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domingo, 26 de enero de 2014

Jacobo I, el Rey Lear y la Corte


El " Rey Lear" ( The King Lear) de William Shakespeare  fue escrito en un período de la historia en la cual la homosexualidad, o "sodomía" como solía ser llamada en otros tiempos, era considerada una aberración, un  pecado nefando o pecado contra natura, sin embargo era una era en la cual el soberano que regía los destinos de Inglaterra cada día dejaba más claro ante sus súbditos su latente homosexualidad. Jacobo I de Inglaterra y VI de Escocia (1566-1625) vivía alejado de su esposa, Ana de Dinamarca, y de sus propios hijos, un hombre que en sus cincuenta y ocho años de poder tuvo la mayor colección de favoritos que ningún rey haya tenido nunca en dicha nación.

 Jacobo amó a los hombres jóvenes, sus favoritos, más que a las mujeres, con un amor que iba más allá del amor entre un hombre y una mujer. Nunca vi a ningún marido enamorado coquetear de tal manera con su bella esposa como yo lo he visto hacer al rey Jacobo con sus favoritos, especialmente con el duque de Buckingham . Palabras de John Oglander, cortesano del rey Jacobo en Inglaterra, armado caballero en 1615.


George Villiers, El duque de Buckingham (1592-1628) por Rubens.

Y es que, el mismo monarca no podía ser más explícito, no solo abrazaba y besaba constantemente en público a su favorito, al que llamaba "my sweet Steenie", "my son", e incluso algunas veces "my wife". No hay dudas del amor que sentía el rey por el duque pues queda patente en el discurso que Jacobo hizo ante el pleno de su consejo privado en 1617, en el que él mismo se declara enamorado de su favorito:

"Yo Jacobo, no soy ni dios ni ángel, sino un hombre como otro cualquiera. Por lo tanto ya actúo como un hombre, y confieso que amo a todos aquellos que son queridos por mí más que a cualquier otro hombre. Podéis estar seguros de que yo amo al conde Buckingham más que a ningún otro, y más que a vosotros que estáis ahora aquí reunidos. Deseo hablar en mi propio nombre, y no pensar en ello como un defecto, ya que Jesucristo hizo lo mismo, y por lo tanto no puedo ser culpado. Cristo tuvo su Juan y yo tengo a mi George."

La corte de Jacobo estaba llena de "bufones, madamas, mimos y catamitas" que se veían envueltos en un entorno que daba cabida a todo tipo de placeres. La palabra "mimic" (mimo) se asignaba a los actores y "catamitas" un término contemporáneo para llamar a los homosexuales sugiere una posible conexión entre "El Rey Lear" de Shakespeare y la corte del rey inglés, concretamente debido a que la obra fue presentada ante el monarca en la noche de San Esteban de 1606, una festividad que podría ser el momento propicio para dar rienda suelta al libertinaje. 

Los teatros londinenses, a igual que la corte de Jacobo I, era un foco de la cultura homosexual en la Inglaterra de principios del siglo XVII. Los padres estaban temerosos de ver a sus vástagos envueltos en dicha institución por miedo a que pudieran ser "corrompidos". Dado el hecho que el Rey Lear fue representada en la corte y probablemente fue escrita para la ocasión, es posible que la obra se estableciera como un vínculo de conexión entre los dos entornos: el teatro y la corte.  Si efectivamente fuera el caso, entonces podríamos poner en evidencia varios momentos de la obra con un alto contenido homoerótico, con claras alusiones que no pasan desapercibidas a los oídos de los espectadores. Hay un instante que el Bufón de Lear hace hincapié que no se debe nunca confiar "en el amor de un chico". Asimismo, hay otro escena en la cual Kent le dice a Gloucester que "no puedo compreenderte" ("I cannot conceive you") que revela un doble significado pues " to conceive" en inglés se puede interpretar también como "concebir, engendrar hijos".



