Mostrando entradas con la etiqueta Nobles franceses. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Nobles franceses. Mostrar todas las entradas

jueves, 16 de junio de 2011

Dos rivales frente a frente

Ana de Bretaña y Luisa de Saboya respectivamente


El pacto con César Borgia permitió a Luis XII volver a Italia. En su primera campaña, la de 1499, capturó Milan. El ducado italiano no opuso resistencia y en el sexto día el monarca francés y su "leal primo" el duque de Valentinois (así es como lo llamaba el rey) eran bien recibidos por el pueblo milanés con todo tipo de homenajes. Las calles se deleitaban con el esplendoroso desfile en el que se vislumbraba al osado hijo del Papa luciendo el toro Borgia y la flor de lis francesa en su cabalgadura.


Moneda acunada con la imagen de Luis XII de Orleans, rey de Francia y duque de Milán (1500-1512)


El escudo del Papa Alejandro VI enmarcado en la fortaleza del Castillo de Sant Angelo en Roma. Dentro del blasón se puede contemplar la figura de un toro. Foto realizada por Lady Caroline.


La conquista posiblemente hubiera favorecido a Luisa de Saboya, la madre de Francisco, si no fuera por el mariscal de Gié. Ahora que Luis de Orleans era rey, Gié le sugirió cruelmente que mandara a Luisa a Blois, donde podría vigilarla. Convenció de esta necesidad a George d´Amboise, al hermano del cardenal y a otro amigo que había estado a las órdenes de Luis XI. Todos ellos unieron fuerzas para vigilar la duquesa viuda de Angulema. Luis XII, sin dudar, dio su visto bueno. Se trasladó entonces a Luisa y a sus allegados de Chinon a Blois. Ella se fue de allí de muy mala gana, Blois para ella era como una cárcel, con sus numerosos arqueros adornados de plumas y su guardia escocesa. Detestaba permanecer en aquel lugrube castillo y no disimulaba su enojo a nadie.

La boda de Luis XII con Ana de Bretaña iba de viento en popa. La reina, virtuosa por naturaleza, accedió por fin a los ruegos del monarca galo. El rey no se opuso a su fidelidad a Bretaña, aunque el patriotismo de ella estaba en gran conflicto con el suyo. Como duquesa de Bretaña, procedía como si sus acciones no repercutieran en el resto de Francia.

Cuando Luis XII se marchó a Italia, Ana de Bretaña esperaba el primer retoño de su nueva prole. Muy alejada del confort de un palacio estaba Luisa de Saboya, que sufría las penurias de un paraje desolador, donde el olor a tenerías le molestaba. Por encima de todo, deseaba un cobijo más acogedor y para lograrlo no dudó en acudir al encuentro de Ana de Bretaña.

La duquesa viuda de Angulema se hallaba en los fríos bosques de Romorantín. Recibió a la reina muy alegremente. A los pocos días nació Claudia de Francia, el 14 de octubre de 1499, que más adelante se convertiría en esposa de Francisco. Entre ambas podría haber existido más afinidad, pero era evidente que el ascenso de una conllevaba a la ruina de la otra. El hijo de Luisa seguiría siendo una amenaza hasta que Ana de Bretaña consiguiera alumbrar a un varón.



Ana de Bretaña se confiesa de rodillas ante un sacerdote que se inclina hacia ella para escuchar sus pecados en voz baja. Lo llamativo de esta imagen es que no se observa la típica separación de un confesionario. Este manuscrito iluminado hace parte del "Libro de las horas que la reina Ana de Bretaña " encargado para enseñar a su hijo, el delfín Carlos Orlando, hijo de Carlos VIII, (1492-1495) las enseñanzas del catecismo. Fue pintado en Tours por el maestro Jean Poyer, uno de los mejores artistas de Francia de finales del siglo XV.


Luisa quería afirmarse como protectora de su hijo. Sabía que el Mariscal de Gié no aprobaba que una dama fuera cabeza de familia, no sentía por ella la confianza necesaria para delegar en ella la educación del niño Francisco. La madre estaba cada día más convencida de que sí la alejaban de su retoño cuando cumpliera los seis años, no podría más tarde, jugar ningún papel decisivo en su carrera. La duquesa viuda de Angulema era consciente que debía luchar con todas sus fuerzas para imponerse frente al Mariscal. No hay dudas que de sería un combate implacable.


Bibliografía:

Hackett, Francis: Francisco I, rey de Francia, Editorial Planeta de Agostini, Barcelona, 1995.

http://www.themorgan.org/collections/swf/exhibOnline.asp?id=364

miércoles, 13 de abril de 2011

La boda de César Borgia y Carlota de Albret (2ª Parte)

Manuscrito iluminado perteneciente a "Roman de la Rose" de Guillaume de Lorris y Jean de Meun. El amante es invitado a bailar con un grupo de parejas guiados por El Señor Regocijo y la Señora Alegría. Alrededor de 1500.

Carlota y César finalmente contrajeron matrimonio el 10 de mayo de 1499 en el palacio real de Blois. El rito fue sencillo y pocos testigos presenciaron los esponsales (curiosamente el padre de la novia no hizo acto de presencia). Para la anhelada ceremonia, el hijo del Papa había obsequiado un pequeño altar de jasper y plata dorada, que se instaló en los apartamentos de la reina. Después de las bendiciones y de los cantos litúrgicos empezaron los habituales banquetes, bailes, justas y torneos a las orillas del rio Loira.



La reina Ana de Bretaña y su séquito




Patio interior del Castillo de Blois

El antiguo cardenal no solo era un hábil cazador, triunfador de torneos y un buen anfitrión, sino también un afamado amante. A los oídos del papa llegó una versión corroborada por Luis XII y confirmada a su suegro por la propia esposa, quién reveló estar "muy complacida" con su marido. César escribió a su padre, en español, que las lanzas rotas con el rey antes de la cena no eran nada en comparación con las del lecho nupcial, en el que habría realizado "ocho lances" durante la noche del 12 al 13 de mayo. El monarca francés se quedó atónito al conocer los pormenores de la noche de bodas, confesando que él mismo jamás había logrado emular esa marca con su esposa, Ana de Bretaña. Después de la boda se dirigió a la joven pareja, él de veinticuatro años, ella de diecisiete, desde la corte al cercano palacio de Romorantin, que el rey Luis XII puso a su disposición para pasar en él su luna de miel.


Plutarco pronuncia un discurso sobre el matrimonio de Polión y Eurídice, finales del siglo XV, principios del XVI. Traducción del latín por Jean Laudet de 1499 para la boda de Luis XII y Ana de Bretaña. El dios Mercurio dice que el matrimonio debe estar basado en el amor (Venus).

Sin embargo, las hazañas de César en el tálamo no estuvieron exentas de rumores malintencionados. Según cuenta un cronista de la época, alguién empezó a difundir que el duque Valentinois, para potenciar su virilidad, había solicitado a un boticario píldoras afrodisíacas, pero que éste le había proporcionado por equivocación unos laxantes, que durante toda la noche lo mantuvieron apartado de sus obligaciones matrimoniales.

