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miércoles, 12 de octubre de 2011

Los archiduques de Austria atraviesan Francia (5ª y ultima parte)





Tapiz que retrata un torneo con la presencia Felipe el Hermoso (el que está justo a la izquierda de la columna) y de su esposa Juana de Castilla. Bruselas, alrededor de 1495. Musee des Beaux-Arts, Valenciennes, France

Juana había recibido una educación al uso español, como correspondía al rango de una infanta, sin embargo jamás podría haberse imaginado que un día sería ella la que regiría los destinos de España. La temprana e inesperada muerte del prometedor príncipe Juan causó estupor en  Castilla y Aragón, pero esa no fue la única desgracia. Luego vino otro jarro de agua fría que conmocionó todavía más a los Reyes Católicos: el fallecimiento del infante Miguel de Portugal, hijo de la hermana mayor de Juana, Isabel.

 Juana de Castilla había abandonado su país a los dieciséis años para desposar a Felipe de Habsburgo, que pertenecía a una de las cortes más refinadas e ilustres de Europa. Cuando la archiduquesa llegó a Blois, llevaba viviendo más de cinco años en los fríos Países Bajos. El ambiente borgoñano  muy  distante al que se respiraba en su Castilla natal, con unos intereses y modos de actuar que si bien en un principio le parecían extraños, al cabo de un tiempo habían dejado de serle ajenos. Además, aunque Juana tuviera reacciones que a primera vista evidenciaban su afirmación como princesa española, como por ejemplo aquel empeño en rechazar las monedas de Ana de Bretaña en la ofrenda, por otro lado se dejaba engatusar por la voluntad de su esposo. En Castilla decía que estaba perdidamente enamorada, y con es sabido, el amor ciega hasta limites insospechados. 


Felipe el Hermoso




Autógrafo de Juana, futura reina de Castilla


Ocho días duró su estancia en Blois. El 15 de diciembre la comitiva acompañada por Luis XII, se dirigió camino a Amboise. Ana de Bretaña no hizo acto de presencia, aquel enclave le provocaba una desmedida tristeza pues en dicho castillo se había llevado a cabo la fatídica muerte de su anterior marido, Carlos VIII, fallecido tres años antes en sus dependencias tras sufrir un golpe en la cabeza cuando caminaban juntos.
 
El palacio, reformado en época posterior, era una espléndida residencia real junto al río Loira, pero tal ostentación no fue suficiente para impresionar a los borgoñones, habituados a sus magníficos y lujosos palacios, en particular el de Bruselas. Ya había transcurrido un mes y medio desde que emprendieron dicho viaje y, si por un lado se habría logrado entrevistar al rey de Francia, eso había sido solo una pequeña parte de lo que estaba por venir. El destino final era España y aún había mucho camino por andar.
 
Por ciertas necesidades del despampanante séquito, o porque el archiduque no deseaba llegar con prontitud a tierras españolas, las razones no son claras, aunque tampoco era un secreto que le gustaba codearse con los franceses. El cortejo avanzaba a pasos lentos; se entretuvo cuatro días en Cognac, coincidiendo con el fin del año 1501. Asimismo, Felipe el Hermoso hizo una parada en Dax, donde fue a su encuentro el rey de Navarra, hubo festejos y el archiduque fue invitado a probar los baños termales, de manera que hasta el 26 de enero no pisaron tierras españolas, en Fuenterrabía.





Castillo de Cognac 


Si hasta entonces, el viaje había sido lento, el comienzo de ese nuevo tramo todavía ocasionaría más  retrasos, ya que la complicada orografía de los Pirineos obligó a regresar a los carros y carretas que transportaban enseres de la comitiva, que se cargaron en grandes mulos traídos de Vizcaya, medio de transporte que se empleó hasta Toledo. Los archiduques se estaban gastando una fortuna en cruzar Francia, los costes del viaje ya ascendían a una grandiosa cuantia. Aparte, había un gasto continuo derivado de las fiestas, a las que acudían con mucha frecuencia. En otras ocasiones había que recompensar servicios especiales; asi, el mariscal encargado de acompañar a Felipe y Juana por tierras francesas recibió “cincuenta marcos de vajilla” al ser despedido en San Juan de Luz, y sus cuatro acompañantes fueron premiados con “cuarenta escudos de oro” cada uno; el capitán que formaba parte del sequito francés se vio a su vez beneficiado con “un traje de terciopelo y con un buen caballo”.


