas es servir de contraseña: si sus sospechas sobre las intenciones del rey son equivocadas, Jean enviará la suya en una carta, y así sabrá Françoise que puede partir sin temor; de no ser así se quedará en casa.
Enojado ante la ausencia de la condesa, el monarca soborna a los sirvientes de Jean, y uno de ellos, el único que compartía el secreto de sus señores, le cuenta la historia de las sortijas. Antes que el conde se diera cuenta, el astuto Francisco hace introducir en ella una copia perfecta de la contraseña convenida. A través de esa artimaña el monarca consigue su ansiado trofeo, y así se marcha el desolado esposo, dejándola a la merced del galante rey.
Bibliografía:
Gonzalez Cremona, Juan Manuel: Amantes de los reyes de Francia, editorial Planeta, Barcelona, 1996.

miércoles, 18 de junio de 2008

Francisco I, "el mecenas de las artes"



Francisco I de Francia (Cognac, 12 de septiembre de 1494 - Rambouillet, 31 de marzo de 1547), era hijo de Carlos de Angulema y de Luisa de Saboya, corresponde a la rama de Valois-Anguelema de la dinastía de los capetos.Está considerado como el monarca emblemático del período del Renacimiento francés.Accede al trono en 1515 a los 20 años en una ceremonia fastuosa en la Catedral de Reims. El soberano fue un personaje extravagante, generoso, vivaz, cortes y valiente, además de gran guerrero, o sea el clásico caballero renacentista.Allí donde fuese era el centro de atención y disfrutaba en las justas, los bailes y las cacerías hasta caer muerto de cansacio. Aparte de todo eso, fue un humanista de su tiempo, fomentó el desarrollo de las letras y las artes en su país.No sin motivo fue conocido como " el Magnifico".

Entre su perceptores destacaron: François Desmoulins, su profesor de latín (lengua que Francisco nunca asimilará completamente), el italiano Gian Francesco Conti, y Christophe Longueuil inculcaron en el joven Francisco una enseñanza profundamente inspirada por el pensamiento italiano. La madre de Francisco estaba interesada también en el arte renacentista y transmitió esa pasión a su hijo el cual, durante su reinado, dominó la lengua italiana a la perfección.

Debido al aprecio que sentía por el arte, convenció a grandes pintores y sabios humanistas para que acudieran a Francia y embellecieran su reino a mayor gloria de su nombre.Entre ellos Andrea del Sarto y Leonardo da Vinci. Su objetivo era conseguir que su nación fuera un foco tan importante como era Italia en ese momento. A sus cortesanos les decía: "Yo puedo crear a un noble, pero sólo Dios puede crear a un gran artista". Todo ese amor por la literatura, la filosofía y el arte surgió en sus viajes de juventud por las cortes italianas y las reuniones que mantuvo con artistas célebres.

Francisco I manifestaba un verdadero afecto por Leonardo, al que llamaba "padre mío".En 1517 el monarca lo invitó a su país,se alojó en el castillo de Clos-Lucé, cerca de Amboise, honrado con el título de premier peintre, architecte, et mecanicien du roi y de una pensión de 5.000 escudos. Da Vinci le mostró una serie de pinturas que causaron su admiración y que han sido identificadas como la Gioconda, San Juan Bautista y La Virgen, Santa Ana y el Niño.Como anecdota de una de sus obras, podremos citar que la Monalisa, al haber sido adquirida por Francisco, fue ubicada nada mas y nada menos, que en su cuarto de baño!!

A la muerte del maestro en 1519, el rey se sintió bastante apenado, había perdido uno de los grandes genios, y aparte de eso, un amigo. Existe incluso una historia que cuenta que Leonardo murió en los brazos de monarca, pero resulta poco creíble. Mismo así sigue siendo una leyenda querida por todos los franceses. Dicho momento quedó inmortalizado en una pintura de Ingres, perteneciente al estilo romantico:



Francisco y Leonardo


El rey hizo de Fontainebleau un palacio suntuoso y magnífico. Empeñado en conseguir grandeza para Francia y para sí mismo, planeó fastuosos proyectos y no regateó esfuerzos ni dinero para llevarlos a cabo. El Palacio, gracias a Francisco I, se convirtió en una lujosa residencia real. Se construyeron hermosos edificios en torno al Patio Oval y al Patio de la Fuente y, sobre todo, una extraordinaria galería con bellísima decoración pictórica. La fachada principal del edificio se encuentra al oeste del Patio del Caballo Blanco y fue construida en esta época, aunque la escalera de acceso es posterior.



Palacio de Fontainebleau

Incluso en el castillo, llegó a fundar su escuela de pintura, adonde asistieron maestros tan importantes como Rosso Fiorentino, Francesco Primaccio y Benvenuto Cellini.
El soberano también reunió en Fontainebleau una Biblioteca espléndida con más de 1500 volúmenes, en idiomas tan variados como el griego, hebreo y árabe. Era un monarca muy itinerante , cambiaba de residencia con frecuencia, pero nunca se olvidaba de llevar un baúl lleno de libros a todas partes. A los viente años de haber iniciado la biblioteca ya contataba con 3600 títulos. Tales escritos constituyeron la Base de la futura Bibliothèque Nationale.

Fontainebleau es un monumento a Francisco I, mecenas de humanistas, sabios y artistas. Era su palacio favorito, lo llamaba "Chez moi" y siguió mejorandolo durante toda su vida.

Fuentes Bibliográficas: Diana de Poitiers y Catalina Medicis, rivales por el amor de un rey del Renacimiento (Princesa Michael de Kent), http://es.wikipedia.org, http://wapedia.mobi/es, http://www.cecilgoitia.com.ar.