martes, 8 de diciembre de 2009

La educación de Ana Bolena en los Países Bajos: Segunda Parte


Retrato póstumo de Ana Bolena, fechado en el siglo XVII


La espléndida corte de Malinas era un centro humanista, capital de las artes y las letras del norte de Europa. Allí se reunían poetas, pintores, escultores, arquitectos y literatos. La regente Margarita guardaba en su palacio obras de Hieronymus Bosch, Jan Van Eyck, Jacobo de´Barbari y de otros artistas de renombre. Se sabe que Ana Bolena al final de su vida fue mecenas de Hans Holbein el joven, su buen gusto por el arte posiblemente fue un legado que le transmitió la regente Margarita de Austria. Se cree que Ana posiblemente habría contemplado de cerca El Matrimonio Arnolfini.



El Matrimonio Arnolfini (1434) de Jan Van Eyck


La archiduquesa también coleccionaba una extraordinaria biblioteca provista de muchos libros y manuscritos ilustrados. Entre los manuscritos más destacados se encontraba "Las muy ricas horas del Duque de Berry" (Les Très Riches Heures du Duc de Berry) y otras asociadas a Margarita de York (que era esposa de Carlos el Temerario y hermana de Eduardo IV de Inglaterra).




Las muy ricas horas del Duque de Berry (1411-1416) obra de los hermanos Limbourg. La escena corresponde al mes de abril y retrata a una pareja intercambiando anillos.


Cabe destacar también los libros musicales, en ellos se incluían misas, motetes y canciones que influenciaron significativamente el gusto de Ana por la buena música. Entre los músicos que se encontraban en la corte de los Habsburgo estaban Pierre de la Rue, Antoine Brummel, Pierrequin de Therache y Josquin des Prez, el más popular de todos los compositores. Nuevamente la archiduquesa sería un ejemplo a seguir ya que su música era muy valorada, especialmente cuando tocaba el clavicordio. Se observa que Ana desarrolló considerablemente sus habilidades musicales, y lo más probable es que asistiera clases de clavicordio con Henri Bredemers, preceptor del futuro Carlos V y de sus hermanas.


Josquin de Prez (1440-1521)


Bibliografía:

Ives, Eric: The life and death of Anne Boleyn: "The most happy", Blackwell Publishing, 2004.

Warnicke, Retha M.: The rise and fall of Anne Boleyn: family politics at court of Henry VIII, Canto, Cambrige University Press, 1996.

domingo, 29 de noviembre de 2009

El teatro en los primeros tiempos de los Tudor

En los primeros tiempos de los Tudor el teatro consistía principalmente en milagros (mystery or miracle plays) y moralidades (morality plays) medievales, que pocas veces se representaban en la corte y pasaron de moda con la Reforma; "entremeses" (interludes), que fueron los sucesores de las moralidades; espectáculos y mascaradas, en los que la música y la danza eran más importantes que el argumento. Busquemos primeramente el significado de las representaciones de carácter medieval.

La palabra "mystery" no alude a ningún tipo de misterio (religioso o de otra índole) sino que se refiere a "mastery" (pronunciado mystery) indicando la destreza y el esfuerzo que los distintos gremios exhibían en las representaciones. El término "miracle" está asociado al contenido de las obras ya que la mayor parte de ellas tiene como argumento principal un milagro o, más popularmente, algún episodio bíblico.

Los morality plays se alejan de carácter histórico religioso de los mistery plays, predominando su enfoque didáctico. Surgen en el siglo XV, la primera obra que se tiene constancia es The Castle of Perseverance, de 1425. Estas representaciones conllevan una serie de instrucciones espirituales o morales que son puestas en escenas a través de diálogos entre los distintos personajes que representan cualidades abstractas tales como el orgullo, la razón, el miedo, etc. Podemos decir que poseen una fuerte carga alegórica.


The Castle of Perseverance (único manuscrito que se conserva)


Los entremeses (interludes), más populares en la era Tudor, eran obras breves de tema popular que se interpretaban en los intervalos entre las diversiones de la corte. Las tramas son muchas más seguras y fuertes, de carácter secular e se incorporan temas distintos de los religiosos tales como el amor o el clima. El dramaturgo contaba aquí con nuevas posibilidades en lo referente a espacio (por ejemplo las puertas) , e introducían algún elemento cómico, para que la función fuera más amena y entretuviera a los presentes.

Los interludes eran representados por actores que iban especializándose y comenzaban a ser actores profesionales, o semiprofesionales, dedicados exclusivamente a la representación de estas obras. A finales del siglo XV hay ya incluso evidencia de la formación de pequeñas compañías teatrales, la mayoría itinerantes, pero algunas bajo el mecenazgo de algunas familias importantes o de hombres de estado. El ejemplo más antiguo que se conserva es Fulgens and Lucrece, escrito por Henry Medwell hacía 1486-1490 para John Morton, cardenal arzobispo de Canterbury.


Fulgens and Lucrece


Los interludes eran piezas teatrales muy bien acogidas en las grandes mansiones y palacios de la época e incluso encontraban defensores en personas tan ligadas a la fé y a su causa católica con Sir Thomas More a quien le encantaban y quien escribio algunas comedias. Cabe destacar que Sir Thomas actuó en los interludes cuando era joven y servia en la casa del cardenal Morton.

La intención de los autores de esas obras era mezclar "el regocijo con el pudor", los personajes eran cómicos o alegóricos y los argumentos podrían ser satíricos, moralizadores o burlescos. El texto se escribía a menudo en versos ramplones. Los encargados de representar los interludes eran grupos pequeños de actores ambulantes que visitaban la corte, las grandes casas de la nobleza, las universidades y los colegios de abogados y procuradores. Hasta siete grupos diferentes podían actuar para Enrique VIII en un solo año y muchos de ellos recibían recompensas del soberano. Algunas compañías como los Cómicos del Rey y los Cómicos de la Reina, eran empleados de forma permanente por la Cámara.

En esa época destacaron los dramaturgos:

John Skelton (c. 1460 - 1529): Perceptor de Enrique VIII durante su infancia y primer gran poeta de la época Tudor. En cuanto al teatro que escribió, Magnificence es un drama moralizante con un argumento civil.


John Skelton


John Rastell (c. 1475-1536): Estaba casado con la hermana de Thomas More y también destacó por escribir interludes, el más famoso de ellos es The Nature of the Four Elements (1520). No olvidemos de mencionar Calisto and Melebea (1530?), una historia de amor basada en la obra de Fernando Rojas, "La Celestina". Rastell era un hombre de leyes de múltiples talentos que también trabajaba como impresor, ingeniero militar y artista decorativo. En 1517, Rastell ayudó a emprender la primera expedición inglesa a América con fines colonizadores; por desgracia no llegó más allá de Irlanda.



Calisto and Melebea


John Heywood (c. 1497 - c. 1580): Uno de los mejores autores de interludes antes de la Reforma, se casó con una sobrina de Thomas More y trabajó para la corte a partir de 1519, al principio en calidad de cantante. También escribió música para laúd e intrumentos de teclado y no se le daba mal la poesía. Sus obras más famosas eran The Play of the Whether (1533) y The Four PS (1544). Se dice que Heywood se libró por poco de ser ejecutado por traidor en 1544, sólo porque el rey admiraba tanto su obra.



John Heywood



Bibliografía:

Weir, Alison: Enrique VIII el rey y la corte, Círculo de Lectores, Barcelona, 2004.

Concha Muñoz, Ángeles de la; Elices Agudo, Juan Francisco; Zamorano Rueda, Ana Isabel: Literatura inglesa hasta el siglo XVII, editorial UNED, Madrid, 2009.

sábado, 21 de noviembre de 2009

Tercera carta de amor de Enrique VIII a Ana Bolena

Cuando el brote de sudores asoló Inglaterra en el verano de 1528, Enrique VIII no podía ocultar su constante inquietud por el bienestar de su estimada dama. El rey perdió a uno de sus grandes amigos, William Compton, y María Bolena a su complaciente marido, William Carey. Sólo en Londres fueron cuarenta mil personas afectadas por la enfermedad. Enrique se sintió alarmado ante la idea que Ana Bolena pudiera haberse contagiado e inmediatamente le escribió para aliviar su angustiosa intranquilidad:

Yo os suplico, amada mía, que no os asustéis ni os dejéis inquietar por nuestra ausencia. Sabéis que dondequiera que yo esté sigo siendo vuestro; pero no tenemos más remedio que someternos, a veces, a las circunstancias, y los que luchan contra el destino se ven siempre alejados del bien que desean, por lo que os ruego que hagáis los posible por hallar consuelo y valor preocupándoos lo menos posible por esta desgracia, pues espero que antes de que pase mucho tiempo podremos "chanter le renvoye".
Sin más por el momento, pues me falta tiempo, si no es para deciros que querría teneros entre mis brazos.

Entonces Enrique recibe la noticia que más temía, su querida Ana había sucumbido al "mal del sudor", aunque de una forma muy leve. Le vuelve a escribir a su enamorada:

De pronto, una noche, llegóme la noticia más terrible que es posible imaginar. Y espero veros muy pronto. Con ello recibiré la satisfacción más grande que podría ofrecerme la vida.

Las plegarias de Enrique serían escuchadas, Ana no tardaría mucho en recuperarse y pronto la pareja volvería a reunirse.




Enrique VIII y Ana Bolena, cuadro de Arthur Hopkins (1848-1930)



Bibliografía:


Hackett, Francis: Enrique VIII y sus seis mujeres, Editorial Juventud S.A., Barcelona, 1975.


martes, 17 de noviembre de 2009

Segunda carta de amor de Enrique VIII a Ana Bolena



Al recibir una de las apasionadas carta del rey, Ana Bolena se decidió a escribirle asegurándole que él, solo él, poseería su corazón en el momento que quedase totalmente libre. Era, a la vez que una carta de amor, una contestación al regio ultimatúm, y con el objetivo de subrayar sus palabras dándoles más expresión, envió también una prenda de su afecto.Toda las dudas que había sufrido quedaban derrotadas por la absoluta certeza de que Ana no pertenecía a Thomas Wyatt ni a ningún otro hombre y que muy pronto llegaría a ser suya. Enrique VIII explotó de júbilo en su respuesta:


"Os doy las gracias de todo corazón por un presente de tan alto valor que ninguna otra cosa podría igualarlo, no sólo por el valioso diamante y la nave en la que se mece la solitaria doncella, sino muy principalmente por el significado que encierra y la humilde sumisión que supone vuestra bondad hacia mí.

“Creo que me sería muy difícil hallar ocasión para merecerlo si no me asistiera en tal empeño vuestra bondad y favor, los que deseo obtener y preservar por todos los medios a mi alcance; tal es mi firme intención y esperanza según el lema aut illic aut nullibi.

Las demostraciones de vuestro afecto son de tal categoría, y los elevados pensamientos de vuestra carta hállanse tan cordialmente expresados, que me obligan a honraros, amaros y serviros sinceramente y para siempre, rogándoos que continuéis firme en el mismo propósito y asegurándoos que, por lo que a mí incumbe, no sólo he de corresponderos debidamente, sino rebasaros en lealtad de corazón, si ello fuera posible.

Igualmente deseo que, si alguna vez con anterioridad a esta fecha os hubiera de algún modo ofendido, me dierais la misma absolución que de mí solicitáis, asegurándoos que, de aquí en adelante, mi corazón sólo a vos estará dedicado. ¡Ojala pudiera también estarlo mi cuerpo todo! Y así será, queriéndolo Dios, a quien he de rogar diariamente con tal objeto, en la esperanza de que mis plegarias serán al fin escuchadas.

Deseando que el tiempo que haya de transcurrir sea escaso, aunque a mí ha de parecerme largo con exceso.

Escrito de mano del secretario que de alma, cuerpo y voluntad es

Vuestro leal y más seguro servidor

H busca A.B. ningún otro Rey.

(H seeks A.B. no other Rex).

A continuación os pongo un video donde podéis apreciar fragmentos de las cartas que Enrique escribió a Ana Bolena. La fecha exacta de cuando fueran redactadas estas correspondencias es desconocida, no obstante los historiadores estiman que fue entre 1527 y 1528. El monarca escribió nada más y nada menos que 17 cartas a su dama.


http://www.youtube.com/watch?v=pq_qK_FXnhQ


Bibliografía:

Hackett, Francis: Enrique VIII y sus seis mujeres, Editorial Juventud S.A., Barcelona, 1975.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Doña Sancha de Aragón, La cautiva de los Borgia: Quinta Parte

A Sancha se le reconoció su soberanía y abolengo en la corte papal, pero apesar de ello, sabía que era un mero títere en las manos de su nueva familia y su función basicamente en el Vaticano consistía en apaciguar las relaciones de Alejandro VI con el reino de Nápoles. La intención del Papa no era otra que la de asegurarse un aliado frente a los posibles conflictos con las naciones vecinas. Como veremos más adelante, Su Santidad poseía un carácter muy inestable y cambiaba de partidarios conforme sus intereses y maniobras políticas.

Lejos de mostrarse enojada ante un matrimonio de conveniencia, Sancha se adaptaba como podía a la vida marital, no odiaba ni maltrataba a su marido, todo lo contrario, lo apreciaba incluso demasiado y lo defendía a medida de su alcance. No obstante, no le prodigaba ese sentimiento tan sublime que nos oprime el alma: el amor. Una mujer dotada de un fuerte carácter con ella, solamente sería capaz de amar a un caballero más rebelde y despiadado. Ahí es cuando entra en escena su cuñado, César Borgia. El hermano de su esposo poseía todas esas cualidades, hasta en demasiada abundancia, que ella esperaba de un hombre. Su sangre bullía de deseo por el todavía cardenal Borgia y no dudó en entregarse a vivir una arriesgada aventura amorosa a su lado.


César Borgia por Altobello Melone (Accademia Carrara, Bérgamo).

¿Pero quién era ese enigmático personaje?

Al parecer, César Borgia (1475-1507) a sus veintiún años era un irresistible galán. Esbelto, ágil, de pelo castaño, piel morena, frente despejada, ojos oscuros y profundos, era el prototipo de hombre ideal para cualquier mujer. Sus modales era exquisitos, aunque fríos, su intachable y distante cordialidad y cierto aire distraído escondían deconfianza y misterio. Tal vez esta era la razón por la cual resultaba tan enigmático ante los ojos de las damas. Estaba dotado de una gran fortaleza y de un extraordinario vigor físico: se cuenta que doblaba con las manos lanzas y barras de hierro, cazaba desde la mañana hasta la noche y sobrellevaba cualquier adversidad sin inmutarse. Su virilidad no tenía nada que aspirar a la de su padre; tuvo muchas amantes a los largo de su vida, entre ellas Sancha de Aragón, a las que algunas siguió manteniendo cuando sucumbió a la sífilis, para entonces se vió forzado a llevar guantes y a ocultar la cara para tapar las repulsivas llagas.

Sin embargo, su entrega a los placeres no le impidió destacarse en sus estudios, coronados por una licenciatura en derecho canónico y civil, lograda entre los dieciséis y los diecisiete años. Su padre proyectó para él una carrera eclesiástica, como era tradicional para el segundón de las familias nobles, en tanto que su hermano Juan, nombrado duque de Gandía, ocuparía el cargo de capitán general de los ejércitos pontificios. Antes de cumplir los veinte ya era arzobispo de Valencia y poco después cardenal.


El día de Pentecostés, 22 de mayo de 1496, se celebraba en San Pedro una función a la cual había acudido el papa con su corte cardenalicia y todas las mujeres de la casa borgia, con Lucrecia y Sancha a la cabeza. Presidía el oficio un capellán español, que se sentía muy honrado por predicar en un ambiente tan distinguido con era la corte papal. Su sermón resultó bastante aburrido para los oyentes, las mujeres que permanecían de pié, se fatigaban , y todos incluído Alejandro VI, estaban impacientes y no veían la hora que el sacerdote concluiera su cometido.

De repente, en aquel ambiente repleto de semblantes hastiados, algo de movió, y se contempló a Sancha y a Lucrecia, con sus vestidos que entre grandes pliegues no conseguían ocultar la agilidad de sus cuerpos, subir a los asientos de los canónigos de San Pedro donde solían cantar los Evangelios. Las doncellas que las acompañaban siguieron sus ejemplos y se reunieron con sus señoras. Hubo un gran bulício en el sala mientras ellas se acomodaban, se arreglaban los vestidos, se saludaban con risas y sonrisas, figiendo que les importaba lo que decía el predicador, mientras que los demás estaban estupefactos ante su conducta, pero que al mismo tiempo la consideraron muy divertida. De lo que no había duda, era que la rebeldía de Sancha ya se dejaba notar, la idea de desplazarse de sitio, según parece, había sido suya y Lucrecia muy a gusto se había limitado a seguirla en su propósito.


Autógrafos y firmas de Julia Farnesio, Adriana Mila, Vanozza Cantanei y Sancha de Aragón (el suyo es el último del extremo derecho). Archivo Secreto Vaticano.



Bibliografía:

Bellonci, María: Lucrecia Borgia, su vida y su tiempo, Editorial Renacimiento, México D.F., 1961.

Gervaso, Roberto: Los Borgia: Alejandro VI, el Valentino, Lucrecia, Ediciones Península, Barcelona, 1996.

http://es.wikipedia.org/wiki/C%C3%A9sar_Borgia

viernes, 23 de octubre de 2009

La malograda conquista amorosa del delfín Francisco

Retrato de una dama desconocida

El futuro rey Francisco I de Francia, a la tierna edad de quince años, fue invadido por primera vez por un desmesurado amor plátonico, algo irremediable de evitar en los conflictivos años de la adolescencia. Era el año de 1509, y nuestro protagonista se alojaba junto a su madre y hermana en el castillo de Blois. Un cierto día, en la iglesia, sus ojos se cruzaron con una joven morenita clara, pequeña y de espléndidos modales. En ese mismo instante, quedó totalmente cautivado por ella y no descansaría hasta saber quién era esa dama que acababa de robarle el corazón.

El primer paso que llevó a cabo fue relatar sus inquietudes a su confidente hermana Margarita. Ambos recordaban conocerla, solía ir con Margarita para jugar juntas a las muñecas. Supo que su nombre era Françoise y que era cuñada del mayordomo que tenían en Blois, o sea que estaba casado con la hermana de ella, y claro está que Françoise vivía allí, en una de las casas de la plaza. Contaba precisamente dieciséis años, uno más que Francisco. Aunque no era una dama de la corte, Margarita, para complacer a su hermano, decidió invitarla a todas las celebraciones que se dieran en el castillo. Francisco no podía creer que la había conocido en sus años infantiles, y sin embargo, ahora la contemplaba desde una óptica totalmente distinta. Estaba tan apasionado que su hermana no tenía coraje de negarle nada.


Françoise, algo tímida, se percató del efecto que hizó sobre el delfín. Decidió cambiar de sitio en la iglesia, y el joven inmediatamente se movió de su asiento para seguir mirándola sin ningun reparo. De cierta forma, ella en el fondo de su corazón, correspondía a los anhelos del delfín. No obstante, sabía que aventurarse en una relación con un joven de tan alta alcurnia, que incluso podría un día ser rey, no era exactamente lo que más le convenía. Era obvio que para Francisco ella unicamente sería un entretenimiento pasajero y al poco tiempo la abandonaría. Era imposible aquello fuera más allá, ella no era más que una plebeya entre el montón.


Françoise se sintió incomoda ante tantas atenciones y decidió oír misa a otra capilla, pero aquel gesto sólo hizo que se convirtiera en un juego cada vez más excitante para el delfín. No obstante, Francisco no poseía plena libertad para ir en su busca, su madre, Luisa de Saboya, estaba al asecho y vigilando cualquier imprudencia por parte de su vástago. Aquello no era suficiente para detenerse, él nunca se echaba para atrás ante los obstáculos. Viendo que su amada se negaba a dirigirle la palabra, organizó un plan muy osado que le llevaría hasta el dormitorio de la muchacha.



Retrato de Francisco a la edad de 21 años (1515)

El delfín Francisco, cabalgando en su impetuoso córcel, se encaminó hacía la ciudad, y una vez estuvo en la plaza dónde ella vivía, puso el caballo a galope dejándose caer en un hoyo y para colmo en frente a la residencia de Françoise. Los caballeros que le escoltaban lo sacaron de allí repleto de barro. Protestaba por su mala suerte y hasta cojeaba. A pesar su estado impresentable, su hombres no demoraron ni un instante en ayudarlo a subir las escaleras de la casa de su dama y se atrevieron a dejarlo en la cama de la joven, mientras un mensajero se daba prisa en ir en busca de otro traje.


Françoise había contemplado el espectáculo desde una una ventana y se había acelerado a resguardarse en un desván, de dónde fue rapidamente hallada por su cuñado, el mayordomo. La llevaron hasta Francisco y dejaron sola ante él, tremula y agitada. El delfín tendido en la cama, la cogió de la mano.


- ¿Por que huyes de mí? ¿Por qué me torturas, Françoise? Yo no soy malo. Yo no voy a devorarte. ¿Por qué no me dejas que te mire?

Sus súplicas no sirvieron de nada, ella se apartó de él. Toda la población había observado cómo entraba en la casa y nadie creería que no hubiera yacido con él.

-No, Monsieur, no. Lo que deseáis no puede ser. Yo no soy nadie a vuestro lado; antes moriría que acceder a vuestros ruegos.

Francisco empezó a alarmarse. ¿Era posible que ella no le amase?

Dios era testigo de que ella le amaba. - Yo no soy tan estúpida, ni tan ciega, para no ver lo bello, lo atractivo que Dios os ha hecho, y lo feliz que ha de ser la mujer que os ame. Pero...

Se detuvo unos intantes.

- Sería una locura que una persona de mi condición pensara en vos. Podéis explicar vuestra conquista a quien sea; en vuestra propia casa, en donde mis padres servían, he aprendido lo que era el amor. Deseáis una mujer para pasatiempo; en la ciudad encontraréis mucho más bellas que yo, a las que no tendréis que suplicar tanto. No es por falta de amor que huyo de vos. Os amo más que a mi vida, pero no quiero obrar con desacuerdo a mi conciencia.


Francisco afligido continuaba suplicando. Llamaron a la puerta para informarle que su traje nuevo ya estaba listo. Hizo que aguardaran mientras seguía implorando por los favores de la prudente dama. Pero todo fue en vano. El rendido delfín por temor a su madre se apresuró a marchar. Françoise con su corazón deshecho se mantuvo inflexible para conservar su honor.


Pero aún no se daría por vencido. Todo sucedido lo relató a sus ayudantes de cámara y el más viejo de todos le propuso una solución: intentaría comprarla con dinero. Para su infelicidad su secretario era su propia madre, y no podía pedirle dinero sin explicarle el porqué. No sabemos cómo, pero se las arreglaron para conseguir 500 coronas, una suma considerable. El mismo cortesano que le aconsejó las llevo a Françoise. La joven ofendida ante semejante insulto, se negó rutundamente a aceptar tan indignante proposición. El ayudante de camara, enfadado por el comportamiento de Françoise, volvió a su amo diciéndole que aquello era un afrenta contra él y que la insolente dama lo pagaría muy caro. No obstante, Francisco temía demasiado a Luisa de Saboya para recurrir a las violencias.


Pero la historia no termina aqui. Francisco seguía empeñado en conseguirla costara lo que costara, y su siguiente maniobra sería hacérsela suya engañándola. Su próximo plan era que su mayordomo la llevara a la casita que tenía en su viña. Sin embargo, a la hora concertada, cuando el muchacho iba nuevamente en busca de su amada, lo llamó su madre. Quería que sus dos hijos la ayudaran a escoger lo que tenían que colocar en una de las habitaciones que estaban decorando bajo su dirección. Francisco, esforzándose al máximo para parecer amable ante su progenitora, no veía la hora de que llegara su ansiado encuentro con Françoise. Mientras él se encontraba allí, a Françoise la entretenían en la casita del bosque. Cuando finalmente el joven pudo escapar de las garras de su madre y galopó a toda velocidad con su caballo, la muchacha ya no estaba. Había descubierto el engaño y había huído para refugirarse en su casa, decidida a abandonar Blois.

Todavía hubo un último encuentro, el escenario fue otra vez la iglesia. De este vez Françoise no consiguió eludirlo y Francisco aprovechó la ocasión para reprocharle su conducta. Ella se mantuvo firme en sus convicciones, no permitió otra vez que la debilidad la venciera. Fue entonces que Francisco compreendió su derrota y jamás volvió a molestarla.


Bibliografía:


Hackett, Francis: Francisco I, rey de Francia, Editorial Planeta de Agostini, Barcelona, 1995.

González Cremona, Juan Manuel: Amantes de los reyes de Francia, Editorial Planeta, Barcelona, 1996.

domingo, 18 de octubre de 2009

La Mascarada del Château Vert



El 02 de marzo de 1522 Enrique VIII celebró justas en honor a los embajadores de Carlos V en las cuales él mismo participó a lomos de un caballo adornado con gualdrapas plateadas en las que aparecían bordados un corazón herido y el lema "Elle mon coeur a navera"("Ella ha herido mi corazón"). La dama en cuestión, responsable por lanzarle el dardo del amor, podría tratarse de María Bolena. Su romance con el monarca empezó más o menos por esas fechas, sin embargo, no hay ningún dato que confirma que fuera ella la homenajeada, podría ser cualquier otra dama de la corte el objeto de sus atenciones.


Dos días después, la noche del martes de Carnaval, los enviados del Emperador fueron los invitados del cardenal Wolsey en York Palace, donde se montó un espectáculo de cierta importancia titulado "The Château Vert". Se trataba de un castillo verde con tres torres. En cada una de ellas ondeaba una bandera: una con tres corazones rotos, otra que mostraba la mano de una dama sosteniendo un corazón de hombre y una tercera en la que aparecía la mano de una dama haciendo girar un corazón de hombre. Ocupaban el castillo unas damas con nombres extraños: Belleza (María Tudor, duquesa de Suffolk), Honor (condesa de Devon), Perseverancia (Ana Bolena), Amabilidad (María Bolena), Constancia (Jane Parker), Generosidad, Misericordia y Piedad. Las ochos mujeres llevaban vestidos de encaje de punto milanés confeccionados con raso blanco, y todas lucían su nombre bordado en otro en el tocado, y gorros milaneses de oro con joyas incrustadas. A los pies de la fortaleza había más damas cuyos nombres eran Peligro, Desdén, Celos, Aspereza, Desprecio, Lengua Mordaz y Rareza, vestidas como mujeres indías (con gorros negros).



Luego entraron ochos caballeros ataviados con sombreros de paños de oro y grandes capas de raso azul. Se llamaban Amor, Nobleza, Juventud, Devoción, Leatad, Placer, Dulzura y Libertad. Este grupo, uno de cuyos miembros era el rey en persona, lo introdujo un hombre vestido de raso carmesí con llamas de oro. Su nombre era Deseo Ardiente (interpretado por William Cornish, quién monto el espectáculo) y las cortesanas se emocionaron tanto a causa de su aparición que quizá hubieran entregado el castillo, pero Desprecio y Desdén dijeron que defenderían la fortaleza.


Entonces empezó el simulacro de asedio:


Los señores corrieron hasta el castillo, momento en que se oyeron fuertes estampidos de armas de fuego, y las damas lo defendieron con agua de rosas y dulces. Los señores replicaron con dátiles, naranjas y otras frutas deliciosas y finalmente el castillo fue tomado. Lady Desprecio y sus compañeras huyeron. