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sábado, 9 de febrero de 2013

Entre embajadores y criptoanalistas...






Carpaccio, Vittore: "La llegada de los embajadores ingleses", Año 1498, Gallerie dell'Accademia de Venecia


Los testimonios de los diplomáticos resultan ser siempre una fuente de incalculable valor capaces de acercarnos como por arte de magia a una recóndita y alejada época.  Una "primary source" en toda regla que tenemos la suerte de todavía conservar en diversos archivos. Eran ellos los que redactaban las crónicas y que registraban todo lo que sucedía en los escondrijos de los palacios. Además, gracias a su pluma,  cobran vida todos los acontecimientos y festividades de las cortes reales de entonces, aunque, todo sea dicho, también fueron los responsables de propagar rumores y desvelar controvertidas verdades.

Por ejemplo, ser diplomático en la corte de Enrique VIII tenía sus pros y sus contras. Normalmente eran hombres de buena familia y educados a los que no resultaba fácil intimidar. No era costumbre asignarles alojamiento en  la corte salvo que el monarca así lo ordenara, no obstante se alojaban cerca de la residencia real y todos los gastos pertinentes corrían a cuenta de la corona inglesa. Ya veis que el rey no escatimaba gastos para tener contentos a los embajadores...

Otro cantar era la manutención que recibían de parte de sus señores. Se esperaba de un embajador una presencia que reflejase el status de su gobernante, pero por desgracia la mayoría de los monarcas europeos mantenían a sus diplomáticos a raya, escasos de ingresos y para colmo debían subsistir echando mano de sus propio dinero. Para su consuelo, tenían la suerte que Enrique era un tipo generoso que le gustaba agasajar a todos los embajadores en el momento que regresaban a su país. Ninguno se iba de Inglaterra sin una valiosa vajilla en su baúl.

El día día de un diplomático era una tarea ardua. Sus responsabilidades era muy grandes: debían velar por los intereses de su señor, facilitarles información útil y a menudo confidencial con lujo de detalles y la mayoría de la veces transcrita en códigos, e incluso tenían que resolver situaciones difíciles que exigían el máximo tacto. El problema es que a veces iban más allá de lo que les convenía. Como es nombrado en el artículo anterior, casi todos empleaban espías e informantes para averiguar secretos de estado y también lo que escondían los poderosos del reino. Muchas intervenían en los líos cortesanos y unos cuantos se encontraron en situaciones comprometidas. Ya veis que la inmunidad diplomática no siempre surtía efecto.

Tenemos varios ejemplos que hicieron caso omiso a esa supuesta inmunidad. Pero primero debemos  tener en cuenta que se les consideró desde el principio como espías potenciales. A comienzos del siglo XV, Enrique V de Inglaterra, por ejemplo, ordenó encarcelar a todos los embajadores franceses mientras desarrollaba sus planes de invasión con respecto al país galo. Luego ya en la Era Enrique VIII, vemos el ejemplo del cardenal Wolsey que desconfiaba bastante de los diplomáticos. Una de sus medidas fue ordenar a Sebastiano Giustiniani (enviado de Venecia en la corte inglesa entre 1515 y 1519) que le enseñara sus despachos antes de mandarlos a su señor. En 1524 interceptó la correspondencia del enviado imperial, Louis de Flandre, Sieur de Praet, lo puso bajo arresto domiciliario porque no le gustó lo que leyó y luego exigió que se fuera de Inglaterra.




 El arte de la Criptografía


El uso regular de la criptografía comienza en la Edad Media, con los árabes, y en Europa ello no sucede hasta el Renacimiento. Hasta entonces sólo se empleaba de forma esporádica, sin embargo,  En el siglo XV era una industria floreciente. El resurgimiento de las artes, de las ciencias y de la erudición durante el Renacimiento nutrió el desarrollo de la criptografía mientras que el hervidero de maquinaciones políticas proporcionó los alicientes necesarios para la comunicación secreta. 


Desde muy temprano en la historia se urdieron sistemas de cifrado para proteger la información secreta. Los más simples consistían en sustituir letras por cifras. Al intercambiar las letras de la misiva en series de números o símbolos sin ningún sentido aparente, se lograba preservar la valiosa información. Aunque claro, antes de más nada, había que entregar la clave de la cifra para el descodificado a receptor y emisor. Si tenéis la oportunidad de visitar un día el Archivo General de la Simancas, allí podréis apreciar decenas de documentos cifrados elaborados por el embajador de Isabel la Católica en Inglaterra, el doctor Rodrigo González de la Puebla, y más adelante por el cardenal Granvela, con instrucciones y negociaciones sobre la boda del futuro Felipe II con María Tudor, hija de Enrique VIII.



Nombrado secretario de cifras en Venecia en 1506, el veneciano Giovanni Soro es considerado hoy en día como el padre de la criptografía moderna. Se especializó en la tarea de descifrador de códigos, empleando sus conocimientos a la hora de descubrir los mensajes secretos que capturaban de los espías de los estados extranjeros. Además, Soro tenía la habilidad de romper los códigos que utilizaban las naciones vecinas, entre ellos los de Maximiliano I y posteriormente de Carlos V. En 1510, gracias a su enorme destreza, los otros estados se vieron obligados a reforzar su sistema de comunicación a un nivel mayor de sofisticación. Como resultado,la curia papal lo contrató para que descodificara los mensajes que su propio analista de códigos era incapaz de descifrar. Además, el papa Clemente VII a menudo enviaba misivas codificadas a Soro para que testara su grado de impenetrabilidad.