Alejandro VI se enorgullecía de su vástago. Lo más seguro era que la sucesión estuviera garantizada y las dinastía Borgia perdurara para siempre. En Roma, extasiado de alegría por la alianza con Francia y por el feliz desenlace de los acontecimientos, el sumo pontífice ordenó que se encendieran fogatas en diferentes puntos de la ciudad en señal de regocijo, la tarde del jueves 23 de mayo. Asimismo, demostró estar muy complacido tomando de su joyero particular una selección de alhajas y objetos preciosos para que fueran enviados a su joven nuera. El matrimonio de César con Carlota de Albret representó la alianza de los Estados Pontificios con Francia y Venecia contra Milán. Por otro lado, España y Portugal se sintieron ultrajados e indignados con respecto a las maniobras políticas de Alejandro VI.


El papa Alejandro VI (Rodrigo Borgia). Detalle del fresco de la Resurrección, pintado entre 1492-95 por Pinturicchio.


La convivencia de los recién casados duró más bien poco, 4 meses a lo sumo. Durante ese corto período de tiempo permanecieron en las orillas Loira. Se sabe que César gastó grandes sumas de dinero las cuales tuvo que hacer frente su padre: tres envíos con las cantidades de 18.000, 22.000 y 10.000 ducados. Son cifras significativas que supuestamente estaban destinadas a grandes obras de rehabilitación de las propiedades.

El soberano galo estaba ansioso por salir de Francia, cruzar los Alpes y entrar victorioso en Milán. Se requiere entonces la presencia de César en la corte de Romorantin para ir planeando las estrategias de ataque. Pero antes de ponerse en marcha rumbo a la conquista de Milán, nombró a un tal Charles Seytre lugarteniente suyo en Valentinois y Diois, tras lo cual partió en compañía del rey Luis para Lyón, pasando por Issoudun. Desgraciadamente, los esposos fueron obligados a interrumpir su idilio amoroso de una forma inesperada. Antes de irse proporcionó a su esposa Carlota, que lo acompañaba, plenos poderes sobre todas sus posesiones y, en julio de 1499 finalmente se despidió de ella.

Para César fue un verano inolvidable, quien sabe el más feliz de toda su existencia. La historia de amor fue breve pero intensa. Los esposos no volverían a verse jamás. Carlota daría a luz en mayo del año siguiente a una niña, a la que llamarían Louise en homenaje al rey francés. La pobre criatura no llegó nunca a conocer a su padre. El 09 de septiembre de 1499 César llegó a Grenoble de donde partió hacía Milán. Nada más cruzar los muros, escribió a Seytre para que cuidara de su mujer y administrara dignamente sus feudos.



César Borgia

Mientras su esposo permanecía al lado de Luis XII, marchó sola la ya encinta Carlota a su ducado de Valence. El papa Alejandro VI cuando supo que su hijo ya estaba perpetrando territorio italiano le negó vehementemente que regresase a Francia, por si de repente el monarca galo cambiara de parecer y lo convirtiera en un rehén en vez de invitado de honor. A igual que el sumo pontífice, Luis XII tampoco permitió que su sobrina partiera rumbo a Italia para reunirse con su marido.

Carlota de Albret se quedó en su ducado, sin embargo no ocupó nunca el palacio de la ciudad de Valence, que César había hecho preparar convenientemente para convertirlo en una residencia adecuada para su rango. Fue una excelente administradora, siendo muy ahorradora y previsora. Cuando su esposo murió, en 1507, Carlota adoptaría un luto riguroso, y durante su corta vida permanecería en el anonimato, en un ambiente discreto y austero. Falleció el 11 de marzo de 1514, siete años después que su marido, el duque de Valentinois.


Fin


Bibliografía:

Bellonci, María: Lucrecia Borgia, su vida y su tiempo, Editorial Renacimiento, México D.F., 1961.

Catalán Deus, José: El Príncipe del Renacimiento: vida y leyenda de César Borgia, Debate, Barcelona, 2008.

Gervaso, Roberto: Los Borgia: Alejandro VI, el Valentino, Lucrecia, Ediciones Península, Barcelona, 1996.

Schüller-Piroli, Susanne: Los Borgia: Leyenda e historia de una familia, Ed. Luis de Caralt, Barcelona, 1967.

http://www.lessing-photo.com/dispimg.asp?i=15020756+&cr=2&cl=1


http://www.lessing-photo.com/dispimg.asp?i=03080255+&cr=23&cl=1

domingo, 27 de marzo de 2011

La boda de César Borgia y Carlota de Albret (1ª Parte)



El 10 de mayo de 1499 se celebró la boda de César Borgia y Carlota de Albret. Días después, como mencionamos en el capítulo anterior, al duque Valentino le fue otorgado el cordón de la Orden Real de San Miguel, el más alto honor que podía recibir un caballero en Francia. Esta renombrada institución le pedia a cambio una obediencia incondicional al rey Luis XII y no oponerse jamás a ningún otro miembro de la orden.

Alejandro VI todavía no sabía nada de la buena nueva. El sumo pontífice aún estaba desalentado por el rechazo sufrido por su hijo de parte de la otra Carlota, la princesa de Nápoles. Además, dudaba que encontrara otra dama que estuviera dispuesta a entregar su mano a su intrépido hijo. Sin embargo, de repente, recibió una grata sorpresa de parte de un caballero del séquito de César. El hombre de confianza del duque de Valentinois se llamaba Juanito García, que había recorrido en unos pocos días la distancia entre Blois y Roma portando el comunicado sobre los esponsales. Juanito pidió una audiencia con el Papa para entregarle la misiva con el escudo de su hijo, en la que éste le anunciaba su matrimonio con una "princesa de Francia", celebrado también en presencia de los recién casados reyes de Francia, Luis XII y Ana de Bretaña.



Fragmento de la obra "La Disputa de Santa Catalina" de Pinturicchio (1492-94). Aposentos de los Borgia en el Vaticano.



Juanito cumplió su cometido lo más rápido que pudo, se había ido de Blois el 13 de mayo y el 23 ya estaba en Roma. La carta de César, debido a las prisas, era breve y concisa respecto a lo que en ella figuraba. El duque añadía en la misma su afecto de hijo obediente y leal, en el que narraba el feliz desenlace en la noche de bodas en el lecho nupcial. Asimismo, para el deleite de Alejandro VI, el mensajero le contaría al detalle los pormenores de aquella fastuosa ceremonia.

Rodrigo Borgia estaba impaciente por saberlo todo y no dudó en hacerle toda clase de preguntas. Dicen algunos exagerados cronistas de la época que el relato duró nada más y nada menos que siete largas horas. Le explicó que la novia de diecisiete años de edad era la joya de la corte de Francia, además de ser la descendiente de una vieja e ilustre familia, establecida entre el Marsan y el valle del Garona. Su padre, Alan de Albret, era el titular del ducado de Guyenne, uno de los más vastos del país galo, y del condado de Gaure y de Castres. Su hermano, Jean de Albret, era rey de Navarra desde 1494. La madre de Carlota, Françoise de Bretaña, también provenía de una ilustre estirpe ya que era pariente de la mismísima Ana de Bretaña, condesa de Périgord, vizcondesa de Limoges y señora de Avesnes. El duque Alan fue incluso el que propuso la unión, no obstante, a lo largo de las negociaciones, se hizo un poco derogar para sacar provecho de la situación.