En la obra no faltan también alusiones concretas a personajes históricos de la época entre ellos podríamos mencionar los dos hijos del rey Jacobo que ostentaban los títulos que Shakespeare otorga  a los yernos del rey Lear. Henry, el primogénito del rey, era el duque de Cornwall y Charles, el segundo, duque de Albany. A igual que Lear, el monarca tenía un bufón, Archie Amstrong, por quien profesaba una gran estima. Desde los tiempos de Enrique VIII no había habido ningún bufón en la corte y lo más seguro es que el nuevo personaje estaría presente en la representación gesticulando y haciendo bromas de acuerdo con los que se esperaba de él. Como Lear, James I disfrutaba de la caza, anteponiéndola a los asuntos del gobierno, y su atención exacerbada hacía sus favoritos y el bullicio, el lujo y el número de cortesanos de su séquito le habían causado problemas con el Parlamento que consideraban excesivo su despilfarro. Las insinuaciones al recorte del tumultuosa corte del rey no pasarían desapercibidas a los ojos de Shakespeare. 


Bibliografía:

Cabañas Agrela, Miguel: Reyes Sodomitas, Monarcas y Favoritos en las cortes del Renacimiento y Barroco, editorial Egales, versión Kindle, 2012.

Concha Muñoz, Ángeles de la; Elices Agudo, Juan Francisco; Zamorano Rueda, Ana Isabel. Literatura inglesa hasta el siglo XVII. Madrid: editorial UNED, 2009.

Ryan, Michael: Literary Theory, A Practical IntroductionBlackwell Publ, 2007.

domingo, 11 de agosto de 2013

La leyenda de la Sirena Melusina



En la oscuridad del bosque el joven caballero oyó el rumor de la fuente mucho antes de alcanzar a ver el resplandor de la luna reflejado en la superficie e serena. Estaba a punto de acercarse a ella, ansiando sumergir la cabeza, beber de aquel frescor, cuando de repente se le paró la respiración al percibir una forma oscura que se movía allí abajo, dentro del agua. En el profundo seno de la fuente se discernía una sombra verdosa, algo parecido a un pez enorme, algo semejante a un cuerpo ahogado. Entonces la sombra se movío y se irguió, y el caballero vio lo que era: una mujer, temible en su desnudez que estaba bañándose. Cuando se incorporó y el agua le resbaló por los costados, su piel brilló más blanca que el blanco de la gran taza de mármol, y su cabello, negro como una sombra. Es Melusina, la diosa, del agua, que se encuentra en cascadas y manantiales escondidos de cualquier bosque de la cristiandad. Un hombre puede amarla si le guarda el secreto y la deja a solas cuando ella desea bañarse, y ella puede amarlo a su vez hasta que él incumpla su palabra, cosas que los hombres hacen siempre, y lo arrastre a las profundidades con su cola de pez, y transforme su sangre desleal en agua. La tragedia de Melusina, sea cual sea la lengua que la narre, es que un hombre siempre le prometerá hacer más de lo que es capaz de hacer a una mujer a la que no puede entender. Melusina le prometió que iría con él y que sería su esposa, le prometió que lo haría tan feliz como podría hacerlo cualquier mujer mortal, le hizo además una promesa que reprimiría su lado indómito, su naturaleza semejante a las mareas, que seria para el una esposa normal, una mujer de la que pudiera enorgullecerse, si él a cambio le permitía disponer de un poco de tiempo durante el cual pudiera volver a ser ella misma, durante el cual pudiera regresar a su elemento líquido, durante el cual pudiera desprenderse de toda pesadez que implica ser mujer y ser una vez más, sólo durante un rato una diosa del agua. Sabía que ser una mujer mortal es doloroso para el alma y también para los pies. Era consciente que tendría necesidad de estar a solas en el agua, debajo del agua, dejando que formara pequeños remolinos en su cola de escamas. Él le juró que le daría todo, todo lo que quisiera, como hacen siempre los hombres. Y ella confió en él sin querer, como hacen siempre las mujeres namoradas. Acordaron entonces que ella caminaría con los pies durante un mes seguido, que luego podría irse a su aposento privado, llenar Una gran bañera de agua y, tan solo por una noche, volver a ser pez. Y asi vivieron muchos años siendo muy felices. porque él la amaba y comprendía que una mujer no puede vivir siempre como un hombre. Entendía que ella no siempre podía pensar como pensaba él, andar como andaba él, respirar el mismo aire que respiraba él. Ella seria siempre un ser distinto, escucharía una música distinta, oiría un sonido distinto, conocería un elemento distinto. Comprendía que ella necesitaba pasar tiempo a solas. Comprendía que ella tenia que cerrar los ojos,sumergirse bajo la brillante superficie del agua, agitar la cola , respirar por las branquias y olvidar las alegrías y las penas de ser esposa...solo un rato, solo una vez al mes. Juntos tuvieron hijos que crecieron con belleza y salud, él gano en prosperidad y el castillo en que vivían se hizo famoso por sus riquezas y por su elegancia. También se hizo famoso por la gran belleza y dulzura de la mujer, y acudían visitantes llegados de tierras muy lejanas para ver el castillo, al señor mismo y a la bella y misteriosa dama que estaba casada con él.



