Mostrando entradas con la etiqueta Sancha de Aragón. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Sancha de Aragón. Mostrar todas las entradas

viernes, 9 de septiembre de 2011

La misteriosa muerte de Juan Borgia, duque de Gandía: Primera Parte




La carrera de Juan Borgia en el Vaticano iba en viento en popa, pues en aquel momento Alejandro VI estaba en el auge de su poderío y es lógico de suponer que deseaba a toda costa la misma suerte para su vástago. El 7 de junio de 1497, en consistorio, proclamó ante todos su intención dar a su hijo un feudo, para él y para sus descendientes la ciudad de Benevento, con sus correspondientes fortalezas y pertenencias. Su ascenso no resultó ser del agrado de muchos, sin embargo algunos trataron de sacar provecho de la situación en la medida de lo posible. Entablar amistad con el duque de Gandía era un golpe de suerte y sería estúpido el que no vislumbrara las ventajas que tal vínculo proporcionaba.

El cardenal Ascanio Sforza no salió muy bien parado. Existe un episodio nefasto que corrobora esta afirmación. Ocurrió en una noche de junio en el palacio del vicecanciller:
 Sforza agasajaba a sus invitados con un espléndido banquete, entre los cuales se encontraba Juan Borgia. Impulsivo, engreído y creyéndose intocable, el hijo de Papa comenzó a burlarse de los convidados y llegó a llamarles "holgazanes a la mesa", a lo que uno de los aludidos contestó tranquilamente que jamás se olvidarían de su bastardía. Juan se levantó bruscamente, haciendo creer a todos que tal insulto desencadenaría en una lucha cuerpo a cuerpo, pero la conducta del duque fue todo lo contrario. Abandonó la residencia de Ascanio buscando refugio en el palacio papal.






Alejandro VI obró de una manera inesperada: haciendo caso omiso a la inmunidad diplomática, mandó una compañía de soldados a forzar las puertas del palacio de Ascanio y acto seguido hizo arrestar al hombre que proclamó aquella injuria a su hijo. La clemencia de Su Santidad brilló por su ausencia, fue tajante y firme en su decisión: su condena sería la horca. El gesto hostil de Rodrigo Borgia resulta inexplicable para un hombre ante todo conocido por su tolerancia hacía los chismes y las habladurías acerca de él. Quizá aquel comentario desafortunado le sentó como una puñalada, una grieta en su orgullo, que era imposible no defender su honor. Sus hijos eran su esperanza de un futuro próspero, la prolongación de su ser, nadie tenía derecho a difamarlos.  

Después del incidente, Juan, rescatada su honra, merodeaba por todos los rincones de Roma con su actitud temeraria e imprudente, sin prestar la mínima atención a los consejos que le daba su padre. Seguía metiéndose en intrigas y fanfarroneaba sin cautela.




Además de sus amoríos con Sancha de Aragón, se decía que Juan estaba enamorado de una jovencita noble y bellísima, la hija del conde Antonio María della Mirandola, y que trataba de aproxímarse a ella a toda costa. Desconocemos si logró su cometido, ya que la muchacha estaba muy bien salvaguardada por su familia; no obstante resulta llamativo que un gentilhombre de la servidumbre del cardenal Sforza, cierto Jaches al cual ella había sido ofrecida en matrimonio, con ricas promesas de dote, aun amando a la dama, siempre se negaba a casarse con ella.

Llegó finalmente el señalado 14 de junio de 1497. Vannozza Cattanei hizo una gran invitación a sus hijos varones; no era algo inusual, la madre de los vástagos del Papa le gustaba frecuentemente reunir en torno a su mesa su progenie. 




Vannozza planeó su fiesta no en el palacio de la ciudad, sino al aire libre, en una viña que poseía entre la iglesia de San Martino ai Monti y la de Santa Lucia in Selci, invitando a César, a Juan, al cardenal Borgia de Monreal y a algunos parientes íntimos. Por el contrario, Lucrecia no acudiría ya que llevaba ochos días encerrada en su retiro de San Sixto.