El duque de Guyenne permitió que los representantes de ambas partes empezaran a acordar el pacto. Luego, expuso sus tajantes condiciones: su hija renunciaría a todos sus derechos de sucesión en su casa, sin embargo, en el caso de que se quedara viuda, por el contrario heredaría todos los bienes de su esposo. Para colmo la dote era más bien modesta: 30 mil libras tornesas, aparte el importe no se abonaría en el acto; se dividiría en varias prestaciones a lo largo de un período de dieciséis años.


César hizo todo lo que estuvo a su alcance para complacer a la ambiciosa familia de su prometida. Le daría a Carlota veinte mil ducados en joyas y grandes favores a sus parientes. Luis XII también contribuyó en el asunto, entregando al propio César la suma de 100.00 libras como parte de la dote que el padre de la novia no se podía permitir. Además, el rey de Francia tuvo que hacerse cargo a su vez de prometer al rey de Navarra el capelo cardenalicio para Amadeo de Albret, otro de los hermanos de la futura esposa.


Carlota de Albret era una joven por la que se mereciera luchar. Bella, inteligente, dama de honor de la reina Ana, educada en su corte. El destino finalmente uniría al toro de los Borgia con el león de los Albret. Ambos escudos se asemejaban entre sí; los dos poseían los colores amarillo y rojo, una combinación explosiva donde las haya. César estaba exultante de felicidad, era todo lo que él siempre había soñado: una dama virtuosa, discreta y dulce. Había arrebatado su corazón con su encanto juvenil y exquisitos modales.



Fragmento de una de las ímagenes de la Epistola de Ana de Bretaña y Luis XII. Manuscrito iluminado por Bourdichon. Primera década del siglo XVI


El contrato matrimonial fue firmado en presencia de los reyes de Francia y de los más ilustres nobles de la corte el 10 de mayo de 1499 en el castillo de Amboise. Acto seguido se trasladaron todos a Bois donde se celebrarían los esponsales.


Continuará...


Bibliografía

Catalán Deus, José: El Príncipe del Renacimiento: vida y leyenda de César Borgia, Debate, Barcelona, 2008.

http://www.kimiko1.com/research-16th/TudorWomen/1500/AnneBrittanyEpstl1D2.html

jueves, 27 de enero de 2011

El encuentro entre Luis XII y Luisa de Saboya en Chinon y la entrada triunfal de César Borgia


Luisa de Saboya

Hasta que se otorgó el divorcio entre Luis XII y Juana de Valois, Luisa de Saboya podía tener esperanzas de que su hijo Francisco sería el duque de Orleáns. De momento, Luis XII se mostraba amable hacía ella. Mientras continuaban los trámites de la separación del monarca, éste fue de visita al gran castillo de Chinon, donde Luisa estaba instalada con sus vástagos. El nuevo rey estuvo sentado en aquellas habitaciones conversando con la duquesa viuda de Angulema y jugando con los niños. Corría el año 1498, Francisco entonces tenía cuatro añitos y le encantaba corretear con su perro. Margarita, su hermana, tenía seis y ya mostraba interés por la lectura.


Vistas del castillo de Chinon

Luisa, en la plenitud de su juventud, no podía evitar sentirse dichosa por la compañía de tan ilustre invitado. Sin embargo, el rey galo, aunque disfrutaba de su visita a Chinon, no conseguía olvidar ni que fuera por unos minutos todas las maquinaciones de su mente. Deseaba a toda costa tener una nación estable y bien ordenada, que le permitiera alcanzar su herencia en Italia. Su meta era adueñarse de Milán.


Luis XII y su corte

Poética Epístola de Anne de Bretaña y Luis XII. Iluminado por Bourdichon. F. 1v: Ilustración de Epístola 7. Principios del siglo XVI. " El rey galo aparece entronizado en una silla cubierta con una tela bordada con flores de lis. Luis XII está dictando una respuesta a Héctor de Troy. El mensajero está dispuesto a entregar la epístola a Elysium, que figura en el primer plano."


Luisa de Saboya era partidaria en cuanto a todo lo que se refería a la expansión francesa, tanto en Nápoles como en Milán. Sobre las intrigas con Roma no compartía las mismas inquietudes. Ya entonces los Borgia eran conocidos por su excesiva avaricia y por ayudarse únicamente a sí mismos. La verdad es que Luisa estaba a disgusto con respecto a la inminente boda de Luis con Ana de Bretaña. Tal situación podría peligrar la posición de su hijo como delfín. Por ahora debía contentarse como el nombramiento de su hijo como duque de Valois. No todo fueron malas noticias, las rentas de la duquesa de Angulema aumentaron, lo que propició que se extendiera su prestigio.

Los obispos, a raíz del desvergonzado tratado con el Papa, dieron a Luis su divorcio. El rey de Francia podría ahora formar una familia. Tan pronto se le concedió su demanda se anunció la próxima entrada de César Borgia con las bulas en la corte de Francia. César fue entonces a encontrarse con Luis en Chinon.El hijo del Papa era extraordinariamente inteligente. Era consciente que su reputación de perversidad lo había precedido y aquello causaba a los cortesanos una mezcla entre fascinación y desasosiego. Los franceses eran desdeñosos para con su persona y, comprendiéndolo, cínica, aunque atentamente, rehusó recibir la Orden de San Miguel de otras manos que no fuesen las del mismo rey. Era terriblemente orgulloso para con los pequeños cortesanos, y recibía las indirectas, con mirada de acero.


César Borgia

La infamia rodeaba su reputación, se había murmurado que había mantenido un idilio amoroso con su propia hermana, Lucrecia Borgia. Asimismo, la sombra de la sospecha también había recaído sobre él cuando se encontró el cuerpo inerte de su hermano Juan arrojado al Tíber el año anterior. Su entrada en Chinon la planeó de antemano para causar un efecto inolvidable entre los franceses. Era consciente que el rey Luis le estaría observando desde una de las ventanas más altas del castillo, y sabía también que numerosos oficiales y hermosas damas saldrían a la calle para ovacionarle y hacer sus comentarios.


Fragmento perteneciente a la obra "Partida de Eneas Silvio Piccolomini al Concilio," .Fresco de la catedral de Siena, Biblioteca Piccolomini. Atribuida a Pintoricchio con la ayuda de Rafael, 1502-1507.



Fragmento de "Un Amante abordardo a tres Damas". Poemas de Charles de Orléans y otras obras. Flandes, Brujas, c. 1490-1500. Francés, Royal MS 16 F. ii, f.188.


César Borgia aspiraba causar un efecto teatral que se recordara para siempre en la memoria del pueblo francés. A través de su extraordinaria riqueza y magnificiencia pretendía impresionar a todos como ningún otro cortesano había hecho hasta ahora. George D´Amboise, robusto e impasible, cruzó el puente para dar la bienvenida al hijo de Alejandro VI y cabalgar a su lado. Delante de ellos, a lo largo del puente, marchaban acompasadamente los primeros huéspedes de Italia.

