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jueves, 13 de noviembre de 2014

Catherine Howard, "No other will but his" (Parte 11)

Lynne Frederick  como Catherine Howard en la película "Henry VIII and His Six Wives" de 1972.


30) Disputa con María Tudor

En el invierno de 1540-41, en una misiva escrita por el embajador imperial Chapuys a María, reina de Hungría y regente de los Países Bajos, se hacía mención de una disputa relativa a los sirvientes de María Tudor. Cuando la hija de Catalina de Aragón se enteró que la corona estaba intentando quitarle a dos de sus doncellas, María debió de preguntar a Chapuys para que averiguase el porqué de aquella decisión. El diplomático escuchó que la nueva reina estaba ofendida debido a que María la había tratado con menos respeto que sus predecesoras y por ello se había iniciado el proceso de destitución de sus dos doncellas. Si Chapuys tenía razón sobre la implicación de Catherine Howard en aquel conflicto continua siendo un misterio pues el embajador acostumbraba citar rumores no demostrados como hechos.



Sarah Bolger como María Tudor en la serie The Tudors (Showtime, escena cuarta temporada, 2010)


Sin embargo, en dos de sus cartas enviadas también a la regente de los Países Bajos, fechadas en enero de 1541, supuestamente contradicen la información proporcionada en la correspondencia de diciembre. En enero, Chapuys reveló que María aún no había visitado a Catherine, aunque sí le había enviado a su madrastra un regalo de Año Nuevo que la había complacido enormemente. Aparentemente la ofensa de María podría únicamente haberse debido a la falta de atención de ella hacía la nueva consorte de su padre, pero mas bien era que sin una orden de comparecencia real no se le estaba autorizado acudir a la corte. En febrero, Chapuys relató que la hija de Catalina de Aragón se encontraba bien a pesar de la pena que le había causado la muerte de una de sus doncellas, la cual era una de las dos que Enrique VIII había ordenado despedir. Se desconoce si dicha sirvienta era una de las dos que el embajador mencionó en su misiva de diciembre, si bien que no culpó a Catherine Howard por el incidente. 


31)  El Patrimonio de la joven Howard

El patrimonio de la reina Catherine no se acordó hasta el 12 de enero de 1541. Ella obtendría las posesiones de Jane Seymour así como las tierras de nobles caídos en desgracia pertenecientes a Henry Courtenay, primer marqués de Exeter; Lords Essex y Hungerford; y Margaret, condesa de Salisbury. Además, el hogar real de Catherine, mencionado al detalle en el capítulo anterior, le costaba al monarca alrededor de 4600 libras anuales. 

Asimismo, poseía también una barcaza real con veintiséis remeros y pleno acceso a las joyas reales. Como obsequio de Año Nuevo, Enrique VIII le confirió entre otras gemas, un collar compuesto de dieciséis diamantes y sesenta rubíes bordeado con perlas. También le regaló una cadena que contenía nada más nada menos que doscientas perlas. Dichas joyas pertenecían a la corona y se devolverían a los cofres reales cuando se quedase viuda. 

Según el historiador del XIX, Henry William Herbert, durante la primera mitad de 1541 la pareja real llevó una vida casi privada, en medio de pacífico retiro del campo y los verdes jardines que rodeaban Hampton Court y el Castillo de Windsor, una atmósfera, como se percibe, de lo más agradable. El rey estimaba cada día más a su bella y joven esposa, poseedora de una incuestionable aura de pureza y lealtad, nadie por lo tanto podría cuestionar que dicha dama no era merecedora de su amor. 


Bibliografía:

Herbert, Henry William: Memoirs of Henry the Eight of England with the Fortunes, Fates and Caracters of his Six Wives, 1856. 

Warnicke, Retha M.Wicked Women of Tudor England (Queenship and Power)Palgrave Macmillan, Kindle Edition, 2012. 

miércoles, 13 de agosto de 2014

Sebastiano Giustiniani, un veneciano en la corte de Enrique VIII


Querido lectores, hoy toca descubrir los secretos de otro famoso embajador: el veneciano Sebastiano Giustiniani (1459-1542), en activo en la corte de Enrique VIII entre los años 1515 y 1519. Tenemos suerte de que perduren en el tiempo sus curiosos relatos y descripciones que no pasan desapercibidos a nadie, y como todo diplomático que se precie, no tenía pelos en la lengua.... 

En esos cuatro años que Sebastiano Giustiniani permaneció en territorio inglés se contabilizan 226 cartas dirigidas a su señor, el Dux de Venecia Leonardo Loredan.



Carpaccio, Vittore: "La llegada de los embajadores ingleses", Año 1498, Gallerie dell'Accademia de Venecia



Hoy transcribimos una misiva fechada en 1519, en la cual hace alusión al propio Enrique VIII, a la reina Catalina de Aragón y al  cardenal Thomas Wolsey:


 Su Majestad tiene veinte y nueve años y es extremadamente guapo; la naturaleza no podría haber hecho más por él.  Es mucho más guapo que cualquier otro soberano de la Cristiandad;  incluso mucho más guapo que el rey de Francia; de piel muy clara, y todo su cuerpo admirablemente proporcionado. Al enterarse de que Francisco I llevaba una barba, él dejó que la suya creciese, y como es de color rojizo, ahora tiene una barba que parece oro. El monarca posee muchas habilidades, es un buen músico, compone bien, es un hábil jinete, diestro en las justas, habla bien francés, latín y español; es muy religioso, oye tres misas al día cuando caza, y a veces cinco en según que días. En la recámara de la reina oye los oficios todos los días, es decir, vísperas y completas. 

Es muy aficionado a la caza. Cuando un caballo se cansa se monta en otro, y antes de que llegué a casa, están ya todos los animales agotados. Le encanta jugar al tenis. Cuando juega, su piel clara brilla a través de una camisa de fina textura. El rey apuesta con los rehenes franceses, ocasionalmente se dice, por la cantidad de seis mil hasta ocho mil ducados en un día. 

 Es afable y cortés, no perjudica a nadie, no codicia los bienes de su prójimo, y está satisfecho con sus propios dominios, habiéndomelo dicho a menudo "Señor embajador, queremos que todos los soberanos estén contentos con sus propios territorios; nosotros estamos satisfechos con nuestras islas." Parece muy deseoso de paz. 

 Es muy rico. Su padre le dejó diez millones en oro, del que se supone que habría gastado la mitad en la contienda contra Francia. al haber tenido tres armadas de a pie: una que cruzó el canal con él, otra que estuvo en la campo de batalla contra Escocia y una tercera permaneció de reserva junto a la reina.