Cabe destacar también el francés Philibert Babou, criptoanalista del rey Francisco I de Francia. Babou había adquirido la reputación de ser increíblemente persistente, trabajando día y noche e insistiendo durante semanas para descifrar un mensaje interceptado. Desgraciadamente para el pobre Babou, mientras tanto el monarca francés aprovechó para vivir una larga aventura amorosa con su esposa...


Bibliografía:

http://en.wikipedia.org/wiki/Giovanni_Soro

Weir, Alison: Enrique VIII el rey y la corte, Círculo de Lectores, Barcelona, 2004. 

 Jesús J. Ortega Triguero,Miguel Ángel López Guerrero,Eugenio C. García del Castillo Crespo: Introducción a la Criptografía: Historia y Actualidad, Universidad de Castilla la Mancha, 2006.


Espías y Agentes dobles durante la Edad Media, artículo perteneciente a la Revista Historia National Geographic, número 109, diciembre 2012.

jueves, 1 de marzo de 2012

Discurso de Juana de Castilla ante el alzamiento comunero (1520)



Introducción al discurso:



Juana de Castilla y el movimiento Comunero



La Guerra de las Comunidades de Castilla fue el levantamiento armado de los denominados comuneros acaecido en la Corona de Castilla desde el año 1520 hasta 1522 es decir, a comienzos del reinado de Carlos I Las ciudades protagonistas fueron las del interior castellano, situándose a la cabeza de las mismas las de Toledo y Valladolid. 

El levantamiento se produjo en una situación de inestabilidad política en la corona de Castilla que se arrastraba desde la muerte de Isabel la Católica (1504). En octubre de 1517, el rey Carlos I llegó a Asturias proveniente de Flandes, donde se había autoproclamado rey de sus posesiones hispánicas en 1516. A las Cortes de Valladolid de 1518 llegó sin saber hablar apenas castellano y trayendo consigo un gran número de nobles y clérigos flamencos como Corte, lo que produjo recelos entre las élites sociales castellanas, que sintieron que su advenimiento les acarrearía una pérdida de poder y estatus social, por lo tanto demostraban un claro rechazo a la politica de Carlos V.

Por otro lado, el emperador temía perder el poder ya que realmente la reina propietaria era su madre, Juana de Castilla, razón por la cual él había querido entronizarse nada mas morir su abuelo, Fernando el Católico, y se había empeñado en ser reconocido monarca a cualquier precio. La realidad era muy clara: Carlos solamente era rey mientras su madre fuese incapaz de gobernar. 

Juana estaba colocada en un enclave estratégico, Tordesillas, acusada de estar fuera de si, victima de una incipiente locura que la impedía ejercer sus funciones. Pero si Juana recobraba la razón y tomaba partido de los rebeldes podría desatar una guerra civil por el poder entre la nobleza castellana y los partidarios del Carlos. 

El 24 de Septiembre de 1520, Doña Juana mantuvo una larga conversación que quedó registrada por tres escribanos con el Doctor Zúñiga, catedrático de Salamanca, en la que informaron de la muerte de su padre y de "los grandes males" que habrían sobrevenido después (resulta increíble que Juana no supiera de la muerte de su padre, acaecida en 1516, supongo que no lo hicieron para evitarle disgustos). Los comuneros se mostraron exultantes por el interés que podría tener Doña Juana. Dijo que estaba dolida por no haberle notificado de la muerte de su padre. Estaban allí los procuradores de las doce ciudades implicadas en el alzamiento comuneros: Burgos, León, Valladolid, Soria, Segovia, Avila, Salamanca, Toro, Madrid, Toledo, Guadalajara  y Cuenca.

Zúñiga lo proclama desde un principio: Juana era la única soberana, la reina propietaria de Castilla, pero una soberana apartada de sus funciones regias. Trato de hacerle saber que "ella ya era libre". Ya podía ordenar, gobernar su reino, que todos la obedecerían. Ante esa demostración de apoyo incondicional de parte de sus súbditos, Juana tomó la palabra. Lo primero que quiso aclarar fue su ineficacia. Y curiosamente apenas mencionó la muerte de su amado Felipe el Hermoso. En cambio, las referencias fueron constantes a su progenitor, Fernando el Católico. 





24 de Septiembre de 1520 


"Ya, después que Dios quiso llevar para sí a la Reina Católica, mi señora, siempre obedecí y acaté al Rey, mi señor, mi padre, por ser mi padre y marido de la Reina, mi señora; y ya estaba bien descuidada con él, porque no hubiera ninguno que se atreviera a hacer cosas mal hechas. Y después que he sabido cómo Dios le quiso llevar para sí, lo ha sentido mucho, y no lo quisiera haber sabido, y quisiera que fuera vivo, y que allí donde está viviese; porque su vida era más necesaria que la mía. Y pues ya lo había de saber, quisiera haberlo sabido antes, para remediar todo lo que en mí fuere posible.

