viernes, 9 de septiembre de 2011

La misteriosa muerte de Juan Borgia, duque de Gandía: Primera Parte




La carrera de Juan Borgia en el Vaticano iba en viento en popa, pues en aquel momento Alejandro VI estaba en el auge de su poderío y es lógico de suponer que deseaba a toda costa la misma suerte para su vástago. El 7 de junio de 1497, en consistorio, proclamó ante todos su intención dar a su hijo un feudo, para él y para sus descendientes la ciudad de Benevento, con sus correspondientes fortalezas y pertenencias. Su ascenso no resultó ser del agrado de muchos, sin embargo algunos trataron de sacar provecho de la situación en la medida de lo posible. Entablar amistad con el duque de Gandía era un golpe de suerte y sería estúpido el que no vislumbrara las ventajas que tal vínculo proporcionaba.

El cardenal Ascanio Sforza no salió muy bien parado. Existe un episodio nefasto que corrobora esta afirmación. Ocurrió en una noche de junio en el palacio del vicecanciller:
 Sforza agasajaba a sus invitados con un espléndido banquete, entre los cuales se encontraba Juan Borgia. Impulsivo, engreído y creyéndose intocable, el hijo de Papa comenzó a burlarse de los convidados y llegó a llamarles "holgazanes a la mesa", a lo que uno de los aludidos contestó tranquilamente que jamás se olvidarían de su bastardía. Juan se levantó bruscamente, haciendo creer a todos que tal insulto desencadenaría en una lucha cuerpo a cuerpo, pero la conducta del duque fue todo lo contrario. Abandonó la residencia de Ascanio buscando refugio en el palacio papal.






Alejandro VI obró de una manera inesperada: haciendo caso omiso a la inmunidad diplomática, mandó una compañía de soldados a forzar las puertas del palacio de Ascanio y acto seguido hizo arrestar al hombre que proclamó aquella injuria a su hijo. La clemencia de Su Santidad brilló por su ausencia, fue tajante y firme en su decisión: su condena sería la horca. El gesto hostil de Rodrigo Borgia resulta inexplicable para un hombre ante todo conocido por su tolerancia hacía los chismes y las habladurías acerca de él. Quizá aquel comentario desafortunado le sentó como una puñalada, una grieta en su orgullo, que era imposible no defender su honor. Sus hijos eran su esperanza de un futuro próspero, la prolongación de su ser, nadie tenía derecho a difamarlos.  

Después del incidente, Juan, rescatada su honra, merodeaba por todos los rincones de Roma con su actitud temeraria e imprudente, sin prestar la mínima atención a los consejos que le daba su padre. Seguía metiéndose en intrigas y fanfarroneaba sin cautela.




Además de sus amoríos con Sancha de Aragón, se decía que Juan estaba enamorado de una jovencita noble y bellísima, la hija del conde Antonio María della Mirandola, y que trataba de aproxímarse a ella a toda costa. Desconocemos si logró su cometido, ya que la muchacha estaba muy bien salvaguardada por su familia; no obstante resulta llamativo que un gentilhombre de la servidumbre del cardenal Sforza, cierto Jaches al cual ella había sido ofrecida en matrimonio, con ricas promesas de dote, aun amando a la dama, siempre se negaba a casarse con ella.

Llegó finalmente el señalado 14 de junio de 1497. Vannozza Cattanei hizo una gran invitación a sus hijos varones; no era algo inusual, la madre de los vástagos del Papa le gustaba frecuentemente reunir en torno a su mesa su progenie. 




Vannozza planeó su fiesta no en el palacio de la ciudad, sino al aire libre, en una viña que poseía entre la iglesia de San Martino ai Monti y la de Santa Lucia in Selci, invitando a César, a Juan, al cardenal Borgia de Monreal y a algunos parientes íntimos. Por el contrario, Lucrecia no acudiría ya que llevaba ochos días encerrada en su retiro de San Sixto.




César, con su traje laico, alardeaba de sus modales de caballero; y el duque de Gandía se comportaba como si fuera "el rey" de la fiesta, dejando trasparecer su carácter fanfarrón y descarado ante la presencia de los demás cortesanos. Junto a Juan Borgia aparece de pronto un enmascarado; pero a su alrededor no había quien se preocupase. 




