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sábado, 11 de agosto de 2012

Cecilia Gallerani, la dama del armiño (3ª parte)

Moderna representación de "La Dama del Armiño"


Beatrice versus Cecilia

Ludovico veía a su joven esposa Beatrice como "una criatura fascinante" que colmaba de alegría a los súbditos de su castillo. La solía tratar con su debido respecto y consideración, además de concederle cualquier tipo de capricho que ella requería. Sin embargo, el duque era un espíritu libre que continuaba llevando una doble vida y buscando placer donde le venía en gana. 

Por otro lado Beatrice, a pesar de su juventud, ya se intuía que se transformaría en un mujer fuerte, poseedora de una profunda naturaleza y de un carácter de lo más temperamental que no pondría las cosas fáciles a su esposo.  No era suficiente para ella tener la atención,  el cariño, los halagos y los obsequios de Ludovico; para sentirse realmente completa le urgía también el corazón de su amado, y que por supuesto, no debía compartirlo con nadie más.

  
Castillo de los Sforza en Milán


 Cuando Beatrice descubrió que su marido tenía una amante embarazada y que para colmo vivía  bajo su mismo techo, su mundo se desmoronó. Le parecía una situación insostenible saber que Ludovico visitaba a menudo aquella dama y que la amaba apasionadamente. Puso finalmente a su esposo entre la espada y la pared diciéndole "¡es ella o yo!" El acorralado duque prometió que pondría fin cuanto antes a aquella relación con Cecilia Gallerani y que la casaría con unos de sus cortesanos o la enviaría a un convento.

Se dice que Beatrice d'Este estaba tan celosa de Cecilia que incluso rehusó un precioso manto dorado que le regaló su esposo. Su motivo era que en el pasado la Gallerani había recibido un obsequio muy parecido de parte del duque. No era cuestión que la duquesa se rebajara exhibiendo un atuendo similar al lucido por su rival...



  
 Ludovico Sforza, duque regente de Milán, conocido como "il Moro"


En una carta enviada al embajador de Ferrara, Giacomo Trotti, fechada el 27 de marzo de 1491,  "il Moro" le informó que había decidido no ver nunca más a Madonna Cecilia y que después del alumbramiento del hijo de ambos, su amante  accedía casarse con  Ludovico Carminati de Brambilla, conde de Bergamino de Cremona, uno de los más leales súbditos del duque regente de Milán. 


El 3 de mayo Cecilia Gallerani dio a luz a un hijo que lo llamarían Cesare. Con el motivo del nacimiento, Ludovico regaló a Cecilia unas propiedades en Saronno, aunque la mantuvo junto a su retoño unos meses más, hasta julio, lo que provocó discordias en la corte. Finalmente, presionado por su esposa y suegro, el duque Ercole I de Ferrara, decidió casar a  "la dama del armiño" con el conde de Bergamino, y enviarla junto con su hijo al palacio de Carmagnola, su regalo para el pequeño Cesare.
 

La Belle Ferronnière

Curiosamente, existe un debate si alguna vez Da Vinci retrató a Beatrice; pero podemos deducir que la duquesa no aceptaría dicho honor debido a que el Maestro ya se había encargado de inmortalizar la belleza de la que de verdad ocupaba el corazón de Ludovico. Sin embargo, la National Gallery de Londres nos sorprende alegando que el cuadro de Leonardo conocido como "La Belle Ferronnière" podría tratarse de Beatrice d'Este. Hasta ahora se había creído que la modelo era Lucrezia Crivelli, otra de las amantes que tuvo Ludovico.


 


"La Belle Ferronière", Oleo sobre tabla, alrededor de 1493-94. Museo del Louvre, París.


Bibliografía:

Cartwright, Julia: Beatrice D´Este: Duchess of Milan (1475-1497), New World Book Manufacturing Co. Inc., Hallandale (Florida), 1972.
http://blog.raucousroyals.com/2009/07/raucous-royal-of-month-cecilia.html 
http://patrimonionacional.es/polonia/pdf/Articulo_Dama_del_Armino.pdf

The National Gallery: "Leonardo Da Vinci: Painter at the Court of Milan" (Del 9 de noviembre de 2011 al 5 de febrero de 2012) http://www.nationalgallery.org.uk/whats-on/exhibitions/leonardo-da-vinci-painter-at-the-court-of-milan

viernes, 27 de julio de 2012

Cecilia Gallerani, la dama del armiño (2ª parte)



Una dama muy cultivada

Ludovico Sforza estaba realmente cautivado por la joven Cecilia; compartían aficiones comunes, como la música y la poesía, por la cuales ambos profesaban una gran devoción. Se decía que estaban estrechamente unidos, y  la trataba además con el mismo respecto y cariño que un marido a una esposa. 

Cecilia era alabada por su belleza y por hablar y escribir en Latín con fluencia. Gracias a sus grandes dotes, sobre todo para literatura y la música, fue llamada "Musa" y "Donna docta". La solía comparar con destacadas mujeres de la Antigüedad como Aspasia de Mileto (esposa de Pericles) o Asioteo (alumna de Platón). Con su admirada personalidad, no tardó en participar en las tertulias filosóficas y otras actividades de la humanista corte milanesa. Se sabe que Gallerani presidió el primer Salón de Arte Europeo, donde se reunirían las mentes más talentosas de la época. Escritores que le rodeaban  hacían diversas alusiones a las virtudes y a la sabiduría de "la bella Gallerani".  Figuraba entre las mujeres más cultas del momento, entre ellas Isabella d'Este y Victoria Colonna.

 Mateo Bandello (1490-1560) novelista, cortesano y fraile, nunca se cansaba de ensalzar las cualidades de Cecilia y de describirla como una agradable compañía que había conocido en el propio palacio en Milán y en su futura residencia cercana a Cremona. Bandello  pertenecía a la orden de los dominicos del convento de Santa María delle Grazie en Milán, donde Leonardo Da Vinci plasmó en el refectorio el famoso fresco de "La Última Cena".   Él nos cuenta que el entorno de Gallerani estaba dotado de intelectuales, entre doctores y filósofos, y que disfrutaban  contemplando obras de arte y diseños arquitectónicos de los mejores artistas del momento, así como escuchando bellas melodías de talentosos músicos. 

Hacemos un pequeño inciso sobre Bandello, para quién desconoce la figura de este singular personaje. Escribió diversas novelas, entre las cuales está "Los amantes de Verona", que sirvió de inspiración a William Shakespeare para componer su afamada tragedia "Romeo y Julieta" (1591-95). 

El novelista Mateo Bandello 





Santa María delle Grazie en Milán. Alberga el Museo del Cenacolo Vinciano, donde se exhibe el fresco de "La Última Cena" de Leonardo da Vinci. 


La belleza y el amor: Los retratos femeninos de Leonardo


El amor y la belleza fueron los temas principales en los retratos femeninos de la Italia Renacentista. En las negociaciones de los esponsales, la imagen de la novia era a menudo enviada a su futuro marido para informalo de su aparencia. Sin embargo, también se consideraba prudente idealizar a la modelo ya que se creía que la belleza exterior de una dama era una señal inequívoca de la virtud que albergaba en su interior.