 Yo tengo mucho amor a todas las gentes y pesaríame mucho de cualquier daño o mal que hayan recibido. Y porque siempre he tenido malas compañías y me han dicho falsedades y mentiras y me han traído en dobladuras, e yo quisiera estar en parte en donde pudiera entender en las cosas que en mí fuesen, pero como el Rey, mi señor, me puso aquí, no sé si a causa de aquella que entró en lugar de la Reina, mi señora, o por otras consideraciones que S.A. sabría, no he podido más. Y cuando yo supe de los extranjeros que entraron y estaban en Castilla, pesóme mucho dello, y pensé que venían a entender en algunas cosas que cumplían a mis hijos, y no fue así. Y maravíllome mucho de vosotros no haber tomado venganza de los que habían fecho mal, pues quienquiera lo pudiera, porque de todos lo bueno me place, y de lo malo me pesa. Si yo no me puse en ello fue porque ni allá ni acá no hiciesen mal a mis hijos, y no puedo creer que son idos. Y mirad si hay algunos dellos, aunque creo que ninguno se atreverá a hacer mal, siendo yo segunda o tercera propietaria y señora, y aun por esto no había de ser tratada así, pues bastaba ser hija de Rey y de Reina. Y mucho me huelgo con vosotros, porque entendáis en remediar las cosas mal hechas, y si no lo hiciéredes, cargue sobre vuestras conciencias. Yo así os las encargo sobrello. Y en lo que en mí fuere, yo entenderé en ello, así como en otros lugares donde fuere. Y si yo no pudiere entender en ello, será porque tengo que hacer algún día en sosegar mi corazón y esforzarme de la muerte del Rey, mi señor; y mientras yo tenga disposición para ello, entenderé en ello. Y porque no vengan aquí todos juntos, nombrad entre vosotros de los que estaís aquí, cuatro de los más sabios para esto que hablen conmigo, para entender en todo lo que conviene, y yo los oiré y hablaré con ellos, y entenderé en ello, cada vez que sea necesario, y haré todo lo que pudiere." 


Notas aclaratorias:

1) Se vislumbra una acusación contra su padre por haberla encerrado en Tordesillas, aunque Juana creía que la conducta de Fernando el Católico derivaba de la mala influencia de su madrastra, Germana de Foix. 


...como el Rey, mi señor, me puso aquí, no sé si a causa de aquella que entró en lugar de la Reina, mi señora...


2) Cabe destacar que si leemos el texto entre líneas, es posible hallar una pequeña alusión a Felipe el Hermoso:


...tengo que hacer algún día en sosegar mi corazón y esforzarme de la muerte del Rey, mi señor...


3) Luego su pesar por no haber actuado, después de la muerte de su padre, como correspondía a una verdadera reina. Lamenta que nadie la hubiera avisado: 


...quisiera haberlo sabido antes, para remediar todo lo que en mí fuere...




4) También reprocha las malas compañias que siempre la rodearon:


...siempre he tenido malas compañías y me han dicho falsedades y mentiras y me han traído en dobladuras...




5) El tema de su hijos es de los mas impactante y revelador. Se ve una madre que se preocupaba por en bienestar de sus retoños, que sufria dia y noche por verse privada de su compañía. Tenia miedo que les hicieran daño, en particular los flamencos, no fuesen a pagarlo aquellas criaturas que estaban a la merced de sus enemigos, en los Países Bajos o en la propia Castilla: 


...Si yo no me puse en ello fue porque ni allá ni acá no hiciesen mal a mis hijos...

¿Estarian amenazando a Juana? Son solo conjeturas, pero no hay que descartar esa posibilidad. 


Bibliografía:


Aram, Bethany: La reina Juana: gobierno, piedad y dinastía, Marcial Pons, 2001.

Fernández Álvarez, Manuel: Juana la loca, La Cautiva de Tordesillas, Espasa-Calpe, Madrid, 2001.

 Zalama, Miguel Á. Juana I. Arte, poder y cultura en torno a una reina que no gobernó. Centro de Estudios Europa Hispánica, 2010. 


martes, 7 de febrero de 2012

La joven princesa Catalina escribe a su padre...

Catalina de Aragón como María Magdalena. Obra de Michel Sittow. Retrato pintado al final de su adolescencia o principio de la veintena.


Carta de Catalina a su padre el rey Fernando II de Aragón

Contexto Histórico: Corría el año de 1505, y Catalina de Aragón, a sus veinte años, vivía en un estado de caótico abandono, careciendo de recursos para pagar a sus sirvientes, alimentarse y vestirse como correspondía a su rango; el asunto de la dote la traía por la calle de la amargura. Enrique VII dejó claro que si la dote no fuera entregue, no cumpliría con su promesa de casarla con su otro hijo, el príncipe Enrique (futuro Enrique VIII, en la época con catorce años), cuando éste alcanzase la mayoría de edad. Por otro lado, Fernando el Católico, recientemente viudo de Isabel, la reina de Castilla, y posiblemente en vísperas de casarse o incluso ya casado con Germana de Foix, carecía de fondos para pagar la dote, de hecho, al rey de Aragón no parecía importarle su hija pequeña lo más mínimo, "bastante tenía con preocuparse en engendrar un vástago varón que heredara su corona". Echemos entonces un vistazo a las propias palabras de Catalina, en la cuales expone su triste dilema: 


"Tengo deudas en Londres y no las contraje por haber comprado cosas extravagantes, ni tampoco para aliviar a mi gente (supongo que para mantener a  su séquito y sirvientes), quienes realmente necesitan, pero solo para conseguir comida. El rey de Inglaterra dijo que no está obligado a darme nada, y que incluso la comida que me proporciona proviene de su buena voluntad; ya que Vuestra Alteza no ha cumplido con su palabra respecto al dinero de mi dote. Le conté que creía que con el tiempo Su Alteza saldaría la deuda. Él me dijo que eso ya se vería. "

No tengo ni para camisas, y, por tanto, ruego a Vuestra Alteza, por su vida que me atienda. He vendido unas pulseras para comprarme con su importe un traje de terciopelo negro, pues andaba casi desnuda. Desde que vine de España sólo me he podido comprar dos vestidos, sirviéndome hasta ahora de los que traje conmigo; pero ya no me quedaban más que los de brocado. Por este motivo yo suplico a Vuestra Alteza dé órdenes para que se remedie lo dicho, porque de esta manera no podré seguir viviendo."

