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viernes, 24 de diciembre de 2010

A Tudor Christmas


Estimados Lectores,


Admito que este año no ha sido tan prolífero con respecto a los artículos publicados. Siento haceros saber que varias obligaciones me han mantenido alejada del blog, más de lo que yo preveía. Espero que el próximo año pueda satisfacer con creces vuestras curiosidades históricas y revelar más a menudo datos interesantes sobre diversos personajes del Universo Renacentista. Siempre habrá un lugar reservado para Ana Bolena, Enrique VIII, Elizabeth I, Luisa de Saboya, Francisco I, Juana de Castilla, Felipe el Hermoso, Cesar y Lucrecia Borgia, Sancha de Aragón, Elizabeth Woodville, Eduardo IV y muchos otros más. Pero sobretodo, sois vosotros, mis lectores, lo que proporcionais alegría a esta corte. ¡Que sería de un palacio sin el bullicio y el exuberante alborozo de los cortesanos! ¡Mil gracias a todos por vuestros comentarios y visitas!



Os deseo de todo corazón una Feliz Navidad en compañía de vuestros seres queridos y un Próspero Año 2011 lleno de felicidad, prosperidad, paz, salud y grandes éxitos.

Un abrazo,


Lady Caroline
Los Líos de la Corte




Para finalizar os pongo un video de la tercera temporada de "The Tudors". Me complace mucho verlo ya que se contempla finalmente toda la familia de Enrique VIII reunida. Por fin, arregló las diferencias con sus hijas, María y Elizabeth gracias a la amabilidad y tacto de Jane Seymour.






jueves, 9 de septiembre de 2010

I Edición del Tudor Court Festival


¿Cuándo?: 1, 2 y 3 de Octubre de 2010
¿Dónde?: Colegio Madres Mercedarias de Don Juan de Alarcón (Madrid) ~ Edificio Renacentista (siglo XVI)
¿Inscripción?: 40€ (todo incluído, salvo alojamiento)

Un histórico viaje en el tiempo que te transportará a la Corte de Enrique VIII de Inglaterra.



Vive durante un fin de semana recreando el siglo XVI. Siéntete como si pertenecieras a la Corte, formando parte de la dinastía de los Tudor, o interpretando a cualquiera de los personajes más influyentes que rodearon al Monarca. Entra de lleno en las intrigas palaciegas y enterate del último rumor que corre por los pasillos del Palacio de Whitehall.

Talleres, actividades, conferencias, video forums... Todo relacionado con la época. Además, no te puedes perder el gran banquete y baile del sábado por la noche, al más puro estilo Tudor. ¡Desempolva ya tus mejores galas para asistir a las celebraciones por el nacimiento de la Princesa Elizabeth Tudor!

¡Recrea la historia con nosotros! ¡Forma parte de ella!

¿Te lo vas a perder?


Más información:


http://tudorfestival.webcindario.com/

http://es-es.facebook.com/pages/Tudor-Court-Festival/206716722445?ref=ts


Para cualquier duda o consulta:


tudorcourtfestival@gmail.com


PLAZO DE INSCRIPCIÓN ABIERTO, SOLO HASTA EL 26 DE SEPTIEMBRE

miércoles, 23 de diciembre de 2009

¿Cómo celebraban Enrique VIII y sus súbditos la Navidad?



En tiempos de los Tudor las fiestas de Navidad duraban doce días y las celebraciones alcanzaban su punto culminante el 6 de enero o Noche de Reyes, cuando se celebraba la Epifanía. El ayuno de adviento finalizaba la víspera de Navidad; y a partir de entonces se inauguraban doce días de fiestas, banquetes, pompa, disfraces y diversión; todo ello presidido por el Señor del Mal Gobierno o "Maestro de los Alegres Retozos", con su cortejo de heraldos, magos y bufones disfrazados. Enrique VIII también tenía por costumbre nombrar un "obispillo" que sustituía el lugar de su principal capellán. En Windsor, en una ocasión recompensó a un muchacho llamado Nicholas con 10 marcos por interpretar este papel.

La corte estaba siempre a rebosar durante las Navidades. Los palacios reales, a igual que muchos hogares humildes, se adornaban con "acebo, hiedra y laureles y cualquier otra cosa verde propia de la temporada". En el gran salón de audiencias bailaban y cantaban villancicos, "con gran gozo de la reina y los nobles".