    La reina es la hermana de la madre del rey de España, ahora llamado el Rey de los Romanos. Tiene treinta y cinco años y no es bonita, aunque tiene una muy hermosa tez. Es religiosa y tan virtuosa como las palabras pueden expresar. Yo la he visto, pero pocas veces.

 El cardenal de York es de origen humilde, y tiene dos hermanos, uno de los cuales ejerce un beneficio sin título y el otro lleva las riendas de su fortuna. El cardenal gobierna el rey y todo el reino. Cuando llegué a Inglaterra, solía decirme "Su Majestad va a hacer esto y lo otro". Posteriormente, poco a poco, se olvidó de sí mismo, y comenzó diciendo: "Vamos a hacer esto y lo otro." En el momento presente ha llegado a un punto que dice "Voy a hacer esto y lo otro." Tiene cerca de cuarenta y seis años, muy guapo, ilustrado, sumamente elocuente, muy capaz y  infatigable. 


Más info sobre Embajadores en Los Líos de la Corte:





Bibliografía:

Giustiniani, Sebastiano:  Selection of Despatches Written by the Venetian Ambassador, Sebastian Giustinian, and Addressed to the Signory of Venice, January 12th, 1515, to July 26th, 1519, Rawdon Lubbock Brown, 2013.

http://rbsche.people.wm.edu/H111_doc_dispacci.html

http://www.wikipaintings.org/en/vittore-carpaccio/the-arrival-of-the-english-ambassadors-1498#supersized-artistPaintings-248986

lunes, 31 de diciembre de 2012

La red de espionaje de Carlos V en Inglaterra




A raíz de "The King's Great Matter", es decir, los intentos de Enrique VIII de Inglaterra por anular su matrimonio con Catalina de Aragón y casarse con Ana Bolena, hizo con que el emperador Carlos V se viera forzado a cambiar su táctica diplomática. Cuando Eustace Chapuys (c.1490-1556), saboyano de nacimiento, llegó a Londres en septiembre de 1529 para suceder en el cargo de embajador residente a Don Iñigo de Mendoza, un puesto que había estado ocupado de manera bastante inestable desde la dimisión forzada de Luis de Praet en 1525, encontró a una aislada y vigilada reina Catalina que dificilmente conseguía mantener una entrevista a solas con el enviado de su sobrino. Chapuys prefería que no lo vieran demasiado por la corte, y, cuando acudía alli, era consciente que recaían mil ojos sobre su figura. El embajador era humanista y amigo de Erasmo cuyo entusiasmo por la causa de la reina le llevaría con frecuencia a ir más allá de sus obligaciones como diplomático. A sus cuarenta años, era un experto en derecho canónico y había sido juez eclesiástico de Saboya, hábil y astuto, que nunca temía decir lo que pensaba. No obstante, mismo que conversaba con soltura en francés, español y latín, su dominio del inglés no estaba a la misma altura.


El embajador Eustace Chapuys


El diplomático percibía que su labor en Inglaterra era de suma importancia para su señor. El deseo de Enrique VIII por divorciarse de la tía de Carlos V había movido los cimientos de Europa y había causado un revuelo internacional que preocupaba sobremanera al emperador. Una de sus primeras medidas diplomáticas fue aumentar el número de personas que trabajaban a su servicio. Contrató a muchos antiguos sirvientes de Catalina: ingleses, galeses y españoles, incluyendo el ujier de la reina llamado Juan de Montoya, un español que llevaba más de veinte años prestando servicio en Inglaterra y que se convirtió en uno de los principales secretarios de Chapuys. Reclutó también a jóvenes de Flandes y Borgoña, insistiendo que aprendieran inglés y, aunque él mismo no acudía muy a menudo a la corte, sin embargo los animaban para que fueran, esperando, probablemente, que su media docena de astutos y agradables caballeros se infiltraran en los círculos de los palacios sin levantar demasiadas sospechas.

Además del propio Montoya, tenía a dos secretarios más que hablaban muy bien inglés, incluso les proporcionaba a cada uno una peculiar red de contactos. Asimismo, tenía un "valet de chambre", un taciturno flamenco que iba con él a todas partes con la excusa de que debido a sus problemas con la gota, necesitaba ir siempre acompañado por si le pasaba algo. Eran de agradecer las habilidades lingüísticas de su sirviente pues en más de una ocasión los oídos del valet fueron esenciales para sus planes. Los consejeros conversaban a destajo sin apenas preocuparse por la presencia de Chapuys y de su ayudante, pues daban por hecho que su nivel de inglés era más bien precario. ¡Qué equivocados estaban!

Chapuys dedicaba parte de su tiempo a su red de espionaje. A partir de 1533, habría contratado unos cinco o seis agentes a tiempo completo que a cambio de unas modestas sumas de dinero le informaban sobre cualquier movimiento que se llevaba a cabo en las posadas de Londres (era sumamente interesante estar al tanto de los extranjeros que se paseaban por la ciudad), quién entraba y salía de la residencia de Thomas Cromwell, o incluso donde se encontraba un heraldo mensajero. Para ello era esencial contar con el apoyo de lacayos, doncellas, chicos de establos que estuvieran dispuestos a romper la lealtad a su señor a cambio de unas monedas.

Los diplomáticos de otras naciones de Europa también estaban bajo su vigilancia. Se sabe que uno de los secretarios de Marillac, el embajador de Francia, proporcionó clandestinamente durante dieciocho meses un set de códigos y transcripciones de cartas del enviado francés. Asimimismo, debemos resaltar el papel que jugaban las doncellas.  Había concretamente una, servidora de Ana Bolena, que mantuvo informada la embajada imperial durante más de un año de todo lo que transcurría en el entorno de la segunda esposa de Enrique VIII.

Los despachos de Chapuys, que son una de las principales fuentes de datos sobre el reinado de Enrique VIII, eran sin duda parciales a favor de Catalina: al referirse a Ana Bolena, hablaba siempre de "la Dama" (eso antes de casarse con el rey) o "la Concubina" (ese último título se lo otorgó cuando ya era reina). La mayor parte de los datos acumulados eran triviales y variados, y muchos de ellos, podemos estar seguros, nunca se incluyeron en los informes oficiales. Sin embargo, una cantidad considerable de esas informaciones que encajaban y servían de utilidad para sus propósitos eran catalogados y guardados como "fuente".