La humilde servidora de Vuestra Alteza, que le besa las manos, la Princesa de Gales."




Bibliografía:

Fernández Álvarez, Manuel: Juana la Loca, La Cautiva de Tordesillas, Espasa-Calpe, Madrid, 2001.

Hackett, Francis: Enrique VIII y sus seis mujeres, Planeta DeAgostini, Barcelona, 1996.

Tremlett, Giles: Catherine of Aragon, Henry's Spanish Queen, Faber and Faber, 2010.


lunes, 16 de enero de 2012

Carta de Juana de Castilla al Señor de Vere, ¿fue espontánea o manipulada por Felipe el Hermoso?




Contexto histórico de la misiva: La muerte de Isabel la Católica, acaecida el 26 de noviembre de 1504, desató una dura pugna por hacerse con el poder de Castilla. Fernando el Católico y Felipe el Hermoso lucharían con uñas y dientes por la corona y mientras tanto Juana sufriría las desavenencias que se producían entre ellos.  

El fallecimiento de Isabel convertía automáticamente a Juana en su heredera. Felipe el Hermoso ya no era a partir de entonces sólo conde de Flandes y archiduque de Austria,  sería ahora también nombrado rey consorte de Castilla. Sin embargo, en su testamento dejó dispuesto que en caso de que su hija fuera incapaz de gobernar, su esposo, el rey Fernando, ocuparía la regencia de Castilla hasta la mayoría de edad del príncipe Carlos, su hijo. Lo curioso es que, en el testamento, de Felipe no se menciona ni una palabra. 

Su madre, la reina Isabel, murió con una gran angustia en el pecho al conocer la inestabilidad emocional de su hija . Como cualquier madre,  le preocupaba la "supuesta" enajenación mental de Juana y el problema sucesorio que dejaba su propia muerte. No quería que fuera Felipe, su yerno, sino Fernando, su marido, el que gobernara, para que Juana se dejara llevar por los consejos de su padre. Fernando el Católico ocuparía la regencia Castilla como Gobernador del Reino, en nombre de Juana, hasta que su nieto Carlos cumpliera veinte años.

Sobre la autenticidad de la misiva no hay duda, según el historiador Manuel Fernández Álvarez. Pero si existe contradicción respecto a su espontaneidad. Probablemente fue dictada por Felipe el Hermoso, o por alguno de sus consejeros castellanos más íntimos, posiblemente el señor de Belmonte, don Juan Manuel. Está fechada en Bruselas a 3 de mayo de 1505 y va dirigida al señor de Veyre. Todo lo que se expone está cuidadosamente manipulado con mucha astucia. Se reconocen los graves altercados y las desavenencias surgidas en el seno de la vida conyugal de Juana y Felipe, así como se da por hecho que que ello había ocasionado una señal de alarma en Castilla, con una fuerte acusación contra el rey Fernando: quien se habría alegrado de las muestras de locura de su hija, pues tal situación le propiciaba lograr el poder. Juana reclamaba por no  creerla capaz de gobernar, y finalizaba dando a entender que su marido, Felipe el Hermoso, y no otro, era el que debía reinar en Castilla.

En esta carta, la infanta también alude a su enfermedad, provocada por los celos, además de compararse a sí misma con su propia madre, Isabel la Católica. Alega que su progenitora padecía la misma inquietud que ella ahora sufre en manos de su esposo Felipe.  


Bruselas, 3 de mayo de 1505.


Musiur de Vere: Hasta aquí no os he escrito porque ya sabéis de cuán mala voluntad lo hago; mas pues allá me judgan que tengo falta de seso, razón es tornar en algo por mí; como quiera que yo no me debo maravillar que se me levanten falsos testimonios, pues que a Nuestro Señor ge los levantaron; pero por ser la cosa de tal calidad y maliciosamente dicha en tal tiempo, hablad con el Rey y mi señor mi padre, por parte mía, porque  los que esto publican no sólo lo hacen contra mí, también contra Su Alteza, porque no falta quien diga que le place dello a causa de gobernar nuestros Reinos, lo cual yo no creo, siendo Su Alteza rey tan grande y tan católico y yo su hija tan obediente.

Bien sé que quel Rey, mi señor (Felipe el Hermoso), escribió allá  por justificarse quexándose de mí en alguna manera, pero esto no debiera salir dentre padres e hijos, quanto más que si en algo yo usé de pasión y dexé  de tener el estado que convenía a mi dignidad, notorio es que no fue otra causa sino çelos, y no sólo se halla en mí esta pasión, mas la Reina mi señora, a quien dé Dios gloria, que fue tan eçelente y escogida persona en el mundo, fue asimismo çelosa, mas el tiempo saneó a Su Alteza, como plazerá a Dios que hará a mí.