Cuatro destacamentos, de bien formadas mulas, que habían sido desembarcados en Marsella. Las dos primeras docenas, con vestiduras rojas blasonadas, cargaban sacos y cajas. Las tres que seguían ostentaban extrañas colgaduras de raso rojo rayando el oro. A estas fastuosas mulas las precedía caballos de guerra relucientes de oro, pajes sobre finos corceles. Seis lacayos, ataviados también de color rojo, conducían caparazonadas mulas, y después los seguían dos mulas nobles, sobre cuyos lomos sostenían esplendidos cofres que contenían objetos misteriosos, quizás bulas papales, o ropa blanca limpia, o el cubilete que servía para el almuerzo de César, o el orinal de plata, o el birrete de cardenal...Cabalgaban luego treinta hidalgos, en traje de gala, con trovadores y clarines, otro conjunto de lacayos, y por último, los dos personajes principales, George D´Amboise y el mismo César Borgia.


Fragmento del "Viaje de los Magos". Obra de Benozzo Gozzoli (1459-61). Palacio de los Médici en Florencia.



Continuará...




Bibliografía:

Hackett, Francis: Francisco I, rey de Francia, Editorial Planeta de Agostini, Barcelona, 1995.

http://www.kimiko1.com/research-16th/TudorMen/1500/LouisXIIEp7.html


http://www.kimiko1.com/research-16th/TudorWomen/1490/Lover3LadiesWomen.html


http://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Pintoricchio_005.jpg


http://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Gozzoli_magi.jpg

domingo, 16 de enero de 2011

El repudio de Juana de Valois y la alianza con el Papa Borgia

Ana de Bretaña

Ana de Bretaña se sintió indignada que Francia jugara con ella a su antojo. ¿Cómo se atrevían a proponerle un nuevo matrimonio? Le repugnaba pasar de Carlos VIII a Luis XII. Para alcanzar la aprobación de la obstinada soberana de Bretaña, el monarca galo buscó ayuda en uno de sus fieles seguidores, Georges d`Amboise. El incondicional del rey Luis era hombre de la Iglesia y ministro de Estado y uno de los hombres más ilustres del reino. Movería cielo y tierra para cumplir las expectativas de su señor.

Georges d`Amboise, grabado del siglo XIX


Francia necesitaba a toda costa un heredero. Sin él, explotaría una guerra civil y el país acabaría hundido en la miseria. El rey estaba en una situación delicada. Por un lado, no deseaba disgustar a su esposa, Juana de Valois, por otro estaba obligado a cumplir con su deber. Mirándole a los ojos le afirmaba con total vehemencia que "Preferiría morir sin hijos a darte un disgusto" - decía galantemente a su mujer. Demostraba ante todos sentirse apenado y desconcertado, aunque un aire de hipocresía envolvía su conducta. Al mismo tiempo, juraba secretamente desposar a Ana dentro de un año, o tomar las fortalezas que Francia tenía en Bretaña. Agotado e sumido en su dilema, dejó las negociaciones en manos de George y éste último se dirigió a Roma a pedir audiencia con Alejandro VI, el Papa Borgia. El pontífice era en ese momento la persona más apta para solucionar el conflicto.


Luis XII


De lo que Luisa de Saboya se convenció en seguida, fue de que a pesar que su hijo Francisco era el único heredero al trono, el rápido desarrollo de un plan político grandioso la reducía a ella a la mayor insignificancia. Luis XII lo tenía todo bien trazado. Una, necesidad de divorcio. La otra, sus pretensiones sobre el Ducado de Milán. Los Orleáns siempre había codiciado ese territorio por el que alegaban poseer derechos dinásticos. La abuela de Luis XII, Valentina Visconti era hija del primer duque de Milán, Gian Galeazzo Visconti.

Los Borgia podrían ser un arma muy útil para los propósitos del rey de Francia. Rodrigo Borgia y su hijo César, ambos poseedores de ilimitada ambición, no dudarían en solicitarle algo a cambio de sus favores. En realidad, la demanda de divorcio de Luis fue muy propicia para que Alejandro VI consiguiera el apoyo de Francia en su campaña en Italia. En definitiva, fue para librarse de la hija de Luis XI, Juana de Valois, y entrar en posesión de Milán, por lo que Luis XII trató íntimamente con los Borgia.



César Borgia

En 1498, César, bajo las órdenes de su progenitor, iba a abandonar los hábitos. Para el joven Borgia eso significaba un alivio ya que nunca sintió el menor interés por la vida eclesiástica. Cabe destacar que fue la primera persona en la Historia en renunciar al cardenalato. A partir de entonces se dedicaría por completo a las tareas militares que tanto le apasionaban.

Finalmente se llegó a un acuerdo razonable entre Luis XII y Alejandro VI. Al poco tiempo, César Borgia partió hacia la corte francesa, armado de una dispensa para la nueva unión del rey Luis con la duquesa de Bretaña, equipado además con un birrete de cardenal para George D´Amboise, y dispuesto a recibir un ducado de aquella nación y una esposa de acuerdo a su rango y fortuna. El próximo paso sería concertar un pacto militar con el monarca galo y a continuación se invadiría Italia.

La actual reina consorte, Juana de Valois, estaba devastada. Su desconcierto fue memorable. Sería repudiada como un animal abandonado a su suerte. La prueba del divorcio tenía como jueces al hermano de George D´Amboise y otro obispo partidario del rey. Además, muchos cortesanos estaban dispuestos a declarar que aquella boda jamás había sido consumada.


Juana de Valois, primera esposa de Luis XII

Como era lógico de suponer, el testimonio de Juana fue el de una esposa que se considera con derechos, aunque sabe que será incapaz de hacer nada para remediar su cruel destino. Se negó a ser examinada por los médicos. Dejó a su marido que explicara bajo juramento lo que había sido su vida de casados. Desgraciadamente, oyó de los propios labios de su esposo que ella no valía físicamente para el matrimonio. Según el rey, evidencias había, la unión jamás dio ningún fruto.

Sus planes para casarse con Ana de Bretaña habían ido madurando meses y meses, de la misma manera que la dispensa papal había sido puesta en los bolsillos de César Borgia a su salida de Roma. La repudiada reina recibió la noticia derramando lágrimas a raudales. Se retiró a Bourges, seguida por la simpatía del pueblo, y para distraer su mente, solicitó permiso para fundar una orden religiosa.

Continuará...



Bibliografía:

Hackett, Francis: Francisco I, rey de Francia, Editorial Planeta de Agostini, Barcelona, 1995.

http://www.verso.org/projects/early-tudor.html

http://es.wikipedia.org/wiki/Georges_d%27Amboise

http://es.wikipedia.org/wiki/C%C3%A9sar_Borgia

viernes, 17 de diciembre de 2010

Luis XII rey de Francia, Francisco, ¿el nuevo duque de Orleáns?





Luisa de Saboya, grabado realizado en el siglo XIX por Paul Lehugeur

Luisa de Saboya se lanzó al ataque. Ahora que Luis, el primo de su marido, era ya rey de Francia habría que sacar la mayor ventaja posible de la situación. Deseaba vehementemente que se le otorgara el ducado vacante de Orleáns para Francisco. La paciente y perseverante condesa viuda arregló prontamente sus asuntos, y se dispuso a emprender un viaje a París para felicitar a Luis XII. Para darle fuerza en esos momentos tan decisivos, la acompañó su supuesto amante, el chambelán Juan de Saint-Gelais, mientras tanto, la que fuera querida de su marido, Juana de Polignac, permanecería en casa cuidando de los niños.