El enviado del emperador también entablaba relaciones con la comunidad de comerciantes españoles de Londres, muchos de los cuales residían allí desde hacía un tiempo. Al contrario de sus predecesores, Chapuys era igual de atento con los comerciantes de los Países Bajos. Le hacía a los flamencos pequeños favores y recibía a cambio noticias valiosas sobre los movimientos de dinero, armas, los agentes ingleses que entraban y salían de Amberes, además de ayudar en transmitir su correspondencia y manejar sus ganancias. Ellos mismos veían a Chapuys como uno de los suyos ya que el embajador provenía de un entorno de mercaderes de clase media. Normalmente iban a la embajada imperial a cenar, contar sus penas, pedir consejos y comentar las últimas noticias y cotilleos.

Chapuys raramente asistía a los actos de la corte, pero cenaba a menudo con los ministros del monarca y tenía numerosos contactos influyentes, además de su ya mencionada red de espías en la casa real. Con el tiempo se convirtió en un foco para los nobles partidarios de la reina Catalina y, siguiendo instrucciones de Carlos V, empleó todos sus recursos para formar con ellos una facción eficaz. El rey se sentía molesto a menudo a causa de Chapuys, sin embargo, por increíble que parezca, simpatizaba sinceramente con él, a veces incluso le hacía confidencias y a menudo le proporcionaba información deliberadamente. El clan Bolena lo odiaba y mientras algunos consejeros le consideraban un embustero y un adulador, probablemente él hubiera dicho lo mismo de ellos.


 Jonathan Rhys Meyers como Enrique VIII and Anthony Brophy como Eustace Chapuys en la serie   "The Tudors (segunda temporada, 2008)



Bibliografía: 

Mattingly, Garrett: Renaissance Diplomacy, Penguin Books, 1964.

Weir, Alison: Enrique VIII el rey y la corte, Círculo de Lectores, Barcelona, 2004. 

http://es.wikipedia.org/wiki/Eustace_Chapuys

domingo, 4 de noviembre de 2012

Enrique VIII y El Acta de Supremacia (1534) - 2ª Parte





The King is in the room of God in this world. He that resists the king, resists God; he that judges God. He is the minister of God to defend thee… Let´s kings, if they had rather be Christians in deed that so to be called, give themselves altogether to the well-being of their realms after the example of Jesus Christ, remembering that the people are God´s, and not theirs; ye; are Christ´s inheritance, bought with His blood.
The most despised person in his realm (if he is a Christian) is equal with him in the kingdom of God and of Christ. Let the king put off all pride, and become a brother to the poorest of his subjects…


William Tyndale, The Obedience of a Christian Man 


Según nos expone Tyndale, el rey debe hablar directamente con Dios, no tiene por qué obedecer a nadie más. Afirmaba además que el Papa había usurpado la autoridad de Cristo y la palabra del Todopoderoso. El 25 de enero de 1533, Enrique VIII contrajo matrimonio con Ana Bolena cuando todavía estaba casado con Catalina de Aragón. El 23 de mayo del mismo año, Thomas Crammer, que había sido recientemente nombrado arzobispo de Canterbury, declaró nula y sin efecto la unión entre Enrique y Catalina. La hija de los Reyes Católicos volvía a tener su título de antaño, "princesa viuda de Gales".Consequentemente el Sumo Pontífice excomulgó al monarca inglés y en 1534 Enrique VIII anunció el Acta de Supremacía. De ahora en adelante, el soberano de Inglaterra sería conocido como una versión moderna del rey David o del rey Salomón, quienes supieron cuidar y velar por el bienestar de sus súbditos. 




Enrique VIII (en el centro) retratado como el rey Salomón en la vidrieras de la capilla de Kings's College en Cambridge 




El 11 de septiembre de 1533 Ana Bolena dio a luz a una niña, la futura  reina Elizabeth I. Aquello fue una decepción total para el monarca. En 1536, la reina Ana fue arrestada, acusada del alta traición (incluyendo adulterio con varios hombres, entre ellos su propio hermano). Fue ejecutada en Tower Green por la espada de un verdugo la mañana del 19 de mayo de 1536. Lo más probable es que fuera totalmente inocente, una víctima de un rey tirano.  El 30 de mayo, once días después su ejecución, Enrique se casaba con Jane  Seymour. Ella sería la que haría del rey un hombre afortunado. El 12 de octubre 1537 nacía el futuro Eduardo VI. Desgraciadamente, Jane murió de fiebre puerperal sólo doce días después del nacimiento de su hijo. 

[…] kings of this realm, shall have full power and authority from time to time to visit, repress, redress, record, order, correct, restrain, and amend all such errors, heresies, abuses, offenses, contempts and enormities, whatsoever they be […]

Un ejemplo claro de esta afirmación la podemos hallar en la disolución de los monasterios y la confiscación de las propiedades de la Iglesia. En 1535 Enrique VIII ordenó a Cromwell que cerrara todas las abadías, monasterios y conventos de Inglaterra. Encontraron de hecho muchas irregularidades, fraudes y falsas reliquias. Podríamos citar el caso de la sangre sagrada de Hailes que en realidad pertenecía a un pato. Otro dato no muy conocido es que el reino necesitaba dinero para financiar las campañas militares contra Francia y Escocia. Se ha comprobado que el rey gastó buena parte de esa fortuna para invertir en la guerra. En octubre de 1536 hubo una importante rebelión contra la disolución de los monasterios liderada por Robert Aske. La llamaron "La Peregrinación de Gracia".

En suma, Enrique VIII fue un monarca absolutista que pretendía justificar sus acciones basándose en parte en su falso sentimiento de culpa. Cuando alegó que su matrimonio con Catalina de Aragón no era válido porque las sagradas escrituras así lo pregonaban, su verdadera intención era librarse de una esposa vieja que le estorbaba y que no podía darle más hijos. Cada día que pasaba y ese heredero varón no venía, se desesperaba más. Ese vacío lo convirtió en un hombre miserable. En una ocasión se lo demostró al embajador de Carlos V, Eustace Chapuys.  El soberano se exaltó demasiado cuando Chapuys sugirió que Dios no había creído conveniente enviarle hijos varones porque (Dios) había decretado que la sucesión en Inglaterra recayese en una mujer, en esa época la reina era Ana Bolena y la heredera la futura Elizabeth II. Enrique VIII no contuvo su ira y le gritó al embajador diciéndole: 

-¿Acaso no soy hombre como los demás hombres? ¿No lo soy? ¿No lo soy?



Bibliografía:


Bray, Gerald Lewis: Documents of the English Reformation, Library of Ecclesiastical History, Cambridge, 1994.

