Mostrando entradas con la etiqueta Françoise de Foix. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Françoise de Foix. Mostrar todas las entradas

lunes, 15 de junio de 2009

Françoise de Foix , Condesa de Châteaubriant: Cuarta y Ultima Parte


El 24 de julio 1524 una tragedia asoló la vida de Francisco I, la muerte de su esposa Claudia con tan sólo veinticinco años. La reina se encontraba convalecente desde el nacimiento en junio de su última hija, Margarita y ya no le quedaban muchas fuerzas para continuar. La bondadosa dama, casada a los catorce años, había tenido siete partos en nueve años. Todo aquello debilitó enormemente su salud, ocasionándole una deficiencia de calcio y una osteoporosis temprana. Sin embargo, existen rumores que su dolencia se complicó todavía más a consecuencia de una sospechosa enfermedad que le había transmitido su marido.

Al saber la notícia, el rey lloró sinceramente su muerte y no pudo evitar pronunciar estas palabras a su hermana Margarita: "Si yo pensase que podía salvarla dando mi vida, lo haría de corazón". Y prosiguió: "No hubiera pensado nunca que fuese tan triste deshacer el lazo del matrimonio". Según el señor de Fleurange, amigo íntimo de Francisco I, el monarca guardó un luto rigoroso, como hicieron su madre y todo su séquito.



Tumba de Claudia de Francia, Basílica de Saint-Denis

Pero aún estaba por venir la Batalla de Pavia. El 24 de de febrero de 1525, día en que Carlos V cumplía veinticinco años, Francisco I, rey de Francia, era totalmente derrotado y hecho prisionero por las tropas imperiales. Se lo llevarían a España, donde permanecería en cautiverio durante un largo año. Mientras tanto, Françoise permaneció en Francia, no era muy conveniente desplazarse al país vecino para visitar a su regio amante. La única que siguió el paradero del rey fue su estimada hermana, Margarita, quién confortó a Francisco en estos terribles días de su existencia.


Francisco llega a Valencia
Logró su libertad gracias al firmar un tratado que nunca cumplió, dejando a la merced del emperador a sus dos hijos, el delfín Francisco y Enrique, futuro Enrique II. Aparte también se comprometería en matrimonio con Leonor, hermana de Carlos V. El monarca regresó a Francia y tomó las riendas del gobierno. Procedió entonces a crear ligas con más o menos poderosos aliados para vengar la ofensa recibida. El Francisco que había vuelto de España ya no era el mismo, toda aquella alegría que rebosaba un año antes ahora se había convertido en rencor y en verguenza.
La presencia de Madame Châteubriant ya no es tan grata como solía ser antes. De hecho, nada de su entorno le hacía gracia. La Petite Bande ya no existía, muchos de sus combatientes habían perdido sus vidas en el campo de Pavía, y los sobrevivientes, que contemplaron la muerte tan de cerca y presenciaron la infortunada derrota, ya no estaban para celebraciones y bailes.
Al poco tiempo de regresar del cautiverio, en el año de 1526, Francisco conoció a Anne de Pisseleu, una bonita dama de dieciocho años repleta de ingenio y ambición. Françoise intuía lo que se avecinaba, las atenciones que el rey prodigaba hacía la doncella eran las mismas que ella había recibido años antes. Ya contaba con treinta y dos años y tenía conciencia que su belleza se marchitaba, sin embargo, su encanto aún relucía en los saraos palaciegos. Pero aquello ya no era suficiente, su persona ya no era una caja de sorpresas para el monarca y perdía terreno para la misteriosa muchacha, que era toda una novedad.

Anne de Pisseleu, futura Duquesa de Étampes


Françoise hace valer sus derechos como favorita real. Al principio se enoja con la situación y luego implora por el amor de Francisco. El monarca hace oídos sordos a las súplicas y amenazas de su amante. Anne sabe que al final ganará la partida, no presiona al rey, e incluso trata con amabilidad a su competidora, hasta con respecto. Las cortesanas siguen luchando por su posición, ambas posee una esmerada educación y un saber estar inigualable, no obstante sólo existe algo por lo que Françoise jamás podrá alcanzar, la juventud de su rival.


Hay momentos que Francisco pierde la paciencia y Françoise llega al extremo de abandonar la corte, pero sólo para volver rapidamente e implorar por su amor. Finalmente se llega a un acuerdo, el rey podrá visitar a Anne, sin embargo Madame de Châteaubriant mantendrá su puesto como
maîtresse en titre. Logícamente semejante solución tenía sus días contados, duró, apesar de todo, dos años, hasta que, ya en 1528, Françoise abandonó definitivamente en campo de batalla, cediendo su plaza a Anne de Pisseleu. Huiría a refugirarse Châteubriant, donde su marido, construiría una mansión para ella.