César, con su traje laico, alardeaba de sus modales de caballero; y el duque de Gandía se comportaba como si fuera "el rey" de la fiesta, dejando trasparecer su carácter fanfarrón y descarado ante la presencia de los demás cortesanos. Junto a Juan Borgia aparece de pronto un enmascarado; pero a su alrededor no había quien se preocupase. 




 A avanzadas horas de la noche  acabó la cena y los convidados, despidiéndose de Vanozza, regresaron a sus residencias: iban en grupos, cada uno con su pequeño séquito, hacía el Vaticano, cuando cerca del palacio del cardenal Ascanio, en el barrio del Ponte, el duque de Gandía se detuvo, y tomando consigo un palafrenero y dando montura al misterioso hombre de la máscara, se adentró en la oscuridad de la madrugada para acudir a una cita. Haciendo alarde de su carácter temerario, no siguió las indicaciones de los que le aconsejaban ir acompañado por hombres armados. La resonante y engreída carcajada del joven duque fue lo último que parientes y servidores oyeron de él vivo.


Continuará...




Bibliografía:

Bellonci, María: Lucrecia Borgia, su vida y su tiempo, Editorial Renacimiento, México D.F., 1961.

Escenas de la primera temporada de la serie The Borgias (Showtime, 2011)

martes, 2 de agosto de 2011

Doña Sancha de Aragón, La Cautiva de los Borgia: Sexta Parte

Lucrecia Borgia y Sancha de Aragón se hicieron amigas. Al principio Lucrecia la podría haber visto como una amenaza, no obstante, ahora percibía que compartían intereses muy distintos y no había razón para temer que la princesa de Nápoles ocupara su lugar como protagonista del Vaticano. Entre las pretensiones de Sancha no estaba aspirar a una notoria posición y muchos menos eclipsar la estrella de su cuñada. Su tiempo transcurría entre fiesta y fiesta, gozando al máximo de los bailes y músicas que animaban el palacio papal.

En el verano de de 1496, Alejandro VI temía que los franceses invadieran nuevamente los Estados Pontifícios y aquello le dejaba intranquilo respecto a la seguridad de sus hijos. Una de sus órdenes fue pedir que Juan Borgia, el duque de Gandía, abandonase España. Durante los años de 1494 y 1495, Carlos VIII de Francia estaba decidido a ejercer sus derechos sobre el trono de Nápoles, invadiendo la península itálica. La velocidad y el poder del avance francés asustó a los otros gobernantes italianos, incluido el Papa y el duque de Milán, Ludovico Sforza. Ellos formaron una coalición anti-francesa, llamada "La Liga de Venecia". En Fornovo en julio de 1495, la Liga derrotó a las tropas de Carlos VIII y éste perdió casi todo el botín de la campaña para luego retirarse a Francia.



Retrato de Juan Borgia


Después de la partida del monarca galo, la llamada de Rodrigo Borgia se hizo tan urgente que los más plausible para Juan sería regresar al hogar familiar. Tuvo que dejar a su desconsolada esposa, la duquesa María Enríquez Borgia con su pequeño vástago, Juan, y un nuevo retoño que venía en camino.


Diez de agosto, día de San Lorenzo. Juan Borgia hace su entrada en Roma llegando a Civitavecchia. César lo esperaba a la entrada del puerto para acompañarle con todos los honores que se merecía al palacio apostólico, donde el duque de Gandía iba a alojarse. Lo agasajaron con una cordial bienvenida, deleitando a los asistentes con una pomposidad que no pasaba desapercibida. El duque iba sobre un caballo bayo enjaezado con "guarniciones de oro y campanillas de plata", además de una gorra de terciopelo oscuro, con las mangas y el pecho recamados de gemas y de perlas.



El Papa preparaba a su hijo Juan ejército y artillería y hacía venir a Roma, como lugarteniente del ejército, al duque Guidobaldo d´Urbino, hombre experto en el arte militar, pero sin la desmedida ambición de los Borgia, una garantía de seriedad y lealtad. En octubre de 1496, todo estaba dispuesto y el duque de Gandía nombrado capitán general de la Iglesia. Acto seguido comenzaron las campañas militares, en algunas salieron victoriosos y optimistas, conquistando diez fortalezas y otras, como la disputada contra Carlo y Giulio Orsini, cayeron rendidos ante la perspicacia del enemigo.