Denny, Joanna: Anne Boleyn: A new life of England´s tragic Queen, Portrait Books, London, 2005.

Hart, Kelly: The Mistresses of Henry VIII, The History Press, Gloucestershire, 2009.

Ives, Eric: Anne Boleyn, Basil Blackwell, Oxford, 1988.

Warnicke, Retha M.: The rise and fall of Anne Boleyn: family politics at court of Henry VIII, Canto, Cambrige University Press, 1996.



miércoles, 17 de octubre de 2012

Enrique VIII y el Acta de Supremacía (1534) - 1ª Parte





Albeit the king's Majesty justly and rightfully is and ought to be the supreme head of the Church of England, and so is recognized by the clergy of this realm in their convocations, yet nevertheless, for corroboration and confirmation thereof, and for increase of virtue in Christ's religion within this realm of England, and to repress and extirpate all errors, heresies, and other enormities and abuses heretofore used in the same, be it enacted, by authority of this present Parliament, that the king, our sovereign lord, his heirs and successors, kings of this realm, shall be taken, accepted, and reputed the only supreme head in earth of the Church of England, called Anglicans Ecclesia; and shall have and enjoy, annexed and united to the imperial crown of this realm, as well the title and style thereof, as all honors, dignities, preeminences, jurisdictions, privileges, authorities, immunities, profits, and commodities to the said dignity of the supreme head of the same Church belonging and appertaining; and that our said sovereign lord, his heirs and successors, kings of this realm, shall have full power and authority from time to time to visit, repress, redress, record, order, correct, restrain, and amend all such errors, heresies, abuses, offenses, contempts and enormities, whatsoever they be, which by any manner of spiritual authority or jurisdiction ought or may lawfully be reformed, repressed, ordered, redressed, corrected, restrained, or amended, most to the pleasure of Almighty God, the increase of virtue in Christ's religion, and for the conservation of the peace, unity, and tranquility of this realm; any usage, foreign land, foreign authority, prescription, or any other thing or things to the contrary hereof notwithstanding.


El Acta de Supremacía fue una acta dictada por el Parlamento de Inglaterra bajo el reinado de Enrique VIII(1491-1547). En ella se declaraba que el rey era la suprema y única cabeza en la tierra de la Iglesia en Inglaterra, y que la corona británica debería disfrutar de todos los honores, dignidades, preeminencias, jurisdicciones, privilegios, autoridades, inmunidades, beneficios y bienes propios de esa dignidad. Se promulgó después de que el Papa lo excomulgara por divorciarse de Catalina de Aragón en 1533 (1485-1536). Desde entonces, el  Sumo Pontífice de Roma ya no poseía ningún derecho sobre la Iglesia de Inglaterra. La nación solo estaba bajo el mando de la autoridad de su soberano. Ni Papa ni el Emperador tenían ya el poder de interferir en las leyes inglesas. Al monarca se le otorgaba el derecho de nombrar sus propios arzobispos y obispos y perseguir la herejía. Además, se consideraba un crimen rehusarse a reconocer a Enrique Jefe Supremo de la Iglesia u oponerse al acta de sucesión. 

El Acta sostiene los derechos de enseñar la doctrina y reformar la iglesia, aunque no los de predicar, ordenar o administrar los sacramentos y ritos religiosos. Se conoció como potestas ordinis y era desempeñado por el clero. El rey alegaba que estaba defendiendo los derechos que antaño ostentaba el poder laico, que el Papado se había apoderado en el transcurso de los siglos.

Durante varios años Enrique VIII había intentado sin éxito conseguir el divorcio de Catalina de Aragón. La razón era muy simple pero de suma importancia: la ausencia de un heredero varón que lo sucediera. Además, el soberano tenía otro interés oculto en el asunto; se había enamorado de una de la damas de compañía de la reina Catalina, la enigmática Ana Bolena (1501/07-1536). 



A pesar de todos los esfuerzos para concebir un hijo, casi todos los embarazos de Catalina terminaron en abortos, niños nacidos muertos y un niño varón, que vino al mundo en 1511, que por desgracia únicamente sobrevivió 52 días. Por otro lado, la reina dio a luz en 1516 a una niña saludable llamada María, su único retoño que logró alcanzar la edad adulta. Aunque, eso no era suficiente para colmar de dicha los deseos del rey. Una niña no significaba nada para él, necesitaba desesperadamente un heredero que diera continuidad a la dinastía Tudor. En 1526, cuando Catalina tenía cuarenta años y los síntomas de la menopausia le acechaban, estaba claro que Enrique ya no tendría más hijos. 

En 1519, una de sus amantes, Elizabeth Blount, alumbró a un hijo bastardo del soberano, bautizado como Henry Fitzroy. El monarca lo nombró conde de Nottingham, duque de Richmond y Somerset, y le ortorgó también varios títulos importantes que incluían el de Lord Admiral de Inglaterra, cuando éste sólo tenía seis años, en 1525. Pero claro, él era un varón ilegítimo, que por supuesto podría venirle bien como peón para los acuerdos diplomáticos; no obstante no había manera de ser su sucesor en el trono.

Catalina se casó en primeras nupcias con el príncipe Arturo, el hermano mayor de Enrique VIII. La unión, celebrada en 1501, apenas duró unos meses debido a la muerte prematura del novio. La verdadera causa de su fallecimiento no se sabe con seguridad pero podrían haber sido "El sudor inglés" que podría compararse con la galopante Peste Negra. Enrique VII y su consorte, Elizabeth de York se quedaron deshechos.


La joven infanta española, entonces una pobre viuda, había permanecido en Inglaterra casi viviendo en absoluta pobreza, esperando interminablemente por un acuerdo sobre su dote entre su padre, Fernando de Aragón y su suegro Enrique VII. Catalina alegaba que su matrimonio no había sido consumado, en suma, que ella era virgen. El segundo hijo de Enrique VII, el príncipe Enrique, duque de York, fue proclamado como el nuevo heredero al trono, y cuando su padre falleció, anunció su compromiso con la viuda de su hermano. Finalmente, Enrique y Catalina se casaron el 11 de junio de 1509 y su espléndida coronación ocurrió unos días después, el 24 de junio. 




Escudo de la reina Catalina de Aragón, en el que se aprecia la granada, fruto que simboliza la fecundidad.