De repente, comenzaron a circular extrañas habladurías. Era cierto que la corona debería recaer sobre Luis de Orleáns, aunque también era conocido por todos que su figura estaba apartada del partido dominante del consejo. Además, en tiempos no tan lejanos el duque de Orleáns había sido considerado un rebelde y un traidor. ¿Todavía era posible conspirar contra él? se preguntó Luisa. Si bien que la idea se le pasó por la mente, no era muy conveniente obrar así ya que Francisco era apenas un niño de cuatro añitos, demasiado joven para que los partidarios de Luisa hubieran arriesgado arrebatar la corona a Luis para dársela a él.

A Luisa le daba la sensación que el nuevo rey no viviría demasiado. Luis XII contaba entonces con treinta y seis años y las enfermedades habían ya apoderado su cuerpo. Sus grandes pesares en Novara, y su larga estancia en la cárcel, a pesar de los deportes de todas clases a que se había dedicado, lo habían precozmente envejecido y deteriorado. Sus ojos eran saltones y brillantes, sus labios gruesos y secos, su cuello muy hinchado por un bocio. Probablemente padecía la enfermedad de Graves. Asimismo, se moderaba mucho en sus comidas, no tomaba más que carne hervida, y a horas fijas, pero le molestaba bastante que alguien se atreviera a presenciar su decaimiento. Cuando le daban achaques, se enojaba y gritaba; sin embargo, tenía fama de ser bastante callado, y cuando su salud se lo permitía, era amable, hablador y franco.






"Libro de la Horas de Luis de Orleáns" (1490)
. Retrato de Luis XII extraído del pasaje donde figura la Creación de Eva.

La presentación de nuevo soberano debía celebrarse con la pompa apropiada. A su predecesor, Carlos VIII, se le haría un entierro brillante, fastuoso, y luego se procedería a la consagración del nuevo rey y a su coronación. Se conmemoraría el suntuoso acontecimiento con fiestas, banquetes, haría su entrada oficial en París.

Luisa en el momento de solicitar el ducado de Orléans para su vástago, digamos que fue relativamente modesta en comparación a otras peticiones que se diligenciaban al mismo tiempo.Ana de Beaujeu, hermana del difunto Carlos VIII, no solamente se presentó ante el nuevo rey para reclamar una dote que en cierta ocasión se le había destinado por razón de un enlace, que nunca había tenido efecto, sino fue más lejos todavía queriendo que se esclareciera su derecho al título de Borbón. Ana de Bretaña, la reina viuda, quería regresar a su amado ducado, acarreando consigo logícamente todo lo que le correspondía.


Ana de Bretaña


Luis XII era un monarca apacible y cauteloso. Antes de otorgar cualquier veredicto, prefirió consultarlo con sus dos mejores consejeros; Jorge de Amboise y el Mariscal de Gié. Aquellos dos caballeros no dudaron en exponer su dictamen. Nombrar a Francisco Duque de Orleáns, hubiera sido el más insignificante de los quebraderos de cabeza del rey, si tenía intención de continuar casado con Juana de Valois sin esperanza de sucesión. Pero ahora viene el más complicado de sus dilemas, ¿qué se haría con el ducado de Bretaña? Luis cuando aún era solo un duque había cortejado a la heredera sin éxito.

Ana de Bretaña era una dama que haría cualquier cosa por su pueblo, a pesar de todo luchaba con mucho empeño por mantener la independencia de su ducado, fuerza y coraje nunca le faltarían. Sin embargo, Luis debería evitar a toda costa que esto ocurriera y la única forma de lograr la anexión de Bretaña a Francia sin duda era casándose con Ana. Aunque había una barrera que no le permitía avanzar en sus propósitos: ¡Luis ya estaba casado!


Continuará...

Bibliografía:

Hackett, Francis: Francisco I, rey de Francia, Editorial Planeta de Agostini, Barcelona, 1995.


http://www.kimiko1.com/research-16th/TudorMen/1490/index.html


http://www.moleiro.com/en/books-of-hours/book-of-hours-of-louis-of-orleans/miniatura/189


http://www.kimiko1.com/research-16th/TudorWomen/1500/index.html


martes, 23 de noviembre de 2010

El destino de Francia cobra un giro inesperado


Tratado de las virtudes cardinales en el que vemos a Luisa de Saboya representando la Prudencia, alrededor de 1510, pintura sobre pergamino.


El entorno de Luisa comenzó a murmurar que la joven viuda se había entregado a los devaneos del amor. El objeto de sus atenciones era su propio chambelán. El caballero en cuestión, era demasiado alegre, demasiado galante, insinuante y flexible, para no ser considerado peligroso. Además, el experto y amable gentilhombre ya no era ningún joven soñador en la flor de la edad, se conoce que rondaba los cuarenta años. Tenía por costumbre entrar y salir a su antojo de la residencia de la condesa de Angulema, una conducta obviamente sospechosa. Pero, ¿de verdad Luisa había sucumbido a una arrolladora pasión? El Mariscal Gié, consejero de Luis de Orleans, así lo creía y convino que lo mejor sería desterrarlo.



Pierre de Rohan, el Mariscal Gié (1451-1513). Retrato del siglo XIX


Más muertes irrumpieron en la vida de Luisa. En 1497, fallecía su suegra y poco tiempo después su padre. A partir de entonces, gozaría de más libertad para regir el destino de su hijo Francisco. Cuando se trataba de su "César" era su devota y enérgica protectora.

Tal vez fuera por razones de luto que Luisa permaneció alejada de la corte. Durante aquellos años, Ana de Bretaña dio a luz innumeras veces, y su esposo, Carlos VIII, se dedicaba a embellecer Amboise. Felizmente, la guerra con Nápoles había llegado a su fin, resultando ser un tremendo fracaso. En 1495, conquistó Nápoles pero pronto toda Italia se unió contra el invasor francés, obligándolo a retirarse. El pequeño rey estaba triste por lo sucedido, sin embargo, se distraía decorando sus jardines de inspiración napolitana. Sus naranjos florecían. Las ramas de sus perales doblábanse cargadas de fruto. Los artesanos italianos trabajaban el cuero, fabricaban perfumes, daban vida al alabastro. Mientras vivía inmersos en sus quehaceres, su esposa, Ana de Bretaña, luchaba para darle un heredero.




Presentación del Manuscrito al Rey. Chronique d'Amboise (La Crónica de Amboise). Posiblemente ejecutado en el taller de Jean Perréal. Finales del siglo XV. El autor se arrodilla para presentar su trabajo a Carlos VIII, quien es acompañado por dos cortesanos, uno de ellos es un halconero. En el fondo, vislumbramos el valle del Loira, donde destaca el castillo de Amboise.


El monarca francés estaba siempre atareado, asistía a justas y torneos, engrandecía sus posesiones, recibía embajadores
y escuchaba reclamaciones, mientras la idea de reconquistar Nápoles no desaparecía ni por un segundo de su mente. Pero un desgraciado accidente cambió bruscamente el rumbo de los acontecimientos.

Un día de verano de 1498, Carlos VIII escoltaba a su mujer, que quería ver un partido de tenis que se jugaba en el foso, y al atravesar una puerta baja para meterse en una especie de granero, en el que había una galería que daba a la parte superior, desde donde se apreciaba mejor el juego, el monarca se dio un golpe en la cabeza contra el marco. Aún tuvo las suficientes fuerzas para subir a la reina, y luego repentinamente sufrió un síncope.