Durante las Navidades en la corte se celebraban grandes banquetes. El día de Navidad se servía el plato que era siempre el favorito de las fiestas, carne de jabalí o de cerdo "macerada" y sanzonada con especias, y quizá cisne asado; el primer plato, sin embargo, consistía siempre en una cabeza de jabalí, que se presentaba a los comensales "adornada con laurel y romero". Para el suntuoso banquete de la noche de Reyes se preparaba un pastel especial de frutos secos, harina, miel y especias que contenía un guisante o una alubia; quién lo hallase sería Rey o Reina del Guisante o de la Alubia durante la velada; no obstante, a juzgar por los pagos hechos de antemano, parece que en la corte los afortunados se elegían previamente, por si acaso.

Las navidades también era tambien una época de solemnes observancias religiosas. El día de Navidad, Enrique VIII oía misa en su camarín antes de ir en procesión a la capilla real para asistir a los maitines, donde incluso participaba en el oficio. El coro solía cantar Gloria in excelsis en estas ocasiones y una vez el monarca lo premio con 2 libras ( lo equivalente hoy en día a 600 libras). En la fiesta de la Epifanía se hacían ofrendas de oro, incienso y mirra en nombre de la reina.

El intercambio de regalos no tenía lugar en día de Navidad, sino el día de Año Nuevo. No sólo la soberana y la familia real, sino también todos los cortesanos y sirvientes regalaban algo al rey; cada presente le era entregado por quien lo hacía o por su representante en una ceremonia brillante en el salón de audiencias, donde los regalos - que podía ser de vajilla de oro o de plata, joyas o dinero - se exponían luego en aparadores o mesas de caballete para que todo el mundo los contemplase. Mas tarde los secretarios reales tomaban nota de cada uno de ellos antes de guardarlos. Los señores más poderosos del reino competían unos con otros por ofrecer los obsequios más valiosos o novedosos: el cardenal Wolsey regalaba siempre a su señor una copa de oro que valía 100 libras (30 mil libras actuales) . A su vez, Enrique obsequiaba copas y cuencos con la cifra real grabada, cada uno de ellos de acuerdo con el rango de quien lo recibía, a todas las personas de la corte, incluso a los miembros más humildes de la casa.


Enrique VIII y Cardenal Wolsey


Bibliografía:


Weir, Alison: Enrique VIII el rey y la corte, Círculo de Lectores, Barcelona, 2004.


Aprovecho la ocasión para desearos a todos una Feliz Navidad y un excelente año 2010. Muchísimas gracias por acompañarme durante mi andura por la corte renacentista y espero veros muy pronto el próximo año. Ya sabéis que el mejor regalo que me podéis hacer en Navidad son vuestras visitas y comentarios.

besos,

Lady Caroline
LOS LÍOS DE LA CORTE





domingo, 18 de octubre de 2009

La Mascarada del Château Vert



El 02 de marzo de 1522 Enrique VIII celebró justas en honor a los embajadores de Carlos V en las cuales él mismo participó a lomos de un caballo adornado con gualdrapas plateadas en las que aparecían bordados un corazón herido y el lema "Elle mon coeur a navera"("Ella ha herido mi corazón"). La dama en cuestión, responsable por lanzarle el dardo del amor, podría tratarse de María Bolena. Su romance con el monarca empezó más o menos por esas fechas, sin embargo, no hay ningún dato que confirma que fuera ella la homenajeada, podría ser cualquier otra dama de la corte el objeto de sus atenciones.


Dos días después, la noche del martes de Carnaval, los enviados del Emperador fueron los invitados del cardenal Wolsey en York Palace, donde se montó un espectáculo de cierta importancia titulado "The Château Vert". Se trataba de un castillo verde con tres torres. En cada una de ellas ondeaba una bandera: una con tres corazones rotos, otra que mostraba la mano de una dama sosteniendo un corazón de hombre y una tercera en la que aparecía la mano de una dama haciendo girar un corazón de hombre. Ocupaban el castillo unas damas con nombres extraños: Belleza (María Tudor, duquesa de Suffolk), Honor (condesa de Devon), Perseverancia (Ana Bolena), Amabilidad (María Bolena), Constancia (Jane Parker), Generosidad, Misericordia y Piedad. Las ochos mujeres llevaban vestidos de encaje de punto milanés confeccionados con raso blanco, y todas lucían su nombre bordado en otro en el tocado, y gorros milaneses de oro con joyas incrustadas. A los pies de la fortaleza había más damas cuyos nombres eran Peligro, Desdén, Celos, Aspereza, Desprecio, Lengua Mordaz y Rareza, vestidas como mujeres indías (con gorros negros).



Luego entraron ochos caballeros ataviados con sombreros de paños de oro y grandes capas de raso azul. Se llamaban Amor, Nobleza, Juventud, Devoción, Leatad, Placer, Dulzura y Libertad. Este grupo, uno de cuyos miembros era el rey en persona, lo introdujo un hombre vestido de raso carmesí con llamas de oro. Su nombre era Deseo Ardiente (interpretado por William Cornish, quién monto el espectáculo) y las cortesanas se emocionaron tanto a causa de su aparición que quizá hubieran entregado el castillo, pero Desprecio y Desdén dijeron que defenderían la fortaleza.