Cuando Leonardo entró al servicio de Ludovico Sforza en 1489, tuvo la gran oportunidad de pintar a Cecilia. La belleza de la amante del duque de Milán sirvió para ilustrar las creencias de Da Vinci: la harmonía y la belleza del mundo natural, si se reflejan en la pintura, inspiran amor al que la contempla. El cuadro del artista florentino causó una gran admiración entre sus contemporáneos. Entre ellos el poeta Bernardo Bellincioni que  compuso este magnífico soneto dedicado a "la dama del armiño": 


¿A quién guardas rencor, a quién envidias, Naturaleza?
¡A Da Vinci, que pintó una de tus estrellas!
Cecilia, tan bella hoy es aquella
Frente a cuyos ojos el sol parece sombra oscura.

Tuyo es el honor, aun cuando su pintura
Nos dé a entender que escucha, y no habla.
Piensa que cuanto más viva y hermosa aparezca
Tanto mayor será tu dicha futura.

Dale las gracias pues a Ludovico, o bien
Al ingenio y la mano de Leonardo,
Que te permiten participar de la posteridad.

Quienes la vean, por más tiempo que haya pasado
Dirán al verla viva: así nos basta
Para entender qué es arte y qué es naturaleza.




Beatrice d'Este y su boda postergada

Cuando Gallerani se convirtió en amante oficial del duque, éste llevaba mucho tiempo casado pro verba con Beatrice d'Este, hija menor de Ercole I d'Este, duque de Ferrara. La ceremonia de los esponsales estaba marcada para el año de 1490, pero Ludovico no mostraba ningún interés en oficializar su matrimonio ya que estaba inmerso en su apasionado idilio con Cecilia. La boda la retrasó una y otra vez para el disgusto y el desconcierto de su futuro suegro. Se conoce que en noviembre de 1490 el embajador ferrarés, Giacomo Trotti, informó a Ercole I de que Ludovico estaba muy ocupado con su amante, quien no sólo era "bella como una flor" sino que además estaba embarazada.


Ludovico Sforza, el Moro




Beatrice d'Este

La boda de Ludovico con Beatrice se celebró finalmente el 16 de enero de 1491 en la capilla del Castillo de Pavia, y poco después, el 3 de mayo de ese mismo año, Cecilia Gallerani dio a luz al hijo de Ludovico, quien recibió el nombre de Cesare. 



Continuará...



Bibliografía:

Cartwright, Julia: Beatrice D´Este: Duchess of Milan (1475-1497), New World Book Manufacturing Co. Inc., Hallandale (Florida), 1972.

http://blog.raucousroyals.com/2009/07/raucous-royal-of-month-cecilia.html


http://www.dailymail.co.uk/news/article-2059167/Leonardo-da-Vincis-The-Lady-Ermine-Decoding-secret-symbols.html

The National Gallery: "Leonardo Da Vinci: Painter at the Court of Milan" (Del 9 de noviembre de 2011 al 5 de febrero de 2012) http://www.nationalgallery.org.uk/whats-on/exhibitions/leonardo-da-vinci-painter-at-the-court-of-milan

http://blogs.milenio.com/node/3427

http://patrimonionacional.es/polonia/pdf/Articulo_Dama_del_Armino.pdf

viernes, 9 de septiembre de 2011

La misteriosa muerte de Juan Borgia, duque de Gandía: Primera Parte




La carrera de Juan Borgia en el Vaticano iba en viento en popa, pues en aquel momento Alejandro VI estaba en el auge de su poderío y es lógico de suponer que deseaba a toda costa la misma suerte para su vástago. El 7 de junio de 1497, en consistorio, proclamó ante todos su intención dar a su hijo un feudo, para él y para sus descendientes la ciudad de Benevento, con sus correspondientes fortalezas y pertenencias. Su ascenso no resultó ser del agrado de muchos, sin embargo algunos trataron de sacar provecho de la situación en la medida de lo posible. Entablar amistad con el duque de Gandía era un golpe de suerte y sería estúpido el que no vislumbrara las ventajas que tal vínculo proporcionaba.

El cardenal Ascanio Sforza no salió muy bien parado. Existe un episodio nefasto que corrobora esta afirmación. Ocurrió en una noche de junio en el palacio del vicecanciller:
 Sforza agasajaba a sus invitados con un espléndido banquete, entre los cuales se encontraba Juan Borgia. Impulsivo, engreído y creyéndose intocable, el hijo de Papa comenzó a burlarse de los convidados y llegó a llamarles "holgazanes a la mesa", a lo que uno de los aludidos contestó tranquilamente que jamás se olvidarían de su bastardía. Juan se levantó bruscamente, haciendo creer a todos que tal insulto desencadenaría en una lucha cuerpo a cuerpo, pero la conducta del duque fue todo lo contrario. Abandonó la residencia de Ascanio buscando refugio en el palacio papal.






Alejandro VI obró de una manera inesperada: haciendo caso omiso a la inmunidad diplomática, mandó una compañía de soldados a forzar las puertas del palacio de Ascanio y acto seguido hizo arrestar al hombre que proclamó aquella injuria a su hijo. La clemencia de Su Santidad brilló por su ausencia, fue tajante y firme en su decisión: su condena sería la horca. El gesto hostil de Rodrigo Borgia resulta inexplicable para un hombre ante todo conocido por su tolerancia hacía los chismes y las habladurías acerca de él. Quizá aquel comentario desafortunado le sentó como una puñalada, una grieta en su orgullo, que era imposible no defender su honor. Sus hijos eran su esperanza de un futuro próspero, la prolongación de su ser, nadie tenía derecho a difamarlos.  

Después del incidente, Juan, rescatada su honra, merodeaba por todos los rincones de Roma con su actitud temeraria e imprudente, sin prestar la mínima atención a los consejos que le daba su padre. Seguía metiéndose en intrigas y fanfarroneaba sin cautela.




Además de sus amoríos con Sancha de Aragón, se decía que Juan estaba enamorado de una jovencita noble y bellísima, la hija del conde Antonio María della Mirandola, y que trataba de aproxímarse a ella a toda costa. Desconocemos si logró su cometido, ya que la muchacha estaba muy bien salvaguardada por su familia; no obstante resulta llamativo que un gentilhombre de la servidumbre del cardenal Sforza, cierto Jaches al cual ella había sido ofrecida en matrimonio, con ricas promesas de dote, aun amando a la dama, siempre se negaba a casarse con ella.

Llegó finalmente el señalado 14 de junio de 1497. Vannozza Cattanei hizo una gran invitación a sus hijos varones; no era algo inusual, la madre de los vástagos del Papa le gustaba frecuentemente reunir en torno a su mesa su progenie. 