Carlos VIII y Ana de Bretaña


Trajeron un viejo colchón y lo colocaron allí, a espera de una posible reanimación. Lo tuvieron en esas condiciones desde las dos de la tarde hasta las once de la noche, hora en la que dejó este mundo, después de haber vuelto en sí una o dos veces. No obstante, se baraja la idea que de en realidad fue envenenado. Tras hacerle la autopsia, se dijo que no había fallecido a consecuencia del golpe y se supo que había tomado una naranja poco antes del accidente. El fruto, al parecer, se lo habían enviado de Italia, de modo que circuló el rumor de que había muerto envenenado.


Luisa, con sus hijos, se encontraba en Cognac cuando ocurrió aquella desgracia. Su vida daba entonces un giro totalmente inesperado. Ana de Bretaña había tenido cuatro hijos varones y todos ellos habían muerto. Aquello era el final de la dinastía de Luis XI. El heredero sería, nada más nada menos que Luis de Orleans, a quien, a los catorce años, habían obligado a casarse con Juana de Valois, la hermana de Carlos VIII.

A diferencia de la atractiva Ana de Beaujeu, se dice que esta hija de Luis XI tenía el alma de una santa y el cuerpo de un monstruo. Cuentan que se le diagnosticó raquitismo y escoliosis, deformación de la columna vertebral y desarrollo desigual de los miembros inferiores y de la pelvis y una debilidad ósea generalizada. Cuenta la leyenda que su padre, Luis XI, la consideraba tan fea que la niña tenía que esconderse tras un biombo siempre que él entraba allí donde ella se encontraba.


Juana de Valois (1464-1505), duquesa de Berry


Luis, el duque de Orleans, veía sus esperanzas colmadas. Finalmente, había logrado ser rey de Francia, recibiendo el título de Luis XII. Su enlace sin sucesión con la princesa Juana dejaba vía libre para el heredero de Luisa de Saboya. El destino volvía a sonreír a la condesa viuda de Angulema. Francisco era ahora delfín, y Luisa podía dar gracias a Dios de que estuviera todavía bajo su cuidado.



Bibliografía:


Hackett, Francis: Francisco I, rey de Francia, Editorial Planeta de Agostini, Barcelona, 1995.


Kent, Princesa Michael: Diana de Poitiers y Catalina Medicis, rivales por el amor de un rey del Renacimiento, La Esfera de los Libros, Madrid, 2005.

http://alaintruong.canalblog.com/archives/arts_anciens/p30-0.html

http://www.kimiko1.com/research-16th/TudorMen/1490/index.html

http://es.wikipedia.org/wiki/Santa_Juana_de_Valois

miércoles, 27 de octubre de 2010

La tenacidad de la condesa viuda de Angulema


La súbita muerte de Carlos de Orleáns, acaecida cuando éste contaba con treinta y seis años de edad, víctima de una pulmonía o pleuresía, es de suponer que fue un auténtico pesar; algunos de sus servidores estaban llorosos y tristes, pero para la joven viuda, que todavía no había cumplido los veinte años, la pérdida de su esposo no representaba un hecho castastrófico por el momento. Sin embargo, si el conde hubiera sobrevivido unos pocos años más, la unión podría haber producido una larga dinastía de vástagos, que hubiera permitido a Luisa disfrutar de un seguridad plena con respecto a la descendencia. Un sólo hijo varón no era garantía de nada,en una época en que la muerte súbita de lo niños era un temor recurrente en cualquier hogar, sea de la plebe o de la nobleza.


En Cognac tenía ardientes partidarios, no obstante, en la corte no disponía de amigos pudientes. Su riqueza era muy limitada. El conde de Angulema, en el testamento no le confiaba a Francisco. Era normal que Luisa de Saboya no se fiaba de las intenciones de los parientes de su difunto marido, razones no le faltaban. Luis de Orleáns, primo hermano de su marido, tenía un aliado que le aconsejaba a que participara activamente en la educación del pequeño Francisco. Era una hábil jugada y de cierta forma previsora. El chico podía un día ser rey de Francia. Moldearlo a su antojo desde el principio, podría llegar a convertirse en una fuente inagotable de poder para el caballero o los caballeros que lo hicieran.

Luis de Orleáns

Luisa no era una dama tímida y complaciente, estaba muy lejos de creer en la buena voluntad y en la tolerancia de sus parientes. En aparencia era una triste viuda apenada, pero en realidad velaba por los intereses de su hijo Francisco, como una leona que defiende a su cría, siempre alerta y con una intuición extraordinaria para preservar del mal a lo que tan suyo era. No representaba sólo el instinto ilimitado de una madre que proteje a su niño, tratábase de una propietaria de un niño varón en cuyo própero destino creía con todas las fuerzas de su ser.

Entonces, reclamó ella el pago de su dote. Era una solución práctica contra Luis de Orleáns que no quería ceder, y estó le valió quedar como guardiana de su hijo. Francisco tendría que ser rey a toda costa, a base de tesón sería capaz de lograr el ansiado triunfo. Teniendo en cuenta que todos los vástagos de Carlos VIII y Ana de Bretaña había fallecido siendo bebés, las posibilidades que su retoño se alzara con el trono eran inmensas. Aunque todo no era un camino de rosas, siempre estaría Luis de Orleáns interponiéndose en su camino.

La incertidumbre de la herencia de su hijo despertaba en ella todos los instintos protectores. Pero las personas que la rodeaban eran, por ahora, leales. Tanto ella como sus satélites, los Saint-Gelais y los Polignac, mantendríanse a su lado contra viento y marea. Ahora le tocaba administrar las tierras que había dejado a su cargo el fallecido conde, Cognac, Angulema, Romorantín y Melle.

Los primeros años de su viudez los pasó en el seno de su familia. Los consejeros de Carlos VIII decidieron que Luis de Orleáns sería tan solo el guardián del niño, comprobaría sus gastos y estaría al tanto de los cambios que sucedieran en la casa. Contrató Luisa de Saboya a Juan de Saint-Gelais como chabelán, y a los Polignac no se les dijo nada. Su causa la absorvía por completo.



El autor de manuscrito iluminado presenta su obra a Carlos VIII, c1475-c1498. Se arrodilla ante el rey y sus cortesanos, y le entrega el libro. El monarca tiene un halcón en una mano. Detrás de ellos, el revestimiento de paredes está decorado con la flor de lis que indica que él es el rey de Francia.



Bibliografía:


Hackett, Francis: Francisco I, rey de Francia, Editorial Planeta de Agostini, Barcelona, 1995.


http://www.heritage-images.com/Preview/PreviewPage.aspx?id=1224936&pricing=true&licenseType=RM

jueves, 7 de octubre de 2010

El hogar de los Angulema y el nacimiento de "Monsieur le Dauphin"

Manuscrito iluminado que posiblemente retrate a Luisa de Saboya ataviada con vestimentas exóticas. Cognac (1496-1498), obra de Octavien de Saint-Gelais (b. 1468-d. 1502). Extraído de la traducción al francés de Epistulae heroidum de Ovidio que fue encargada por la propia Luisa.