 El esposo mortal que tenía Melusina la amaba, pero no acababa de entenderla. No comprendía su naturaleza y no estaba contento de vivir con una mujer que para él era un misterio. Permitió que un invitado lo persuadiera de espiar sus movimientos. Se ocultó detras de las colgaduras de su cuarto de baño y la vio nadar bajo el agua, vio horrorizado cómo brillaban, ondulantes, sus escamas, descubrió su secreto: que aunque ella lo amara, aunque lo quisiera de verdad, seguía siendo mitad mujer mitad pez. Él no podía soportar lo que ella era y ella no podia evitar ser lo que era. Así que él la dejó' porque en el fondo de su alma temía que fuera una mujer de naturaleza dividida...y no se dio cuenta de que todas las mujeres son criaturas que poseen una naturaleza dividida. No podia soportar que guardara un secreto, en que tuviera una vida que permanecia oculta para él. De hecho, no podia tolerar la verdad de que Melusina era una mujer que conocía las profundidades desconocidas, que nadaba en ellas. Pobre Melusina, que se esforzó tanto por ser una buena esposa, que tuvo que dejar a un hombre que la amaba y regresar al agua porque la tierra le resultaba demasiado dura. Al igual que muchas mujeres, no consiguió coincidir exactamente con el punto de vista de su marido. Le dolían los pies, no podia caminar por la senda que su esposo había escogido. Intentó bailar a fin de complacerlo, pero no pudo evitar el dolor. La sensación que sintió su marido cuando la vio con el agua resbalándole por las escamas y la cabeza sumergida en la bañera que habia Constr especialmente para ella, pensando que le gustaría lavarse, no transformarse en pez, experimento ese instante dd revulsión que algunos hombre sienten cuando comprenden, quizá por primera vez, que una mujer ciertamente es otra, que no es un niño aunque no sea débil como un niño, que no es una necia aunque él la haya visto temblar de emoción como los necios, que no es una persona malvada por su capacidad de guardar rencor ni tampoco una santa por sus arrebatos de generosidad.Ella no posee ninguna de esas cualidades masculinas. Lo que vio él era un ser mitad pez, pero lo que lo aterrorizó profundamente fue el ser una mujer. Melusina, la mujer que no pudo olvidar que en parte estaba hecha para el agua, dejó a sus hijos con su esposo y se fue con sus hijas. Los chicos crecieron y se hicieron hombres, se convirtieron en los duques de Borgoña, gobernantes de la cristiandad. Las chicas heredaron la visión de su madre y el don de conocer lo desconocido. Ella nunca volvió a ver a su esposo, nunca dejó de extrañarlo, pero él, en la hora de su muerte la oyó cantar una canción. Entonces supo, tal Como ella había sabido siempre, que no importa que una esposa sea mitad pez y el esposo sea totalmente mortal. Si hay suficiente amor, no hay nada, ni siquiera la naturaleza, ni siquiera la muerte misma, que pueda interponerse entre dos seres que se aman. 