 A avanzadas horas de la noche  acabó la cena y los convidados, despidiéndose de Vanozza, regresaron a sus residencias: iban en grupos, cada uno con su pequeño séquito, hacía el Vaticano, cuando cerca del palacio del cardenal Ascanio, en el barrio del Ponte, el duque de Gandía se detuvo, y tomando consigo un palafrenero y dando montura al misterioso hombre de la máscara, se adentró en la oscuridad de la madrugada para acudir a una cita. Haciendo alarde de su carácter temerario, no siguió las indicaciones de los que le aconsejaban ir acompañado por hombres armados. La resonante y engreída carcajada del joven duque fue lo último que parientes y servidores oyeron de él vivo.


Continuará...




Bibliografía:

Bellonci, María: Lucrecia Borgia, su vida y su tiempo, Editorial Renacimiento, México D.F., 1961.

Escenas de la primera temporada de la serie The Borgias (Showtime, 2011)

miércoles, 31 de agosto de 2011

Los archiduques de Austria atraviesan Francia (4ª parte)

Manuscrito iluminado extraído del "Cancionero de Juana I de Castilla" donde se pueden apreciar piezas musicales de la Corte Borgoñana. Biblioteca Real de Bélgica. Hacía 1511.

Durante los días que los príncipes estuvieron en Blois se celebraron una infinidad de misas, bailes, juegos, justas, cacerías y banquetes. Y tampoco faltarían los juegos de pelota que tanto le complacían a Felipe el Hermoso, ya que Luis XII se había informado bien y conocía al dedillo los gustos de su huésped. El rey de Francia tejió un plan perfectamente ideado para hacer valer su supremacía sobre el conde de Flandes, y éste accedió a su maniobra de buen grado dado su distinguida educación borgoñana. El encuentro duró en total diez días, del 7 al 17 de diciembre de 1501, mientras tanto franceses y borgoñones rivalizaban luciendo sus mejores trajes y alhajas.


El monarca francés logró que Felipe el Hermoso ratificara el Tratado de Trento en su nombre y en el de su padre, el emperador Maximiliano, y ambos acordaron prometiéndose la paz perpetua entre sus reinos, como hacía saber el confesor del rey en el sermón de la misa solemne con que se declaró la paz.Luis XII también aprovechó el momento para sellar una unión matrimonial entre su hija Claudia y el primogénito de Felipe y Juana, Carlos. Entonces apenas eran unos niños de dos años (el pequeño Carlos aún no los había cumplido). Finalmente, no se concretó ese ambicioso proyecto, pero en 1501 todas las partes tenían claro en que sería un hecho innegable que se produciría en el futuro.


Dos herederas, dos víctimas: Juana de Aragón y Castilla y Ana de Bretaña


Fragmento de la obra de Jean Pichore, Allégorie: raison et l´homme Du roy sanz filz...Doleur. Hacía 1503. 24 x 18 cm, en el manuscrito Des remèdes contre l´une et l´autre fortune. París, Biblioteca Nacional de Francia. En él vemos a la reina Ana de Bretaña con su hija Claudia en brazos vestida a la moda adulta. Detrás le acompaña su séquito de damas.

Mientras Luis y Felipe firmaban acuerdos y participaban en todo tipo de festejos, el momento decisivo de Juana para ser jurada heredera se acercaba; si bien debemos admitir que su figura durante la odisea del viaje fue totalmente relegada a un segundo plano. En realidad lo que afligía al monarca francés era la muy poderosa España, no el archiduque Felipe, y era ella quien debería haber ocupado un lugar más prominente en las decisiones de Estado, como las alianzas entre los reinos.

Desgraciadamente, Juana no tomó parte de los acuerdos. Como reacción a su exclusión se mostró indispuesta nada más llegar, y varias damas y caballeros la trasladaron a su aposentos por encontrarse "un poco delicada". Quizá también por la misma razón se haya portado de forma altiva con la reina de Francia, cuando declinó las monedas que le ofreció la soberana en misa, si bien que hay que precisar que no rechazó otros obsequios que le hizo. Esa actitud desdeñosa se había producido en consecuencia del trato recibido, no sabemos los motivos que conllevaron a ello, pero de lo que sí no cabe duda es que no estaba siendo tratada como la legítima hija de los Reyes Católicos.




Manuscrito iluminado sacado del "Cancionero de Juana I de Castilla" donde se pueden apreciar piezas musicales de la Corte Borgoñana. Biblioteca Real de Bélgica. Hacía 1511. Probablemente sea una imagen de Juana.

