viernes, 24 de diciembre de 2010

A Tudor Christmas


Estimados Lectores,


Admito que este año no ha sido tan prolífero con respecto a los artículos publicados. Siento haceros saber que varias obligaciones me han mantenido alejada del blog, más de lo que yo preveía. Espero que el próximo año pueda satisfacer con creces vuestras curiosidades históricas y revelar más a menudo datos interesantes sobre diversos personajes del Universo Renacentista. Siempre habrá un lugar reservado para Ana Bolena, Enrique VIII, Elizabeth I, Luisa de Saboya, Francisco I, Juana de Castilla, Felipe el Hermoso, Cesar y Lucrecia Borgia, Sancha de Aragón, Elizabeth Woodville, Eduardo IV y muchos otros más. Pero sobretodo, sois vosotros, mis lectores, lo que proporcionais alegría a esta corte. ¡Que sería de un palacio sin el bullicio y el exuberante alborozo de los cortesanos! ¡Mil gracias a todos por vuestros comentarios y visitas!



Os deseo de todo corazón una Feliz Navidad en compañía de vuestros seres queridos y un Próspero Año 2011 lleno de felicidad, prosperidad, paz, salud y grandes éxitos.

Un abrazo,


Lady Caroline
Los Líos de la Corte




Para finalizar os pongo un video de la tercera temporada de "The Tudors". Me complace mucho verlo ya que se contempla finalmente toda la familia de Enrique VIII reunida. Por fin, arregló las diferencias con sus hijas, María y Elizabeth gracias a la amabilidad y tacto de Jane Seymour.






viernes, 17 de diciembre de 2010

Luis XII rey de Francia, Francisco, ¿el nuevo duque de Orleáns?





Luisa de Saboya, grabado realizado en el siglo XIX por Paul Lehugeur

Luisa de Saboya se lanzó al ataque. Ahora que Luis, el primo de su marido, era ya rey de Francia habría que sacar la mayor ventaja posible de la situación. Deseaba vehementemente que se le otorgara el ducado vacante de Orleáns para Francisco. La paciente y perseverante condesa viuda arregló prontamente sus asuntos, y se dispuso a emprender un viaje a París para felicitar a Luis XII. Para darle fuerza en esos momentos tan decisivos, la acompañó su supuesto amante, el chambelán Juan de Saint-Gelais, mientras tanto, la que fuera querida de su marido, Juana de Polignac, permanecería en casa cuidando de los niños.

De repente, comenzaron a circular extrañas habladurías. Era cierto que la corona debería recaer sobre Luis de Orleáns, aunque también era conocido por todos que su figura estaba apartada del partido dominante del consejo. Además, en tiempos no tan lejanos el duque de Orleáns había sido considerado un rebelde y un traidor. ¿Todavía era posible conspirar contra él? se preguntó Luisa. Si bien que la idea se le pasó por la mente, no era muy conveniente obrar así ya que Francisco era apenas un niño de cuatro añitos, demasiado joven para que los partidarios de Luisa hubieran arriesgado arrebatar la corona a Luis para dársela a él.

A Luisa le daba la sensación que el nuevo rey no viviría demasiado. Luis XII contaba entonces con treinta y seis años y las enfermedades habían ya apoderado su cuerpo. Sus grandes pesares en Novara, y su larga estancia en la cárcel, a pesar de los deportes de todas clases a que se había dedicado, lo habían precozmente envejecido y deteriorado. Sus ojos eran saltones y brillantes, sus labios gruesos y secos, su cuello muy hinchado por un bocio. Probablemente padecía la enfermedad de Graves. Asimismo, se moderaba mucho en sus comidas, no tomaba más que carne hervida, y a horas fijas, pero le molestaba bastante que alguien se atreviera a presenciar su decaimiento. Cuando le daban achaques, se enojaba y gritaba; sin embargo, tenía fama de ser bastante callado, y cuando su salud se lo permitía, era amable, hablador y franco.






"Libro de la Horas de Luis de Orleáns" (1490)
. Retrato de Luis XII extraído del pasaje donde figura la Creación de Eva.