 CUENTO copilado de la novela LA REINA BLANCA (The White Queen) de Philippa Gregory. Todos los derechos reservados.

viernes, 12 de abril de 2013

Explorando el mito: "El verdadero Richard III" (Introducción)

El rey Ricardo III. Este cuadro titulado "The Broken Sword", fue pintado póstumamente entre 1533-43 bajo el reinado de Enrique VIII.


Ricardo III pasó a los anales de la historia como uno de los más malévolos y despiadados reyes de Inglaterra. Poseía las habilidades y talentos que debía tener un gobernante, sin embargo, según pregona la leyenda, ordenó asesinar a sus propios sobrinos, Eduardo V y a su hermano Ricardo, duque de York. Su imagen, manchada hasta el día de hoy, se construyó en parte por la intensa obra de Shakespeare. Es inevitable que nos venga a la retina la figura de un monarca usurpador, tirano y monstruoso, capaz de cualquier acto de villanía por lograr el poder absoluto. Entonces, ¿ya está? ¿Nos conformamos con esa supuesta verdad? 

Como humanos que somos, sabemos discernir que en este mundo no todo es blanco o negro. Los matices grises son los que dominan nuestros actos, es lo que nos convierten en seres fascinantes y complejos. Para empezar, sólo podemos decir que el auténtico rey Ricardo no fue tan malo ni tan bueno como se le ha descrito. Parte de la imagen que ha llegado hasta nuestros días deriva de "The Tudor Propaganda" que incrementó sus atrocidades y actos despiadados, incluso lo retrataron como un ser deforme hasta los limites de la monstruosidad. Haremos  todo lo posible para intentar acercarnos a  ese verdadero hombre, que bajo un pesado manto negro escondía una gama considerable de claroscuros: desde su fiel amor por su esposa Anne Neville (no se le conoció ninguna amante mientras estuvo casado) hasta considerarlo el responsable por el asesinato de sus sobrinos.





Ricardo III y su consorte, Anne Neville

Poco más de cinco siglos han pasado desde que Ricardo III fue coronado rey de Inglaterra. Únicamente reinó durante dos años, de 1483 a 1485, hasta ser vencido por el futuro Enrique VII en la Batalla de Bosworth. Treinta años de guerras sangrientas, de 1455 a 1485, llegaron a su fin y las heridas de tan terribles contiendas cicatrizaron con el matrimonio de Enrique Tudor con Elizabeth de York. Por fin llegaba la paz, la unión entre las dos rosas, la roja de los Lancaster se fusionaba con la blanca de los York. Pero claro está, no hay rosas sin espinas, nada mejor dicho.

Como todos los que se codean con el poder, la ambición corría por las venas  de Ricardo. ¿Quién en aquellos tiempos no hubiese deseado ser el soberano de Inglaterra? Desde niño presenció las disputas entre primos, incluso entre hermanos: Los York y los Lancaster luchaban a muerte por un reino inmerso en un completo caos, donde las lealtades cambiaban según la marea de los acontecimientos.

Ricardo Plantagenet, el hijo más joven de Richard, III duque de York (1411-1460) y de Cecille Neville (1415-1495), nació el 2 de octubre de 1452 en el castillo de Fotheringhay.


El pequeño Ricardo consiguió sobrevivir a los periplos de la infancia y parece ser que luego pasó sus  primeros años de juventud en compañía de su hermano George, bajo los cuidados de su madre en  Fotheringhay. Después que su hermano mayor Eduardo IV ascendiera al trono en 1461, Ricardo fue  nombrado duque de Gloucester y enviado a que lo educaran como un caballero en el hogar del conde de Warwick en el castillo de Middleham en Yorkshire. Allí, Ricardo convivió con las hijas de Warwick, Isabella y Anne, y también con uno de los pupilos de conde, Francis Lovell, quien sería amigo suyo durante toda la vida. En ese enclave fue donde aprendió el arte de la guerra y las habilidades que se requerían para un noble de su posición, además de algunas nociones sobre leyes.