Yo vos ruego y mando que hables allá a todas las personas que vierdes que conviene, porque los que tovieren buena intención se alegren de la verdad y los que mal deseo tienen sepan que sin duda, quando yo me sintiese tal cual ellos querrían, no había yo de quitar al Rey, mi señor mi marido, la gobernación desos Reinos y de todos los del mundo que fuesen míos, ni le dexaría de dar todos los poderes que yo pudiese, así por el amor que le tengo como por lo que conozco de Su Alteza, y porque conformándome con la razón, no podía dar la gobernación a otro de sus hijos y míos y de todas sus suçesiones sin hacer lo que que no debo. Y espero en Dios que muy presto seremos allá, donde me verán con mucho placer mis buenos súditos y servidores.

Dada en Bruselas, a tres días del mes de mayo, año de mill y quinientos y cinco.

Yo, la Reyna.

Por mandado del la Reyna, Pero Ximénez.

Notas aclaratorias: Como se expuso más arriba, se duda de la espontaneidad de esta carta. Habría que comprobar cuidadosamente si es toda autógrafa, o solo la firma. De todas maneras, se intuye que detrás de todo ello está la mano de Felipe el Hermoso, por supuesto, bien instruido por algunos de sus consejeros castellanos, posiblemente don Juan Manuel. La táctica era tantear a la alta nobleza castellana y los miembros del alto clero y predisponerlos a favor del archiduque de Austria. 

 Por lo  tanto, la intención de la correspondencia era desmitificar las muestras de locura de Juana y para ello estaba el señor de Vere ( el destinatario de la misiva) que podía ayudarle en su tarea de convencer a los grandes de Castilla de que Juana no se hallaba tan desequilibrada y que, por supuesto, su anhelada voluntad era que el gobierno del reino recayese en manos de Felipe el Hermoso. 
 
Otro dato importante es que no se oculta el mal de Juana, porque según crónicas de la época era algo evidente, aunque se da como curable (se afirma en la carta que lo mismo sucedió a su madre, aunque supo luego como controlar los celos) , con lo cual desaparecía el motivo de una probable incapacitación para gobernar o para consentir que alguien ejerciera los derechos en su lugar, que sin lugar a dudas sólo podría estar destinado a  Felipe el Hermoso. En definitiva, el cometido de la carta era dar a entender que Juana no estaba tan trastocada como muchos sugerían, lo que en realidad sucedía era que ella prefería delegar el gobierno en manos de su esposo. En suma, a Felipe le interesaba que su esposa fuera la reina, aunque solo por nombre, mientras tanto el gobernaría a la sombra como rey consorte.  

Bibliografía: 

Fernández Álvarez, Manuel: Juana la loca, La Cautiva de Tordesillas, Espasa-Calpe, Madrid, 2001.

Pfandl, Ludwig: Juana la loca: madre del emperador Carlos V, su vida, su tiempo, su culpa, Ediciones Palabra, Madrid, 1999.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Los archiduques de Austria atraviesan Francia (5ª y ultima parte)





Tapiz que retrata un torneo con la presencia Felipe el Hermoso (el que está justo a la izquierda de la columna) y de su esposa Juana de Castilla. Bruselas, alrededor de 1495. Musee des Beaux-Arts, Valenciennes, France

Juana había recibido una educación al uso español, como correspondía al rango de una infanta, sin embargo jamás podría haberse imaginado que un día sería ella la que regiría los destinos de España. La temprana e inesperada muerte del prometedor príncipe Juan causó estupor en  Castilla y Aragón, pero esa no fue la única desgracia. Luego vino otro jarro de agua fría que conmocionó todavía más a los Reyes Católicos: el fallecimiento del infante Miguel de Portugal, hijo de la hermana mayor de Juana, Isabel.

 Juana de Castilla había abandonado su país a los dieciséis años para desposar a Felipe de Habsburgo, que pertenecía a una de las cortes más refinadas e ilustres de Europa. Cuando la archiduquesa llegó a Blois, llevaba viviendo más de cinco años en los fríos Países Bajos. El ambiente borgoñano  muy  distante al que se respiraba en su Castilla natal, con unos intereses y modos de actuar que si bien en un principio le parecían extraños, al cabo de un tiempo habían dejado de serle ajenos. Además, aunque Juana tuviera reacciones que a primera vista evidenciaban su afirmación como princesa española, como por ejemplo aquel empeño en rechazar las monedas de Ana de Bretaña en la ofrenda, por otro lado se dejaba engatusar por la voluntad de su esposo. En Castilla decía que estaba perdidamente enamorada, y con es sabido, el amor ciega hasta limites insospechados. 


Felipe el Hermoso




Autógrafo de Juana, futura reina de Castilla


Ocho días duró su estancia en Blois. El 15 de diciembre la comitiva acompañada por Luis XII, se dirigió camino a Amboise. Ana de Bretaña no hizo acto de presencia, aquel enclave le provocaba una desmedida tristeza pues en dicho castillo se había llevado a cabo la fatídica muerte de su anterior marido, Carlos VIII, fallecido tres años antes en sus dependencias tras sufrir un golpe en la cabeza cuando caminaban juntos.
 
El palacio, reformado en época posterior, era una espléndida residencia real junto al río Loira, pero tal ostentación no fue suficiente para impresionar a los borgoñones, habituados a sus magníficos y lujosos palacios, en particular el de Bruselas. Ya había transcurrido un mes y medio desde que emprendieron dicho viaje y, si por un lado se habría logrado entrevistar al rey de Francia, eso había sido solo una pequeña parte de lo que estaba por venir. El destino final era España y aún había mucho camino por andar.
 