El ambiente en el que vivía Luisa de Saboya, según las enseñanzas de Ana de Beaujeu, era realmente inmoral. Pero la culpa se debía a la mismísima duquesa de Borbón,la única responsable por la extraña situación que debía sobrellevar la joven. Ella fue quién casó a Luisa a una muy temprana edad con el licencioso conde de Angulema. Ahora la pobre niña debía aprender a lidiar con las dos amantes de su marido.

Luisa aceptaba con resignación su sufrimiento; deliberadamente permitió que Antoinette de Polignac fuera su amiga. La amante de su marido actuaba como una verdadera madre, no sólo de sus retoños , sino también para con Luisa y sus futuros hijos. Ambas consiguieron, a pesar de tener diversos elementos en contra, convivir sosegadamente sin contratiempos.


Blasón de los Condes de Angulema

Se sabe que Carlos de Orleans, su marido, estaba medio arruinado. Únicamente disponía de diez mil francos de renta, a los que se sumaban los tres mil que aportaba Luísa. No podían permitirse en aquella casa las cacerías, los banquetes y los torneos que se celebraban en el Valle del Loira, el centro de las fiestas reales. En Cognac no tocaba otra que reducir esos gastos desnecesarios. Sus halcones, sus caballos, sus perros de caza eran, sin duda alguna, tan magníficos como su posición requería, aunque este grado de ostentación lógicamente existía para conservar las apariencias.


Castillo de Cognac

Torre del Castillo de Cognac

A los quince años, Luisa de Saboya dio a luz a su primer hijo, una niña, Margarita, el 11 de abril de 1492, quien, según los poetas," nació de una perla" (Margarita proviene del latín, idioma en el que significa "perla").La futura reina de Navarra, sería una de las damas más cultas y refinadas del Renacimiento, además de haber sido una gran impulsora de la Reforma. Al principio, la recién estrenada madre se decepcionó con el sexo del bebe, sin embargo, al haber alumbrado una criatura saludable sabía que en breve llegaría un hijo varón. Y no tardaría demasiado.

Dos años después, nacería Francisco. Por cierto, el parto no pasó para nada desapercibido. Luisa empezó a sentir contracciones un cálido día de verano de 1494, el 12 de septiembre, y prefirió que su hijo viniera al mundo al aire libre. Hizo colocar su cama bajo un enorme olmo del jardín del château fort que defendía la ciudad gascona de Cognac. El torno al lecho se construyó un murete para proveer la la condesa de Angulema un mínimo de intimidad.

El bebe Francisco era grande y saludable que tardó muy poco en nacer y necesitó los servicios de dos damas de cría. Al niño le suministraban mucha leche lo que provocó que creciera hasta convertirse en un gigante. ¡ De adulto decían que medía casi dos metros! Luisa tenía por costumbre llamar a su nuevo retoño "mi césar", un apelativo un poco prematuro ya que en aquel entonces las posibilidades de su marido o hijo alcanzasen el trono de Francia eran más bien remotas.

Aquel mismo verano, las dos amantes de su marido también alumbraron a dos bastardos, en ambos casos sendas niñas. La familia vivió en total siete felices y espléndidos años, hasta el inesperado fallecimiento de Carlos de Orleans, en 1496. La joven condesa viuda de Angulema, a sus dieciocho años, consoló a las amantes y el joven chambelán de su esposo hizo lo mismo con Luisa. Para entonces el padre de Luisa se había convertido en regente de Saboya y ella tenía derecho a utilizar su nombre.



Luisa de Saboya


Bibliografía:

http://www.loc.gov/exhibits/bnf/bnf0004.html

Hackett, Francis: Francisco I, rey de Francia, Editorial Planeta de Agostini, Barcelona, 1995.

Kent, Princesa Michael: Diana de Poitiers y Catalina Medicis, rivales por el amor de un rey del Renacimiento, La Esfera de los Libros, Madrid, 2005.

viernes, 17 de septiembre de 2010

La joven astuta Luisa de Saboya

Manuscrito iluminado que posiblemente retrate a Luisa de Saboya ataviada con vestimentas exóticas.Cognac (1496-1498), obra de Octavien de Saint-Gelais (b. 1468-d. 1502). Extraído de la traducción al francés de Epistulae heroidum de Ovidio que fue encargada por la propia Luisa.


Luisa de Saboya (1476-1531) era hija de Margarita de Borbón y del conde de Bresse, quien, en 1496, se convirtió en duque de Saboya. Es notorio mencionar que también fuese sobrina de Pedro y Ana, duque y duquesa de Borbón. La princesa Ana de Beaujeu (1462-1522), así se llamaba la duquesa de Borbón, era también la hija mayor de un rey, Luis XI, y hermana de otro, Carlos VIII. Su padre le tenía mucha estima e incluso en una ocasión el monarca llegó a proclamar que era " "la mujer menos loca de Francia", y ordenó, desde su lecho de muerte, que se le otorgara el título de Regente del reino (1483-1491) mientras durara la minoría de edad de su hermano Carlos.

Ana de Beaujeu, su hija Suzanne y Santa Ana


Carlos VIII

La joven dama Luisa de Saboya ,siendo todavía una niña, fue enviada al castillo de Amboise donde vivía Ana de Beaujeu. Era tradición que las muchachas de la alta nobleza fueran instruidas en la residencia de una dama ilustre. Desde luego, no existía nadie mejor que la cultivada duquesa de Borbón, tan alabada por su sensatez, autoridad, cultura y sabiduría. En la casa de Ana de Beaujeu, Luisa de Saboya tuvo la oportunidad de unirse a un grupo selecto, formado por vástagos de casas muy nobles, y allí fue educada en los principios y tradiciones de una corte real.


Manuscrito iluminado de Eloisa educando a su pupilo. Brujas, 1483-1490.

En 1487 el castillo de Amboise era todavía medieval. Como sus sólidos similares de las cercanías, los de Loches, Langeais y Chinon, el castillo había sido construido para guerrear; la construcción era suficiente para hacer frente a los ataques y las ventanas, pequeñas y escasas por precaución.Luisa de Saboya, tenía su modesto rincón en el cuarto de labor, donde pasaba el tiempo dedicándose a los tapices y a los bordados, además de aprender a tocar el laúd.


Castillo de Amboise hoy en día

Cuando Luísa tenía apenas once años y medio, Ana de Beaujeu concertó su matrimonio con un hombre de veintinueve años, Carlos de Orleans, conde de Angulema y príncipe de sangre real. Cabe destacar que Luisa era algo más joven que las novias de las bodas que acostumbraba pactar la duquesa de Borbón, y hay un rumor que cuenta que esta decisión tan precipitada se debiera a que a Ana nunca simpatizó con la joven y deseaba verla lejos de su casa.

Carlos, era un patético conde que prefería los libros y las mujeres al gobierno del Estado. Durante tres años, su futuro marido estaba entre los rebeldes de la corona. Escasamente se conocían, y él no mostraba el menor interés por ella. Cuando finalmente apareció en el decadente castillo de su esposo en Cognac, la novia-niña supo que Carlos tenía ya dos amantes. Una de ellas era Antoinette de Polignac, Dame de Combronde, que incluso ya había dado a luz a una hija bastarda del conde, Jeanne de Angulema. Por cierto, Carlos era además un ávido lector de Bocaccio y compartía a su vez las libidinosas inclinaciones de los personajes de este autor.