La presentación de nuevo soberano debía celebrarse con la pompa apropiada. A su predecesor, Carlos VIII, se le haría un entierro brillante, fastuoso, y luego se procedería a la consagración del nuevo rey y a su coronación. Se conmemoraría el suntuoso acontecimiento con fiestas, banquetes, haría su entrada oficial en París.

Luisa en el momento de solicitar el ducado de Orléans para su vástago, digamos que fue relativamente modesta en comparación a otras peticiones que se diligenciaban al mismo tiempo.Ana de Beaujeu, hermana del difunto Carlos VIII, no solamente se presentó ante el nuevo rey para reclamar una dote que en cierta ocasión se le había destinado por razón de un enlace, que nunca había tenido efecto, sino fue más lejos todavía queriendo que se esclareciera su derecho al título de Borbón. Ana de Bretaña, la reina viuda, quería regresar a su amado ducado, acarreando consigo logícamente todo lo que le correspondía.


Ana de Bretaña


Luis XII era un monarca apacible y cauteloso. Antes de otorgar cualquier veredicto, prefirió consultarlo con sus dos mejores consejeros; Jorge de Amboise y el Mariscal de Gié. Aquellos dos caballeros no dudaron en exponer su dictamen. Nombrar a Francisco Duque de Orleáns, hubiera sido el más insignificante de los quebraderos de cabeza del rey, si tenía intención de continuar casado con Juana de Valois sin esperanza de sucesión. Pero ahora viene el más complicado de sus dilemas, ¿qué se haría con el ducado de Bretaña? Luis cuando aún era solo un duque había cortejado a la heredera sin éxito.

Ana de Bretaña era una dama que haría cualquier cosa por su pueblo, a pesar de todo luchaba con mucho empeño por mantener la independencia de su ducado, fuerza y coraje nunca le faltarían. Sin embargo, Luis debería evitar a toda costa que esto ocurriera y la única forma de lograr la anexión de Bretaña a Francia sin duda era casándose con Ana. Aunque había una barrera que no le permitía avanzar en sus propósitos: ¡Luis ya estaba casado!


Continuará...

Bibliografía:

Hackett, Francis: Francisco I, rey de Francia, Editorial Planeta de Agostini, Barcelona, 1995.


http://www.kimiko1.com/research-16th/TudorMen/1490/index.html


http://www.moleiro.com/en/books-of-hours/book-of-hours-of-louis-of-orleans/miniatura/189


http://www.kimiko1.com/research-16th/TudorWomen/1500/index.html


sábado, 4 de diciembre de 2010

Los archiduques de Austria atraviesan Francia (2ª parte)





Las villas de Borgoña y de Francia dan la bienvenida a los Archiduques


Con semejante comitiva que acompañaba a los archiduques de Austria, obviamente el viaje tenía que ser lento. Cada villa por donde pasaban o pernoctaban quería homenajear a tan ilustres visitantes. En Mons estuvieron tres días; Doña Juana fue muy agasajada, pues era su primera visita, y la población le obsequió con dos jarras de plata doradas y una copa llena de florines de oro. La parada suposo que tardaran más de una semana en llegar a Valenciennes, donde también fue halagada la princesa de España, que recibió como regalo una palangana y una fuente de plata.

Tras dejar atrás Cambrai, entonces territorio del ducado de Borgoña,
el 16 de noviembre de 1501 alcanzaron la frontera francesa. En San Quintín, región de Picardía, fueron bien recibidos por los principales de la ciudad, quienes les agasajaron con unos espléndidos fuegos artificiales . A continuación, Felipe y Juana fueron hasta la iglesia para besarle la cabeza al santo.




La Basílica de San Quintín hoy en día

Después de tantas bienvenidas siguieron el camino hacía la capital del reino con parada obligada en Saint Denis, panteón real francés, donde escucharon misa cantada por sus chantres y les fueron enseñados los requicarios y sepulturas de los monarcas galos; con especial orgullo les mostraron la "taza de esmeralda allí guardada", ya que sentían por ella un particular aprecio "más que ninguna otra cosa de su tesorería".