Por ciertas necesidades del despampanante séquito, o porque el archiduque no deseaba llegar con prontitud a tierras españolas, las razones no son claras, aunque tampoco era un secreto que le gustaba codearse con los franceses. El cortejo avanzaba a pasos lentos; se entretuvo cuatro días en Cognac, coincidiendo con el fin del año 1501. Asimismo, Felipe el Hermoso hizo una parada en Dax, donde fue a su encuentro el rey de Navarra, hubo festejos y el archiduque fue invitado a probar los baños termales, de manera que hasta el 26 de enero no pisaron tierras españolas, en Fuenterrabía.





Castillo de Cognac 


Si hasta entonces, el viaje había sido lento, el comienzo de ese nuevo tramo todavía ocasionaría más  retrasos, ya que la complicada orografía de los Pirineos obligó a regresar a los carros y carretas que transportaban enseres de la comitiva, que se cargaron en grandes mulos traídos de Vizcaya, medio de transporte que se empleó hasta Toledo. Los archiduques se estaban gastando una fortuna en cruzar Francia, los costes del viaje ya ascendían a una grandiosa cuantia. Aparte, había un gasto continuo derivado de las fiestas, a las que acudían con mucha frecuencia. En otras ocasiones había que recompensar servicios especiales; asi, el mariscal encargado de acompañar a Felipe y Juana por tierras francesas recibió “cincuenta marcos de vajilla” al ser despedido en San Juan de Luz, y sus cuatro acompañantes fueron premiados con “cuarenta escudos de oro” cada uno; el capitán que formaba parte del sequito francés se vio a su vez beneficiado con “un traje de terciopelo y con un buen caballo”.


Aquí termina el relato de Felipe y Juana por tierras francesas. Futuramente, habrá otra serie de entradas dedicadas a sus andanzas por tierras españolas hasta encontrarse con los Reyes Católicos.

Bibliografía: 

 Zalama, Miguel Á. Juana I. Arte, poder y cultura en torno a una reina que no gobernó. Centro de Estudios Europa Hispánica, 2010. 

http://www.wga.hu/index1.html

http://www.lessing-photo.com/dispimg.asp?i=31030139+&cr=1&cl=1

http://www.luxcentral.com/LuxDukes.html

http://pares.mcu.es/ParesBusquedas/servlets/Control_servlet

http://www.panoramio.com/photo/44267285

miércoles, 31 de agosto de 2011

Los archiduques de Austria atraviesan Francia (4ª parte)

Manuscrito iluminado extraído del "Cancionero de Juana I de Castilla" donde se pueden apreciar piezas musicales de la Corte Borgoñana. Biblioteca Real de Bélgica. Hacía 1511.

Durante los días que los príncipes estuvieron en Blois se celebraron una infinidad de misas, bailes, juegos, justas, cacerías y banquetes. Y tampoco faltarían los juegos de pelota que tanto le complacían a Felipe el Hermoso, ya que Luis XII se había informado bien y conocía al dedillo los gustos de su huésped. El rey de Francia tejió un plan perfectamente ideado para hacer valer su supremacía sobre el conde de Flandes, y éste accedió a su maniobra de buen grado dado su distinguida educación borgoñana. El encuentro duró en total diez días, del 7 al 17 de diciembre de 1501, mientras tanto franceses y borgoñones rivalizaban luciendo sus mejores trajes y alhajas.


El monarca francés logró que Felipe el Hermoso ratificara el Tratado de Trento en su nombre y en el de su padre, el emperador Maximiliano, y ambos acordaron prometiéndose la paz perpetua entre sus reinos, como hacía saber el confesor del rey en el sermón de la misa solemne con que se declaró la paz.Luis XII también aprovechó el momento para sellar una unión matrimonial entre su hija Claudia y el primogénito de Felipe y Juana, Carlos. Entonces apenas eran unos niños de dos años (el pequeño Carlos aún no los había cumplido). Finalmente, no se concretó ese ambicioso proyecto, pero en 1501 todas las partes tenían claro en que sería un hecho innegable que se produciría en el futuro.


Dos herederas, dos víctimas: Juana de Aragón y Castilla y Ana de Bretaña


Fragmento de la obra de Jean Pichore, Allégorie: raison et l´homme Du roy sanz filz...Doleur. Hacía 1503. 24 x 18 cm, en el manuscrito Des remèdes contre l´une et l´autre fortune. París, Biblioteca Nacional de Francia. En él vemos a la reina Ana de Bretaña con su hija Claudia en brazos vestida a la moda adulta. Detrás le acompaña su séquito de damas.

Mientras Luis y Felipe firmaban acuerdos y participaban en todo tipo de festejos, el momento decisivo de Juana para ser jurada heredera se acercaba; si bien debemos admitir que su figura durante la odisea del viaje fue totalmente relegada a un segundo plano. En realidad lo que afligía al monarca francés era la muy poderosa España, no el archiduque Felipe, y era ella quien debería haber ocupado un lugar más prominente en las decisiones de Estado, como las alianzas entre los reinos.

Desgraciadamente, Juana no tomó parte de los acuerdos. Como reacción a su exclusión se mostró indispuesta nada más llegar, y varias damas y caballeros la trasladaron a su aposentos por encontrarse "un poco delicada". Quizá también por la misma razón se haya portado de forma altiva con la reina de Francia, cuando declinó las monedas que le ofreció la soberana en misa, si bien que hay que precisar que no rechazó otros obsequios que le hizo. Esa actitud desdeñosa se había producido en consecuencia del trato recibido, no sabemos los motivos que conllevaron a ello, pero de lo que sí no cabe duda es que no estaba siendo tratada como la legítima hija de los Reyes Católicos.