La archiduquesa de Austria era consciente del poderío que ejercía su madre, la reina de Castilla. No se esperaba menos de la princesa heredera y así lo hicieron patente los enviados españoles cuando la presionaron a que tomara parte de las negociaciones. Se exigía de ella un papel más activo, más participativo en el encuentro con el monarca galo. Era hija de los soberanos más poderosos de toda Cristiandad, ¿por qué entonces no hizo valer sus derechos?

Sin embargo, en Juana predominó el papel de esposa de Felipe, intentando no ensombrecer la estela de su marido. De la misma manera obraba Ana, la duquesa de Bretaña en relación al rey Luis XII. Juana no se engañaba y sabía a lo que atenerse. Por más que su herencia fuese tan importante como los reinos de Castilla y Aragón, en realidad, siguiendo el uso francés, no era más que la portadora de la herencia, ya que no tenía la potestad de administrarla, tarea que recaía sobre su esposo.


Juana de Castilla y Felipe el Hermoso. Vidrieras de la Basílica de la Santa Sangre. Brujas, Bélgica.

En Blois quedó evidente los límites de las damas en el gobierno. y eso entrañaba un gran obstáculo para Juana. La diferencia clave entre las dos herederas, Ana de Bretaña y Juana de Castilla, era que la primera se había resignado a cumplir su papel, (el ducado de Bretaña se había anexado a Francia al casarse con Luis XII y lo mismo había sucedido con su primer matrimonio con Carlos VIII) , respetando lo que la sociedad francesa de la época imponía y consideraba correcto; la mujer debía someterse a los designios de la ley sálica, en la cual al contraer matrimonio perdía la capacidad efectiva de gobierno para trasladar todos sus derechos a su marido.


Manuscrito iluminado obra de Pierre Gringore, titulada "Los abusos del Mundo". Vemos en la imagen a Luis XII recibiendo una copia del libro de parte de autor. Rouen, Francia. Hacía 1510.


Juana, por el contrario, procedía de un reino donde la ley sálica no tenía efecto. Un claro ejemplo de ello, era su madre, Isabel la Católica, que gobernaba por derechos propios, sin verse sujeta a los mandatos de su esposo, Fernando el Católico, rey de Aragón. La situación en la que se encontraba la archiduquesa de Austria acabó por sumirla en una mar de indecisiones. ¿Cómo conciliaría los deseos de sus padres con los de su marido?

Continuará...


Bibliografía:

Fernández Álvarez, Manuel: Juana la Loca, La Cautiva de Tordesillas, Espasa Calpe, Madrid, 2001.

Zalama, Miguel Á. Juana I. Arte, poder y cultura en torno a una reina que no gobernó. Centro de Estudios Europa Hispánica, 2010.

http://patrimonio-ediciones.com/en/facsimil/song-book-of-joan-the-mad

http://www.flickr.com/photos/7711591@N04/920067982/

http://www.themorgan.org/collections/works/IlluminatingFashion/manuscript.asp?page=45

domingo, 28 de agosto de 2011

Los archiduques de Austria atraviesan Francia (3ª parte)

Juana I de Castilla

Estancia en Blois: La acogida de Luis XII


Felipe el Hermoso se encontraba plácidamente a gusto en París, agasajado por sus gentes como si fuera el mismísimo soberano de Francia. Aquello era un honor grandioso y lo habitual en esos casos es que el envanecimiento alcanzara su cuota más alta. Sin embargo, debía desprenderse de ese estado de ensimismamiento y dejar de aplazar lo inevitable; reunirse con el rey galo.

Alojado en su castillo de Blois, junto al Loira, Luis XII esperaba la llegada de su vasallo, Felipe y de su esposa Juana. El vasallaje propiamente dicho provenía de unos de los títulos que ostentaba el hijo de Maximiliano, el condado de Flandes. El ducado de Borgoña ya había sido apoderado por Francia después del desastre de la batalla de Nancy en 1477, cuando falleció Carlos el Temerario. En aquel entonces, el interés real del soberano francés residía en Flandes, aunque no parecía que se buscara la anexión, sí quería dejar patente que el condado era feudatario suyo.