Pero semejante hecho no intimidaba a la joven Luisa que actuaba según el dicho: "sino puedes contra tu rival únete a él". Inteligente y astuta como ella sola, nombró dama de honor a Antoinette de Polignac y a la otra la convirtió en su doncella. En vez de una batalla entre esposa y amante, hubo instantáneamente, una gran amistad entre la mujer de veintiocho años, y de rango inferior, y la niña de la casa de Saboya. Antoinette se transformó en una aliada permanente de Luisa y futuramente en incondicional guardiana de sus hijos.

Continuará...


Bibliografía:

http://en.wikipedia.org/wiki/Anne_of_France


http://en.wikipedia.org/wiki/Charles,_Count_of_Angoul%C3%AAme

http://www.kimiko1.com/research-16th/TudorWomen/1480/HeloiseInstrPupil.html



Hackett, Francis: Francisco I, rey de Francia, Editorial Planeta de Agostini, Barcelona, 1995.

Kent, Princesa Michael: Diana de Poitiers y Catalina Medicis, rivales por el amor de un rey del Renacimiento, La Esfera de los Libros, Madrid, 2005.
.

miércoles, 11 de agosto de 2010

La pasión contenida de Margarita de Angulema


Margarita de Angulema, obra de Jean Clouet (Aprox 1527)


Guillaume Gouffier, señor de Bonnivet (1488-1525) fue uno de los grandes compañeros de aventuras de Francisco I de Francia y unos de los gentilhombres más poderosos de la nación, siendo nombrado Almirante de Francia en 1515. A igual que su amo y rey, siempre estaba metido en líos de faldas y su galantería era de sobra conocida entre las damas de la corte. No le asustaba nada y atropellaba todo cuanto se cruzaba en su camino. Una mujer, tanto si era casada, como soltera, como viuda, no escapaba de su mira y la asechaba tal y como un halcón embiste a su presa. El amor para él era un juego que se ganaba con amabilidades y alabanzas. Alcanzado su fin, sus amores duraban lo que las flores del campo tardaban en marchitar. Sin embargo no se olvidaba por esto de la mayor de sus conquistas, aquella en la que había puesto el corazón, la hermana del heredero al trono, que muy en breve sería la esposa de Gaston de Foix, Margarita de Angulema (1492-1549).


Guillaume Gouffier de Bonnivet retratado por Jean Clouet en 1516


De 1506 a 1512, volvió raras veces a Francia. En su primer regreso, el primero de sus propósitos fue visitar con asiduidad a Luisa de Saboya, madre de Francisco y Margarita, que veía con muy buenos ojos a la familia de Gouffier. Ella sentía la misma dicha que su hijo en verle y escucharle. Los sentimientos de él para con Margarita eran difíciles de ocultar. La llama que ardía en su corazón era tan intensa que no podía evitar que se sonrojaran sus mejillas o que brillaran intensamente sus ojos. Demasiado cauto para acercársele de un modo directo, contentábase cortejándola platónicamente, pero con tal pasión, que esta vez la joven atisbó claramente el sentimiento que consumía la existencia de su pretendiente. Bonnivet para darle celos no dudó en lanzarse a una aventura amorosa con una de las damas de honor de su entorno.

Sin embargo, Margarita estaba enamorada en su adolescencia de Gastón de Foix (1489-1512) su prometido y sobrino del rey Luis XII. Desgraciadamente, hubo un cambio de planes ya que la familia de Gastón se alió con España. Su hermana Germana se casaría con Fernando, el Católico y los derechos sobre Navarra obligarían más tarde una unión imperiosa con el reino vecino. Margarita fue obligada a aceptar a otro pretendiente por orden de Luis XII, Carlos IV, duque de Alençon.
La hermana de Francisco se sentía muy desdichada por entregarse a un matrimonio sin amor y por ello no pudo disimular su amargura:

- Alabado sea Dios - dijo Margarita, - pero prefería la muerte. La boda se preparó para fines de 1509, cuidando de no traicionar sus sentimientos, "tanto se contuvo, que sus lágrimas que invadían su corazón, le provocaron una hemorragia nasal tan abundante que puso en peligro su vida". Ella tenía entonces diecisiete años y el novio veinte. Mismo siendo de una edad similar, Margarita lo consideraba un iletrado que no llegaba a la suela de su zapato, a pesar de ser de noble cuna.

La vida de su primer año de casada, "fue casi peor que la muerte". Además, su anterior prometido, Gastón, murió en la Batalla de Rávenna en Italia, tres años más tarde, en 1512. Ahora sí todas sus esperanzas se había desvanecido y no sentía más ganas de luchar.


Grabado del siglo XIX de Gastón de Foix, duque de Nemours

El regreso a Francia de Bonnivet abrió un nuevo capítulo en la vida de Margarita. Presentósele repentinamente, a media noche, para ver a Margarita. Ella le correspondió con un cálido abrazo.Este abrazo tenía un fondo de apasionado pesar por el desaparecido Gastón. Bonnivet, convencido de que iba a ser admitido como amante perfecto y verdadero, preparábase a recibir dignamente su conquista, sin tener en cuenta que estaba comprometido con una dama de la corte al servicio de Margarita. Pero inesperadamente le dieron la notícia que tenía que presentarse ante el rey Luis XII. Extrañamente se desmayó. Alençon ordenó que su esposa fuera a atender el enfermo. Bonnivet fingiendo estar desvanecido, "se dejó caer en sus brazos". Ella lo sostuvo. "Apoyándose sobre ella quiso apoderarse de lo que el honor de una dama prohibe." Margarita pidió socorro. Entró el hermano de Bonnivet, al que no tardaron en mandar buscar medicinas.



Margarita de Angulema, duquesa de Alençon


Aprovechando su ausencia el indigno enamorado. olvidando nuevamente todo platonismo, exclamó: ¿Ahora que está usted casada y que su honor está a salvo, que mal hay que tome lo que es mío?

La duquesa de Alençon luchaba entre el deseo que le inspiraba aquel apasionado diablo y "mi honor y mi consciencia", como decía. Aquel hombre le despertaba un ardor incontenible mismo contra su voluntad, era inevitable sucumbir a sus encantos. Aquel asalto la agitó hasta lo más profundo, aunque sabía que no le convenía, era un conquistador empedernido, pero Margarita hizo un esfuerzo y luchó contra su propia debilidad. Después de haberlo rechazado, a medida que la noche avanzaba, "no podía hacer otra cosa que llorar."

Al volver a rencontrarse, estaba él muy resentido por aquellos "admirables escrúpulos de conciencia". Tenía que pertenecerle ni que fuera a la fuerza. Sin embargo, Margarita estaba dispuesta a huir de la primera de sus "prisiones". Defenderíase a sí misma, costara lo que costara, contra su pasión por Bonnivet, o su deseo, "como ella misma lo juzgaba". Si él hubiese sabido despertar su ternura, todo habría sido muy distinto.


Bibliografía:

Hackett, Francis: Francisco I, rey de Francia, Editorial Planeta de Agostini, Barcelona, 1995.

http://es.wikipedia.org/wiki/Margarita_de_Angulema


http://es.wikipedia.org/wiki/Guillaume_Gouffier_de_Bonnivet