Ricardo fue esencialmente un niño que le tocó vivir una era violenta y tumultuosa, él mismo era el legado de una devastadora guerra civil. Su infancia y años formativos fueron eclipsados por batallas, traiciones y muertes atroces. Cuando apenas tenía ocho años de edad, su padre y su hermano Edmund murieron en campo de combate.

Durante la década de 1460, Eduardo IV favoreció más bien poco a su hermano pequeño, en realidad el que recibió todos los honores fue el hermano mediano, George, quién había sido nombrado duque de Clarence y llevado a vivir a la corte. Pero realmente quien permaneció incondicional al rey fue Ricardo, mientras George y Warwick se volvían en su contra, convirtiéndose en traidores de la corona.   Por lo tanto, el joven  duque de Gloucester caminó hacía la edad adulta en un inseguro y oscuro mundo, y dos veces sufrió la agonía del exilio.


Continuará...


Bibliografía:

Ashdown-Hill, John: The last days of Richard III and the fate of his DNA, The History Press, 2013.

Hicks, Michael: Richard III, The History Press, 2003.

Weir, Alison: The Princes in the Tower, Pilmico, London, 1992.

sábado, 25 de julio de 2009

El compromiso matrimonial entre Doña Juana de Castilla y Enrique VII de Inglaterra


Juana de Castilla


Enrique VII al conocer la viudedad de Doña Juana de Trastámara demonstró gran interés en convertirla en su segunda consorte. El monarca inglés tuvo la oportunidad de conocerla durante su breve visita a la Isla Británica, en 1506, cuando la armada flamenca que la llevaba, junto con Felipe el Hermoso, arribó, obligada por las tormentas, a las playas inglesas. Podemos asegurar que la belleza de la archiduquesa de Austria no pasó desapercibida a los ojos del viejo rey. Para entonces, era de conocimiento de todos que Juana tenía tendencia a profundos cuadros depresivos, de que daría muestra en la misma Corte de Londres. Enrique VII se sentía atraído ante la idea que fuera una joven ardiente, que llevaba la pasión a límites extremos y que el amor fuera su respirar de cada día.

No obstante, había algo todavía más fascinante en su figura: Juana engendraba con suma facilidad niños sanos y robustos, de los que por ahora había cinco por el mundo. Tal condición era enormemente valorada en cualquier reino, por norma general, los gobernantes eran constantemente perturbados por la cuestión de la sucesión. Por aquellas fechas, el soberano había perdido a su primogénito, el príncipe Arturo. Aunque Juana ya daba signos de inestabilidad emocional, eso en realidad no afligía mucho a Enrique VII. Mantener un enfrentamiento intelectual con su esposa no era lo que más le importaba. El deber fundamental de una reina consorte era proveer de hijos a Inglaterra y consolidar la recientemente fundada dinastía Tudor.


Enrique VII, a sus cincuenta años, era calvo, jadeante, sin dientes y con mal aliento. Sin embargo, desde la muerte de Elizabeth de York, en 1503, el soberano no sacaba de su cabeza la idea de desposarse nuevamente. A la muerte de Arturo, había prentendido su nuera, Catalina de Aragón. Después dirigió también miradas a Juana de Nápoles, incluso a la madre del futuro Francisco I, Luisa de Saboya. Más adelante tuvo en mente a Margarita de Angulema, la hija de la última.




Enrique VII

Finalmente creyó que Juana de Castilla era la que más le convenía. Pero como todavía el cadáver de Felipe el Hermoso era un obstáculo para la futura pareja, el monarca inglés, por si acaso, prefirió jugar a dos bandas. Por un lado pretendía a Juana y por otro monstraba interés por Margarita de Austria. Para definitivamente formalizar el compromiso con la infanta española, nadie mejor que utilizar a su nuera, Catalina de Aragón, como pieza de ajedrez. La joven princesa viuda de Gales desamparada por su padre y vivendo en un estado de caótico abandono, en los últimos tiempos carecía de recursos para pagar a sus sirvientes y para alimentarse y vestirse como correspondía a su rango. El asunto de la dote de su matrimonio con Arturo le traía por la calle de la amargura.