¿Por qué Dios no había permitido que sus hijos sobrevivieran? Enrique VIII empezó a preguntarse si esa unión era realmente legítima ante los ojos del Todopoderoso. Dios probablemente lo estaba castigando por haberse desposado con la viuda de su hermano Arturo. La fuente que reafirmaba su creencia la había encontrado en la Biblia, concretamente en un pasaje del Levítico 20:21: "Si un hombre se casa con la viuda de su hermano, es un acto impuro, pues habrá deshonrado a su hermano. Ellos no tendrán hijos."   El monarca estaba seguro que no podrían seguir viviendo en pecado, la culpabilidad lo estaba matando. El hecho de ser rey de Inglaterra no lo libraba de esa maldición. En definitiva, la única solución plausible sería separarse de su esposa. No tenía otra alternativa, por el bien de la nación debía conseguir la anulación de su matrimonio.

Irónicamente, unos años antes de pedir el divorcio, Enrique escribió un tratado en el que denunciaba las ideas reformistas de Martín Lutero, llamado "La defensa de los Siete Sacramentos" ( The Assertion of the Seven Sacraments). Enrique comenzó a redactarlo en 1518 mientras leía los ataques a las indulgencias de Lutero en su libro "Las 95 tesis". Enrique VIII mostró un manuscrito al cardenal Thomas Wolsey en junio de ese año, pero el libro se mantuvo en privado durante tres años más, cuando el manuscrito se convirtió en los primeros dos capítulos del Assertio, el resto del libro consistía en material nuevo relacionado al libro De Captivitate Babylonica de Lutero. Se cree que Thomas Moro estuvo involucrado en la composición del libro. Se lo dedicó al Papa León X, que decidió agradecer al monarca inglés concediéndole el distinguido título de "Defensor de la fe" en octubre de 1521. Obviamente, no fue una mera coincidencia que en 1518 el soberano empezara a componer una respuesta a las ideas de Lutero. Si repasamos los hechos detenidamente, percibimos que en el mismo año Catalina de Aragón se había quedado embarazada de la que probablemente fue su última concepción. 

Martín Lutero

Teniendo en cuenta todo esto, el apoyo del soberano a la Iglesia Católica tuvo un objetivo primordial. Enrique estaba intentado demostrar que él no era el culpable por la falta de herederos varones, y sin lugar a dudas, no se trataba de un castigo divino por sus pecados. Por lo tanto, pretendía lograr una posición privilegiada antes los ojos de Dios con el fin de merecer la bendición divina y consecuentemente fuera favorecido con el nacimiento de hijos varones. 

En esa situación desesperada fue cuando Enrique se percató de la presencia en la corte de Lady Ana Bolena. Empezó a sentirse atraído por ella entre 1525 o 1526; y en una de sus famosas cartas dijo que fue "embestido por el dardo del amor". En 1527, Ana finalmente aceptó casarse con el rey.

El siguiente paso era pedir al Papa la anulación de su matrimonio. El cardenal Wolsey dio comienzo a las negociaciones con Clemente VII con la intención de lograr el propósito de su soberano, sin embargo todo fue en vano. El pontífice se negó a darle el divorcio. El emperador Carlos V, la fuerza más poderosa de Europa y a la vez sobrino de Catalina de Aragón, probablemente era el responsable de que el Papa no se lo concediera. El emperador había saqueado Roma en 1527 y había convertido el Papa en casi un prisionero, lo que dejaba a Clemente en una situación sin salida. Si el Sumo Pontífice hubiese decidido ayudar al rey de Inglaterra, las represalias podrían haber sido devastadoras. 

Ana Bolena fue de cierta manera el detonante que dio inicio a la Inglaterra Protestante. No fue únicamente una amante seductora y vivaz por la que Enrique estaba perdidamente enamorado. pero también una fuerte partidaria de la Reforma. Ella acostumbraba a persuadir al rey para que leyera "libros prohibidos" que traían clandestinamente de Francia. Curiosamente, las partes que le despertaban mayor interés las marcaba con sus uñas para llamar la atención del soberano. Uno de esos libros era "La Obediencia de un Hombre Cristiano" (The Obedience of a Christian Man) de William Tyndale, publicado en 1528.



Continuará...



Bibliografía:


Bray, Gerald Lewis: Documents of the English Reformation, Library of Ecclesiastical History, Cambridge, 1994.

Denny, Joanna: Anne Boleyn: A new life of England´s tragic Queen, Portrait Books, London, 2005.

Hart, Kelly: The Mistresses of Henry VIII, The History Press, Gloucestershire, 2009.

Ives, Eric: Anne Boleyn, Basil Blackwell, Oxford, 1988.

Warnicke, Retha M.: The rise and fall of Anne Boleyn: family politics at court of Henry VIII, Canto, Cambrige University Press, 1996.





lunes, 16 de abril de 2012

Los leales sirvientes de la reina Catalina de Aragón














El 23 de marzo de 1534 el Parlamento inglés aprobó una ley ("The Act of Succession") en la que la sucesión recaía en manos de los hijos nacidos del matrimonio entre Enrique VIII y Ana Bolena, a pesar de que el Papa hubiera declarado que la unión del soberano con Catalina era válida.  Por lo tanto dicho decreto situaba a la princesa Elizabeth en aquel momento como heredera al trono, relegando a María Tudor a la simple figura de bastarda real. Según dicha ley, todo súbdito leal a la corona, al ser requerido a ello, debía jurar que reconocía sus disposiciones. Lógicamente, tanto Catalina como María se negaron a prestar juramento y el monarca sabía muy bien que no se debía recurrir a la fuerza, ya que el emperador Carlos V era sobrino de Catalina y si su tía recibía un trato indebido podría contraatacar con serias represalias. Igualmente, cabe destacar la reticencia de Sir Thomas Moro y el obispo Fisher en prestar juramento, y por su desobediencia fueron encarcelados en la Torre. 

Poco después, el 21 de mayo, el rey envió a la casa de Catalina una delegación compuesta por Edward Lee, arzobispo de York, y Cuthbert Tunstall, obispo de Durham. El cometido de los emisarios del monarca era intentar persuadirla para que firmara el Acta de Sucesión, y si se negaba a hacerlo se consideraría traición. Desdeñosamente, ella les dijo que era la reina de Inglaterra: "Por ley el rey no puede tener otra esposa, y dejemos que esto sea su respuesta", proclamó Catalina con frialdad y serenidad. Estaba dispuesta a enfrentarse la cruel pena por traición, que no era otra que la propia muerte, incluso llegó a pedir una ejecución pública. Mismo que Enrique hubiese deseado su fallecimiento, tanto él como sus partidarios sabían que en el momento que se ordenara su condena, podrían ser motivo de  sublevación en todo el reino. 