Aquí termina el relato de Felipe y Juana por tierras francesas. Futuramente, habrá otra serie de entradas dedicadas a sus andanzas por tierras españolas hasta encontrarse con los Reyes Católicos.

Bibliografía: 

 Zalama, Miguel Á. Juana I. Arte, poder y cultura en torno a una reina que no gobernó. Centro de Estudios Europa Hispánica, 2010. 

http://www.wga.hu/index1.html

http://www.lessing-photo.com/dispimg.asp?i=31030139+&cr=1&cl=1

http://www.luxcentral.com/LuxDukes.html

http://pares.mcu.es/ParesBusquedas/servlets/Control_servlet

http://www.panoramio.com/photo/44267285

miércoles, 31 de agosto de 2011

Los archiduques de Austria atraviesan Francia (4ª parte)

Manuscrito iluminado extraído del "Cancionero de Juana I de Castilla" donde se pueden apreciar piezas musicales de la Corte Borgoñana. Biblioteca Real de Bélgica. Hacía 1511.

Durante los días que los príncipes estuvieron en Blois se celebraron una infinidad de misas, bailes, juegos, justas, cacerías y banquetes. Y tampoco faltarían los juegos de pelota que tanto le complacían a Felipe el Hermoso, ya que Luis XII se había informado bien y conocía al dedillo los gustos de su huésped. El rey de Francia tejió un plan perfectamente ideado para hacer valer su supremacía sobre el conde de Flandes, y éste accedió a su maniobra de buen grado dado su distinguida educación borgoñana. El encuentro duró en total diez días, del 7 al 17 de diciembre de 1501, mientras tanto franceses y borgoñones rivalizaban luciendo sus mejores trajes y alhajas.


El monarca francés logró que Felipe el Hermoso ratificara el Tratado de Trento en su nombre y en el de su padre, el emperador Maximiliano, y ambos acordaron prometiéndose la paz perpetua entre sus reinos, como hacía saber el confesor del rey en el sermón de la misa solemne con que se declaró la paz.Luis XII también aprovechó el momento para sellar una unión matrimonial entre su hija Claudia y el primogénito de Felipe y Juana, Carlos. Entonces apenas eran unos niños de dos años (el pequeño Carlos aún no los había cumplido). Finalmente, no se concretó ese ambicioso proyecto, pero en 1501 todas las partes tenían claro en que sería un hecho innegable que se produciría en el futuro.


Dos herederas, dos víctimas: Juana de Aragón y Castilla y Ana de Bretaña


Fragmento de la obra de Jean Pichore, Allégorie: raison et l´homme Du roy sanz filz...Doleur. Hacía 1503. 24 x 18 cm, en el manuscrito Des remèdes contre l´une et l´autre fortune. París, Biblioteca Nacional de Francia. En él vemos a la reina Ana de Bretaña con su hija Claudia en brazos vestida a la moda adulta. Detrás le acompaña su séquito de damas.

Mientras Luis y Felipe firmaban acuerdos y participaban en todo tipo de festejos, el momento decisivo de Juana para ser jurada heredera se acercaba; si bien debemos admitir que su figura durante la odisea del viaje fue totalmente relegada a un segundo plano. En realidad lo que afligía al monarca francés era la muy poderosa España, no el archiduque Felipe, y era ella quien debería haber ocupado un lugar más prominente en las decisiones de Estado, como las alianzas entre los reinos.

Desgraciadamente, Juana no tomó parte de los acuerdos. Como reacción a su exclusión se mostró indispuesta nada más llegar, y varias damas y caballeros la trasladaron a su aposentos por encontrarse "un poco delicada". Quizá también por la misma razón se haya portado de forma altiva con la reina de Francia, cuando declinó las monedas que le ofreció la soberana en misa, si bien que hay que precisar que no rechazó otros obsequios que le hizo. Esa actitud desdeñosa se había producido en consecuencia del trato recibido, no sabemos los motivos que conllevaron a ello, pero de lo que sí no cabe duda es que no estaba siendo tratada como la legítima hija de los Reyes Católicos.




Manuscrito iluminado sacado del "Cancionero de Juana I de Castilla" donde se pueden apreciar piezas musicales de la Corte Borgoñana. Biblioteca Real de Bélgica. Hacía 1511. Probablemente sea una imagen de Juana.