Vannozza planeó su fiesta no en el palacio de la ciudad, sino al aire libre, en una viña que poseía entre la iglesia de San Martino ai Monti y la de Santa Lucia in Selci, invitando a César, a Juan, al cardenal Borgia de Monreal y a algunos parientes íntimos. Por el contrario, Lucrecia no acudiría ya que llevaba ochos días encerrada en su retiro de San Sixto.




César, con su traje laico, alardeaba de sus modales de caballero; y el duque de Gandía se comportaba como si fuera "el rey" de la fiesta, dejando trasparecer su carácter fanfarrón y descarado ante la presencia de los demás cortesanos. Junto a Juan Borgia aparece de pronto un enmascarado; pero a su alrededor no había quien se preocupase. 




 A avanzadas horas de la noche  acabó la cena y los convidados, despidiéndose de Vanozza, regresaron a sus residencias: iban en grupos, cada uno con su pequeño séquito, hacía el Vaticano, cuando cerca del palacio del cardenal Ascanio, en el barrio del Ponte, el duque de Gandía se detuvo, y tomando consigo un palafrenero y dando montura al misterioso hombre de la máscara, se adentró en la oscuridad de la madrugada para acudir a una cita. Haciendo alarde de su carácter temerario, no siguió las indicaciones de los que le aconsejaban ir acompañado por hombres armados. La resonante y engreída carcajada del joven duque fue lo último que parientes y servidores oyeron de él vivo.


Continuará...




Bibliografía:

Bellonci, María: Lucrecia Borgia, su vida y su tiempo, Editorial Renacimiento, México D.F., 1961.

Escenas de la primera temporada de la serie The Borgias (Showtime, 2011)

martes, 2 de agosto de 2011

Doña Sancha de Aragón, La Cautiva de los Borgia: Sexta Parte

Lucrecia Borgia y Sancha de Aragón se hicieron amigas. Al principio Lucrecia la podría haber visto como una amenaza, no obstante, ahora percibía que compartían intereses muy distintos y no había razón para temer que la princesa de Nápoles ocupara su lugar como protagonista del Vaticano. Entre las pretensiones de Sancha no estaba aspirar a una notoria posición y muchos menos eclipsar la estrella de su cuñada. Su tiempo transcurría entre fiesta y fiesta, gozando al máximo de los bailes y músicas que animaban el palacio papal.

En el verano de de 1496, Alejandro VI temía que los franceses invadieran nuevamente los Estados Pontifícios y aquello le dejaba intranquilo respecto a la seguridad de sus hijos. Una de sus órdenes fue pedir que Juan Borgia, el duque de Gandía, abandonase España. Durante los años de 1494 y 1495, Carlos VIII de Francia estaba decidido a ejercer sus derechos sobre el trono de Nápoles, invadiendo la península itálica. La velocidad y el poder del avance francés asustó a los otros gobernantes italianos, incluido el Papa y el duque de Milán, Ludovico Sforza. Ellos formaron una coalición anti-francesa, llamada "La Liga de Venecia". En Fornovo en julio de 1495, la Liga derrotó a las tropas de Carlos VIII y éste perdió casi todo el botín de la campaña para luego retirarse a Francia.



Retrato de Juan Borgia


Después de la partida del monarca galo, la llamada de Rodrigo Borgia se hizo tan urgente que los más plausible para Juan sería regresar al hogar familiar. Tuvo que dejar a su desconsolada esposa, la duquesa María Enríquez Borgia con su pequeño vástago, Juan, y un nuevo retoño que venía en camino.


Diez de agosto, día de San Lorenzo. Juan Borgia hace su entrada en Roma llegando a Civitavecchia. César lo esperaba a la entrada del puerto para acompañarle con todos los honores que se merecía al palacio apostólico, donde el duque de Gandía iba a alojarse. Lo agasajaron con una cordial bienvenida, deleitando a los asistentes con una pomposidad que no pasaba desapercibida. El duque iba sobre un caballo bayo enjaezado con "guarniciones de oro y campanillas de plata", además de una gorra de terciopelo oscuro, con las mangas y el pecho recamados de gemas y de perlas.



El Papa preparaba a su hijo Juan ejército y artillería y hacía venir a Roma, como lugarteniente del ejército, al duque Guidobaldo d´Urbino, hombre experto en el arte militar, pero sin la desmedida ambición de los Borgia, una garantía de seriedad y lealtad. En octubre de 1496, todo estaba dispuesto y el duque de Gandía nombrado capitán general de la Iglesia. Acto seguido comenzaron las campañas militares, en algunas salieron victoriosos y optimistas, conquistando diez fortalezas y otras, como la disputada contra Carlo y Giulio Orsini, cayeron rendidos ante la perspicacia del enemigo.

Terminado el agobio de las batallas, Juan se entregó a los placeres de las fiestas que para el regocijo del duque coincidía con los Carnavales. Claro está que hubiera sido una lástima desperdiciar un tiempo tan propicio a la diversión. En medio de la muchedumbre, vislumbró la presencia de la bella Sancha de Aragón, con sus ardientes y vivaces ojos negros que incitaban a un hombre a perderse entre sus brazos. Ambos tan pasionales e impulsivos, se dejaron abrumar por una pasión arrolladora.

Sin embargo, se iniciaba un conflicto fraternal imborrable. Lo que ocurrió luego entre César y Juan hasta hoy no se ha podido aclarar. Por otro lado, Sancha no le importó causar estragos entre los hermanos; quizás ya se había aburrido de su idílio amoroso con César y deseaba buscar la llama del placer en la compañía de otros hombres, ¿¿pero por qué con Juan?? ¿¿No había otros cortesanos que podrían satisfacer sus necesidades carnales?? A lo mejor, adoraba el arriesgado juego de las pasiones, vivir al límite resultaba excitante; o tal vez quisiera vengarse, afirmándose tres veces nuera del Papa, por su matrimonio con Jofre, y sus aventuras con César y Juan.







Continuará...


Bibliografía:

Bellonci, María: Lucrecia Borgia, su vida y su tiempo, Editorial Renacimiento, México D.F., 1961.

http://en.wikipedia.org/wiki/Charles_VIII_of_France

http://web7.taringa.net/posts/info/10048866/Los-Borgia-enredos-politicos_-escandalos-y-ambiciones_.html


Escenas de la primera temporada de la serie The Borgias (Showtime, 2011)

domingo, 19 de junio de 2011

Cecilia Gallerani, la dama del armiño (1ª parte)



La dama del armiño (1488-1490), uno de los cuadros más enigmáticos de Leonardo Da Vinci, se encuentra actualmente en el Palacio Real de Madrid donde se celebra la exposición Polonia, Tesoros y Colecciones Artísticas. Permanecerá abierta al público del 3 de junio al 4 de septiembre de 2011. Es uno de los cuatro retratos de mujer pintados por Leonardo, siendo los otros tres la Ginevra de Benci (National Gallery, Washington), La Belle Ferronière y La Gioconda (Museo del Louvre, París).