El rey enviaría unas crueles líneas a su afligida amante:

"Pour le temps qu`avec toi j´ai passé,
Je puis bien dire: "Requiescat in pace".

(Del tiempo que pasé con vos, sólo puedo decir: "Descanse en paz")


Brantôme nos cuenta detalles curiosos de la ruptura. El rey solicitó a Madame de Châteaubriant que le devolviera las joyas que le había regalado, en las cuales estaban grabados lemas amorosos compuestos por la reina de Navarra. La condesa enfurecida tuvo tiempo de fundirlas, y, a continuación las entregó a un gentilhombre que trabajaba a servicio de Francisco I. El monarca no quiso quedarse con los lingotes y se los devolvió a su antigua amante.

La ex maîtresse en titre tuvo que comenzar a convivir nuevamente con Jean de Leval y aparentemente vivían en paz, dismintiendo ante todos la fama de violento y vengativo que tenía su marido. El tiempo pasaba tranquilamente por Châteubriant, hasta que en el fatídico otoño de 1537 murió Françoise de Foix. Tenía cuarenta y tres años, y según la opinión de quienes la vieron por entonces, no había perdido ni un ápice de la belleza que había cautivado al rey Francisco.



Françoise de Foix

Las notícia de su muerte había llegado rapidamente a la corte, Francisco montó a caballo y galopó hasta Châteaubriant, donde rezó ante la tumba de Françoise, según los cronistas oficiales, o lloró, según testigos presenciales. Pero a princípios de 1538, un terrible rumor llegó a los oídos del los cortesanos: la muerte de Françoise no se había debido a causas naturales; había sido asesinada. Por nadie más y nadie menos que su marido.

Todos sabían que el conde era un hombre abstraído, de poco amigos y en ocasiones, violento. Durante largos años había tolerado que la mujer que adoraba desde que era niña perteneciera a otro, y no podía hacer nada para remediar la situación. ¿Quién era capaz desafiar el rey de Francia? Incluso tras el regreso de su infiel esposa siguió aparentado estar conformado con el papel que le tocaba, agradando al monarca cuando llegaba de visita a Châteaubriant y aceptando las concesiones que le eran otorgadas. Sin embargo su odio se iba alimentando cada día más, hasta que finalmente estalló.

Durante seis meses mantuvo encerrada a su esposa en una habitación totalmente tapizada de negro y, por fin, el 16 de octubre de 1537, hizo que dos cirujanos, con unos bisturíes bien afilados, sagraran a Françoise hasta que la muerte se la llevara. Indignado y fuertemente impresionado por la historia, Francisco I encargó al Contestable Montmorency que elaborara una ardua investigación. Su leal servidor nada pudo averiguar y nadie condenó al sospechoso. Montmorency apenas concluió que la dama había muerto por causas naturales. Jean de Laval fallecería el 11 de febrero de 1543, a los cincuenta y seis años de edad nombrando al Contestable de Francia su unico heredero (para ello desheredó a sus sobrinos). Semejante acontecimiento no hizo sino derramar más dudas sobre la veracidad de las investigaciones de Montmorency.

Anne de Montmorency, retrato atribuido a Jean Clouet (1530)


Bibliografía:

Gonzalez Cremona, Juan Manuel: Amantes de los reyes de Francia, Editorial Planeta, Barcelona, 1996.

Kent, Princesa Michael: Diana de Poitiers y Catalina de Médicis, Rivales por el amor de un rey del Renacimiento, Esfera de los Libros, Madrid, 2005.

http://en.wikipedia.org/wiki/Fran%C3%A7oise_de_Foix

http://fr.wikipedia.org/wiki/Fran%C3%A7oise_de_Foix

domingo, 7 de junio de 2009

Françoise de Foix , Condesa de Châteaubriant: Tercera Parte



A Francisco I le encantaba reunirse con su Petit Bande, un grupo de jovenes cortesanos vivarachos y alegres. Con ellos se aventuraba a todo tipo de travesuras y juegos, sin embargo Françoise no formaba parte "oficial" de este grupo, su personalidad y hasta su posición la situaban por encima , pero acostumbraba estar presente en sus entretenimientos y diversiones. Una de éstas casi le cuesta la vida al rey de Francia.