Manuscrito iluminado sacado del "Cancionero de Juana I de Castilla" donde se pueden apreciar piezas musicales de la Corte Borgoñana. Biblioteca Real de Bélgica. Hacía 1511. Probablemente sea una imagen de Juana.

La archiduquesa de Austria era consciente del poderío que ejercía su madre, la reina de Castilla. No se esperaba menos de la princesa heredera y así lo hicieron patente los enviados españoles cuando la presionaron a que tomara parte de las negociaciones. Se exigía de ella un papel más activo, más participativo en el encuentro con el monarca galo. Era hija de los soberanos más poderosos de toda Cristiandad, ¿por qué entonces no hizo valer sus derechos?

Sin embargo, en Juana predominó el papel de esposa de Felipe, intentando no ensombrecer la estela de su marido. De la misma manera obraba Ana, la duquesa de Bretaña en relación al rey Luis XII. Juana no se engañaba y sabía a lo que atenerse. Por más que su herencia fuese tan importante como los reinos de Castilla y Aragón, en realidad, siguiendo el uso francés, no era más que la portadora de la herencia, ya que no tenía la potestad de administrarla, tarea que recaía sobre su esposo.


Juana de Castilla y Felipe el Hermoso. Vidrieras de la Basílica de la Santa Sangre. Brujas, Bélgica.

En Blois quedó evidente los límites de las damas en el gobierno. y eso entrañaba un gran obstáculo para Juana. La diferencia clave entre las dos herederas, Ana de Bretaña y Juana de Castilla, era que la primera se había resignado a cumplir su papel, (el ducado de Bretaña se había anexado a Francia al casarse con Luis XII y lo mismo había sucedido con su primer matrimonio con Carlos VIII) , respetando lo que la sociedad francesa de la época imponía y consideraba correcto; la mujer debía someterse a los designios de la ley sálica, en la cual al contraer matrimonio perdía la capacidad efectiva de gobierno para trasladar todos sus derechos a su marido.


Manuscrito iluminado obra de Pierre Gringore, titulada "Los abusos del Mundo". Vemos en la imagen a Luis XII recibiendo una copia del libro de parte de autor. Rouen, Francia. Hacía 1510.


Juana, por el contrario, procedía de un reino donde la ley sálica no tenía efecto. Un claro ejemplo de ello, era su madre, Isabel la Católica, que gobernaba por derechos propios, sin verse sujeta a los mandatos de su esposo, Fernando el Católico, rey de Aragón. La situación en la que se encontraba la archiduquesa de Austria acabó por sumirla en una mar de indecisiones. ¿Cómo conciliaría los deseos de sus padres con los de su marido?

Continuará...


Bibliografía:

Fernández Álvarez, Manuel: Juana la Loca, La Cautiva de Tordesillas, Espasa Calpe, Madrid, 2001.

Zalama, Miguel Á. Juana I. Arte, poder y cultura en torno a una reina que no gobernó. Centro de Estudios Europa Hispánica, 2010.

http://patrimonio-ediciones.com/en/facsimil/song-book-of-joan-the-mad

http://www.flickr.com/photos/7711591@N04/920067982/

http://www.themorgan.org/collections/works/IlluminatingFashion/manuscript.asp?page=45

domingo, 28 de agosto de 2011

Los archiduques de Austria atraviesan Francia (3ª parte)

Juana I de Castilla

Estancia en Blois: La acogida de Luis XII


Felipe el Hermoso se encontraba plácidamente a gusto en París, agasajado por sus gentes como si fuera el mismísimo soberano de Francia. Aquello era un honor grandioso y lo habitual en esos casos es que el envanecimiento alcanzara su cuota más alta. Sin embargo, debía desprenderse de ese estado de ensimismamiento y dejar de aplazar lo inevitable; reunirse con el rey galo.

Alojado en su castillo de Blois, junto al Loira, Luis XII esperaba la llegada de su vasallo, Felipe y de su esposa Juana. El vasallaje propiamente dicho provenía de unos de los títulos que ostentaba el hijo de Maximiliano, el condado de Flandes. El ducado de Borgoña ya había sido apoderado por Francia después del desastre de la batalla de Nancy en 1477, cuando falleció Carlos el Temerario. En aquel entonces, el interés real del soberano francés residía en Flandes, aunque no parecía que se buscara la anexión, sí quería dejar patente que el condado era feudatario suyo.




Castillo de Blois, ubicado en el Valle del Loira



Estatua ecuestre de Luis XII enmarcada en el Castillo de Blois

Felipe el Hermoso no se opuso al papel al que estaba destinado y lo escenificó a la perfección cuando irrumpió en la sala del palacio donde estaban los monarcas. Por tres veces se inclinó Felipe ante el rey antes de que él se levantara de su trono. Era evidente que no se trataba de iguales, señor y vasallo se saludaban como correspondía a su respectivo rango. Y no fue el archiduque el único al proceder de aquella manera. Juana prestó lo mismos homenajes que su esposo: bajó de su montura y, acompañada de algunas damas, fue a presentarse ante la reina Ana de Bretaña, haciéndole tres reverencias.


Colijn de Coter, La Virgen mediadora con Juana I. Hacía 1500. Óleo sobre tabla, 111 x 74 cm. París, Museo Nacional del Louvre.