Pero en realidad, ¿Quién fue esa dama que se convirtió en la mayor rival de Monalisa? Aunque el debate todavía continúa sobre la identidad de la modelo, la mayoría de los historiadores del arte han reconocido a esta mujer como Cecilia Gallerani (1473-1536), la adorada amante del Ludovico Sforza, más conocido como Ludovico "el Moro", duque de Milán y mecenas de Leonardo Da Vinci. Cecilia únicamente contaba con diecisiete años cuando posó para esta retrato y por entonces ya era conocida por su afamada belleza. Además, destacaba por ser una dama muy cultivada que escribía y hablaba latín con soltura, componía sonetos, cantaba y tocaba música.





Ludovico Sforza "el Moro", duque de Milán (1452-1508)


Como la vestimenta del cuadro indica, Cecilia no pertenecía a la nobleza. Ella nació en una familia numerosa de Siena, cuyo padre, Fanzio Galleani, ocupó varios puestos en la corte milanesa, incluyendo el privilegio de ser embajador en Florencia y Lucca. Su madre fue Margherita Busti, hija de un notable hombre de leyes.

Fue educada junto a sus seis hermanos en Latín y Literatura. En 1483, a la edad de diez años, Cecilia se comprometió con Stefano Visconti, sin embargo el compromiso matrimonial fue interrumpido en 1487 por razones desconocidas. En mayo de 1489, se fue de casa para el Monastero Nuovo, y posiblemente fue allí donde conoció a Ludovico.

Ludovico había instalado a Cecilia en unos aposentos del Castillo de Milan, y rápidamente se propagó un rumor revelando las intenciones del duque de convertir a su amante en legítima esposa. Desgraciadamente, asumir su "affair" habría perjudicado las alianzas políticas de Milán. Por lo tanto, el avispado Ludovico creió conveniente no mezclar los entresijos del corazón con los asuntos de Estado. Al poco tiempo, desposó a la igualmente encantadora Beatriz d´Este, hija del duque de Ferrara, en enero de 1491.





Beatriz d´Este, duquesa de Milán (1475-1497) , pintada por Ambrogio de Predis (1490).


La duquesita, a sus 15 primaveras, era una damisela alegre, risueña y llena de vida. Al menos esa era la imagen que transmitía a sus súbditos. No obstante, como todo lo que rodea la existencia humana, estaba la otra cara de la moneda. El "Moro" veía a su joven esposa como una criatura dichosa y fascinante, mostrándose siempre respetuoso e indulgente con ella, pero no por ello dejó de seguir llevando una doble vida.

Probablemente, el duque esperaba que la joven Beatriz se convirtiera en una esposa complaciente y hiciera la vista gorda a su idilio con Cecilia Galleani. Pero la duquesa demostró ser todo lo contrario, una mujer de armas a tomar, incapaz de tolerar bajo ningún concepto que su marido compartiera el lecho con otra dama que no fuera ella.


Continuará...

miércoles, 13 de abril de 2011

La boda de César Borgia y Carlota de Albret (2ª Parte)

Manuscrito iluminado perteneciente a "Roman de la Rose" de Guillaume de Lorris y Jean de Meun. El amante es invitado a bailar con un grupo de parejas guiados por El Señor Regocijo y la Señora Alegría. Alrededor de 1500.

Carlota y César finalmente contrajeron matrimonio el 10 de mayo de 1499 en el palacio real de Blois. El rito fue sencillo y pocos testigos presenciaron los esponsales (curiosamente el padre de la novia no hizo acto de presencia). Para la anhelada ceremonia, el hijo del Papa había obsequiado un pequeño altar de jasper y plata dorada, que se instaló en los apartamentos de la reina. Después de las bendiciones y de los cantos litúrgicos empezaron los habituales banquetes, bailes, justas y torneos a las orillas del rio Loira.



La reina Ana de Bretaña y su séquito




Patio interior del Castillo de Blois

El antiguo cardenal no solo era un hábil cazador, triunfador de torneos y un buen anfitrión, sino también un afamado amante. A los oídos del papa llegó una versión corroborada por Luis XII y confirmada a su suegro por la propia esposa, quién reveló estar "muy complacida" con su marido. César escribió a su padre, en español, que las lanzas rotas con el rey antes de la cena no eran nada en comparación con las del lecho nupcial, en el que habría realizado "ocho lances" durante la noche del 12 al 13 de mayo. El monarca francés se quedó atónito al conocer los pormenores de la noche de bodas, confesando que él mismo jamás había logrado emular esa marca con su esposa, Ana de Bretaña. Después de la boda se dirigió a la joven pareja, él de veinticuatro años, ella de diecisiete, desde la corte al cercano palacio de Romorantin, que el rey Luis XII puso a su disposición para pasar en él su luna de miel.


Plutarco pronuncia un discurso sobre el matrimonio de Polión y Eurídice, finales del siglo XV, principios del XVI. Traducción del latín por Jean Laudet de 1499 para la boda de Luis XII y Ana de Bretaña. El dios Mercurio dice que el matrimonio debe estar basado en el amor (Venus).

Sin embargo, las hazañas de César en el tálamo no estuvieron exentas de rumores malintencionados. Según cuenta un cronista de la época, alguién empezó a difundir que el duque Valentinois, para potenciar su virilidad, había solicitado a un boticario píldoras afrodisíacas, pero que éste le había proporcionado por equivocación unos laxantes, que durante toda la noche lo mantuvieron apartado de sus obligaciones matrimoniales.

Alejandro VI se enorgullecía de su vástago. Lo más seguro era que la sucesión estuviera garantizada y las dinastía Borgia perdurara para siempre. En Roma, extasiado de alegría por la alianza con Francia y por el feliz desenlace de los acontecimientos, el sumo pontífice ordenó que se encendieran fogatas en diferentes puntos de la ciudad en señal de regocijo, la tarde del jueves 23 de mayo. Asimismo, demostró estar muy complacido tomando de su joyero particular una selección de alhajas y objetos preciosos para que fueran enviados a su joven nuera. El matrimonio de César con Carlota de Albret representó la alianza de los Estados Pontificios con Francia y Venecia contra Milán. Por otro lado, España y Portugal se sintieron ultrajados e indignados con respecto a las maniobras políticas de Alejandro VI.


El papa Alejandro VI (Rodrigo Borgia). Detalle del fresco de la Resurrección, pintado entre 1492-95 por Pinturicchio.


La convivencia de los recién casados duró más bien poco, 4 meses a lo sumo. Durante ese corto período de tiempo permanecieron en las orillas Loira. Se sabe que César gastó grandes sumas de dinero las cuales tuvo que hacer frente su padre: tres envíos con las cantidades de 18.000, 22.000 y 10.000 ducados. Son cifras significativas que supuestamente estaban destinadas a grandes obras de rehabilitación de las propiedades.

El soberano galo estaba ansioso por salir de Francia, cruzar los Alpes y entrar victorioso en Milán. Se requiere entonces la presencia de César en la corte de Romorantin para ir planeando las estrategias de ataque. Pero antes de ponerse en marcha rumbo a la conquista de Milán, nombró a un tal Charles Seytre lugarteniente suyo en Valentinois y Diois, tras lo cual partió en compañía del rey Luis para Lyón, pasando por Issoudun. Desgraciadamente, los esposos fueron obligados a interrumpir su idilio amoroso de una forma inesperada. Antes de irse proporcionó a su esposa Carlota, que lo acompañaba, plenos poderes sobre todas sus posesiones y, en julio de 1499 finalmente se despidió de ella.