Entonces empezó el simulacro de asedio:


Los señores corrieron hasta el castillo, momento en que se oyeron fuertes estampidos de armas de fuego, y las damas lo defendieron con agua de rosas y dulces. Los señores replicaron con dátiles, naranjas y otras frutas deliciosas y finalmente el castillo fue tomado. Lady Desprecio y sus compañeras huyeron. Entonces los señores tomaron las damas de la mano y las sacaron como prisioneras, llevándolas abajo y bailando con ellas, lo cual complació muchísimo a los invitados extranjeros. Cuando hubieron bailado lo suficiente, todos se quitaron las máscaras. Después de esto, hubo un suculento banquete.






Bibliografía:

Weir, Alison: Enrique VIII el rey y la corte, Círculo de Lectores, Barcelona, 2004.

Fotos de la serie "The Tudors", 1ª temporada - episódio 3.


domingo, 12 de julio de 2009

Enrique VIII y sus pantorrillas

En 1515, Enrique VIII recibió en su espléndida corte a los embajadores venecianos. Tanto el monarca como el cardenal Wolsey vieron, en tal visita, una ocasión idonea para deslumbrar a los italianos y distanciarlos de Francia. Para entonces, Francisco I organizaba un ataque contra Milán, que reuniría sus tropas y se aliaría con los ejércitos de Venecia. En septiembre del mismo año, el soberano francés se enfrentaría a las fuerzas de la Confederación de Suiza, dueñas del ducado del Milanesado. El combate, conocido como la Batalla de Marignano, culminaría con la victoria de Francisco I y a cesión del Milanesado a la corona francesa.

Durante su estancia en Inglaterra, los embajadores venecianos fueron invitados a la famosa fiesta de mayo, y llegaron a Greenwich a una hora muy temprana el primer día de dicho mes. Enrique disfrutaba mucho con la llegada de la primavera y era una de sus celebraciones favoritas.

En cierto instante, los venecianos salieron al campo al encuentro del rey. Un carro triunfal, ocupado por cantantes y músicos, encabezaba el alegre séquito compuesta de cientos de guardias del monarca vestidos de color verde. Enrique, vestido de terciopelo del mismo tono, ropilla, birrete, calzas, les saludó cordialmente, volteando sobre un palafrén, que le había sido obsequiado por el Duque de Mantua.

Sin embargo, las aduladoras palabras recitadas por los venecianos, en un descanso de la fiesta, no satisfacían del todo la vanidad del soberano:

-Habládme - díjoles de pronto - . Decidme: el Rey de Francia, ¿es tal alto como yo?

-Escasa es la diferencia, Majestad.

-¿Es igual que yo de grueso?

-No, señor.

-¿Qué forma de pierna tiene?

El veneciano frunció el ceño.

- Tiene la pierna flaca, señor.

-Pues miradme a mí -
exclamó Enrique, desabrochándose la ropilla y luciendo la cadera.

Y luego, mirando al veneciano, dijo satisfecho:

-Y tengo, además, unas magníficas pantorrillas. Yo quiero mucho al Rey de Francia - agregó al cabo de un rato.


Bibliografía:

Hackett, Francis: Enrique VIII y sus seis mujeres, Planeta DeAgostini, Barcelona, 1996.

http://es.wikipedia.org/wiki/Batalla_de_Marignano

miércoles, 24 de junio de 2009

La Coronación de Enrique VIII

















El 24 de Junio de 1509, hace exactamente 500 años, Enrique VIII fue coronado Rey de Inglaterra y su esposa, Catalina de Aragón, fue proclamada Reina consorte.

En la víspera del gran acontecimiento, el 23 de junio, Londres se lleno de júbilo cuando el rey y la reina atravesaron en procesión a Cheapside, Temple Bar y el Strand hasta el palacio de Westminster. Londres todavía era una ciudad medieval amurallada, aunque sus barrios periféricos se estaban extendiendo muy deprisa más allá de las murallas: en el Strand, por ejemplo, se situaban las grandes casas de la nobleza, con jardines que bajaban hasta el río. El horizonte de la ciudad apareció dominado por las agujas de la catedral gótica de San Pablo y otras ochenta iglesias. Era una ciudad que progresaba, llena de vida y muy congestionada porque sus calles era estrechas y sus edifícios apretujados ocupaban a veces parte de la calle; la mayoría de sus ciudadanos, por tanto utilizaban el Támesis como príncipal vía pública.
Londres durante la Era Tudor

En honor a su coronación, las edificaciones que bordeaban la carrera estaban adornadas con tapices y de los caños manaba vino que el pueblo podía beber sin pagar nada. El joven Enrique, que dentro de cinco días cumpliría dieciocho años, cabalgaba debajo de un dosel que portaban los barones de los Cinco Puertos, precedido por sus heraldos. Estaba imponente vestido con un jubón de oro con piedras preciosas engarzadas debajo de un manto de terciopelo carmesi, forrado de armiño, y sobre los hombros una tira de rubíes.