Interior de la Basílica de Saint-Denis




Panteón de los monarcas franceses Carlos V (1338-1380) y Juana de Borbón (1338-1378) y de Carlos VI (1368-1422) e Isabel de Baviera (1370-1435).


El recibimiento en París

Al día siguiente, el 25 de noviembre, la comitiva llegó a París. Felipe pretendía impresionar a los parisinos con una entrada triunfal: colocó a doce pajes a caballo, vestidos con terciopelo carmesí, jubones de seda negra con brocados y sombreros blancos, portando bien hachas, bien alabardas. A media legua de la ciudad salieron a recibir a los archiduques las autoridades civiles y religiosas, y después recorrieron las calles para el regocijo del pueblo.



Saludado también por las autoridades de la universidad y del parlamento, el archiduque asistió a un Te Deum en Notre Dame y, como si del soberano se tratara, se le ortorgó el derecho a impartir la justicia.


En suma, fue un grato recibimiento para los archiduques verse colmados de tantas atenciones. Sucedieron también las fiestas con banquetes y bailes en los que participó Doña Juana.

Bibliografía:


Zalama, Miguel Á. Juana I. Arte, poder y cultura en torno a una reina que no gobernó. Centro de Estudios Europa Hispánica, 2010.

http://www.kimiko1.com/research-16th/TudorMen/index.html

martes, 23 de noviembre de 2010

El destino de Francia cobra un giro inesperado


Tratado de las virtudes cardinales en el que vemos a Luisa de Saboya representando la Prudencia, alrededor de 1510, pintura sobre pergamino.


El entorno de Luisa comenzó a murmurar que la joven viuda se había entregado a los devaneos del amor. El objeto de sus atenciones era su propio chambelán. El caballero en cuestión, era demasiado alegre, demasiado galante, insinuante y flexible, para no ser considerado peligroso. Además, el experto y amable gentilhombre ya no era ningún joven soñador en la flor de la edad, se conoce que rondaba los cuarenta años. Tenía por costumbre entrar y salir a su antojo de la residencia de la condesa de Angulema, una conducta obviamente sospechosa. Pero, ¿de verdad Luisa había sucumbido a una arrolladora pasión? El Mariscal Gié, consejero de Luis de Orleans, así lo creía y convino que lo mejor sería desterrarlo.



Pierre de Rohan, el Mariscal Gié (1451-1513). Retrato del siglo XIX


Más muertes irrumpieron en la vida de Luisa. En 1497, fallecía su suegra y poco tiempo después su padre. A partir de entonces, gozaría de más libertad para regir el destino de su hijo Francisco. Cuando se trataba de su "César" era su devota y enérgica protectora.

Tal vez fuera por razones de luto que Luisa permaneció alejada de la corte. Durante aquellos años, Ana de Bretaña dio a luz innumeras veces, y su esposo, Carlos VIII, se dedicaba a embellecer Amboise. Felizmente, la guerra con Nápoles había llegado a su fin, resultando ser un tremendo fracaso. En 1495, conquistó Nápoles pero pronto toda Italia se unió contra el invasor francés, obligándolo a retirarse. El pequeño rey estaba triste por lo sucedido, sin embargo, se distraía decorando sus jardines de inspiración napolitana. Sus naranjos florecían. Las ramas de sus perales doblábanse cargadas de fruto. Los artesanos italianos trabajaban el cuero, fabricaban perfumes, daban vida al alabastro. Mientras vivía inmersos en sus quehaceres, su esposa, Ana de Bretaña, luchaba para darle un heredero.




Presentación del Manuscrito al Rey. Chronique d'Amboise (La Crónica de Amboise). Posiblemente ejecutado en el taller de Jean Perréal. Finales del siglo XV. El autor se arrodilla para presentar su trabajo a Carlos VIII, quien es acompañado por dos cortesanos, uno de ellos es un halconero. En el fondo, vislumbramos el valle del Loira, donde destaca el castillo de Amboise.