Castillo de Blois, ubicado en el Valle del Loira



Estatua ecuestre de Luis XII enmarcada en el Castillo de Blois

Felipe el Hermoso no se opuso al papel al que estaba destinado y lo escenificó a la perfección cuando irrumpió en la sala del palacio donde estaban los monarcas. Por tres veces se inclinó Felipe ante el rey antes de que él se levantara de su trono. Era evidente que no se trataba de iguales, señor y vasallo se saludaban como correspondía a su respectivo rango. Y no fue el archiduque el único al proceder de aquella manera. Juana prestó lo mismos homenajes que su esposo: bajó de su montura y, acompañada de algunas damas, fue a presentarse ante la reina Ana de Bretaña, haciéndole tres reverencias.


Colijn de Coter, La Virgen mediadora con Juana I. Hacía 1500. Óleo sobre tabla, 111 x 74 cm. París, Museo Nacional del Louvre.

Hay una anécdota que expone que Juana rechazó unas monedas que le ofreció la reina Ana para hacer una ofrenda en misa, mientras que Felipe sí tomó las que le dio Luis XII, entendiendo que aceptarlas era símbolo de vasallaje. Hasta en una situación de tal importancia queda manifiesta la obstinación de la infanta española. No obstante, se cree que el comportamiento reacio de Juana quizá fuera porque estaba cansada de la situación o por otras razones que no atinamos a comprender, o probablemente fue una actitud premeditada de mostrarse que estaba en igualdad de condiciones por ser hija y heredera de los Reyes Católicos.

En Blois se zanjaron importantes cuestiones políticas, como la ratificación del Tratado de Trento culminado entre Maximiliano y Luis XII el 13 de octubre de 1501, pero también hubo tiempo para las espléndidas fiestas. Recibidos por la gran nobleza de Francia, cuyos miembros salieron en función de su rango al encuentro de la comitiva de los príncipes a diferente distancia, al atardecer del 7 de diciembre llegaron a la villa. A las puertas del palacio cuatrocientos pajes del monarca llevaban antorchas para iluminar la entrada, donde se vislumbraban cien soldados suizos. Los soldados estaban colocados a lo largo de dos grandes salas, en una de la cuales se encontraba el rey. Cuando Felipe y Juana hicieron su llegada a Blois, el palacio no debía ser un edificio muy llamativo, los cronistas no narraron nada al respecto, y es que tal como lo conocemos hoy en día es fruto de significativas reformas que comenzaron aquellos años.


Gérard David, Las Bodas de Caná. Hacía 1500-1510. Óleo sobre tabla, 100 x 128 cm. Museo Nacional del Louvre. Pintura flamenca.

Luis XII quería maravillar a la difícilmente impresionable corte de Borgoña en cuestiones de opulencia y ostentación. Las estancias que ocuparon los archiduques estaban adornadas con paños de oro y seda, la cama tenía un cielo de oro y cortinas de damasco blanco, había alfombras por dondequiera que pisara. Había también tapices y caras telas por doquier, decoración en nada diferente al uso borgoñón o español. Todo era valido con el fin de manisfestar la riqueza y el poderío del personaje en cuestión.


Continuará...



Bibliografía:

Zalama, Miguel Á. Juana I. Arte, poder y cultura en torno a una reina que no gobernó. Centro de Estudios Europa Hispánica, 2010.

http://www.insecula.com/oeuvre/photo_ME0000059162.html


http://www.kimiko1.com/research-16th/TudorWomen/1500/1500MarriageCanaDavid.html


martes, 2 de agosto de 2011

Doña Sancha de Aragón, La Cautiva de los Borgia: Sexta Parte

Lucrecia Borgia y Sancha de Aragón se hicieron amigas. Al principio Lucrecia la podría haber visto como una amenaza, no obstante, ahora percibía que compartían intereses muy distintos y no había razón para temer que la princesa de Nápoles ocupara su lugar como protagonista del Vaticano. Entre las pretensiones de Sancha no estaba aspirar a una notoria posición y muchos menos eclipsar la estrella de su cuñada. Su tiempo transcurría entre fiesta y fiesta, gozando al máximo de los bailes y músicas que animaban el palacio papal.