Terminado el agobio de las batallas, Juan se entregó a los placeres de las fiestas que para el regocijo del duque coincidía con los Carnavales. Claro está que hubiera sido una lástima desperdiciar un tiempo tan propicio a la diversión. En medio de la muchedumbre, vislumbró la presencia de la bella Sancha de Aragón, con sus ardientes y vivaces ojos negros que incitaban a un hombre a perderse entre sus brazos. Ambos tan pasionales e impulsivos, se dejaron abrumar por una pasión arrolladora.

Sin embargo, se iniciaba un conflicto fraternal imborrable. Lo que ocurrió luego entre César y Juan hasta hoy no se ha podido aclarar. Por otro lado, Sancha no le importó causar estragos entre los hermanos; quizás ya se había aburrido de su idílio amoroso con César y deseaba buscar la llama del placer en la compañía de otros hombres, ¿¿pero por qué con Juan?? ¿¿No había otros cortesanos que podrían satisfacer sus necesidades carnales?? A lo mejor, adoraba el arriesgado juego de las pasiones, vivir al límite resultaba excitante; o tal vez quisiera vengarse, afirmándose tres veces nuera del Papa, por su matrimonio con Jofre, y sus aventuras con César y Juan.







Continuará...


Bibliografía:

Bellonci, María: Lucrecia Borgia, su vida y su tiempo, Editorial Renacimiento, México D.F., 1961.

http://en.wikipedia.org/wiki/Charles_VIII_of_France

http://web7.taringa.net/posts/info/10048866/Los-Borgia-enredos-politicos_-escandalos-y-ambiciones_.html


Escenas de la primera temporada de la serie The Borgias (Showtime, 2011)

sábado, 7 de noviembre de 2009

Doña Sancha de Aragón, La cautiva de los Borgia: Quinta Parte

A Sancha se le reconoció su soberanía y abolengo en la corte papal, pero apesar de ello, sabía que era un mero títere en las manos de su nueva familia y su función basicamente en el Vaticano consistía en apaciguar las relaciones de Alejandro VI con el reino de Nápoles. La intención del Papa no era otra que la de asegurarse un aliado frente a los posibles conflictos con las naciones vecinas. Como veremos más adelante, Su Santidad poseía un carácter muy inestable y cambiaba de partidarios conforme sus intereses y maniobras políticas.

Lejos de mostrarse enojada ante un matrimonio de conveniencia, Sancha se adaptaba como podía a la vida marital, no odiaba ni maltrataba a su marido, todo lo contrario, lo apreciaba incluso demasiado y lo defendía a medida de su alcance. No obstante, no le prodigaba ese sentimiento tan sublime que nos oprime el alma: el amor. Una mujer dotada de un fuerte carácter con ella, solamente sería capaz de amar a un caballero más rebelde y despiadado. Ahí es cuando entra en escena su cuñado, César Borgia. El hermano de su esposo poseía todas esas cualidades, hasta en demasiada abundancia, que ella esperaba de un hombre. Su sangre bullía de deseo por el todavía cardenal Borgia y no dudó en entregarse a vivir una arriesgada aventura amorosa a su lado.


César Borgia por Altobello Melone (Accademia Carrara, Bérgamo).

¿Pero quién era ese enigmático personaje?

Al parecer, César Borgia (1475-1507) a sus veintiún años era un irresistible galán. Esbelto, ágil, de pelo castaño, piel morena, frente despejada, ojos oscuros y profundos, era el prototipo de hombre ideal para cualquier mujer. Sus modales era exquisitos, aunque fríos, su intachable y distante cordialidad y cierto aire distraído escondían deconfianza y misterio. Tal vez esta era la razón por la cual resultaba tan enigmático ante los ojos de las damas. Estaba dotado de una gran fortaleza y de un extraordinario vigor físico: se cuenta que doblaba con las manos lanzas y barras de hierro, cazaba desde la mañana hasta la noche y sobrellevaba cualquier adversidad sin inmutarse. Su virilidad no tenía nada que aspirar a la de su padre; tuvo muchas amantes a los largo de su vida, entre ellas Sancha de Aragón, a las que algunas siguió manteniendo cuando sucumbió a la sífilis, para entonces se vió forzado a llevar guantes y a ocultar la cara para tapar las repulsivas llagas.