Catalina de Aragón



Catalina presentía que la boda de su hermana con su suegro podría ser su liberación, si Juana se convertía en reina de Inglaterra. Y así se lo suplicó a su padre. La única persona capaz de persuadir a la tozuda reina de Castilla de 27 años era sin duda su progenitor.


Vi lo que el rey de Inglaterra vos fabló - contestaría Fernando a su hija, el 15 de marzo de 1507 - sobre lo de su casamiento con la reina de Castilla, mi fija, vuestra hermana, y plúgume sobre todo lo que sobre ello de su parte me escrebistes.



Aquella negociación no desagradaba al Rey Católico:


Respondedle a ello de mi parte que yo no sé aún si la dicha de la Reina, mi fija, está en voluntad de casarse, y que si ella se ha de casar, que yo folgaré más que se case con dicho Rey, mi hermano...


Lo primero sería conseguir que Juana accediese a que se diera sepultura a su marido, Felipe el Hermoso. De verdad que Fernando lo intentó pero todo fue en vano. Juana era de convicciones fijas, su respuesta se repetía un y otra vez: "No tan deprisa". Es lógico de esperar que no consiguió ver un atisbo de encanto en su achacoso prometido. Todo ello fue contemplado por ella durante su breve visita a la corte inglesa. Enrique VII no era precisamente un "Adonis" capaz de hacer olvidar a su amado Felipe.


De todas formas, una tisis galopante puso fin al compromiso. Enrique VII falleció el 21 de abril de 1509. Dos meses antes, Fernando el Católico, convencido ya que el proyecto de casar a su hija era imposible, decidió que Doña Juana fuera encerrada definitivamente en Tordesillas. Si hubiera accedido a esta proposición a tiempo, tal vez se hubiera librado de un angustioso y eterno encierro.



Bibliografía:


Fernández Álvarez, Manuel: Juana la Loca, La Cautiva de Tordesillas, Espasa-Calpe, Madrid, 2001.

Hackett, Francis: Enrique VIII y sus seis mujeres, Planeta DeAgostini, Barcelona, 1996.

jueves, 27 de noviembre de 2008

El misterio de los Príncipes de la Torre de Londres



El término Príncipes de la Torre es con el que se conoce al joven rey de Inglaterra Eduardo V(1470-1483?) y su hermano Ricardo de Shrewsbury(1473-1483?), duque de York. Ambos eran hijos de Eduardo IV y de Isabel de Woodville, y herederos al trono.

La boda de sus padres fue toda una controversia en Inglaterra,ya que Eduardo IV había elegido como esposa a una plebeya, por amor, en vez de desposarse con una princesa francesa como estaba previsto. Además la joven era viúda y con dos hijos.



Isabel de Woodville, madre de los Príncipes de la Torre

El 9 de abril de 1483, fallece su padre Eduardo IV. El joven Eduardo con apenas 12 años es coronado como Eduardo V. Su padre antes de morir deja a su hermano Ricardo de Gloucester encargado del Consejo de la Regencia, nombrándole Lord Protector. El muchacho, según se cuenta, estaba muy apegado a su anterior Protector, Thomas Woodville, Lord Rivers y hermano de su madre.

La familia materna del nuevo rey, los Woodville, eran considerados como ambiciosos y hambrientos de poder. Ante estos hechos, Ricardo asumió el liderazgo del bando anti-Woodville. Desde su posición de control como Lord Protector, capturó al joven rey que se había refugiado entre las manos de su tío materno Thomas Woodville. Puesto bajo su custodia, fue encerrado en la Torre de Londres, donde pronto lo acompañaría su hermano Ricardo, Duque de York de sólo nueve años.