En el verano de de 1496, Alejandro VI temía que los franceses invadieran nuevamente los Estados Pontifícios y aquello le dejaba intranquilo respecto a la seguridad de sus hijos. Una de sus órdenes fue pedir que Juan Borgia, el duque de Gandía, abandonase España. Durante los años de 1494 y 1495, Carlos VIII de Francia estaba decidido a ejercer sus derechos sobre el trono de Nápoles, invadiendo la península itálica. La velocidad y el poder del avance francés asustó a los otros gobernantes italianos, incluido el Papa y el duque de Milán, Ludovico Sforza. Ellos formaron una coalición anti-francesa, llamada "La Liga de Venecia". En Fornovo en julio de 1495, la Liga derrotó a las tropas de Carlos VIII y éste perdió casi todo el botín de la campaña para luego retirarse a Francia.



Retrato de Juan Borgia


Después de la partida del monarca galo, la llamada de Rodrigo Borgia se hizo tan urgente que los más plausible para Juan sería regresar al hogar familiar. Tuvo que dejar a su desconsolada esposa, la duquesa María Enríquez Borgia con su pequeño vástago, Juan, y un nuevo retoño que venía en camino.


Diez de agosto, día de San Lorenzo. Juan Borgia hace su entrada en Roma llegando a Civitavecchia. César lo esperaba a la entrada del puerto para acompañarle con todos los honores que se merecía al palacio apostólico, donde el duque de Gandía iba a alojarse. Lo agasajaron con una cordial bienvenida, deleitando a los asistentes con una pomposidad que no pasaba desapercibida. El duque iba sobre un caballo bayo enjaezado con "guarniciones de oro y campanillas de plata", además de una gorra de terciopelo oscuro, con las mangas y el pecho recamados de gemas y de perlas.



El Papa preparaba a su hijo Juan ejército y artillería y hacía venir a Roma, como lugarteniente del ejército, al duque Guidobaldo d´Urbino, hombre experto en el arte militar, pero sin la desmedida ambición de los Borgia, una garantía de seriedad y lealtad. En octubre de 1496, todo estaba dispuesto y el duque de Gandía nombrado capitán general de la Iglesia. Acto seguido comenzaron las campañas militares, en algunas salieron victoriosos y optimistas, conquistando diez fortalezas y otras, como la disputada contra Carlo y Giulio Orsini, cayeron rendidos ante la perspicacia del enemigo.

Terminado el agobio de las batallas, Juan se entregó a los placeres de las fiestas que para el regocijo del duque coincidía con los Carnavales. Claro está que hubiera sido una lástima desperdiciar un tiempo tan propicio a la diversión. En medio de la muchedumbre, vislumbró la presencia de la bella Sancha de Aragón, con sus ardientes y vivaces ojos negros que incitaban a un hombre a perderse entre sus brazos. Ambos tan pasionales e impulsivos, se dejaron abrumar por una pasión arrolladora.

Sin embargo, se iniciaba un conflicto fraternal imborrable. Lo que ocurrió luego entre César y Juan hasta hoy no se ha podido aclarar. Por otro lado, Sancha no le importó causar estragos entre los hermanos; quizás ya se había aburrido de su idílio amoroso con César y deseaba buscar la llama del placer en la compañía de otros hombres, ¿¿pero por qué con Juan?? ¿¿No había otros cortesanos que podrían satisfacer sus necesidades carnales?? A lo mejor, adoraba el arriesgado juego de las pasiones, vivir al límite resultaba excitante; o tal vez quisiera vengarse, afirmándose tres veces nuera del Papa, por su matrimonio con Jofre, y sus aventuras con César y Juan.







Continuará...


Bibliografía:

Bellonci, María: Lucrecia Borgia, su vida y su tiempo, Editorial Renacimiento, México D.F., 1961.

http://en.wikipedia.org/wiki/Charles_VIII_of_France

http://web7.taringa.net/posts/info/10048866/Los-Borgia-enredos-politicos_-escandalos-y-ambiciones_.html


Escenas de la primera temporada de la serie The Borgias (Showtime, 2011)

viernes, 8 de julio de 2011

La lengua inglesa en la Era Enrique VIII (1ª Parte)


Carta del rey Enrique VIII dirigida al cardenal Thomas Wolsey (1518)


La subida al trono de Enrique VII e la instauración de la dinastía Tudor da inicio a la Edad Moderna en Inglaterra, sin embargo el comienzo de la modernidad propiamiente dicha será con el reinado de Enrique VIII (1509-1547).

Durante la Baja Edad Media el país había sido lingüísticamente dispersado y triglósico, dividido en múltiples hablas locales. En 1500, seis lenguas se hablaban en las Islas Británicas: inglés, galés, córnico, gaélico escocés, norn y francés normando. La lengua popular se encontraba marginada al latín o el francés normando en los ambitos de la religión, la justicia, la educación y el gobierno.