Sin embargo, su entrega a los placeres no le impidió destacarse en sus estudios, coronados por una licenciatura en derecho canónico y civil, lograda entre los dieciséis y los diecisiete años. Su padre proyectó para él una carrera eclesiástica, como era tradicional para el segundón de las familias nobles, en tanto que su hermano Juan, nombrado duque de Gandía, ocuparía el cargo de capitán general de los ejércitos pontificios. Antes de cumplir los veinte ya era arzobispo de Valencia y poco después cardenal.


El día de Pentecostés, 22 de mayo de 1496, se celebraba en San Pedro una función a la cual había acudido el papa con su corte cardenalicia y todas las mujeres de la casa borgia, con Lucrecia y Sancha a la cabeza. Presidía el oficio un capellán español, que se sentía muy honrado por predicar en un ambiente tan distinguido con era la corte papal. Su sermón resultó bastante aburrido para los oyentes, las mujeres que permanecían de pié, se fatigaban , y todos incluído Alejandro VI, estaban impacientes y no veían la hora que el sacerdote concluiera su cometido.

De repente, en aquel ambiente repleto de semblantes hastiados, algo de movió, y se contempló a Sancha y a Lucrecia, con sus vestidos que entre grandes pliegues no conseguían ocultar la agilidad de sus cuerpos, subir a los asientos de los canónigos de San Pedro donde solían cantar los Evangelios. Las doncellas que las acompañaban siguieron sus ejemplos y se reunieron con sus señoras. Hubo un gran bulício en el sala mientras ellas se acomodaban, se arreglaban los vestidos, se saludaban con risas y sonrisas, figiendo que les importaba lo que decía el predicador, mientras que los demás estaban estupefactos ante su conducta, pero que al mismo tiempo la consideraron muy divertida. De lo que no había duda, era que la rebeldía de Sancha ya se dejaba notar, la idea de desplazarse de sitio, según parece, había sido suya y Lucrecia muy a gusto se había limitado a seguirla en su propósito.


Autógrafos y firmas de Julia Farnesio, Adriana Mila, Vanozza Cantanei y Sancha de Aragón (el suyo es el último del extremo derecho). Archivo Secreto Vaticano.



Bibliografía:

Bellonci, María: Lucrecia Borgia, su vida y su tiempo, Editorial Renacimiento, México D.F., 1961.

Gervaso, Roberto: Los Borgia: Alejandro VI, el Valentino, Lucrecia, Ediciones Península, Barcelona, 1996.

http://es.wikipedia.org/wiki/C%C3%A9sar_Borgia

lunes, 12 de octubre de 2009

Doña Sancha de Aragón, La cautiva de los Borgia: Cuarta Parte



La llegada de Sancha de Aragón no satisfizo en absoluto a Lucrecia Borgia. No veía con buenos ojos que esa dama fuera objeto de tantas atenciones. Su inquietud no pasó inadvertida ante todos: "Esta cosa ( la llegada de Sancha) comienza a poner celosa a la hija del Papa, Madona de Pesaro, y no le gusta nada", decían los malintecionados informadores. Es obvio que sintiera cierto temor a que la compararan con la princesa napolitana. Antes mismo que llegara a la corte, todos elegíaban la belleza y atributos de Sancha, logícamente era normal que Lucrecia padeciera esa desconfianza.

En la mañana del 20 de mayo de 1496, Lucrecia vistió sus mejores galas para dar la bienvenida a la nueva habitante del Vaticano, y no escatimó esfuerzos para lucir más atractiva que su cuñada. Su séquito fue muy selecto: las doce doncellas bien adornadas, los dos pajes con capas magníficas y caballos cubiertos con brocados de oro y rojo. Sancha de Aragón llegó hacia las diez de la mañana de mayo, con un cortejo real, animado por cuatro bufones del palacio y dos bufones adjuntos, montando un caballo con gualdrapas de terciopelo y raso negro, portaba además el traje típico de las mujeres casadas de Nápoles: negro y con grandes mangas. Lucrecia, con su corcel también adornado con gualdrapas de raso negro, fue a su encuentro, y las dos damas se saludaron con mucha solemnidad.