Para César fue un verano inolvidable, quien sabe el más feliz de toda su existencia. La historia de amor fue breve pero intensa. Los esposos no volverían a verse jamás. Carlota daría a luz en mayo del año siguiente a una niña, a la que llamarían Louise en homenaje al rey francés. La pobre criatura no llegó nunca a conocer a su padre. El 09 de septiembre de 1499 César llegó a Grenoble de donde partió hacía Milán. Nada más cruzar los muros, escribió a Seytre para que cuidara de su mujer y administrara dignamente sus feudos.



César Borgia

Mientras su esposo permanecía al lado de Luis XII, marchó sola la ya encinta Carlota a su ducado de Valence. El papa Alejandro VI cuando supo que su hijo ya estaba perpetrando territorio italiano le negó vehementemente que regresase a Francia, por si de repente el monarca galo cambiara de parecer y lo convirtiera en un rehén en vez de invitado de honor. A igual que el sumo pontífice, Luis XII tampoco permitió que su sobrina partiera rumbo a Italia para reunirse con su marido.

Carlota de Albret se quedó en su ducado, sin embargo no ocupó nunca el palacio de la ciudad de Valence, que César había hecho preparar convenientemente para convertirlo en una residencia adecuada para su rango. Fue una excelente administradora, siendo muy ahorradora y previsora. Cuando su esposo murió, en 1507, Carlota adoptaría un luto riguroso, y durante su corta vida permanecería en el anonimato, en un ambiente discreto y austero. Falleció el 11 de marzo de 1514, siete años después que su marido, el duque de Valentinois.


Fin


Bibliografía:

Bellonci, María: Lucrecia Borgia, su vida y su tiempo, Editorial Renacimiento, México D.F., 1961.

Catalán Deus, José: El Príncipe del Renacimiento: vida y leyenda de César Borgia, Debate, Barcelona, 2008.

Gervaso, Roberto: Los Borgia: Alejandro VI, el Valentino, Lucrecia, Ediciones Península, Barcelona, 1996.

Schüller-Piroli, Susanne: Los Borgia: Leyenda e historia de una familia, Ed. Luis de Caralt, Barcelona, 1967.

http://www.lessing-photo.com/dispimg.asp?i=15020756+&cr=2&cl=1


http://www.lessing-photo.com/dispimg.asp?i=03080255+&cr=23&cl=1

domingo, 27 de marzo de 2011

La boda de César Borgia y Carlota de Albret (1ª Parte)



El 10 de mayo de 1499 se celebró la boda de César Borgia y Carlota de Albret. Días después, como mencionamos en el capítulo anterior, al duque Valentino le fue otorgado el cordón de la Orden Real de San Miguel, el más alto honor que podía recibir un caballero en Francia. Esta renombrada institución le pedia a cambio una obediencia incondicional al rey Luis XII y no oponerse jamás a ningún otro miembro de la orden.

Alejandro VI todavía no sabía nada de la buena nueva. El sumo pontífice aún estaba desalentado por el rechazo sufrido por su hijo de parte de la otra Carlota, la princesa de Nápoles. Además, dudaba que encontrara otra dama que estuviera dispuesta a entregar su mano a su intrépido hijo. Sin embargo, de repente, recibió una grata sorpresa de parte de un caballero del séquito de César. El hombre de confianza del duque de Valentinois se llamaba Juanito García, que había recorrido en unos pocos días la distancia entre Blois y Roma portando el comunicado sobre los esponsales. Juanito pidió una audiencia con el Papa para entregarle la misiva con el escudo de su hijo, en la que éste le anunciaba su matrimonio con una "princesa de Francia", celebrado también en presencia de los recién casados reyes de Francia, Luis XII y Ana de Bretaña.



Fragmento de la obra "La Disputa de Santa Catalina" de Pinturicchio (1492-94). Aposentos de los Borgia en el Vaticano.



Juanito cumplió su cometido lo más rápido que pudo, se había ido de Blois el 13 de mayo y el 23 ya estaba en Roma. La carta de César, debido a las prisas, era breve y concisa respecto a lo que en ella figuraba. El duque añadía en la misma su afecto de hijo obediente y leal, en el que narraba el feliz desenlace en la noche de bodas en el lecho nupcial. Asimismo, para el deleite de Alejandro VI, el mensajero le contaría al detalle los pormenores de aquella fastuosa ceremonia.

Rodrigo Borgia estaba impaciente por saberlo todo y no dudó en hacerle toda clase de preguntas. Dicen algunos exagerados cronistas de la época que el relato duró nada más y nada menos que siete largas horas. Le explicó que la novia de diecisiete años de edad era la joya de la corte de Francia, además de ser la descendiente de una vieja e ilustre familia, establecida entre el Marsan y el valle del Garona. Su padre, Alan de Albret, era el titular del ducado de Guyenne, uno de los más vastos del país galo, y del condado de Gaure y de Castres. Su hermano, Jean de Albret, era rey de Navarra desde 1494. La madre de Carlota, Françoise de Bretaña, también provenía de una ilustre estirpe ya que era pariente de la mismísima Ana de Bretaña, condesa de Périgord, vizcondesa de Limoges y señora de Avesnes. El duque Alan fue incluso el que propuso la unión, no obstante, a lo largo de las negociaciones, se hizo un poco derogar para sacar provecho de la situación.


El duque de Guyenne permitió que los representantes de ambas partes empezaran a acordar el pacto. Luego, expuso sus tajantes condiciones: su hija renunciaría a todos sus derechos de sucesión en su casa, sin embargo, en el caso de que se quedara viuda, por el contrario heredaría todos los bienes de su esposo. Para colmo la dote era más bien modesta: 30 mil libras tornesas, aparte el importe no se abonaría en el acto; se dividiría en varias prestaciones a lo largo de un período de dieciséis años.


César hizo todo lo que estuvo a su alcance para complacer a la ambiciosa familia de su prometida. Le daría a Carlota veinte mil ducados en joyas y grandes favores a sus parientes. Luis XII también contribuyó en el asunto, entregando al propio César la suma de 100.00 libras como parte de la dote que el padre de la novia no se podía permitir. Además, el rey de Francia tuvo que hacerse cargo a su vez de prometer al rey de Navarra el capelo cardenalicio para Amadeo de Albret, otro de los hermanos de la futura esposa.


Carlota de Albret era una joven por la que se mereciera luchar. Bella, inteligente, dama de honor de la reina Ana, educada en su corte. El destino finalmente uniría al toro de los Borgia con el león de los Albret. Ambos escudos se asemejaban entre sí; los dos poseían los colores amarillo y rojo, una combinación explosiva donde las haya. César estaba exultante de felicidad, era todo lo que él siempre había soñado: una dama virtuosa, discreta y dulce. Había arrebatado su corazón con su encanto juvenil y exquisitos modales.



