En honor a su coronación, las edificaciones que bordeaban la carrera estaban adornadas con tapices y de los caños manaba vino que el pueblo podía beber sin pagar nada. El joven Enrique, que dentro de cinco días cumpliría dieciocho años, cabalgaba debajo de un dosel que portaban los barones de los Cinco Puertos, precedido por sus heraldos. Estaba imponente vestido con un jubón de oro con piedras preciosas engarzadas debajo de un manto de terciopelo carmesi, forrado de armiño, y sobre los hombros una tira de rubíes.
Catalina, de veintitrés años, iba recatada y modesta en su traje de raso blanco bordado y armiño, dejaba caer sobre sus hombros su extenso y bello cabello rubio rojizo para demonstrar su pureza. Seguía a su esposo en una litera adornada con colgantes de seda blanca y cintas doradas. Sus damas, vestidas de terciopelo azul, la seguían montadas en corceles no menos resplandecientes.
La comitiva resultaba ser un espectáculo fascinante, digno de ser admirado, como si nos adentráramos en un cuento de hadas.
El pueblo al contemplar ese gran evento, no podía contener su entusiasmo. Había muchas esperanzas puestas en aquel jovencísimo soberano. Enrique inspiraba confianza, con él no les faltarían buenas carreteras para viajar, tranquilidad para vivir y ocasiones de acercarse al monarca para hacerse escuchar, para ganar su voluntad. Este rey sacaría a Inglaterra de las tinieblas y se uniría al nuevo movimiento renacentista que triunfaba en Europa. Sería un modelo para los cortesanos y fomentaría el arte y la cultura de su país, además de apoyar a los mercaderes.
Por la tarde el rey y la reina llegaron al Palacio de Westminster, que había sido sede del gobierno real y principal residencia del monarca en Londres desde el siglo XI.

Enrique y Catalina velaron toda la noche antes de la coronación en la capilla de San Esteban, fundada por el rey homónimo en el siglo XIII. El día de San Juan, 24 de junio, domingo, los jovenes soberanos, ataviados con regias vestiduras de color carmesí y precedidos por la nobleza, que iba vestida de escarlata con pieles de adorno, anduvieron hasta la Abadía de Westminster por una alfombra de paño rayado con hierbas aromáticas y flores esparciadas por ella. Al entrar el rey en la abadía y perderse de vista, el gentío rompió la alfombra en pedazos para guardarlos como recuerdos.
Tomás Moro escribió maravillado estas palabras:
"Este día consagra a un joven que es la gloria eterna de nuestra era. Este día es el fin de nuestra esclavitud, la fuente de nuestra libertad, el principio del gozo. Ahora el pueblo, liberado, corre delante de su rey con los rostros iluminados."Después de ser aclamado, Enrique prestó el juramento de la coronación y fue ungido con óleo sagrado. A continuación el Arzobispo Warham procedió a consagrarle con la corona de San Eduardo el Confesor. El coro rompió a cantar
Tedeum Laudamus mientras treinta y ocho obispos conducían al monarca recién consagrado hasta el trono para que recibiera el homenaje de sus súbditos principales.
En una ceremonia mucho más corta, la reina fue coronada con una pesada diadema de oro engastada con zafiros, rubíes y perlas. Cuando la pareja salió de la abadía, el rey llevaba la corona "imperial" o corona arqueada, que era más ligera, y una vestidura de terciopelo color púrpura forrada de armiño; mientras la multitud profería vítores, sonaba el órgano y las trompetas, atronaban los tambores y replicaban las campanas para señalar que Enrique VIII "Había sido coronado gloriosamente por el bien de país entero".

Después de la coronación, el rey y la reina encabezaron la gran procesión de vuelta Westminster Hall para el banquete correspondiente. Además se celebraron justas y torneos en el palacio que durarían hasta medianoche. La fiesta continuaría durantes varios días más.
Semejante alegría se vería unicamente truncada por la muerte de la abuela de Enrique, Margaret Beaufort el 29 de junio, el día después que el monarca alcanzara la mayoría de edad.
A partir de entonces una nueva era deparaba Inglaterra, un tumultuoso reinado que dejaría una huella inolvidable en los anales de la historia de ese país. Por ahora nadie imaginaba que este culto, galante y atractivo príncipe renacentista se acabaría convirtiendo en un temido y despiadado soberano, que sería más recordado por sus conflictivos matrimonios que por sus hazañas en el trono.
Bibliografía: Weir, Alison:
Enrique VIII el rey y la corte, Círculo de Lectores, Barcelona, 2004.
Hackett, Francis:
Enrique VIII y sus seis mujeres, Planeta DeAgostini, Barcelona, 1996.