Hay una anécdota que expone que Juana rechazó unas monedas que le ofreció la reina Ana para hacer una ofrenda en misa, mientras que Felipe sí tomó las que le dio Luis XII, entendiendo que aceptarlas era símbolo de vasallaje. Hasta en una situación de tal importancia queda manifiesta la obstinación de la infanta española. No obstante, se cree que el comportamiento reacio de Juana quizá fuera porque estaba cansada de la situación o por otras razones que no atinamos a comprender, o probablemente fue una actitud premeditada de mostrarse que estaba en igualdad de condiciones por ser hija y heredera de los Reyes Católicos.

En Blois se zanjaron importantes cuestiones políticas, como la ratificación del Tratado de Trento culminado entre Maximiliano y Luis XII el 13 de octubre de 1501, pero también hubo tiempo para las espléndidas fiestas. Recibidos por la gran nobleza de Francia, cuyos miembros salieron en función de su rango al encuentro de la comitiva de los príncipes a diferente distancia, al atardecer del 7 de diciembre llegaron a la villa. A las puertas del palacio cuatrocientos pajes del monarca llevaban antorchas para iluminar la entrada, donde se vislumbraban cien soldados suizos. Los soldados estaban colocados a lo largo de dos grandes salas, en una de la cuales se encontraba el rey. Cuando Felipe y Juana hicieron su llegada a Blois, el palacio no debía ser un edificio muy llamativo, los cronistas no narraron nada al respecto, y es que tal como lo conocemos hoy en día es fruto de significativas reformas que comenzaron aquellos años.


Gérard David, Las Bodas de Caná. Hacía 1500-1510. Óleo sobre tabla, 100 x 128 cm. Museo Nacional del Louvre. Pintura flamenca.

Luis XII quería maravillar a la difícilmente impresionable corte de Borgoña en cuestiones de opulencia y ostentación. Las estancias que ocuparon los archiduques estaban adornadas con paños de oro y seda, la cama tenía un cielo de oro y cortinas de damasco blanco, había alfombras por dondequiera que pisara. Había también tapices y caras telas por doquier, decoración en nada diferente al uso borgoñón o español. Todo era valido con el fin de manisfestar la riqueza y el poderío del personaje en cuestión.


Continuará...



Bibliografía:

Zalama, Miguel Á. Juana I. Arte, poder y cultura en torno a una reina que no gobernó. Centro de Estudios Europa Hispánica, 2010.

http://www.insecula.com/oeuvre/photo_ME0000059162.html


http://www.kimiko1.com/research-16th/TudorWomen/1500/1500MarriageCanaDavid.html


sábado, 4 de diciembre de 2010

Los archiduques de Austria atraviesan Francia (2ª parte)





Las villas de Borgoña y de Francia dan la bienvenida a los Archiduques


Con semejante comitiva que acompañaba a los archiduques de Austria, obviamente el viaje tenía que ser lento. Cada villa por donde pasaban o pernoctaban quería homenajear a tan ilustres visitantes. En Mons estuvieron tres días; Doña Juana fue muy agasajada, pues era su primera visita, y la población le obsequió con dos jarras de plata doradas y una copa llena de florines de oro. La parada suposo que tardaran más de una semana en llegar a Valenciennes, donde también fue halagada la princesa de España, que recibió como regalo una palangana y una fuente de plata.

Tras dejar atrás Cambrai, entonces territorio del ducado de Borgoña,
el 16 de noviembre de 1501 alcanzaron la frontera francesa. En San Quintín, región de Picardía, fueron bien recibidos por los principales de la ciudad, quienes les agasajaron con unos espléndidos fuegos artificiales . A continuación, Felipe y Juana fueron hasta la iglesia para besarle la cabeza al santo.




La Basílica de San Quintín hoy en día

Después de tantas bienvenidas siguieron el camino hacía la capital del reino con parada obligada en Saint Denis, panteón real francés, donde escucharon misa cantada por sus chantres y les fueron enseñados los requicarios y sepulturas de los monarcas galos; con especial orgullo les mostraron la "taza de esmeralda allí guardada", ya que sentían por ella un particular aprecio "más que ninguna otra cosa de su tesorería".


Interior de la Basílica de Saint-Denis




Panteón de los monarcas franceses Carlos V (1338-1380) y Juana de Borbón (1338-1378) y de Carlos VI (1368-1422) e Isabel de Baviera (1370-1435).


El recibimiento en París

Al día siguiente, el 25 de noviembre, la comitiva llegó a París. Felipe pretendía impresionar a los parisinos con una entrada triunfal: colocó a doce pajes a caballo, vestidos con terciopelo carmesí, jubones de seda negra con brocados y sombreros blancos, portando bien hachas, bien alabardas. A media legua de la ciudad salieron a recibir a los archiduques las autoridades civiles y religiosas, y después recorrieron las calles para el regocijo del pueblo.



Saludado también por las autoridades de la universidad y del parlamento, el archiduque asistió a un Te Deum en Notre Dame y, como si del soberano se tratara, se le ortorgó el derecho a impartir la justicia.


En suma, fue un grato recibimiento para los archiduques verse colmados de tantas atenciones. Sucedieron también las fiestas con banquetes y bailes en los que participó Doña Juana.

Bibliografía:


Zalama, Miguel Á. Juana I. Arte, poder y cultura en torno a una reina que no gobernó. Centro de Estudios Europa Hispánica, 2010.

http://www.kimiko1.com/research-16th/TudorMen/index.html