Inmediatamente Ricardo alegó que él era el legítimo heredero al trono. Para conseguir sun gran meta no tuvo escrúpulos en declarar que los hijos de su hermano, eran bastardos, ya que Eduardo IV había firmado un contracto matrimonial previamente con Leonor Talbot antes de casarse con Isabel Woodville, y por tanto era bígamo. El Parlamento de Inglaterra corroboró esta versión, declarando bastardos a los niños (conocidos ya como los "Príncipes de la Torre") y siendo declarado y coronado como rey de Inglaterra con el nombre de Ricardo III.




Ricardo III, tío de los príncipes

De los jóvenes príncipes nadie volvió a saber, ya que se prohibió a su madre Isabel visitarlos, al igual que a todos los que tenían contactos con ellos. Nadie volvió a saber de los príncipes.

Rápidamente el pueblo comenzaría a tener la sospecha que los príncipes fueron en realidad asesinados por el ahora rey Ricardo III, específicamente asfixiados por orden suya. Desde entonces se han tejido infinidad de leyendas sobre el verdadero destino de los "Príncipes de la Torre".

Algunos suponen que Ricardo III no habría ordenado sus muertes, y que en realidad fueron deliberadamente ocultos el resto de sus vidas; mientras que para otros no había ninguna duda de que fueron victimados por su tío, hipótesis reforzada por un hecho ocurrido siglos más tarde.

Gracias al personaje recreado por William Shakespeare en "a tragédia Ricardo III", el recuerdo que nos transmite es de un hombre despreciable, sin escrúpulos, capaz de todo por el poder, llevándolo a asesinar a sus própios sobrinos. Hay quién afirma que jamás tuvo nada que ver con esos espeluznantes hechos, incluso se formó una organización de ambito internacional dedicada a defender la inocencia rey Ricardo.

No hay que descartar posibilidades, puede que el própio fundador de la Dinastía Tudor, Enrique VII y su madre la piadosa Margarita de Beaufort se vieran implicados en la desaparición de los príncipes.La ambiciosa Margarita bien pudo haber sido responsable de haber maquinado tal plan. La madre de Enrique siempre luchó para que su hijo se hiciera con la corona, y no media esfuerzos para lograrla. Además arregló el matrimonio entre su hijo e Isabel de York, hermana de los jovenes desaparecidos. Finalmente Enrique VII venció a Ricardo III en la Batalla de Bosworth, proclamádose nuevo rey de Inglaterra.

Lo cierto es que los historiadores no se ponen de acuerdo si realmente fueron asesinados. Quizá los niños no muriesen, sino que fueron sacados de la Torre por los enemigos de Ricardo. Otros afirman que fueron secuestrados y encerrados en un calabozo en 1483, que estuvieron prisioneros en varios castillos ingleses y fueron asesinados más tarde. Cabe también la posibilidad que fueron sacados de Inglaterra gracias a la ayuda de su tía Margarita de Borgoña (esposa de Carlos, el Temerário y hermana de Eduardo IV) que los transladó a vivir a los Países Bajos. Según se cuenta, el pobre Eduardo habría muerto, pero el príncipe Ricardo habría llegado a la edad adulta y con la ayuda de diversas casas reales europeas, se enfrentó en una importante rebelión contra Enrique VII. Luego hay quién afirma que ese joven no era más que un impostor llamado Perkin Warbeck. Jamás podremos saberlo con exactitud.

Lógicamente no hay que olvidar que en 1674, durante el reinado de Carlos II (1660-1685), trabajadores descubrieron los cuerpos de dos niños o niñas en la Torre de Londres. Los ingleses creyeron que eran los cuerpos de los príncipes, y les dieron un entierro real. Los huesos fueron colocados en una urna de mármol que todavía se conservan en la Abadía de Westminster.Por otro lado hay que tener en cuenta, que se encontraron otros esquelectos infantiles en la Torre, incluso uno de ellos se remonta a la edad de piedra. La verdad es que nunca se hizó ninguna prueba de ADN de esos huesos y carecemos de pruebas que nos permitan asegurar que se trata de los restos mortales de los príncipes de la Casa de York.