Era el invierno de 1520-21 la corte se hallaba en Romorantin, prácticamente aislada por la nieve, por lo que no es de extrañar que se jugara con ella. En una noche profundamente oscura, el rey y sus inseparables amigos se tiraban bolas con todo el entusiasmo de que eran capaces, en la excitación del juego, alguién no se le ocurrió mejor idea que iluminar el campo de batalla arrojando, a falta de bengala, una antorcha encendida. Que fue a parar nada más y nada menos, que a la frente de Francisco.

La herida era grave y se llegó a temer por la vida del monarca. Excepto a él mismo, todos en el palacio estaban enojados por lo ocurrido, y más que todos, Luisa de Saboya, la austera madre de Francisco. Rogaba que los culpables recibieran su merecido. Se refería a quién había lanzado la antorcha, pero también al resto de la pandilla implicada en los hechos. Parece ser que la reina madre incluía entre estos cómplices a Françoise, con quién sostenía una recelosa relación.



Luisa de Saboya

Las furias de Luisa eran siempre temidas, y en esa ocasión estaba más furiosa que nunca, así que Françoise optó por abandonar la corte y retirarse en su castillo de Châteaubriant. Allí volvería a encontrarse con su desdichado marido. Poco tiempo después de su regreso murió su única hija, Anne, el 12 de abril de 1521. Ante el tremendo dolor de tal pérdida, el matrimonio acabó uniéndose nuevamente, compartiendo sus desconsoladas lágrimas.


Felizmente para Francia y, en general, para todos, Francisco I sanó sus heridas y lo primero que hizo al montar a caballo no fue galopar hacia los enemigos del país sino hacia el castillo de su amante.



Francisco I, pintura de François Clouet (1540)


A pesar del mal carácter de su esposo, Jean de Laval, éste recibió a su soberano como correspondía a su rango. El destino volvería a pasar al conde una mala jugada, el rey se llevaría a Françoise nuevamente a la corte, pero antes colmaría a su marido de regalías.

Volviendo a la Petit Bande, el monarca ordenó expresamente que no se castigara a ninguno de ellos por el accidente. Entonces todo retomó a la normalidad y todos tan felices como siempre. Francisco era el que más contento se hallaba, con su recuperada amante oficial.

Pierre de Bourdeille, señor y abad de Brantôme (1540-1614), que pasó a los anales de la historia relatando todo tipo de líos y chismes cortesanos, afirma que por esos años Françoise, fiel a su rey, no a su esposo, en realidad no lo era tanto. Según él, concedía sus favores también a Bonnivet, íntimo amigo de Francisco.



Guillaume Gouffier, Señor de Bonnivet, retratado por Jean Clouet (1516)


Un cierto día, el rey llegó si anunciarse a los aposentos de la dama, encontrando a su puerta una criada que intentó detenerle. Apartándola de su camino, entró en la habitación para descubrir a Françoise compartiendo lecho con el apuesto Bonnivet. El monarca al presenciar la escena, en vez de sacar su espada y luchar contra su amigo infiel y recriminar su adúltera amante, prefirió hacer la vista gorda ante los hechos. Para cubrir la historia, Francisco inventó que había pillado a uno de su caballeros con una de sus sirvientas, repreendiendo al primero haberse deshonrado a sí mismo acostándose con una criada y a la segunda haber difamado el lecho de su amo. Y como era costumbre en esa libertina corte, todos tan felices.

Esta es simplemente una anécdota entre otras tantas que relató Brantôme, sin embargo nunca sabremos si fue un divertida invención o una curiosa verdad.


Bibliografía:


González Cremona, Juan Manuel: Amantes de los reyes de Francia, Editorial Planeta, Barcelona, 1996.

miércoles, 3 de junio de 2009

Françoise de Foix , Condesa de Châteaubriant: Segunda Parte

Después de la anecdota de la sortija, Françoise de Foix, a quién la historia más conoce como Madame de Chateaubriant, es presentada ante la corte de Francisco I . La condesa cautiva a todos los cortesanos con su belleza y sus ingeniosas palabras. Era una de las damas más cultas del palacio, hablaba latín e italiano además de dedicarse a la poesía.

A pesar de los constantes asedios del impetuoso monarca, Françoise amaba a su marido y era una mujer de moral intachable. Logícamente era consciente del cortejo de Francisco, los esfuerzos reales saltaban a la vista de todos, sin embargo ella no hacía nada para alentar sus deseos, lo que enardecía y estimulaba más al enamorado rey de Francia.