El monarca francés estaba siempre atareado, asistía a justas y torneos, engrandecía sus posesiones, recibía embajadores
y escuchaba reclamaciones, mientras la idea de reconquistar Nápoles no desaparecía ni por un segundo de su mente. Pero un desgraciado accidente cambió bruscamente el rumbo de los acontecimientos.

Un día de verano de 1498, Carlos VIII escoltaba a su mujer, que quería ver un partido de tenis que se jugaba en el foso, y al atravesar una puerta baja para meterse en una especie de granero, en el que había una galería que daba a la parte superior, desde donde se apreciaba mejor el juego, el monarca se dio un golpe en la cabeza contra el marco. Aún tuvo las suficientes fuerzas para subir a la reina, y luego repentinamente sufrió un síncope.


Carlos VIII y Ana de Bretaña


Trajeron un viejo colchón y lo colocaron allí, a espera de una posible reanimación. Lo tuvieron en esas condiciones desde las dos de la tarde hasta las once de la noche, hora en la que dejó este mundo, después de haber vuelto en sí una o dos veces. No obstante, se baraja la idea que de en realidad fue envenenado. Tras hacerle la autopsia, se dijo que no había fallecido a consecuencia del golpe y se supo que había tomado una naranja poco antes del accidente. El fruto, al parecer, se lo habían enviado de Italia, de modo que circuló el rumor de que había muerto envenenado.


Luisa, con sus hijos, se encontraba en Cognac cuando ocurrió aquella desgracia. Su vida daba entonces un giro totalmente inesperado. Ana de Bretaña había tenido cuatro hijos varones y todos ellos habían muerto. Aquello era el final de la dinastía de Luis XI. El heredero sería, nada más nada menos que Luis de Orleans, a quien, a los catorce años, habían obligado a casarse con Juana de Valois, la hermana de Carlos VIII.

A diferencia de la atractiva Ana de Beaujeu, se dice que esta hija de Luis XI tenía el alma de una santa y el cuerpo de un monstruo. Cuentan que se le diagnosticó raquitismo y escoliosis, deformación de la columna vertebral y desarrollo desigual de los miembros inferiores y de la pelvis y una debilidad ósea generalizada. Cuenta la leyenda que su padre, Luis XI, la consideraba tan fea que la niña tenía que esconderse tras un biombo siempre que él entraba allí donde ella se encontraba.


Juana de Valois (1464-1505), duquesa de Berry


Luis, el duque de Orleans, veía sus esperanzas colmadas. Finalmente, había logrado ser rey de Francia, recibiendo el título de Luis XII. Su enlace sin sucesión con la princesa Juana dejaba vía libre para el heredero de Luisa de Saboya. El destino volvía a sonreír a la condesa viuda de Angulema. Francisco era ahora delfín, y Luisa podía dar gracias a Dios de que estuviera todavía bajo su cuidado.



Bibliografía:


Hackett, Francis: Francisco I, rey de Francia, Editorial Planeta de Agostini, Barcelona, 1995.


Kent, Princesa Michael: Diana de Poitiers y Catalina Medicis, rivales por el amor de un rey del Renacimiento, La Esfera de los Libros, Madrid, 2005.

http://alaintruong.canalblog.com/archives/arts_anciens/p30-0.html

http://www.kimiko1.com/research-16th/TudorMen/1490/index.html

http://es.wikipedia.org/wiki/Santa_Juana_de_Valois

lunes, 15 de noviembre de 2010

Los archiduques de Austria atraviesan Francia (1ª parte)


Juana es nombrada heredera

Tras decidir que Juana y su marido Felipe el Hermoso iban a ser sus sucesores, los Reyes Católicos, Fernando e Isabel, se apresuraron en llamar a los archiduques de Austria a España. A la infanta se le otorgaría el incuestionable título de heredera de los reinos de Castilla y Aragón. Pero antes de tomar tan ardua decisión, los monarcas e
spañoles tuvieron que sufrir una desgracia detrás de otra. La muerte de su único heredero varón, el príncipe Juan, a la edad de diecinueve años, fue un golpe muy duro, difícil de sobrellevar. Sin embargo, todavía los reyes tenían esperanzas que el retoño de la infanta Isabel, el príncipe Miguel de Portugal, pudiera sucederlos en el trono. Desgraciadamente, todo fue en vano, ya que el 20 de julio de 1500, a punto de cumplir dos años, falleció el niño.

La idea que Felipe el Hermoso gobernara sus reinos no agradaba mucho a los Reyes Católicos. No obstante, la ley sucesoria hacía Juana prince
sa y eso no se podía cambiar. El archiduque de Austria era un príncipe demasiado lejano y con intereses diversos en sus territorios patrimoniales, con frecuencia opuestos entre el legado borgoñón y los dominios de los Habsburgo que un día pasarían a sus manos, y que rara vez concordaban con las pretensiones de los hispanos. Mas existía algo más en su forma de actuar que enojaba a los españoles: su declarada tendencia francófila.

El pacto con el rey de Francia

Atribuido al Maestro de las Escenas de David en el Breviario Grimani, Libro de las horas de Juana de Castilla. Hacia 1500. Tinta sobre pergamino.


Convencido de la necesidad de mantener buenas relaciones con el país galo, Felipe el Hermoso decidió partir para España sin que el viaje provocara especiales recelos
en el rey de Francia. Al principio, pretendían emprender el largo recorrido por mar, aunque rápidamente accedió a la invitación de Luis XII de Francia, quien garantizaba el viaje a través de su territorio. La travesía sería mucho más lenta, pero más segura que exponerse a las adversidades de la mar. Además, no se quería ofender a los franceses con un rechazo que podría entenderse como un gesto hostil.

Luis XII empezaba a aplicar sus maniobras políticas. Había que darse prisa para promover un acuerdo con Maximiliano de Austria. Rápidamente, firmó un tratado de amistad con el padre de Felipe el Hermoso y quiso también atraer el archiduque para ratif
icar el acuerdo, no obstante, su propósito lógicamente también era debilitar a España. A mediados de septiembre de 1501, un enviado del monarca francés dio garantías de la buena marcha de la expedición a través de suelo galo, para lo que Luis XII ponía a entera disponsición de Felipe "cuatrocientas lanzas".


Luis XII de Francia

Aunque no todo fue un camino de rosas. Ir recorriendo los territorios franceses conllevaba quedarse a la merced del soberano galo y tardar semanas en alcanzar la frontera española, empleando un tiempo y un dinero desnecesarios. Por lo tanto, si tenemos en cuenta la parafernalia que acompañaba a los archiduques de Austria durante cada viaje que emprendían, nos daremos cuenta que los gastos era mucho mayores que en barco. Necesitaban una interminable caravana de carros y animales de carga para portar los enser
es y el séquito.

Asimismo, el aumentar las jornadas de camino crecía también la partida destinada a la manutención, con lo que el gasto de multiplicaba. No obstante, la rapidez, economía e independencia no fueron motivos suficientes para decantarse por la mar; ni siquiera influyeron los deseos de los Reyes Católicos, que les disgustaba profundamente que su heredera y su esposo estuvieran sometidos al rey de Francia.


Felipe el Hermoso


Una espléndida comitiva

Después de haber dejado a sus hijos, Leonor, Carlos y la recién nacida Isabel, en Malinas a cargo de Ana de Borgoña, señora de Ravestein, y de haber nombrado al conde de Nassau lugarteniente general y principal gobernador en su ausencia, el 4 de noviembre de 1501 Felipe el Hermoso partió de Bruselas al frente de una impresionante comitiva. La integraban sus principales: François de Busleyden, arzobispo de Besançon; Henri de Berghes, obispo de Cambrai y canciller de la Orden de Toisón de Oro; su hermano, Jean de Berghes, primer chamberlán; Jean de Luxemburgo, señor de Ville, segunda chambelán; y Philibert de Veyre entre otros.

Doña Juana también estaba rodeada de muchas personas preeminentes, entre las cuales no podrían faltar la poderosa Jeanne de Comines, dama de Halewijn, que encabezaba su séquito de "treinta a cuarenta" mujeres, todas del "país de monseñor el archiduque", a las que había que añadir a las españolas, de las cuales, aun siendo seguramente más, el cronista menciona a siete: María de Aragón, hija del condestable de Navarra; María Manrique, hija del señor de Bardizcar; María Manuel, hija de don Juan Manuel, Blanca Manrique, sobrina del duque de Nájera; Beatriz de Bobadilla, sobrina de la marquesa de Moya, y Aldara de Portugal, bisnieta del infante don Dinis de Portugal, damas que había ido con Doña Juana en 1496 y entonces emprendían el viaje de vuelta.



Extrato de la obra "La Virgen entre las Vírgenes " del pintor flamenco Gerard David. Hacía 1509


Continuará...


Bibliografía:

Zalama, Miguel Á. Juana I. Arte, poder y cultura en torno a una reina que no gobernó. Centro de Estudios Europa Hispánica, 2010.

http://www.carlosadeva.com/retratos%20y%20personajes.html

http://www.kimiko1.com/research-16th/TudorWomen/1500/index.html

sábado, 6 de noviembre de 2010

Carlos II, el ansiado príncipe de España


Mariana de Austria, reina de España. Obra de Diego Velázquez. Hacia 1652.


En noviembre de 1661 la monarquía española estaba ansiosa de que el embarazo de la reina Mariana de Austria llegara a buen término. Había mucha expectación si alumbraría o no un hijo varón, ya que acababa de morir el príncipe Felipe Próspero sin llegar a cumplir los cuatro años, y con él se había ido también, la esperanza de que Felipe IV diera continuidad a la dinastía. Sucesión había, aunque las dos infantas, María Teresa y Margarita, contaban muy poco para las maniobras del propio monarca y sus consejeros de Estado. Asimismo, había que hacer frente a ciertos rumores malintencionados que señalaban que el embarazo de la reina se produjo en la última cópula matrimonial lograda por Felipe IV, quien a estas alturas de su vida era un viejo lleno de achaques de muy diversa índole, incluidos los de tipo venéreo, consecuencia de sus escarceos amorosos.

La reina estaba aprensiva a igual que su esposo. Había sido educada, desde su primera infancia, en las políticas de Estado, y siempre supo lo que significaba la herencia dinástica. Por eso entendía el dolor de Felipe IV al presenciar que sus esperanzas se desvanecían después de la muerte prematura de Felipe Próspero, ocurrida el día de todos los Santos de 1661. El tierno infante, no era sino el último episodio mortal de una sucesión larga de ellos. De hecho, Mariana había sufrido una trágica experiencia maternal

Apenas contaba con quince años cuando tuvo que abandonar su Viena natal para trasladarse a Madrid y contraer matrimonio con su propio tío, el rey de España, hermano de su madre, la emperatriz María. Además, al ser hija de una infanta española, se daba por hecho que conocía la lengua y los usos cortesanos propios de su nuevo reino. El matrimonio se celebró en 1649, los propios contrayentes no vieron mal alguno en cuanto al parentesco que los unía. Cabe mencionar que la diferencia de edad también era un hecho notable ya que les separaba veintinueve años. El rey entonces contaba con cuarenta y cuatro años.


El infante Felipe Próspero (1657-1661). Obra de Velazquez. Hacía 1559


Finalmente, llegó el esperado domingo, 6 de noviembre, y todo parecía preparado para el ansiado alumbramiento. Los doctores y médicos, sobre aviso; el confesor de la reina cerca de ella y el mayordomo de su Casa repasando con todo cuidado la disposición de los enseres de la cámara del natalicio. Para garantizar que todo transcurriera bien se habían dispuesto en orden todas las santas reliquias que se encontraban en el palacio y otras traídas desde El Escorial y otras partes. Todo estaba, por lo tanto, a punto para recibir el nuevo retoño real.

A mediodía, tras un almuerzo moderado, Felipe se retiró a sus aposentos. A la misma hora la reina sintió molestias y se dirigió hacia su cuarto. La comadre Inés de Ayala y el protomédico de la Real Cámara, don Andrés Ordoñez, testigos ambos en 1634 del nacimiento en Viena de aquella reina, la asistían ahora en su sexto parto, el más anhelado de todos. Mariana de Austria tenía, entonces, veintisiete años. Para la alegría de todos, la soberana dio a luz a un varón en la pieza de la torre del Alcázar madrileño, las crónicas de la época aseguran que no hubo contratiempo alguno.


El rey Felipe IV


Según el documento oficial de la Gaceta, "vio la luz de este mundo un príncipe hermosísimo de facciones, cabeza grande, pelo negro y algo abultado de carnes". Sin embargo, por los mentideros de Madrid y de la corte empezaban a circular rumores que retrataban al heredero de forma muy distinta. En realidad, pese a las alentadoras proclamaciones oficiales, lo cierto era que la salud del heredero dejaba mucho que desear. Todos los datos que poseemos acerca de los primeros años de vida del príncipe Carlos coinciden en señalar la escasa salud de la criatura y los problemas permanentes que su crianza supuso. Incluso, circularon absurdos cotilleos por las cortes europeas que en vez de niño había nacido niña.




El futuro Carlos II


La falta de vitalidad del príncipe, fruto del abuso de los matrimonios endogámicos, llevó a que se extremasen los cuidados sobre su persona. Aquejado de raquitismo e invadido por una extrema debilidad, su pobre salud y aspecto fueron pronto objeto de burla en sátiras y coplillas populares.

Aquel niño fue recibido con mucha alegría. En efecto, a las tres de la tarde, cuando la noticia ya se había propagado por todos los rincones, un Felipe IV, pálido, sobrio y elegantemente vestido de negro terciopelo, salía de su cámara y, "acompañado del Nuncio, Grandes y Embajadores", se dirigía hacia la capilla de palacio con todas las etiquetas cortesanas. Allí, el cortejo real presidido por el monarca cantó un solemne Te Deum, comenzando así los festejos que, en honor de aquel príncipe de España, ocuparon todo aque mes de noviembre de 1661. Felipe IV volvía a recobrar el optimismo y la confianza. Por otro lado, intentaba no mostrarse demasiado radiante, la etiqueta española le imponía contener sus emociones.

Por todas las partes se celebraron solemnidades religiosas, se cantaron más te deums en acción de gracias y se invocó la protección divina para el recién nacido. También se festejó el acontecimiento con luminarias y corridas de toros, que eran los regocijos populares habituales en estas ocasiones. Mientras el pueblo estaba inmersos en las festividades, cientos de adivinos y astrólogos divulgaban sus presagios. Declaraban que el príncipe efectivamente llegaría a ser Rey. Las cartas astrales jugaban mucho a su favor: Saturno era el planeta que enviaban sus mayores efluvios, un astro que se encontraba en el horizonte de la corte de España, próximo a Mercurio y muy cerca del Sol. Todo avecinaba un futuro próspero, y más aún por su emblemática fecha de nacimiento, día 6 de noviembre, ya que este número era símbolo de "tantas y tan raras excelencias".


Carlos II niño a caballo. Obra de Sebastián de Herrera Barnuevo. Hacia 1670.



Bibliografía:

Conteras, Jaime: Carlos II el Hechizado. Poder y melancolía en la Corte del Último Austria. Temas de Hoy, 2003.

Calvo Poyato, José: Carlos II el Hechizado y su época. Colección memoria de la historia, Editorial Planeta, 1991.

Ribot, Luis: Carlos II: El rey y su entorno cortesano. Centro de Estudios Europa Hispánica, 2009.

La entrada de hoy es mi pequeño homenaje para conmemorar el 349 aniversario del nacimiento del último monarca de la Casa de Austria, Carlos II, conocido como "el Hechizado". El artífice de esta iniciativa es CAROLVS, mi estimado compañero de la blogosfera y autor del blog Reinado de Carlos II. Les recomiendo encarecidamente que lo visiten.

miércoles, 27 de octubre de 2010

La tenacidad de la condesa viuda de Angulema


La súbita muerte de Carlos de Orleáns, acaecida cuando éste contaba con treinta y seis años de edad, víctima de una pulmonía o pleuresía, es de suponer que fue un auténtico pesar; algunos de sus servidores estaban llorosos y tristes, pero para la joven viuda, que todavía no había cumplido los veinte años, la pérdida de su esposo no representaba un hecho castastrófico por el momento. Sin embargo, si el conde hubiera sobrevivido unos pocos años más, la unión podría haber producido una larga dinastía de vástagos, que hubiera permitido a Luisa disfrutar de un seguridad plena con respecto a la descendencia. Un sólo hijo varón no era garantía de nada,en una época en que la muerte súbita de lo niños era un temor recurrente en cualquier hogar, sea de la plebe o de la nobleza.


En Cognac tenía ardientes partidarios, no obstante, en la corte no disponía de amigos pudientes. Su riqueza era muy limitada. El conde de Angulema, en el testamento no le confiaba a Francisco. Era normal que Luisa de Saboya no se fiaba de las intenciones de los parientes de su difunto marido, razones no le faltaban. Luis de Orleáns, primo hermano de su marido, tenía un aliado que le aconsejaba a que participara activamente en la educación del pequeño Francisco. Era una hábil jugada y de cierta forma previsora. El chico podía un día ser rey de Francia. Moldearlo a su antojo desde el principio, podría llegar a convertirse en una fuente inagotable de poder para el caballero o los caballeros que lo hicieran.

Luis de Orleáns

Luisa no era una dama tímida y complaciente, estaba muy lejos de creer en la buena voluntad y en la tolerancia de sus parientes. En aparencia era una triste viuda apenada, pero en realidad velaba por los intereses de su hijo Francisco, como una leona que defiende a su cría, siempre alerta y con una intuición extraordinaria para preservar del mal a lo que tan suyo era. No representaba sólo el instinto ilimitado de una madre que proteje a su niño, tratábase de una propietaria de un niño varón en cuyo própero destino creía con todas las fuerzas de su ser.

Entonces, reclamó ella el pago de su dote. Era una solución práctica contra Luis de Orleáns que no quería ceder, y estó le valió quedar como guardiana de su hijo. Francisco tendría que ser rey a toda costa, a base de tesón sería capaz de lograr el ansiado triunfo. Teniendo en cuenta que todos los vástagos de Carlos VIII y Ana de Bretaña había fallecido siendo bebés, las posibilidades que su retoño se alzara con el trono eran inmensas. Aunque todo no era un camino de rosas, siempre estaría Luis de Orleáns interponiéndose en su camino.

La incertidumbre de la herencia de su hijo despertaba en ella todos los instintos protectores. Pero las personas que la rodeaban eran, por ahora, leales. Tanto ella como sus satélites, los Saint-Gelais y los Polignac, mantendríanse a su lado contra viento y marea. Ahora le tocaba administrar las tierras que había dejado a su cargo el fallecido conde, Cognac, Angulema, Romorantín y Melle.

Los primeros años de su viudez los pasó en el seno de su familia. Los consejeros de Carlos VIII decidieron que Luis de Orleáns sería tan solo el guardián del niño, comprobaría sus gastos y estaría al tanto de los cambios que sucedieran en la casa. Contrató Luisa de Saboya a Juan de Saint-Gelais como chabelán, y a los Polignac no se les dijo nada. Su causa la absorvía por completo.



El autor de manuscrito iluminado presenta su obra a Carlos VIII, c1475-c1498. Se arrodilla ante el rey y sus cortesanos, y le entrega el libro. El monarca tiene un halcón en una mano. Detrás de ellos, el revestimiento de paredes está decorado con la flor de lis que indica que él es el rey de Francia.



Bibliografía:


Hackett, Francis: Francisco I, rey de Francia, Editorial Planeta de Agostini, Barcelona, 1995.


http://www.heritage-images.com/Preview/PreviewPage.aspx?id=1224936&pricing=true&licenseType=RM