La archiduquesa de Austria era consciente del poderío que ejercía su madre, la reina de Castilla. No se esperaba menos de la princesa heredera y así lo hicieron patente los enviados españoles cuando la presionaron a que tomara parte de las negociaciones. Se exigía de ella un papel más activo, más participativo en el encuentro con el monarca galo. Era hija de los soberanos más poderosos de toda Cristiandad, ¿por qué entonces no hizo valer sus derechos?

Sin embargo, en Juana predominó el papel de esposa de Felipe, intentando no ensombrecer la estela de su marido. De la misma manera obraba Ana, la duquesa de Bretaña en relación al rey Luis XII. Juana no se engañaba y sabía a lo que atenerse. Por más que su herencia fuese tan importante como los reinos de Castilla y Aragón, en realidad, siguiendo el uso francés, no era más que la portadora de la herencia, ya que no tenía la potestad de administrarla, tarea que recaía sobre su esposo.


Juana de Castilla y Felipe el Hermoso. Vidrieras de la Basílica de la Santa Sangre. Brujas, Bélgica.

En Blois quedó evidente los límites de las damas en el gobierno. y eso entrañaba un gran obstáculo para Juana. La diferencia clave entre las dos herederas, Ana de Bretaña y Juana de Castilla, era que la primera se había resignado a cumplir su papel, (el ducado de Bretaña se había anexado a Francia al casarse con Luis XII y lo mismo había sucedido con su primer matrimonio con Carlos VIII) , respetando lo que la sociedad francesa de la época imponía y consideraba correcto; la mujer debía someterse a los designios de la ley sálica, en la cual al contraer matrimonio perdía la capacidad efectiva de gobierno para trasladar todos sus derechos a su marido.


Manuscrito iluminado obra de Pierre Gringore, titulada "Los abusos del Mundo". Vemos en la imagen a Luis XII recibiendo una copia del libro de parte de autor. Rouen, Francia. Hacía 1510.


Juana, por el contrario, procedía de un reino donde la ley sálica no tenía efecto. Un claro ejemplo de ello, era su madre, Isabel la Católica, que gobernaba por derechos propios, sin verse sujeta a los mandatos de su esposo, Fernando el Católico, rey de Aragón. La situación en la que se encontraba la archiduquesa de Austria acabó por sumirla en una mar de indecisiones. ¿Cómo conciliaría los deseos de sus padres con los de su marido?

Continuará...


Bibliografía:

Fernández Álvarez, Manuel: Juana la Loca, La Cautiva de Tordesillas, Espasa Calpe, Madrid, 2001.

Zalama, Miguel Á. Juana I. Arte, poder y cultura en torno a una reina que no gobernó. Centro de Estudios Europa Hispánica, 2010.

http://patrimonio-ediciones.com/en/facsimil/song-book-of-joan-the-mad

http://www.flickr.com/photos/7711591@N04/920067982/

http://www.themorgan.org/collections/works/IlluminatingFashion/manuscript.asp?page=45

domingo, 28 de agosto de 2011

Los archiduques de Austria atraviesan Francia (3ª parte)

Juana I de Castilla

Estancia en Blois: La acogida de Luis XII


Felipe el Hermoso se encontraba plácidamente a gusto en París, agasajado por sus gentes como si fuera el mismísimo soberano de Francia. Aquello era un honor grandioso y lo habitual en esos casos es que el envanecimiento alcanzara su cuota más alta. Sin embargo, debía desprenderse de ese estado de ensimismamiento y dejar de aplazar lo inevitable; reunirse con el rey galo.

Alojado en su castillo de Blois, junto al Loira, Luis XII esperaba la llegada de su vasallo, Felipe y de su esposa Juana. El vasallaje propiamente dicho provenía de unos de los títulos que ostentaba el hijo de Maximiliano, el condado de Flandes. El ducado de Borgoña ya había sido apoderado por Francia después del desastre de la batalla de Nancy en 1477, cuando falleció Carlos el Temerario. En aquel entonces, el interés real del soberano francés residía en Flandes, aunque no parecía que se buscara la anexión, sí quería dejar patente que el condado era feudatario suyo.