Fragmento de una de las ímagenes de la Epistola de Ana de Bretaña y Luis XII. Manuscrito iluminado por Bourdichon. Primera década del siglo XVI


El contrato matrimonial fue firmado en presencia de los reyes de Francia y de los más ilustres nobles de la corte el 10 de mayo de 1499 en el castillo de Amboise. Acto seguido se trasladaron todos a Bois donde se celebrarían los esponsales.


Continuará...


Bibliografía

Catalán Deus, José: El Príncipe del Renacimiento: vida y leyenda de César Borgia, Debate, Barcelona, 2008.

http://www.kimiko1.com/research-16th/TudorWomen/1500/AnneBrittanyEpstl1D2.html

martes, 22 de febrero de 2011

El encuentro entre Luis XII y César Borgia y las maquinaciones de Alejandro VI

Jorge D´Amboise, rollizo e ilustre caballero de la iglesia, marchaba tranquilamente sobre su mula junto a César Borgia, hijo de Alejandro VI. El joven italiano de veintitrés años, apuesto y atlético, montado a horcajadas, brillaba en todo su esplendor ataviado con unos calzones de raso rojo bordados con perlas y piedras más o menos preciosas. Iba repleto de joyas; su boina estaba cubierta por grandiosos rubíes, rojos como la llama de la guerra.

Los franceses lo observaban detenidamente. Eran conscientes que aquél derroche de pomposidad desnecesario fue deliberadamente maniobrado para impresionarlos. No obstante, aquello no surtió el efecto deseado, los comentarios de los asistentes al desfile no eran demasiado agradables. No se dejarían doblegar tan fácilmente. Se oían comentarios como: " ¡Treinta hidalgos tan sólo, cuando los arreos eran suficientes para ciento veinte! ¡Mulas vestidas de oro! ¡Dieciocho pajes para un ducado como Valence! Chinon fue por lo tanto hostil a la visita del vástago del Papa.



Fragmento de la obra "Frederick III otorgando una corona de laurel a Enea Silvio Piccolomini",1502-08, Fresco. Piccolomini Library, Duomo, Siena. Atribuido a Pinturicchio.

El rey Luis XII al contemplar de cerca a César se inclinó sobre él y le abrazo. Aunque en realidad lo que verdaderamente abrazaba era la cuestión italiana que el hijo del Papa traia consigo: su apoyo al rey de Francia cuando tuviera que conquistar Milán. César, por su lado, urdía un plan que necesitaba la ayuda de los franceses. Deseaba a Romagna. Ansiaba también una boda con una princesa de Nápoles. Tan pronto estuviera bajo su dominio Romagna y Nápoles, tenía por descontada la rendición de Florencia. Podía contar con Francia para tratar con Milán, Génova y Venecia. César era el caballero que Luis buscaba: peligroso, incansable, suspicaz y provisto de una corazón de hielo.

Ese acuerdo con Francia era fruto de las maquinaciones de Alejandro VI. Éste ensayaba una cambio de estrategia política en la corte vaticana. Seguramente el Papa ya estaba agobiado de los acuerdos pactados con los Reyes Católicos, a los que tanto había favorecido en el pasado, ya que ahora los monarcas españoles no le servían de utilidad para seguir con sus estratagemas. Como sabemos, Luis XII de Francia, era primo y cuñado del anterior rey, Carlos VIII, estaba empeñado en reivindicar sus derechos sobre Milán y Nápoles, y el pontífice se inclinaba más a un tratado del que pudiera obtener alguna ventaja que la amenaza de una nueva invasión francesa en territorio italiano.


El Papa Alejandro VI y su séquito. Detalle de la Madonna dei Raccomandati, obra de Cola da Orte, c. 1500.

Como siempre, Alejandro VI jugaba sus cartas de maravilla y siempre a su provecho, en este caso anulando el matrimonio del rey francés y Juana de Valois, dejando vía libre al monarca para un nuevo enlace con Ana de Bretaña. A cambio, Luis XII debía adoptar políticamente a César Borgia, a quien le fue otorgado el ducado de Valentinois y la Orden de San Miguel, además de ser proclamado francés y nombrado condottiero del reino.

César Borgia propuso que Carlota de Aragón fuera su esposa. La bella joven vivía en la corte francesa y se rumoreaba que estaba enamorada de un bretón. La princesa napolitana declinó el honor: dijo que no le satisfacía que se la llamara "señora Cardenala". No sabemos realmente si el rechazo se debían a las cicatrices de la sífilis que afeaban el rostro de César, o si es que la candidata en cuestión, estaba adiestrada por su padre Federico I, rey de Nápoles, para rechazar la proposición.

En Roma, ansiaban que César desposara cuanto antes a una dama de alta alcurnia. Después del rechazo por parte de la princesa napolitana, se barajaron varias alternativas. Finalmente, hallaron la anhelada joven. Sería Carlota de´Albret, una alabada beldad de diecisiete años. Su hermano era Juan III, rey consorte de Navarra. Le fue prometida una gran dote. El recién nombrado duque de Valentinois se casó inmediatamente con ella.


Posible retrato de Carlota d´Albret. Fragmento de la Madonna dei Raccomandati, obra de Cola da Orte, c. 1500.


La luna de miel fue al parecer rápida e intensa; Luis XII planeaba invadir el Milanesado y ambos tuvieron que partir a primeros de octubre de 1499. Desgraciadamente, el "Valentino" no regresaría más a los brazos de su esposa y tampoco conocería a su única hija legítima, Luisa Borgia, nacida en 1500.


Continuará...



Bibliografía:

Hackett, Francis: Francisco I, rey de Francia, Editorial Planeta de Agostini, Barcelona, 1995.

Dossier "Los Borgia": La Supremacía del duque Valentino. Extraído de la Revista Memoria, la historia de cerca. Número XX, julio y agosto de 2009.

http://www.canino.info/inserti/monografie/i_farnese/curiosita_farnesiane/giulia_vasanello/



jueves, 27 de enero de 2011

El encuentro entre Luis XII y Luisa de Saboya en Chinon y la entrada triunfal de César Borgia


Luisa de Saboya

Hasta que se otorgó el divorcio entre Luis XII y Juana de Valois, Luisa de Saboya podía tener esperanzas de que su hijo Francisco sería el duque de Orleáns. De momento, Luis XII se mostraba amable hacía ella. Mientras continuaban los trámites de la separación del monarca, éste fue de visita al gran castillo de Chinon, donde Luisa estaba instalada con sus vástagos. El nuevo rey estuvo sentado en aquellas habitaciones conversando con la duquesa viuda de Angulema y jugando con los niños. Corría el año 1498, Francisco entonces tenía cuatro añitos y le encantaba corretear con su perro. Margarita, su hermana, tenía seis y ya mostraba interés por la lectura.