Catalina, de veintitrés años, iba recatada y modesta en su traje de raso blanco bordado y armiño, dejaba caer sobre sus hombros su extenso y bello cabello rubio rojizo para demonstrar su pureza. Seguía a su esposo en una litera adornada con colgantes de seda blanca y cintas doradas. Sus damas, vestidas de terciopelo azul, la seguían montadas en corceles no menos resplandecientes.

La comitiva resultaba ser un espectáculo fascinante, digno de ser admirado, como si nos adentráramos en un cuento de hadas.

El pueblo al contemplar ese gran evento, no podía contener su entusiasmo. Había muchas esperanzas puestas en aquel jovencísimo soberano. Enrique inspiraba confianza, con él no les faltarían buenas carreteras para viajar, tranquilidad para vivir y ocasiones de acercarse al monarca para hacerse escuchar, para ganar su voluntad. Este rey sacaría a Inglaterra de las tinieblas y se uniría al nuevo movimiento renacentista que triunfaba en Europa. Sería un modelo para los cortesanos y fomentaría el arte y la cultura de su país, además de apoyar a los mercaderes.

Por la tarde el rey y la reina llegaron al Palacio de Westminster, que había sido sede del gobierno real y principal residencia del monarca en Londres desde el siglo XI.



Enrique y Catalina velaron toda la noche antes de la coronación en la capilla de San Esteban, fundada por el rey homónimo en el siglo XIII. El día de San Juan, 24 de junio, domingo, los jovenes soberanos, ataviados con regias vestiduras de color carmesí y precedidos por la nobleza, que iba vestida de escarlata con pieles de adorno, anduvieron hasta la Abadía de Westminster por una alfombra de paño rayado con hierbas aromáticas y flores esparciadas por ella. Al entrar el rey en la abadía y perderse de vista, el gentío rompió la alfombra en pedazos para guardarlos como recuerdos.

Tomás Moro escribió maravillado estas palabras: "Este día consagra a un joven que es la gloria eterna de nuestra era. Este día es el fin de nuestra esclavitud, la fuente de nuestra libertad, el principio del gozo. Ahora el pueblo, liberado, corre delante de su rey con los rostros iluminados."

Después de ser aclamado, Enrique prestó el juramento de la coronación y fue ungido con óleo sagrado. A continuación el Arzobispo Warham procedió a consagrarle con la corona de San Eduardo el Confesor. El coro rompió a cantar Tedeum Laudamus mientras treinta y ocho obispos conducían al monarca recién consagrado hasta el trono para que recibiera el homenaje de sus súbditos principales.

En una ceremonia mucho más corta, la reina fue coronada con una pesada diadema de oro engastada con zafiros, rubíes y perlas. Cuando la pareja salió de la abadía, el rey llevaba la corona "imperial" o corona arqueada, que era más ligera, y una vestidura de terciopelo color púrpura forrada de armiño; mientras la multitud profería vítores, sonaba el órgano y las trompetas, atronaban los tambores y replicaban las campanas para señalar que Enrique VIII "Había sido coronado gloriosamente por el bien de país entero".



Después de la coronación, el rey y la reina encabezaron la gran procesión de vuelta Westminster Hall para el banquete correspondiente. Además se celebraron justas y torneos en el palacio que durarían hasta medianoche. La fiesta continuaría durantes varios días más.

Semejante alegría se vería unicamente truncada por la muerte de la abuela de Enrique, Margaret Beaufort el 29 de junio, el día después que el monarca alcanzara la mayoría de edad.

A partir de entonces una nueva era deparaba Inglaterra, un tumultuoso reinado que dejaría una huella inolvidable en los anales de la historia de ese país. Por ahora nadie imaginaba que este culto, galante y atractivo príncipe renacentista se acabaría convirtiendo en un temido y despiadado soberano, que sería más recordado por sus conflictivos matrimonios que por sus hazañas en el trono.


Bibliografía:

Weir, Alison: Enrique VIII el rey y la corte, Círculo de Lectores, Barcelona, 2004.

Hackett, Francis: Enrique VIII y sus seis mujeres, Planeta DeAgostini, Barcelona, 1996.