Frustado ante sus fracasados intentos, Francisco empieza a empreender una serie de estrategias para conquistar poco a poco el corazón de su dama. Entre sus tácticas estaba hacerle regalos y beneficiar a su familia. Su marido, Jean de Laval, recibió un alto cargo en la corte y a su hermano mayor, el vizconde de Lautrec, se le otorgó el título de gobernador del ducado de Milán. En cuanto a la propia Françoise, fue discretamente homenajeada con unas mágnificas telas bordadas. Tanta estima hacía sus parientes y a ella misma era imposible no sentirse halagada. Redactó una admirable carta en señal de agradecimiento a Francisco, y observamos que en vez de firmar Comtesse de Châteaubriant simplemente anota Françoise de Foix. Su corazón empieza ablandarse ante la amabilidad del monarca.

Como eterno romántico que era, el rey de Francia olvidó los deberes de Estado, sus diversiones cortesanas e incluso el creciente poderío de Carlos I de España. Se dedicó enteramente a escribir a su querida apasionados y largos poemas. Afirma que sólo ella puede calmar su corazón, cuerpo y vista y, en fin si accede a ser su Maîtresse en titre, no habrá mujer más afortunada que ella.

Francisco I, anónimo de 1515

Françoise contesta a su galante rey con todo su ingenio posible. En este poema dá a entender que ha dejado de ser una presa inaccesible:


Et je te parle privément, car je sens
En ta personne tant d´honneur et de sens
Que pour mourir ne voudrais déceller
Ce que te veux maintenant revéler:
C´est qu´il te plaise garder mon honneur,
Car je te donne mon amour et mon coeur

(Y yo te habló intimamente porque siento
En tu persona tanto honor y sentimiento
Que ni ante la muerte revelarías
Lo que ahora te voy a confesar:
Y es que quieras guardar mi honor,
Porque yo te doy mi amor y mi corazón)


Firma de Françoise de Foix

Finalmente alrededor de 1518, el monarca había conseguido su objetivo, pero para entonces había pasado un largo año desde aquel encuentro en el castillo de duque de Bretaña. Es digno de admirar que la condesa se mantuviera firme y fuerte ante los asedios de Francisco, y más siendo un rey que se resistiera tanto tiempo. El monarca estalló de alegría por su logro ante toda la corte. Todos los cortesanos y sirvientes compartieron el júbilo de su señor, menos ciertas personas claro está. Claudia de Francia aunque acostumbrada a las infidelidades de su marido, intuía que esta vez iba a ser distinto, y al conde de Châteaubriant podemos imaginar que la notícia tampoco le hizo ninguna gracia.
Reina Claudia de Francia con sus hijas. En primer plano, Charlotte (izquierda) y Louise (derecha). Arriba a la derecha Madeleine, reina consorte de Escócia. Atrás a la izquierda, Marguerite, duquesa consorte de Saboya.

El 25 de abril de 1519, el delfín Francisco fue bautizado en Amboise. Jean de Châteaubriant y su esposa asistieron a la ceremonia. Françoise fue situada cerca de las princesas de sangre real, que significaba que era "la favorita del rey". Ella fue la primera amante oficial que tuvo Francisco I, y desde Agnes Sorel en el siglo anterior, Francia no había vuelta a tener querida. Aquella situación no complacía nada a la madre del rey, Luisa de Saboya, quién sentía antipatía por la familia Foix.
Jean, el conde de Châteaubriant, en diciembre de 1519 fue enviado por el monarca a realizar largas y complejas tareas en Bretaña, mientras su esposa, ya dama de honor de la reina, permanecía en la corte. El conde intentó disimular el disgusto y agradeció a Francisco el puesto otorgado. Por ahora, el marido no se interpondría en el Affair real.
Los años transcurren tranquilos y felices para la pareja. Carlos I de España se convierte en V de Alemania, emperador de la cristiandad, y eso molesta muchísimo a Francisco, pero no al extremo de dejar de disfrutar de la compañía de su amante. La relación entre Françoise y el rey iba más allá de lo carnal, abarcaba compreensión , entendimiento, cariño y hasta mutua protección.
Ni siquiera todo el amor que profesaba hacía la condesa impedía que continuara teniendo escarceos con otras cortesanas. Pero Françoise es inteligente; las "traiciones" son fugaces y sin importancia, mejor es ignorarlas o disculparlas para seguir gozando del favor real.
En aquellos tiempo se vivía muy bien en la corte. Hay problemas con el lejano turco y el emperador vecino, pero la tormenta no ha estallado todavía y los ecos de los truenos que la anuncia no llegan hasta palacios y castillos del rey. Los días pasaban entre cacerías, excursiones a los bosques, de vez en cuando majestuosos torneos, banquetes; por la noche, fiestas, bailes y mascaradas. Y, por encima de todo, amor.