Lee y Tunstall también volcaron su atención a los sirvientes de Catalina. Uno a uno,  ellos se negaron a aceptar la ley. Dentro del grupo de sivientes, los españoles aún no habían sido entrevistados al final del primer día de visita de los emisarios. Pero antes de tomar cualquier decisión, consultaron a su señora primero. Al día siguiente acordaron que iban a prestar el juramento, aunque lo harían únicamente en su lengua nativa. Lee y Tunstall no pusieron pegas. Sin embargo, los avispados servidores de Catalina sacaron ventaja de la semejanza que existe entre algunos sonidos de la lengua castellana; que por un lado suenan casi igual, por otro se escriben de manera muy distinta. Veamos lo sucedido...En lugar de jurar que Enrique "sea hecho" Jefe Supremo de la Iglesia, ellos por el contrario dijeron "se ha hecho", o sea que daban a entender que el mismo rey se "autoproclamaba" jefe de la Iglesia. Así fue entonces como los españoles burlaron a los ingleses... Como veis, la lealtad de los sirvientes de Catalina fue inquebrantable hasta el final.



Bibliografía:


Lindsey, Karen: Divorced, Beheaded, Survived: A Feminist Reinterpretation Of The Wives Of Henry VIII, Da Capo Press, 1996.


§Weir, Alison: Enrique VIII el rey y la corte, Círculo de Lectores, Barcelona, 2004. 

http://www.luminarium.org/encyclopedia/firstsuccession.htm

http://www.luminarium.org/encyclopedia/catherinearagon.htm

martes, 7 de febrero de 2012

La joven princesa Catalina escribe a su padre...

Catalina de Aragón como María Magdalena. Obra de Michel Sittow. Retrato pintado al final de su adolescencia o principio de la veintena.


Carta de Catalina a su padre el rey Fernando II de Aragón

Contexto Histórico: Corría el año de 1505, y Catalina de Aragón, a sus veinte años, vivía en un estado de caótico abandono, careciendo de recursos para pagar a sus sirvientes, alimentarse y vestirse como correspondía a su rango; el asunto de la dote la traía por la calle de la amargura. Enrique VII dejó claro que si la dote no fuera entregue, no cumpliría con su promesa de casarla con su otro hijo, el príncipe Enrique (futuro Enrique VIII, en la época con catorce años), cuando éste alcanzase la mayoría de edad. Por otro lado, Fernando el Católico, recientemente viudo de Isabel, la reina de Castilla, y posiblemente en vísperas de casarse o incluso ya casado con Germana de Foix, carecía de fondos para pagar la dote, de hecho, al rey de Aragón no parecía importarle su hija pequeña lo más mínimo, "bastante tenía con preocuparse en engendrar un vástago varón que heredara su corona". Echemos entonces un vistazo a las propias palabras de Catalina, en la cuales expone su triste dilema: 


"Tengo deudas en Londres y no las contraje por haber comprado cosas extravagantes, ni tampoco para aliviar a mi gente (supongo que para mantener a  su séquito y sirvientes), quienes realmente necesitan, pero solo para conseguir comida. El rey de Inglaterra dijo que no está obligado a darme nada, y que incluso la comida que me proporciona proviene de su buena voluntad; ya que Vuestra Alteza no ha cumplido con su palabra respecto al dinero de mi dote. Le conté que creía que con el tiempo Su Alteza saldaría la deuda. Él me dijo que eso ya se vería. "

No tengo ni para camisas, y, por tanto, ruego a Vuestra Alteza, por su vida que me atienda. He vendido unas pulseras para comprarme con su importe un traje de terciopelo negro, pues andaba casi desnuda. Desde que vine de España sólo me he podido comprar dos vestidos, sirviéndome hasta ahora de los que traje conmigo; pero ya no me quedaban más que los de brocado. Por este motivo yo suplico a Vuestra Alteza dé órdenes para que se remedie lo dicho, porque de esta manera no podré seguir viviendo."

La humilde servidora de Vuestra Alteza, que le besa las manos, la Princesa de Gales."




Bibliografía:

Fernández Álvarez, Manuel: Juana la Loca, La Cautiva de Tordesillas, Espasa-Calpe, Madrid, 2001.

Hackett, Francis: Enrique VIII y sus seis mujeres, Planeta DeAgostini, Barcelona, 1996.

Tremlett, Giles: Catherine of Aragon, Henry's Spanish Queen, Faber and Faber, 2010.


jueves, 4 de marzo de 2010

Catalina de Aragón y su mono

Se cuenta que Catalina de Aragón tenía como animal de compañía un mono. Este bichito, traído desde las colonias españolas en América, era bastante exótico para una corte real de aquella época. Únicamente la nobleza podría permitirse el lujo de incorporarlos a su colección de animales salvajes, de modo que se convirtieron en símbolos de la realeza. Tanto era el aprecio que le profesaba la reina de Inglaterra que decidió retratarse con él.


El mono y el bufón

Este mono se cree que era compañero de juegos de Will Somers, el más famoso bufón de la corte. Will Somers entró a servicio de Enrique VIII en 1525 y fue el más conocido de sus bufones. Delgado y "de ojos hundidos", además de encorvado, se dice este comediante nacido en Shropsdhire llamó la atención de Richard Fermour, mercader de Calais, que lo llevó a Greenwich para presentárselo al rey. El perverso sentido del humor de Somers conquitó inmediatamente al monarca, que le ofreció un puesto en la corte. Entre los dos hombres nació una empatía instantánea y la gente no tardaría en decir que "en toda la corte pocos hombres eran más queridos que este bufón", que durante los siguientes veinte años dominaría al rey con su alegre cháchara y sería su compañero constante en las horas de ocio.

Somers era muy solicitado. Provocaba ataques de risa al monarca y los cortesanos, luego, con su mono sobre el hombro (podemos apreciarlo en el cuadro), andaba con afectación por la estancia mientras ponía los ojos en blanco. El mono hacía trucos y Somers contaba chistes y él mismo reía sin poder dominarse cuando llegaba el final del chiste, o imitaba sin piedad a quienes eran el objetivo de sus bromas. Sin embargo, Somers nunca trato de sacar partido de su amistad con Enrique VIII, tenía por norma permanecer en un segundo plano cuando no actuaba y velaba por su privacidad.

*Ilustración: El bufón Will Somers y el mono (fragmento de cuadro "La familia de Enrique VIII" pintado en 1545). Autor desconocido.

La iconografía del mono en el arte renacentista

Los monos en el arte renacentista normalmente simbolizaban frivolidad y aportaban una cierta alegría al cuadro. Pero los simios también solían representar los instintos sexuales. ¿Pero cómo una reina podría controlarlos? Volquemos nuestro interés en el cuadro a continuación. En este retrato de Catalina de Aragón de 1525, obra de Lucas Horenbout, vislumbramos este sentimiento de opresión a través de la cadena que sujeta al mono. Durante el siglo XVI, se creía que las mujeres poseían menos control sobre su sexualidad y eran más propensas al pecado de la lujúria que los hombres. Esa supuesta falta de dominio les hacían más débiles que ellos , por lo tanto la única manera de domar esos instintos era a través del matrimonio. La cadena representa que la soberana debe ante todo reprimirlos y mantener delante de sus súbditos una imagen pulcra y de total submisión hacía el monarca.


Miniatura de Catalina de Aragón, aprox. 1525-26. Obra de Lucas Horenbout

Posteriormente, se volvió a pintar un retrato de Catalina en 1530/31 muy similiar al de Lucas Horenbout, si bien que en esta obra encontramos algún detalle significativo que se ve alterado. Fijaros, por ejemplo, que Catalina le ofrece una moneda al mono y éste a su vez la rechaza. Finalmente, el animal opta por tocar un crucifijo que la reina tiene junto a su pecho. En este supuesto la interpretación es sencilla: el mono expresa su obediencia a la Iglesia Católica, reconociendo que la cruz es más valiosa que el dinero.

Ahora nos surge otra incógnita: ¿Es posible que el mono represente a Enrique VIII? Según Carlyn Beccia, el artista podría intentar transmitir el siguiente mensaje, " Enrique eres un mono tonto por ir en contra de la Iglesia Católica" o quizás el mono simboliza Ana Bolena y el autor pregona a los cuatro vientos que ella "es una tonta por jugar con la religión. Y por ello te pareces a una mona".


Catalina de Aragón, cuadro de 1530/31. Artista desconocido



Si encontráis algún otro detalle significativo, no dudeís en hacer vuestra aportación.

Bibliografía:

http://blog.raucousroyals.com/2009/02/passionate-love-monkeys_16.html


http://blog.raucousroyals.com/2008/09/royal-monkey-business.html


http://www.historicalportraits.com/InternalMain.asp?ItemID=32

Weir, Alison: Enrique VIII el rey y la corte, Círculo de Lectores, Barcelona, 2004.

sábado, 25 de julio de 2009

El compromiso matrimonial entre Doña Juana de Castilla y Enrique VII de Inglaterra


Juana de Castilla


Enrique VII al conocer la viudedad de Doña Juana de Trastámara demonstró gran interés en convertirla en su segunda consorte. El monarca inglés tuvo la oportunidad de conocerla durante su breve visita a la Isla Británica, en 1506, cuando la armada flamenca que la llevaba, junto con Felipe el Hermoso, arribó, obligada por las tormentas, a las playas inglesas. Podemos asegurar que la belleza de la archiduquesa de Austria no pasó desapercibida a los ojos del viejo rey. Para entonces, era de conocimiento de todos que Juana tenía tendencia a profundos cuadros depresivos, de que daría muestra en la misma Corte de Londres. Enrique VII se sentía atraído ante la idea que fuera una joven ardiente, que llevaba la pasión a límites extremos y que el amor fuera su respirar de cada día.

No obstante, había algo todavía más fascinante en su figura: Juana engendraba con suma facilidad niños sanos y robustos, de los que por ahora había cinco por el mundo. Tal condición era enormemente valorada en cualquier reino, por norma general, los gobernantes eran constantemente perturbados por la cuestión de la sucesión. Por aquellas fechas, el soberano había perdido a su primogénito, el príncipe Arturo. Aunque Juana ya daba signos de inestabilidad emocional, eso en realidad no afligía mucho a Enrique VII. Mantener un enfrentamiento intelectual con su esposa no era lo que más le importaba. El deber fundamental de una reina consorte era proveer de hijos a Inglaterra y consolidar la recientemente fundada dinastía Tudor.


Enrique VII, a sus cincuenta años, era calvo, jadeante, sin dientes y con mal aliento. Sin embargo, desde la muerte de Elizabeth de York, en 1503, el soberano no sacaba de su cabeza la idea de desposarse nuevamente. A la muerte de Arturo, había prentendido su nuera, Catalina de Aragón. Después dirigió también miradas a Juana de Nápoles, incluso a la madre del futuro Francisco I, Luisa de Saboya. Más adelante tuvo en mente a Margarita de Angulema, la hija de la última.




Enrique VII

Finalmente creyó que Juana de Castilla era la que más le convenía. Pero como todavía el cadáver de Felipe el Hermoso era un obstáculo para la futura pareja, el monarca inglés, por si acaso, prefirió jugar a dos bandas. Por un lado pretendía a Juana y por otro monstraba interés por Margarita de Austria. Para definitivamente formalizar el compromiso con la infanta española, nadie mejor que utilizar a su nuera, Catalina de Aragón, como pieza de ajedrez. La joven princesa viuda de Gales desamparada por su padre y vivendo en un estado de caótico abandono, en los últimos tiempos carecía de recursos para pagar a sus sirvientes y para alimentarse y vestirse como correspondía a su rango. El asunto de la dote de su matrimonio con Arturo le traía por la calle de la amargura.

Catalina de Aragón



Catalina presentía que la boda de su hermana con su suegro podría ser su liberación, si Juana se convertía en reina de Inglaterra. Y así se lo suplicó a su padre. La única persona capaz de persuadir a la tozuda reina de Castilla de 27 años era sin duda su progenitor.


Vi lo que el rey de Inglaterra vos fabló - contestaría Fernando a su hija, el 15 de marzo de 1507 - sobre lo de su casamiento con la reina de Castilla, mi fija, vuestra hermana, y plúgume sobre todo lo que sobre ello de su parte me escrebistes.



Aquella negociación no desagradaba al Rey Católico:


Respondedle a ello de mi parte que yo no sé aún si la dicha de la Reina, mi fija, está en voluntad de casarse, y que si ella se ha de casar, que yo folgaré más que se case con dicho Rey, mi hermano...


Lo primero sería conseguir que Juana accediese a que se diera sepultura a su marido, Felipe el Hermoso. De verdad que Fernando lo intentó pero todo fue en vano. Juana era de convicciones fijas, su respuesta se repetía un y otra vez: "No tan deprisa". Es lógico de esperar que no consiguió ver un atisbo de encanto en su achacoso prometido. Todo ello fue contemplado por ella durante su breve visita a la corte inglesa. Enrique VII no era precisamente un "Adonis" capaz de hacer olvidar a su amado Felipe.


De todas formas, una tisis galopante puso fin al compromiso. Enrique VII falleció el 21 de abril de 1509. Dos meses antes, Fernando el Católico, convencido ya que el proyecto de casar a su hija era imposible, decidió que Doña Juana fuera encerrada definitivamente en Tordesillas. Si hubiera accedido a esta proposición a tiempo, tal vez se hubiera librado de un angustioso y eterno encierro.



Bibliografía:


Fernández Álvarez, Manuel: Juana la Loca, La Cautiva de Tordesillas, Espasa-Calpe, Madrid, 2001.

Hackett, Francis: Enrique VIII y sus seis mujeres, Planeta DeAgostini, Barcelona, 1996.

miércoles, 24 de junio de 2009

La Coronación de Enrique VIII

















El 24 de Junio de 1509, hace exactamente 500 años, Enrique VIII fue coronado Rey de Inglaterra y su esposa, Catalina de Aragón, fue proclamada Reina consorte.

En la víspera del gran acontecimiento, el 23 de junio, Londres se lleno de júbilo cuando el rey y la reina atravesaron en procesión a Cheapside, Temple Bar y el Strand hasta el palacio de Westminster. Londres todavía era una ciudad medieval amurallada, aunque sus barrios periféricos se estaban extendiendo muy deprisa más allá de las murallas: en el Strand, por ejemplo, se situaban las grandes casas de la nobleza, con jardines que bajaban hasta el río. El horizonte de la ciudad apareció dominado por las agujas de la catedral gótica de San Pablo y otras ochenta iglesias. Era una ciudad que progresaba, llena de vida y muy congestionada porque sus calles era estrechas y sus edifícios apretujados ocupaban a veces parte de la calle; la mayoría de sus ciudadanos, por tanto utilizaban el Támesis como príncipal vía pública.
Londres durante la Era Tudor

En honor a su coronación, las edificaciones que bordeaban la carrera estaban adornadas con tapices y de los caños manaba vino que el pueblo podía beber sin pagar nada. El joven Enrique, que dentro de cinco días cumpliría dieciocho años, cabalgaba debajo de un dosel que portaban los barones de los Cinco Puertos, precedido por sus heraldos. Estaba imponente vestido con un jubón de oro con piedras preciosas engarzadas debajo de un manto de terciopelo carmesi, forrado de armiño, y sobre los hombros una tira de rubíes.

Catalina, de veintitrés años, iba recatada y modesta en su traje de raso blanco bordado y armiño, dejaba caer sobre sus hombros su extenso y bello cabello rubio rojizo para demonstrar su pureza. Seguía a su esposo en una litera adornada con colgantes de seda blanca y cintas doradas. Sus damas, vestidas de terciopelo azul, la seguían montadas en corceles no menos resplandecientes.

La comitiva resultaba ser un espectáculo fascinante, digno de ser admirado, como si nos adentráramos en un cuento de hadas.

El pueblo al contemplar ese gran evento, no podía contener su entusiasmo. Había muchas esperanzas puestas en aquel jovencísimo soberano. Enrique inspiraba confianza, con él no les faltarían buenas carreteras para viajar, tranquilidad para vivir y ocasiones de acercarse al monarca para hacerse escuchar, para ganar su voluntad. Este rey sacaría a Inglaterra de las tinieblas y se uniría al nuevo movimiento renacentista que triunfaba en Europa. Sería un modelo para los cortesanos y fomentaría el arte y la cultura de su país, además de apoyar a los mercaderes.

Por la tarde el rey y la reina llegaron al Palacio de Westminster, que había sido sede del gobierno real y principal residencia del monarca en Londres desde el siglo XI.



Enrique y Catalina velaron toda la noche antes de la coronación en la capilla de San Esteban, fundada por el rey homónimo en el siglo XIII. El día de San Juan, 24 de junio, domingo, los jovenes soberanos, ataviados con regias vestiduras de color carmesí y precedidos por la nobleza, que iba vestida de escarlata con pieles de adorno, anduvieron hasta la Abadía de Westminster por una alfombra de paño rayado con hierbas aromáticas y flores esparciadas por ella. Al entrar el rey en la abadía y perderse de vista, el gentío rompió la alfombra en pedazos para guardarlos como recuerdos.

Tomás Moro escribió maravillado estas palabras: "Este día consagra a un joven que es la gloria eterna de nuestra era. Este día es el fin de nuestra esclavitud, la fuente de nuestra libertad, el principio del gozo. Ahora el pueblo, liberado, corre delante de su rey con los rostros iluminados."

Después de ser aclamado, Enrique prestó el juramento de la coronación y fue ungido con óleo sagrado. A continuación el Arzobispo Warham procedió a consagrarle con la corona de San Eduardo el Confesor. El coro rompió a cantar Tedeum Laudamus mientras treinta y ocho obispos conducían al monarca recién consagrado hasta el trono para que recibiera el homenaje de sus súbditos principales.

En una ceremonia mucho más corta, la reina fue coronada con una pesada diadema de oro engastada con zafiros, rubíes y perlas. Cuando la pareja salió de la abadía, el rey llevaba la corona "imperial" o corona arqueada, que era más ligera, y una vestidura de terciopelo color púrpura forrada de armiño; mientras la multitud profería vítores, sonaba el órgano y las trompetas, atronaban los tambores y replicaban las campanas para señalar que Enrique VIII "Había sido coronado gloriosamente por el bien de país entero".



Después de la coronación, el rey y la reina encabezaron la gran procesión de vuelta Westminster Hall para el banquete correspondiente. Además se celebraron justas y torneos en el palacio que durarían hasta medianoche. La fiesta continuaría durantes varios días más.

Semejante alegría se vería unicamente truncada por la muerte de la abuela de Enrique, Margaret Beaufort el 29 de junio, el día después que el monarca alcanzara la mayoría de edad.

A partir de entonces una nueva era deparaba Inglaterra, un tumultuoso reinado que dejaría una huella inolvidable en los anales de la historia de ese país. Por ahora nadie imaginaba que este culto, galante y atractivo príncipe renacentista se acabaría convirtiendo en un temido y despiadado soberano, que sería más recordado por sus conflictivos matrimonios que por sus hazañas en el trono.


Bibliografía:

Weir, Alison: Enrique VIII el rey y la corte, Círculo de Lectores, Barcelona, 2004.

Hackett, Francis: Enrique VIII y sus seis mujeres, Planeta DeAgostini, Barcelona, 1996.