Vistas del castillo de Chinon

Luisa, en la plenitud de su juventud, no podía evitar sentirse dichosa por la compañía de tan ilustre invitado. Sin embargo, el rey galo, aunque disfrutaba de su visita a Chinon, no conseguía olvidar ni que fuera por unos minutos todas las maquinaciones de su mente. Deseaba a toda costa tener una nación estable y bien ordenada, que le permitiera alcanzar su herencia en Italia. Su meta era adueñarse de Milán.


Luis XII y su corte

Poética Epístola de Anne de Bretaña y Luis XII. Iluminado por Bourdichon. F. 1v: Ilustración de Epístola 7. Principios del siglo XVI. " El rey galo aparece entronizado en una silla cubierta con una tela bordada con flores de lis. Luis XII está dictando una respuesta a Héctor de Troy. El mensajero está dispuesto a entregar la epístola a Elysium, que figura en el primer plano."


Luisa de Saboya era partidaria en cuanto a todo lo que se refería a la expansión francesa, tanto en Nápoles como en Milán. Sobre las intrigas con Roma no compartía las mismas inquietudes. Ya entonces los Borgia eran conocidos por su excesiva avaricia y por ayudarse únicamente a sí mismos. La verdad es que Luisa estaba a disgusto con respecto a la inminente boda de Luis con Ana de Bretaña. Tal situación podría peligrar la posición de su hijo como delfín. Por ahora debía contentarse como el nombramiento de su hijo como duque de Valois. No todo fueron malas noticias, las rentas de la duquesa de Angulema aumentaron, lo que propició que se extendiera su prestigio.

Los obispos, a raíz del desvergonzado tratado con el Papa, dieron a Luis su divorcio. El rey de Francia podría ahora formar una familia. Tan pronto se le concedió su demanda se anunció la próxima entrada de César Borgia con las bulas en la corte de Francia. César fue entonces a encontrarse con Luis en Chinon.El hijo del Papa era extraordinariamente inteligente. Era consciente que su reputación de perversidad lo había precedido y aquello causaba a los cortesanos una mezcla entre fascinación y desasosiego. Los franceses eran desdeñosos para con su persona y, comprendiéndolo, cínica, aunque atentamente, rehusó recibir la Orden de San Miguel de otras manos que no fuesen las del mismo rey. Era terriblemente orgulloso para con los pequeños cortesanos, y recibía las indirectas, con mirada de acero.


César Borgia

La infamia rodeaba su reputación, se había murmurado que había mantenido un idilio amoroso con su propia hermana, Lucrecia Borgia. Asimismo, la sombra de la sospecha también había recaído sobre él cuando se encontró el cuerpo inerte de su hermano Juan arrojado al Tíber el año anterior. Su entrada en Chinon la planeó de antemano para causar un efecto inolvidable entre los franceses. Era consciente que el rey Luis le estaría observando desde una de las ventanas más altas del castillo, y sabía también que numerosos oficiales y hermosas damas saldrían a la calle para ovacionarle y hacer sus comentarios.


Fragmento perteneciente a la obra "Partida de Eneas Silvio Piccolomini al Concilio," .Fresco de la catedral de Siena, Biblioteca Piccolomini. Atribuida a Pintoricchio con la ayuda de Rafael, 1502-1507.



Fragmento de "Un Amante abordardo a tres Damas". Poemas de Charles de Orléans y otras obras. Flandes, Brujas, c. 1490-1500. Francés, Royal MS 16 F. ii, f.188.


César Borgia aspiraba causar un efecto teatral que se recordara para siempre en la memoria del pueblo francés. A través de su extraordinaria riqueza y magnificiencia pretendía impresionar a todos como ningún otro cortesano había hecho hasta ahora. George D´Amboise, robusto e impasible, cruzó el puente para dar la bienvenida al hijo de Alejandro VI y cabalgar a su lado. Delante de ellos, a lo largo del puente, marchaban acompasadamente los primeros huéspedes de Italia.

Cuatro destacamentos, de bien formadas mulas, que habían sido desembarcados en Marsella. Las dos primeras docenas, con vestiduras rojas blasonadas, cargaban sacos y cajas. Las tres que seguían ostentaban extrañas colgaduras de raso rojo rayando el oro. A estas fastuosas mulas las precedía caballos de guerra relucientes de oro, pajes sobre finos corceles. Seis lacayos, ataviados también de color rojo, conducían caparazonadas mulas, y después los seguían dos mulas nobles, sobre cuyos lomos sostenían esplendidos cofres que contenían objetos misteriosos, quizás bulas papales, o ropa blanca limpia, o el cubilete que servía para el almuerzo de César, o el orinal de plata, o el birrete de cardenal...Cabalgaban luego treinta hidalgos, en traje de gala, con trovadores y clarines, otro conjunto de lacayos, y por último, los dos personajes principales, George D´Amboise y el mismo César Borgia.


Fragmento del "Viaje de los Magos". Obra de Benozzo Gozzoli (1459-61). Palacio de los Médici en Florencia.



Continuará...




Bibliografía:

Hackett, Francis: Francisco I, rey de Francia, Editorial Planeta de Agostini, Barcelona, 1995.

http://www.kimiko1.com/research-16th/TudorMen/1500/LouisXIIEp7.html


http://www.kimiko1.com/research-16th/TudorWomen/1490/Lover3LadiesWomen.html


http://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Pintoricchio_005.jpg


http://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Gozzoli_magi.jpg

sábado, 7 de noviembre de 2009

Doña Sancha de Aragón, La cautiva de los Borgia: Quinta Parte

A Sancha se le reconoció su soberanía y abolengo en la corte papal, pero apesar de ello, sabía que era un mero títere en las manos de su nueva familia y su función basicamente en el Vaticano consistía en apaciguar las relaciones de Alejandro VI con el reino de Nápoles. La intención del Papa no era otra que la de asegurarse un aliado frente a los posibles conflictos con las naciones vecinas. Como veremos más adelante, Su Santidad poseía un carácter muy inestable y cambiaba de partidarios conforme sus intereses y maniobras políticas.

Lejos de mostrarse enojada ante un matrimonio de conveniencia, Sancha se adaptaba como podía a la vida marital, no odiaba ni maltrataba a su marido, todo lo contrario, lo apreciaba incluso demasiado y lo defendía a medida de su alcance. No obstante, no le prodigaba ese sentimiento tan sublime que nos oprime el alma: el amor. Una mujer dotada de un fuerte carácter con ella, solamente sería capaz de amar a un caballero más rebelde y despiadado. Ahí es cuando entra en escena su cuñado, César Borgia. El hermano de su esposo poseía todas esas cualidades, hasta en demasiada abundancia, que ella esperaba de un hombre. Su sangre bullía de deseo por el todavía cardenal Borgia y no dudó en entregarse a vivir una arriesgada aventura amorosa a su lado.


César Borgia por Altobello Melone (Accademia Carrara, Bérgamo).

¿Pero quién era ese enigmático personaje?