Castillo de Blois, ubicado en el Valle del Loira



Estatua ecuestre de Luis XII enmarcada en el Castillo de Blois

Felipe el Hermoso no se opuso al papel al que estaba destinado y lo escenificó a la perfección cuando irrumpió en la sala del palacio donde estaban los monarcas. Por tres veces se inclinó Felipe ante el rey antes de que él se levantara de su trono. Era evidente que no se trataba de iguales, señor y vasallo se saludaban como correspondía a su respectivo rango. Y no fue el archiduque el único al proceder de aquella manera. Juana prestó lo mismos homenajes que su esposo: bajó de su montura y, acompañada de algunas damas, fue a presentarse ante la reina Ana de Bretaña, haciéndole tres reverencias.


Colijn de Coter, La Virgen mediadora con Juana I. Hacía 1500. Óleo sobre tabla, 111 x 74 cm. París, Museo Nacional del Louvre.

Hay una anécdota que expone que Juana rechazó unas monedas que le ofreció la reina Ana para hacer una ofrenda en misa, mientras que Felipe sí tomó las que le dio Luis XII, entendiendo que aceptarlas era símbolo de vasallaje. Hasta en una situación de tal importancia queda manifiesta la obstinación de la infanta española. No obstante, se cree que el comportamiento reacio de Juana quizá fuera porque estaba cansada de la situación o por otras razones que no atinamos a comprender, o probablemente fue una actitud premeditada de mostrarse que estaba en igualdad de condiciones por ser hija y heredera de los Reyes Católicos.

En Blois se zanjaron importantes cuestiones políticas, como la ratificación del Tratado de Trento culminado entre Maximiliano y Luis XII el 13 de octubre de 1501, pero también hubo tiempo para las espléndidas fiestas. Recibidos por la gran nobleza de Francia, cuyos miembros salieron en función de su rango al encuentro de la comitiva de los príncipes a diferente distancia, al atardecer del 7 de diciembre llegaron a la villa. A las puertas del palacio cuatrocientos pajes del monarca llevaban antorchas para iluminar la entrada, donde se vislumbraban cien soldados suizos. Los soldados estaban colocados a lo largo de dos grandes salas, en una de la cuales se encontraba el rey. Cuando Felipe y Juana hicieron su llegada a Blois, el palacio no debía ser un edificio muy llamativo, los cronistas no narraron nada al respecto, y es que tal como lo conocemos hoy en día es fruto de significativas reformas que comenzaron aquellos años.


Gérard David, Las Bodas de Caná. Hacía 1500-1510. Óleo sobre tabla, 100 x 128 cm. Museo Nacional del Louvre. Pintura flamenca.

Luis XII quería maravillar a la difícilmente impresionable corte de Borgoña en cuestiones de opulencia y ostentación. Las estancias que ocuparon los archiduques estaban adornadas con paños de oro y seda, la cama tenía un cielo de oro y cortinas de damasco blanco, había alfombras por dondequiera que pisara. Había también tapices y caras telas por doquier, decoración en nada diferente al uso borgoñón o español. Todo era valido con el fin de manisfestar la riqueza y el poderío del personaje en cuestión.


Continuará...



Bibliografía:

Zalama, Miguel Á. Juana I. Arte, poder y cultura en torno a una reina que no gobernó. Centro de Estudios Europa Hispánica, 2010.

http://www.insecula.com/oeuvre/photo_ME0000059162.html


http://www.kimiko1.com/research-16th/TudorWomen/1500/1500MarriageCanaDavid.html


jueves, 16 de junio de 2011

Dos rivales frente a frente

Ana de Bretaña y Luisa de Saboya respectivamente


El pacto con César Borgia permitió a Luis XII volver a Italia. En su primera campaña, la de 1499, capturó Milan. El ducado italiano no opuso resistencia y en el sexto día el monarca francés y su "leal primo" el duque de Valentinois (así es como lo llamaba el rey) eran bien recibidos por el pueblo milanés con todo tipo de homenajes. Las calles se deleitaban con el esplendoroso desfile en el que se vislumbraba al osado hijo del Papa luciendo el toro Borgia y la flor de lis francesa en su cabalgadura.


Moneda acunada con la imagen de Luis XII de Orleans, rey de Francia y duque de Milán (1500-1512)


El escudo del Papa Alejandro VI enmarcado en la fortaleza del Castillo de Sant Angelo en Roma. Dentro del blasón se puede contemplar la figura de un toro. Foto realizada por Lady Caroline.