Supuesto retrato de Lucrecia Borgia en La disputa de Santa Catalina, de Bernardino di Betto Bardo il Pinturicchio. Sala de los Santos de los Apartamentos Borgia del Vaticano.




Inmediatamente, el cortejo siguió su recorrido. Lo precedía, cabalgando, Jofré, con su semblante divertido y petulante a la vez. Su largo cabello llamaba la atención con reflejos de color cobre, bien peinado, el rostro bronceado por el sol mediterráneo, ajustado en un coselete de raso negro. Entre la hija de Alejandro VI y el embajador español iba Sancha, bien pintada, que contemplaba la escena con cierta altivez y presunción. Se dice que hubo desilusión por parte de algunos asistentes; la creía más hermosa y más agraciada de lo que habían imaginado, pero no por ello el momento fue menos expectante.


Rodrigo Borgia esperaba ansioso la llegada de su nuera, con tal impaciencia ,que parecía un joven ilusionado ante la visita de su querida enamorada. Tras los póstigos de la ventana escrutaba la plaza, y sólo cuando divisó la cabalgata se puso en su sitio, rodeado de cardenales.





Transcurrieron algunos instantes, se percibió en la sala vecina el alboroto de las armas , el susurro y en andar de las damas, y finalmente entró Doña Sancha con sus modales atrevidos, encarando al Papa con su mirada desafiante. No parecía nada intimidada, su condición de hija y nieta de reyes se dejaba notar. A continuación, junto con su marido se arrodilló e inclinó la cabeza para besar el pie de Su Santidad. Enseguida, se dió paso a la cortejo femenino de la princesa napolitana que irrumpió en la sala para el besamano pontificial. Luego, todos ocuparon sus respectivos puestos, Jofré junto a su hermano César, y Sancha y Lucrecia sobre dos cojines de terciopelo rojo colocados sobre las gradas del trono pontificio. El Papa las observaba complacido y lleno de dicha.


Bibliografía:

Bellonci, María: Lucrecia Borgia, su vida y su tiempo, Editorial Renacimiento, México D.F., 1961.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Doña Sancha de Aragón, la cautiva de los Borgia: Tercera Parte

En el Castelnuevo en Nápoles, Sancha de Aragón y Jofre Borgia fueron formando una corte mixta, en las que se seguía las reglas de etiqueta y caballería españolas, pero gozando de la libertad y del avance de la sociedad italiana. No faltaban secretarios, ayudantes de cámara,damas de compañía, pajes, lacayos, sirvientes, etc. que estuvieran pendientes del bienestar de sus señores, los Príncipes de Squillace. Digamos que el palacio se hallaba bien servido y abastecido.

Sin embargo, de repente llegaron unas notícias no muy placenteras a los oídos de Su Santidad, cosas graves acerca de los desórdenes morales y materiales del palacio napolitano. Alejandro VI, alarmado por la situación y por las calumnías que circulaban sobre su hijo y nuera, envió a Nápoles unos breves papales que acusaban a Sancha de recibir caballeros en sus aposentos, auxiliada en estos encuentros por sus doncellas, que por su parte no parecían modelo de decencia; toda la corte, además, era difamada de indisciplina y de costumbres corrompidas y licenciosas. El sequito napolitano, logícamente se sintió muy ofendido ante aquellas molestas acusaciones , y se reunió rapidamente en consejo bajo la autoridad de maese Antonio Gurrea, el mayordomo.


Los cortesanos a servicio de los príncipes de Squillace, sin mucha tardanza formaron una alianza defensiva: y por encima de todo, por fidelidad a su señora, juraron que en la cámara de ella nadie había visto entrar más hombres que aquel "maese Cecco, acompañador de Sancha, un hombre anciano y honrado, que pasa de los sesenta años". Y continuaba atestiguando sobre las "doncellas y mujeres honestas y buenas" las cuales, como todo los nobles, aportaba a sus amos "ese honor y reverencia como si fuesen el S. Príncipe el rey, y la Princesa la reina".