Las motivaciones sociopolíticas fueron las que propiciaron que una determinada forma de escribir o hablar se considerara superior a las demás. En el caso de Inglaterra, fueron las circunstancias históricas que hicieron de Londres la capital política, económica y cultural del país las que determinaron el sentido de la estandarización lingüística.

A finales del siglo XIV, gracias al prestigio de las obras de Geoffrey Chaucer y John Gower, el habla de la capital comenzó a ser objeto de imitación en todo el país hacia 1430, cuando la Cancillería Real se inclinó por el uso de la lengua vulgar en sus documentos. La posterior instauración de las imprentas inglesas en el área de Westminster-Londres estableció definitivamente a la variedad londinense como modelo nacional.

Tanto la Cancillería Real como las imprentas inglesas se consideraban más relevantes que el sistema educativo. Por interés político o pragmático comercial, una u otra daban prioridad en su producción escrita a la gran mayoría del pueblo que no sabían latín, y que, aún cuando fuese analfabeta en su propio idioma, podían al menos entender aquellos que leían en voz alta los documentos oficiales o los textos impresos. Por lo tanto, eran las dos instituciones con mayor capacidad de influencia a nivel nacional.

No obstante, a finales del siglo XV el carácter estándar de la lengua de Londres no había sido todavía conscientemente asumido por los ingleses. Al mismo tiempo, lo más innovador durante el reinado de Enrique VIII fue la propagación de la actitud unificadora del lenguaje hablado y el reconocimiento rotundo de la existencia de una variedad supradialectal prestigiosa.

Un buen ejemplo de ello son los educadores. Thomas Elyot aconseja en su The Gouernour (1531),dedicado a Enrique VIII, "que se seleccione cuidadosamente a las damas que cuidan de los niños de la nobleza, con el proposito de que, si no hablan buen latín al menos que se expresen en un inglés limpio, educado y perfectamente pronunciado, sin omitir ninguna letra o sílaba". El libro de Elyot se trata de un tratado de filosofía moral que intentaba servir como guía para educar a los destinados a ocupar puestos de alto rango en la corte , y para inculcar los principios morales que les podrían ayudar a desempeñar sus funciones.




Sir Thomas Elyot (1490-1546) fue diplomata, miembro del Parlamento, escritor humanista y amigo de Sir Thomas Moro.

Un caso curioso e ilustrativo de la situación que Elyot hace mención es el de Lady Margaret Bryan (c.1468-c-1551/52) (neé Bourchier), el aya de los hijos de Enrique VIII: María, Elizabeth y Edward. Entre la correspondencia recibida por Cromwell hallamos una misiva escrita en 1536 por Lady Bryan a cuyo cuidado se encontraba la princesa Elizabeth. El texto de la carta está lleno de rasgos vulgares o dialectales: Pronunciar o escribir por aquellas fechas et "it", har "her", ene "any", sych "such", bot "but", myche "much", owen "own", wel "will", lordischep / lordsychep "lordship", joge "judge", etc., era propio de personas poco instruidas y provincianas.


Según Thomas Moro, más de la mitad de los ingleses no sabía leer. Además, el número de los que sabían escribir era probablemente menor, pues en aquella época tales destrezas no iban a la par como hoy en día. El aprendizaje de la escritura, mediante la práctica de uno o más estilos caligráficos, era un paso posterior que no todos daban o daban sólo imperfectamente. Asimismo cabe mencionar que se puede apreciar cierto incremento en el porcentaje de personas alfabetizadas en comparación con el período bajomedieval tardío.

Los grandes nobles tendían a considerar el ejercicio de la escritura como un oficio impropio de su rango, por el que pagaban a secretarios y amanuenses (escribiente, persona que se dedica profesionalmente a escribir a mano, al dictado o copiando). El semianalfabetismo de Edmund de la Pole, conde de Suffolk (1471/72-1513) y frustrado pretendiente al trono de Inglaterra no era probablemente excepcional. A principios del siglo XVI los nobles ingleses pasaban por ser los más incultos de Europa.

Los estudios académicos siguieron volcados hacía el aprendizaje de la lengua latina. Los humanistas la apoyaron considerablemente, además de tratar de equilibrar la formación lingüística mediante ejercicios como el de la doble traducción; que fomentaba el estudio comparado de las lenguas latina (o griega) e inglesa.