La conquista posiblemente hubiera favorecido a Luisa de Saboya, la madre de Francisco, si no fuera por el mariscal de Gié. Ahora que Luis de Orleans era rey, Gié le sugirió cruelmente que mandara a Luisa a Blois, donde podría vigilarla. Convenció de esta necesidad a George d´Amboise, al hermano del cardenal y a otro amigo que había estado a las órdenes de Luis XI. Todos ellos unieron fuerzas para vigilar la duquesa viuda de Angulema. Luis XII, sin dudar, dio su visto bueno. Se trasladó entonces a Luisa y a sus allegados de Chinon a Blois. Ella se fue de allí de muy mala gana, Blois para ella era como una cárcel, con sus numerosos arqueros adornados de plumas y su guardia escocesa. Detestaba permanecer en aquel lugrube castillo y no disimulaba su enojo a nadie.

La boda de Luis XII con Ana de Bretaña iba de viento en popa. La reina, virtuosa por naturaleza, accedió por fin a los ruegos del monarca galo. El rey no se opuso a su fidelidad a Bretaña, aunque el patriotismo de ella estaba en gran conflicto con el suyo. Como duquesa de Bretaña, procedía como si sus acciones no repercutieran en el resto de Francia.

Cuando Luis XII se marchó a Italia, Ana de Bretaña esperaba el primer retoño de su nueva prole. Muy alejada del confort de un palacio estaba Luisa de Saboya, que sufría las penurias de un paraje desolador, donde el olor a tenerías le molestaba. Por encima de todo, deseaba un cobijo más acogedor y para lograrlo no dudó en acudir al encuentro de Ana de Bretaña.

La duquesa viuda de Angulema se hallaba en los fríos bosques de Romorantín. Recibió a la reina muy alegremente. A los pocos días nació Claudia de Francia, el 14 de octubre de 1499, que más adelante se convertiría en esposa de Francisco. Entre ambas podría haber existido más afinidad, pero era evidente que el ascenso de una conllevaba a la ruina de la otra. El hijo de Luisa seguiría siendo una amenaza hasta que Ana de Bretaña consiguiera alumbrar a un varón.



Ana de Bretaña se confiesa de rodillas ante un sacerdote que se inclina hacia ella para escuchar sus pecados en voz baja. Lo llamativo de esta imagen es que no se observa la típica separación de un confesionario. Este manuscrito iluminado hace parte del "Libro de las horas que la reina Ana de Bretaña " encargado para enseñar a su hijo, el delfín Carlos Orlando, hijo de Carlos VIII, (1492-1495) las enseñanzas del catecismo. Fue pintado en Tours por el maestro Jean Poyer, uno de los mejores artistas de Francia de finales del siglo XV.


Luisa quería afirmarse como protectora de su hijo. Sabía que el Mariscal de Gié no aprobaba que una dama fuera cabeza de familia, no sentía por ella la confianza necesaria para delegar en ella la educación del niño Francisco. La madre estaba cada día más convencida de que sí la alejaban de su retoño cuando cumpliera los seis años, no podría más tarde, jugar ningún papel decisivo en su carrera. La duquesa viuda de Angulema era consciente que debía luchar con todas sus fuerzas para imponerse frente al Mariscal. No hay dudas que de sería un combate implacable.


Bibliografía:

Hackett, Francis: Francisco I, rey de Francia, Editorial Planeta de Agostini, Barcelona, 1995.

http://www.themorgan.org/collections/swf/exhibOnline.asp?id=364

domingo, 16 de enero de 2011

El repudio de Juana de Valois y la alianza con el Papa Borgia

Ana de Bretaña

Ana de Bretaña se sintió indignada que Francia jugara con ella a su antojo. ¿Cómo se atrevían a proponerle un nuevo matrimonio? Le repugnaba pasar de Carlos VIII a Luis XII. Para alcanzar la aprobación de la obstinada soberana de Bretaña, el monarca galo buscó ayuda en uno de sus fieles seguidores, Georges d`Amboise. El incondicional del rey Luis era hombre de la Iglesia y ministro de Estado y uno de los hombres más ilustres del reino. Movería cielo y tierra para cumplir las expectativas de su señor.