Esclarecido el tema, y oída la opinión de cada uno, maese Antonio Gurrea, tomando un folio de grandes dimensiones escribió su testimonio detallado, añadiendo lo del "perfecto gobierno de la casa" que siempre fue, estuviese seguro el Papa, y era " al presente tan bueno que ni mejor ni mayor podría ser" y declarando que si alguién dijera lo contrario sería "un vil y mal hombre, digno de gran castigo". Basándose en esas informaciones, todos los caballeros relataron su testimonio de propia mano, afrentando al malintencionado informador. A continuación, el capellán Don Giovanni Murria lo corroboró todo. Este escrito reunido el 17 de junio de 1494, fue mandado urgentemente a Roma para tranquilizar a Alejandro VI, y archivado donde hasta hoy permaneció escondido.


Si el Papa creyó vehemente en aquél documento que exhaltaba la dignidad de Sancha, nunca lo sabremos. Para aquel entonces,Rodrigo Borgia tenía en mente otras preocupaciones que le afligían, más importantes que la conducta de su nuera napolitana. Pero más adelante, Su Santidad no pudo evitar saciar su curiosidad por contemplar de cerca la abrumadora belleza de Sancha que tanta fama le había proporcionado. Así que solicitó la presencia de Jofré y su nuera en Roma. Podemos decir que semejante petición no agradó demasiado a los Reyes de Nápoles, temerosos de la inconstancia política de Alejandro VI. En un princípio de estableció la morada de los Príncipes de Squillace en Nápoles, aunque Jofré fuese de Roma. No obstante no les quedó más remedio que cumplir las órdenes del Papa, y en la primavera de 1495, los jóvenes príncipes partieron hacía Roma.





En los frescos de los aposentos de los Borgia en el Vaticano se encuentra la obra "La Disputa de Santa Catalina" de Pinturicchio (1492-94) donde podemos contemplar a varios miembros de esta controvertida familia. En este fragmento, vemos a Sancha de Aragón (a la izquierda) acompañada de su esposo Jofré Borgia. Este es el único posible retrato suyo.


Bibliografía:

Bellonci, María: Lucrecia Borgia, su vida y su tiempo, Editorial Renacimiento, México D.F., 1961.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Doña Sancha de Aragón, la cautiva de los Borgia: Segunda Parte

Jofré Borgia fue al encuentro de su prometida. Su apostura y gentiles modales causaron una buena impresión en la casa real napolitana, incluso a Sancha le pareció un jovencísimo caballero muy agradable. El hijo de Alejandro VI recibió elogios de toda la corte, además, su esmerada educación, no tenía nada que envidiar a los otros príncipes renacentistas del momento.


El 07 de mayo de 1494, Jofré acudió al Castel Nuovo en vistas de su inminente enlace. Se hallaba presente el rey, el príncipe Federico tío de la novia, el cardenal de Monreal, doce mujeres y doncellas de Sancha, y algunos miembros de la nobleza.

Fernando Dixer, el tutor de Jofré, colmó a la joven pareja de exquisitos regalos: collares de perlas perfectas, un dije con rubíes, diamantes y gruesas perlas ovaladas, y una fila de sortijas, catorce, de diamantes, rubíes y turquesas, de piedras preciosas de todas clases; y también, piezas de brocado de oro, de terciopelo y de seda, y ornamentos elegidos por especialistas. Sancha no pudo evitar observar maravillada aquellos preciosos obsequios que hicieron avivar en ella un estado de ánimo alegre y optimista. Nada podría satisfacerle tanto como presentarse adecuadamente en una fiesta y ser objeto de las más bellas alabanzas. Sabía que las celebraciones eran una parte indispensable de la vida cortesana, y en breve presenciaría la coronación de su própio padre.

Vistas de la ciudad de Nápoles

Al día siguiente, el rey Alfonso recibió oficialmente una digna coronación en nombre del Papa. Dicho acontecimiento no defraudó a los allí presentes, deslumbrando a todos con su fastuosidad. Alfonso II de Nápoles fue ungido y coronado rey en el obispado, con toda solemnidad y todos los ritos correspondientes. El nuevo soberano aprovechó en momento para conceder favores a los nobles más destacados del reino. Al finalizar la investidura de aquellos ilustres caballeros, las atenciones recayeron sobre Jofré.