Al parecer, César Borgia (1475-1507) a sus veintiún años era un irresistible galán. Esbelto, ágil, de pelo castaño, piel morena, frente despejada, ojos oscuros y profundos, era el prototipo de hombre ideal para cualquier mujer. Sus modales era exquisitos, aunque fríos, su intachable y distante cordialidad y cierto aire distraído escondían deconfianza y misterio. Tal vez esta era la razón por la cual resultaba tan enigmático ante los ojos de las damas. Estaba dotado de una gran fortaleza y de un extraordinario vigor físico: se cuenta que doblaba con las manos lanzas y barras de hierro, cazaba desde la mañana hasta la noche y sobrellevaba cualquier adversidad sin inmutarse. Su virilidad no tenía nada que aspirar a la de su padre; tuvo muchas amantes a los largo de su vida, entre ellas Sancha de Aragón, a las que algunas siguió manteniendo cuando sucumbió a la sífilis, para entonces se vió forzado a llevar guantes y a ocultar la cara para tapar las repulsivas llagas.

Sin embargo, su entrega a los placeres no le impidió destacarse en sus estudios, coronados por una licenciatura en derecho canónico y civil, lograda entre los dieciséis y los diecisiete años. Su padre proyectó para él una carrera eclesiástica, como era tradicional para el segundón de las familias nobles, en tanto que su hermano Juan, nombrado duque de Gandía, ocuparía el cargo de capitán general de los ejércitos pontificios. Antes de cumplir los veinte ya era arzobispo de Valencia y poco después cardenal.


El día de Pentecostés, 22 de mayo de 1496, se celebraba en San Pedro una función a la cual había acudido el papa con su corte cardenalicia y todas las mujeres de la casa borgia, con Lucrecia y Sancha a la cabeza. Presidía el oficio un capellán español, que se sentía muy honrado por predicar en un ambiente tan distinguido con era la corte papal. Su sermón resultó bastante aburrido para los oyentes, las mujeres que permanecían de pié, se fatigaban , y todos incluído Alejandro VI, estaban impacientes y no veían la hora que el sacerdote concluiera su cometido.

De repente, en aquel ambiente repleto de semblantes hastiados, algo de movió, y se contempló a Sancha y a Lucrecia, con sus vestidos que entre grandes pliegues no conseguían ocultar la agilidad de sus cuerpos, subir a los asientos de los canónigos de San Pedro donde solían cantar los Evangelios. Las doncellas que las acompañaban siguieron sus ejemplos y se reunieron con sus señoras. Hubo un gran bulício en el sala mientras ellas se acomodaban, se arreglaban los vestidos, se saludaban con risas y sonrisas, figiendo que les importaba lo que decía el predicador, mientras que los demás estaban estupefactos ante su conducta, pero que al mismo tiempo la consideraron muy divertida. De lo que no había duda, era que la rebeldía de Sancha ya se dejaba notar, la idea de desplazarse de sitio, según parece, había sido suya y Lucrecia muy a gusto se había limitado a seguirla en su propósito.


Autógrafos y firmas de Julia Farnesio, Adriana Mila, Vanozza Cantanei y Sancha de Aragón (el suyo es el último del extremo derecho). Archivo Secreto Vaticano.



Bibliografía:

Bellonci, María: Lucrecia Borgia, su vida y su tiempo, Editorial Renacimiento, México D.F., 1961.

Gervaso, Roberto: Los Borgia: Alejandro VI, el Valentino, Lucrecia, Ediciones Península, Barcelona, 1996.

http://es.wikipedia.org/wiki/C%C3%A9sar_Borgia

lunes, 12 de octubre de 2009

Doña Sancha de Aragón, La cautiva de los Borgia: Cuarta Parte



La llegada de Sancha de Aragón no satisfizo en absoluto a Lucrecia Borgia. No veía con buenos ojos que esa dama fuera objeto de tantas atenciones. Su inquietud no pasó inadvertida ante todos: "Esta cosa ( la llegada de Sancha) comienza a poner celosa a la hija del Papa, Madona de Pesaro, y no le gusta nada", decían los malintecionados informadores. Es obvio que sintiera cierto temor a que la compararan con la princesa napolitana. Antes mismo que llegara a la corte, todos elegíaban la belleza y atributos de Sancha, logícamente era normal que Lucrecia padeciera esa desconfianza.

En la mañana del 20 de mayo de 1496, Lucrecia vistió sus mejores galas para dar la bienvenida a la nueva habitante del Vaticano, y no escatimó esfuerzos para lucir más atractiva que su cuñada. Su séquito fue muy selecto: las doce doncellas bien adornadas, los dos pajes con capas magníficas y caballos cubiertos con brocados de oro y rojo. Sancha de Aragón llegó hacia las diez de la mañana de mayo, con un cortejo real, animado por cuatro bufones del palacio y dos bufones adjuntos, montando un caballo con gualdrapas de terciopelo y raso negro, portaba además el traje típico de las mujeres casadas de Nápoles: negro y con grandes mangas. Lucrecia, con su corcel también adornado con gualdrapas de raso negro, fue a su encuentro, y las dos damas se saludaron con mucha solemnidad.



Supuesto retrato de Lucrecia Borgia en La disputa de Santa Catalina, de Bernardino di Betto Bardo il Pinturicchio. Sala de los Santos de los Apartamentos Borgia del Vaticano.




Inmediatamente, el cortejo siguió su recorrido. Lo precedía, cabalgando, Jofré, con su semblante divertido y petulante a la vez. Su largo cabello llamaba la atención con reflejos de color cobre, bien peinado, el rostro bronceado por el sol mediterráneo, ajustado en un coselete de raso negro. Entre la hija de Alejandro VI y el embajador español iba Sancha, bien pintada, que contemplaba la escena con cierta altivez y presunción. Se dice que hubo desilusión por parte de algunos asistentes; la creía más hermosa y más agraciada de lo que habían imaginado, pero no por ello el momento fue menos expectante.


Rodrigo Borgia esperaba ansioso la llegada de su nuera, con tal impaciencia ,que parecía un joven ilusionado ante la visita de su querida enamorada. Tras los póstigos de la ventana escrutaba la plaza, y sólo cuando divisó la cabalgata se puso en su sitio, rodeado de cardenales.





Transcurrieron algunos instantes, se percibió en la sala vecina el alboroto de las armas , el susurro y en andar de las damas, y finalmente entró Doña Sancha con sus modales atrevidos, encarando al Papa con su mirada desafiante. No parecía nada intimidada, su condición de hija y nieta de reyes se dejaba notar. A continuación, junto con su marido se arrodilló e inclinó la cabeza para besar el pie de Su Santidad. Enseguida, se dió paso a la cortejo femenino de la princesa napolitana que irrumpió en la sala para el besamano pontificial. Luego, todos ocuparon sus respectivos puestos, Jofré junto a su hermano César, y Sancha y Lucrecia sobre dos cojines de terciopelo rojo colocados sobre las gradas del trono pontificio. El Papa las observaba complacido y lleno de dicha.


Bibliografía:

Bellonci, María: Lucrecia Borgia, su vida y su tiempo, Editorial Renacimiento, México D.F., 1961.