Georges d`Amboise, grabado del siglo XIX


Francia necesitaba a toda costa un heredero. Sin él, explotaría una guerra civil y el país acabaría hundido en la miseria. El rey estaba en una situación delicada. Por un lado, no deseaba disgustar a su esposa, Juana de Valois, por otro estaba obligado a cumplir con su deber. Mirándole a los ojos le afirmaba con total vehemencia que "Preferiría morir sin hijos a darte un disgusto" - decía galantemente a su mujer. Demostraba ante todos sentirse apenado y desconcertado, aunque un aire de hipocresía envolvía su conducta. Al mismo tiempo, juraba secretamente desposar a Ana dentro de un año, o tomar las fortalezas que Francia tenía en Bretaña. Agotado e sumido en su dilema, dejó las negociaciones en manos de George y éste último se dirigió a Roma a pedir audiencia con Alejandro VI, el Papa Borgia. El pontífice era en ese momento la persona más apta para solucionar el conflicto.


Luis XII


De lo que Luisa de Saboya se convenció en seguida, fue de que a pesar que su hijo Francisco era el único heredero al trono, el rápido desarrollo de un plan político grandioso la reducía a ella a la mayor insignificancia. Luis XII lo tenía todo bien trazado. Una, necesidad de divorcio. La otra, sus pretensiones sobre el Ducado de Milán. Los Orleáns siempre había codiciado ese territorio por el que alegaban poseer derechos dinásticos. La abuela de Luis XII, Valentina Visconti era hija del primer duque de Milán, Gian Galeazzo Visconti.

Los Borgia podrían ser un arma muy útil para los propósitos del rey de Francia. Rodrigo Borgia y su hijo César, ambos poseedores de ilimitada ambición, no dudarían en solicitarle algo a cambio de sus favores. En realidad, la demanda de divorcio de Luis fue muy propicia para que Alejandro VI consiguiera el apoyo de Francia en su campaña en Italia. En definitiva, fue para librarse de la hija de Luis XI, Juana de Valois, y entrar en posesión de Milán, por lo que Luis XII trató íntimamente con los Borgia.



César Borgia

En 1498, César, bajo las órdenes de su progenitor, iba a abandonar los hábitos. Para el joven Borgia eso significaba un alivio ya que nunca sintió el menor interés por la vida eclesiástica. Cabe destacar que fue la primera persona en la Historia en renunciar al cardenalato. A partir de entonces se dedicaría por completo a las tareas militares que tanto le apasionaban.

Finalmente se llegó a un acuerdo razonable entre Luis XII y Alejandro VI. Al poco tiempo, César Borgia partió hacia la corte francesa, armado de una dispensa para la nueva unión del rey Luis con la duquesa de Bretaña, equipado además con un birrete de cardenal para George D´Amboise, y dispuesto a recibir un ducado de aquella nación y una esposa de acuerdo a su rango y fortuna. El próximo paso sería concertar un pacto militar con el monarca galo y a continuación se invadiría Italia.

La actual reina consorte, Juana de Valois, estaba devastada. Su desconcierto fue memorable. Sería repudiada como un animal abandonado a su suerte. La prueba del divorcio tenía como jueces al hermano de George D´Amboise y otro obispo partidario del rey. Además, muchos cortesanos estaban dispuestos a declarar que aquella boda jamás había sido consumada.


Juana de Valois, primera esposa de Luis XII

Como era lógico de suponer, el testimonio de Juana fue el de una esposa que se considera con derechos, aunque sabe que será incapaz de hacer nada para remediar su cruel destino. Se negó a ser examinada por los médicos. Dejó a su marido que explicara bajo juramento lo que había sido su vida de casados. Desgraciadamente, oyó de los propios labios de su esposo que ella no valía físicamente para el matrimonio. Según el rey, evidencias había, la unión jamás dio ningún fruto.

Sus planes para casarse con Ana de Bretaña habían ido madurando meses y meses, de la misma manera que la dispensa papal había sido puesta en los bolsillos de César Borgia a su salida de Roma. La repudiada reina recibió la noticia derramando lágrimas a raudales. Se retiró a Bourges, seguida por la simpatía del pueblo, y para distraer su mente, solicitó permiso para fundar una orden religiosa.

Continuará...



Bibliografía:

Hackett, Francis: Francisco I, rey de Francia, Editorial Planeta de Agostini, Barcelona, 1995.

http://www.verso.org/projects/early-tudor.html

http://es.wikipedia.org/wiki/Georges_d%27Amboise

http://es.wikipedia.org/wiki/C%C3%A9sar_Borgia