Fuentes Bibliográficas:

Maxwell, Robin: Los Príncipes Cautivos, el secreto de la Torre de Londres, Editora Edhasa, 2008.

es.wikipedia.org/wiki/Príncipes_de_la_Torre

es.wikipedia.org/wiki/Eduardo_V_de_Inglaterra

en.wikipedia.org/wiki/Princes_in_the_Tower

lunes, 19 de mayo de 2008

Enrique VIII, el gran compositor




La idea que tenemos del monarca es que fue un rey cruel, tirano y absolutista y como no, conocido por haber tenido seis esposas, dos de ella condenadas a muerte. Pero en los comienzos de su reinado, demonstró una vena artistíca que poco se conoce, hablo de sus composiciones musicales.
Enrique VIII era un verdadero príncipe renacentista. Fue educado en los clásicos, y hablaba con fluidez varios idiomas, incluido el latin(que era obligatorio). Estudió filosofia y religión y con frecuencia organizaba debates con pensadores de la época. Fue tambíen un gran atleta, y a menudo practicaba el tenis y las justas. Escribió prosa y poesía, pero su verdadera pasión siempre fue la música.

Se cuenta que tenía una bonita voz, poseía además muchos instrumentos y tocaba muy bien el laúd. Compuso piezas con gran sensibilidad, retratando con maestría la vida cortesana. Se ha econtrado un cancionero conocido como “Henry VIII´s Book o Henry VIII´s Manuscript”, contiene 33 canciones compuestas por el rey durante sus años jovenes, asi como obras de otros compositores.Algunas parecen haber sido escritas para ocasiones especiales y ,casi todas tienen al amor como tema principal. Abajo detallamos el cancionero:
1.Wherto shuld I expresse
2.Consort XXIII
3.Thow that men do call it dotage
4.Grene growith the holy
5.Consort V
6.Withowt dyscord
7.Consort II
8.Helas madam
9.Consort XII
10.Alac, alac, what shall I do
11.Consort XIV
12.Pastyme with good companye
13.The tyme of youthe
14.Consort IV
15.Departure is my chef payne
16.Consort XVI
17.Lusti yough shuld us ensue
18.En vray amoure
19.Whoso that wyll for grace sew
20.Consort XIII
21.Adew madam et ma mastres
22.Tandernaken
23.Alas, what shall I do for love?
24.Consort VIII
25.It is to me a ryght gret joy
26.Consort XV
27.O my hart
28.Whoso that wyll all feattes optayne
29.Gentil prince de renom
30.Though sum saith that yough rulyth me
31.Consort III
32.If love now reynyd - No. 1
33.If love now reynyd - No. 2
34.Consort XXII
Uno de los temas que se le han atribuido a Enrique es la gran conocida “Greensleeves” una bella canción que se cree que fue un homenaje a su futura consorte Ana Bolena, que en un principio fue no correspondido.Este rechazo aparece en la canción, que incluye la frase “Ay, amor, me malinterpretas al rechazarme de forma tan descortés”. Algunos dudan de la autoria de la canción, la ubican en una época posterior. Uno de los motivos que fomentaron su amor hacía Ana, es que ella amaba profundamente la música, igual que al soberano. Ella tocaba el laúd, el arpa, la flauta, bailaba y cantaba muy bien.

Por el contrario, la cuarta esposa de monarca, Ana de Cleves, tenía una falta de sensibilidad musical ,que al rey le parecia inaceptable que no supiera cantar, ni tocar ningun instrumento, y para empeorar que no mostrara ningun interés en intentarlo ni en aprender. Eso hizo que el monarca sintiera rechazo por ella.

He recopilado algunos videos de sus más populares canciones, a continuación
”Pastyme with good companye“




"Greensleeves"