El Nuevo Testamento de William Tyndale (1526) se convirtió en la base para posteriores traducciones al inglés. Trabajos con éste propiciaron a que la lengua vernácula se extendiera y consolidara por todo el reino.


Continuará...



Bibliografía:


Onega, Susana. Ed. Estudios literarios ingleses. Renacimiento y Barroco. Madrid: Cátedra, 1986.

Cunliffe, Barry: The Penguin illustrated history of Britain & Ireland: From earliest times to the present day, Penguin, 2004.

http://www.luminarium.org/renlit/henrytowolsey.htm

http://www.bl.uk/onlinegallery/sacredtexts/tyndale_lg.html


http://en.wikipedia.org/wiki/Thomas_Elyot


domingo, 19 de junio de 2011

Cecilia Gallerani, la dama del armiño (1ª parte)



La dama del armiño (1488-1490), uno de los cuadros más enigmáticos de Leonardo Da Vinci, se encuentra actualmente en el Palacio Real de Madrid donde se celebra la exposición Polonia, Tesoros y Colecciones Artísticas. Permanecerá abierta al público del 3 de junio al 4 de septiembre de 2011. Es uno de los cuatro retratos de mujer pintados por Leonardo, siendo los otros tres la Ginevra de Benci (National Gallery, Washington), La Belle Ferronière y La Gioconda (Museo del Louvre, París).

Pero en realidad, ¿Quién fue esa dama que se convirtió en la mayor rival de Monalisa? Aunque el debate todavía continúa sobre la identidad de la modelo, la mayoría de los historiadores del arte han reconocido a esta mujer como Cecilia Gallerani (1473-1536), la adorada amante del Ludovico Sforza, más conocido como Ludovico "el Moro", duque de Milán y mecenas de Leonardo Da Vinci. Cecilia únicamente contaba con diecisiete años cuando posó para esta retrato y por entonces ya era conocida por su afamada belleza. Además, destacaba por ser una dama muy cultivada que escribía y hablaba latín con soltura, componía sonetos, cantaba y tocaba música.





Ludovico Sforza "el Moro", duque de Milán (1452-1508)


Como la vestimenta del cuadro indica, Cecilia no pertenecía a la nobleza. Ella nació en una familia numerosa de Siena, cuyo padre, Fanzio Galleani, ocupó varios puestos en la corte milanesa, incluyendo el privilegio de ser embajador en Florencia y Lucca. Su madre fue Margherita Busti, hija de un notable hombre de leyes.

Fue educada junto a sus seis hermanos en Latín y Literatura. En 1483, a la edad de diez años, Cecilia se comprometió con Stefano Visconti, sin embargo el compromiso matrimonial fue interrumpido en 1487 por razones desconocidas. En mayo de 1489, se fue de casa para el Monastero Nuovo, y posiblemente fue allí donde conoció a Ludovico.

Ludovico había instalado a Cecilia en unos aposentos del Castillo de Milan, y rápidamente se propagó un rumor revelando las intenciones del duque de convertir a su amante en legítima esposa. Desgraciadamente, asumir su "affair" habría perjudicado las alianzas políticas de Milán. Por lo tanto, el avispado Ludovico creió conveniente no mezclar los entresijos del corazón con los asuntos de Estado. Al poco tiempo, desposó a la igualmente encantadora Beatriz d´Este, hija del duque de Ferrara, en enero de 1491.





Beatriz d´Este, duquesa de Milán (1475-1497) , pintada por Ambrogio de Predis (1490).


La duquesita, a sus 15 primaveras, era una damisela alegre, risueña y llena de vida. Al menos esa era la imagen que transmitía a sus súbditos. No obstante, como todo lo que rodea la existencia humana, estaba la otra cara de la moneda. El "Moro" veía a su joven esposa como una criatura dichosa y fascinante, mostrándose siempre respetuoso e indulgente con ella, pero no por ello dejó de seguir llevando una doble vida.

Probablemente, el duque esperaba que la joven Beatriz se convirtiera en una esposa complaciente y hiciera la vista gorda a su idilio con Cecilia Galleani. Pero la duquesa demostró ser todo lo contrario, una mujer de armas a tomar, incapaz de tolerar bajo ningún concepto que su marido compartiera el lecho con otra dama que no fuera ella.