El rey Francisco y su corte

Bibliografía:
Gonzalez Cremona, Juan Manuel: Amantes de los reyes de Francia, Editorial Planeta, Barcelona, 1996.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Françoise de Foix , Condesa de Châteaubriant: Primera Parte



Françoise de Foix, condesa de Châteaubriant


Françoise, nacida en 1495, era hija de Jean de Foix, Vizconde de Lautrec, y de Jeanne d'Aydie. Su padre era el hermano pequeño de Gaston IV de Foix, que se había casado con Leonor, Reina de Navarra.Pertenecía a la alta nobleza de Francia, siendo prima segunda de Ana, Duquesa de Bretaña y Reina de Francia. Cuando solo tenía diez años fue llamada por ésta a la corte para ser educada como correspondía a su rango.

Apenas acababa de cumplir los once cuando un apuesto caballero de diecinueve, Jean de Laval, conde de Châteaubriant, empezó a cortejarla y se enamoró de ella locamente. La reina Ana no pudo hacer nada al respecto, al tal punto que no tuvo más remedio que acceder a las súplicas y aceptarlo como prometido de su infantil dama, a la que estimaba mucho. La soberana proporcionó a la muchacha veinte mil libras y prometió su madrinazgo cuando fuera tiempo de pensar en boda. Pero para el ansioso Jean, que no se contentaba con nada, esto no era suficiente.

Jean fue incapaz de esperar el tiempo estipulado para desposarse, su carácter apasionado le urgía estar cuanto antes con su amada. Un determinado día, rompiendo las convenciones e iras regías, se llevó a su dama de once años a sus tierras de Châteaubriant. Los reyes de Francia vieron este acto caballerezco como un insulto y se sintieron profundamente disgustados. Era de esperar que el conde se le cerraran muchas puertas, sin embargo a él nada le importaba.

Jean de Laval, conde de Châteaubriant
A los trece años de edad, el once de marzo de 1508, Françoise dió a luz a una niña a la que llamaron Anne. En 1509, la pareja decidió formalmente contraer matrimonio. La imensa felicidad de Jean y Françoise se prolongó durante diez largos años, que para ellos se hicieron muy breves. La pasión entre los dos seguía viva y después de todo ese tiempo no había disminuido ni un ápice. Entonces fue cuando Francisco I entró en escena y tambaleo los cimentos de este castillo de amor contruido con tanto esmero.
El joven rey de Francia, con sus veintidós años bien vividos, en 1516 entrevió a la condesa de Châteaubriant en el castillo del duque de Bretaña. El monarca quedó totalmente cautivado por su morena belleza y su don a la hora de versificar en francés, italiano y latín. No pudo evitar preguntar más cosas sobre ellla y fue bastante bien informado. No se le ocurrió otra idea que invitar a la pareja para que visitara la corte, con la oportuna excusa de ofrecer un cargo al conde de Châteaubriant. Jean no era tonto e intuía las intenciones del soberano, sabía que el objecto de sus atención no era él, sino su esposa. Aquello le enfureció y no se dignó ni a responderle. Muy poco tardó Francisco en perder la paciencia y reintera la invitación, que ya es una orden.



Rey Francisco I de Francia pintado por Jean Clouet (1525)
Entonces parte el receloso marido hacía la corte, pero dejando a su esposa en Chateaubriant con una sortija de especial factura; él se lleva otra identica. El objecto de las joyas es servir de contraseña: si sus sospechas sobre las intenciones del rey son equivocadas, Jean enviará la suya en una carta, y así sabrá Françoise que puede partir sin temor; de no ser así se quedará en casa.
Enojado ante la ausencia de la condesa, el monarca soborna a los sirvientes de Jean, y uno de ellos, el único que compartía el secreto de sus señores, le cuenta la historia de las sortijas. Antes que el conde se diera cuenta, el astuto Francisco hace introducir en ella una copia perfecta de la contraseña convenida. A través de esa artimaña el monarca consigue su ansiado trofeo, y así se marcha el desolado esposo, dejándola a la merced del galante rey.
Bibliografía:
Gonzalez Cremona, Juan Manuel: Amantes de los reyes de Francia, editorial Planeta, Barcelona, 1996.