Alfonso II de Nápoles


El joven avanzó, dobló la rodilla a los pies de trono, y fue tocado por el rey en la oreja izquierda con la espada guarnecida de pedrería:

- "Dios y San Jorge te hagan buen caballero".

El vástago del Papa fue nombrado príncipe de Squillace y conde de Coriata, obteniendo además la orden de armiño, "mejor morir que traicionar". Enseguida, tuvo lugar la cabalgata de honor, representación para el pueblo que se había congregado a la espera.

El 11 de mayo se celebró la ceremonia religiosa de las bodas de Jofré y Sancha. La princesa napolitana fue encaminada hasta el altar por su padre, en la capilla real del Castel Nuovo, donde el obispo Gravina dijo la Misa, que no era nada simple. Una de las particularidades de este este sigular acontecimiento era ésta: el obispo, tras haber comulgado, besaba en la boca al diácono, el diácono pasaba el beso al novio, y el novio a la novia. Al dar por finalizada la Misa y la bendición, se dirigieron a un concierto de música y después a un preciado manjar; y por último, colmados de una supuesta dicha y llegada la noche, Jofré fue a aguardar a su esposa a su nueva morada, que estaba muy cercana al Castel Nuovo; y con ella llegaba poco después en companía del monarca y del cardenal Borgia, subió a la recámara núpcial.

Mientras tanto, el séquito de Sancha estaba preparando los últimos detalles para acoger a la pareja recién casada en sus aposentos. Antes de dar comienzo a lo que todos estaban esperando, las damas más viejas se encargaron de desnudar no solo a su señora sino también el recién investido príncipe de Squillace y los acostaron juntos en el lecho, descubriéndoles el pecho hasta la cintura, como estaba indicado en el protocolo habitual. Las mujeres se retiraron, dando paso al rey de Nápoles y al cardenal de Monreal y presenciaron, según la costumbre de la época, la consumación de la unión.

Era una situación que todos los miembros de la nobleza habían padecido y ahora les tocaba a ellos hacer frente con la mayor dignidad posible. Sancha y su marido no podía huir de aquel bochornoso momento. Los dos ilustres asistentes que les miraban no disimularon las risas ante la inexperiencia de los novios y admiraron lo "gracioso y animoso que estaba el príncipe". Quedaba ya poco para el amanecer cuando, bendecido el nuevo lecho, el rey y el cardenal dieron por terminadas sus funciones y se marcharon.

Bibliografía:

Bellonci, María: Lucrecia Borgia, su vida y su tiempo, Editorial Renacimiento, México D.F., 1961.

sábado, 22 de agosto de 2009

Doña Sancha de Aragón, la cautiva de los Borgia: Primera Parte


Doña Sancha de Aragón, nacida en 1478, princesa de Nápoles y de Squillace, condesa d'Alvito era hija ilegítima del rey Alfonso II de Nápoles y de su amante Trusia Gazzela. Marcó su huella en la historia por haber sido esposa de Jofré (o Godofredo) Borgia, el menor de los hijos del Papa Alejandro VI y de Vanozza Cattanei, además de cuñada de César, Juan y Lucrecia Borgia.


Para evitar que el Papa Alejandro apoyara a Carlos VIII de Francia en su plan de invadir el reino de Nápoles, Federico de Aragón, hijo de Ferrante I de Nápoles, fue enviado a Roma en una complicada misión: concertar el matrimonio de su sobrina Sancha con Jofre Borgia. En realidad el candidato ideal era César, pero éste ya habia sido destinado al cardenalato. Federico halló Su Santidad bastante bien dispuesto a negociar, y finalmente llegó a un acuerdo que agradaba de cierta forma a ambas partes.


Jofré Borgia, nacido en 1481, era tres años menor que Sancha, un niño, según un orador florentino, verdaderamente "de hermoso y grato aspecto". Pero su existencia escondía una gran duda, que el Papa confiaba a sus allegados más íntimos, e incluso a los menos íntimos, que no creía que fuera hijo suyo, si bien lo había reconocido ante todos a través de una Bula normal; y debía tener razones personalísimas para considerarle nacido de una infidelidad de Vanozza con su marido, o de acusar de traicción a su antigua amante. Suponemos que Ferrante de Napoles desconocía por completo las interrogantes que rodeaban la paternidad de Jofré o en cambio creían que eran meras habladurías sin sentido. De otro modo no hubiera solicitado con tanta insistiencia el matrimonio de Jofré con su bella nieta, Sancha de Aragón.


Jofré Borgia


Sin embargo, antes de su compromiso con Jofre, la mano de Sancha fue destinada a Onorato Caetani, pero la promesa de matrimonio fue disuelta rápidamente, mismo que la unión había sido consumada, según afirman algunos cronistas de la época. El acercamiento con la familia de Papa era mucho más interesante que desposarla con un simple noble napolitano.


La esposa llevaría como dote, para sí y para sus descendientes, el principado de Squillace y el condado de Coriata, con todas las tierras y las fortalezas pertinentes, las cuales producían diez mil ducados de renta anual: el rey de Nápoles tomaría a su servicio a Jofré, lo educaría según las normas y costumbres de su corte, famosa por su caballerosidad, y le daría veinte mil ducados al año; el papa enviaría a Sancha joyas por valor de diez mil ducados.

Cuando todo ya está arreglado, y se hallan reunidos notarios y testigos en presencia del papa y del príncipe Federico de Nápoles, se llama a Jofré que asista a la ceremonia. El matrimonio se celebra por poderes: el príncipe Federico representa a su sobrina Sancha, y durante todo el acontecimiento se leyeron las tradicionales palabras y se intercambiaron anillos. Federico,inmerso en su papel de damisela virginal ,protagonizó una cómica paródia que arrancó muchas risas en Alejandro VI. Por último, el nuevo miembro de la familia abraza a los Borgia presentes, demonstrando su sincera amistad.


El papa Alejandro VI


En 1494 fallece Ferrante I de Nápoles, heredando el trono su basto y cruel hijo Alfonso II, duque de Calabria. Del Vaticano salieron dos órdenes: una al cardenal Giovanni Borgia, para que fuese a Nápoles llevando la bula pontifícia de investidura para el nuevo rey y lo coronase en nombre del papa: la otra a Jofré, que se uniría con su princesa.

El menor de los hijos de Alejandro VI partió finalmente hacía su destino, acompañado de Virginio Orsini, capital general de las tropas aragonesas y de toda su reciente corte al mando de la cual estaba el español Fernando Dixer, con el cargo de gobernador. Era un noble de entera confianza para Su Santidad, le encomendaba la tutela de su hijo, aparte de un pequeño tesoro de joyas para Jofré y otro para su nuera.


Sancha de Aragón era unicamente una moneda de cambio para su familia, a igual que la mayor parte de las hijas de la realeza de aquella época, su voz y voto jamás contaban.Con sólo dieciséis años, su tez morena, cabellos oscuros y ojos vivaces eran alabados por toda la corte. La madre de la princesa, una napolitana de familia noble llamada Trusia Gazzela, había tenido del rey Alfonso esta hija y una varón también muy apuesto, Alfonso, criados como hijos legítimos de la casa real.

Después de haber supuestamente conocido el amor en los brazos de Onorato Caetani, un hombre hecho y derecho, aquella unión para nada la llenaba de dicha, era incapaz de contentarse ante su inminente esponsal. ¿Que puede representar un niño de trece años para una mujer de dieciséis, y de aquellos dieciséis años? No pudo evitar sentirse desilusionada al casarse con un niño.


Observ: El retrato de Doña Sancha de Aragón no es suyo, pertenece a una dama florentina desconocida (1488). Como tiene los rasgos similares a los de la princesa napolitana, lo he querido poner unicamente para ilustrar mejor la historia.

Bibliografía:


Bellonci, María: Lucrecia Borgia, su vida y su tiempo, Editorial Renacimiento, México D.F., 1961.