Continuará...

jueves, 16 de junio de 2011

Dos rivales frente a frente

Ana de Bretaña y Luisa de Saboya respectivamente


El pacto con César Borgia permitió a Luis XII volver a Italia. En su primera campaña, la de 1499, capturó Milan. El ducado italiano no opuso resistencia y en el sexto día el monarca francés y su "leal primo" el duque de Valentinois (así es como lo llamaba el rey) eran bien recibidos por el pueblo milanés con todo tipo de homenajes. Las calles se deleitaban con el esplendoroso desfile en el que se vislumbraba al osado hijo del Papa luciendo el toro Borgia y la flor de lis francesa en su cabalgadura.


Moneda acunada con la imagen de Luis XII de Orleans, rey de Francia y duque de Milán (1500-1512)


El escudo del Papa Alejandro VI enmarcado en la fortaleza del Castillo de Sant Angelo en Roma. Dentro del blasón se puede contemplar la figura de un toro. Foto realizada por Lady Caroline.


La conquista posiblemente hubiera favorecido a Luisa de Saboya, la madre de Francisco, si no fuera por el mariscal de Gié. Ahora que Luis de Orleans era rey, Gié le sugirió cruelmente que mandara a Luisa a Blois, donde podría vigilarla. Convenció de esta necesidad a George d´Amboise, al hermano del cardenal y a otro amigo que había estado a las órdenes de Luis XI. Todos ellos unieron fuerzas para vigilar la duquesa viuda de Angulema. Luis XII, sin dudar, dio su visto bueno. Se trasladó entonces a Luisa y a sus allegados de Chinon a Blois. Ella se fue de allí de muy mala gana, Blois para ella era como una cárcel, con sus numerosos arqueros adornados de plumas y su guardia escocesa. Detestaba permanecer en aquel lugrube castillo y no disimulaba su enojo a nadie.

La boda de Luis XII con Ana de Bretaña iba de viento en popa. La reina, virtuosa por naturaleza, accedió por fin a los ruegos del monarca galo. El rey no se opuso a su fidelidad a Bretaña, aunque el patriotismo de ella estaba en gran conflicto con el suyo. Como duquesa de Bretaña, procedía como si sus acciones no repercutieran en el resto de Francia.

Cuando Luis XII se marchó a Italia, Ana de Bretaña esperaba el primer retoño de su nueva prole. Muy alejada del confort de un palacio estaba Luisa de Saboya, que sufría las penurias de un paraje desolador, donde el olor a tenerías le molestaba. Por encima de todo, deseaba un cobijo más acogedor y para lograrlo no dudó en acudir al encuentro de Ana de Bretaña.

La duquesa viuda de Angulema se hallaba en los fríos bosques de Romorantín. Recibió a la reina muy alegremente. A los pocos días nació Claudia de Francia, el 14 de octubre de 1499, que más adelante se convertiría en esposa de Francisco. Entre ambas podría haber existido más afinidad, pero era evidente que el ascenso de una conllevaba a la ruina de la otra. El hijo de Luisa seguiría siendo una amenaza hasta que Ana de Bretaña consiguiera alumbrar a un varón.



Ana de Bretaña se confiesa de rodillas ante un sacerdote que se inclina hacia ella para escuchar sus pecados en voz baja. Lo llamativo de esta imagen es que no se observa la típica separación de un confesionario. Este manuscrito iluminado hace parte del "Libro de las horas que la reina Ana de Bretaña " encargado para enseñar a su hijo, el delfín Carlos Orlando, hijo de Carlos VIII, (1492-1495) las enseñanzas del catecismo. Fue pintado en Tours por el maestro Jean Poyer, uno de los mejores artistas de Francia de finales del siglo XV.


Luisa quería afirmarse como protectora de su hijo. Sabía que el Mariscal de Gié no aprobaba que una dama fuera cabeza de familia, no sentía por ella la confianza necesaria para delegar en ella la educación del niño Francisco. La madre estaba cada día más convencida de que sí la alejaban de su retoño cuando cumpliera los seis años, no podría más tarde, jugar ningún papel decisivo en su carrera. La duquesa viuda de Angulema era consciente que debía luchar con todas sus fuerzas para imponerse frente al Mariscal. No hay dudas que de sería un combate implacable.


Bibliografía:

Hackett, Francis: Francisco I, rey de Francia, Editorial Planeta de Agostini, Barcelona, 1995.

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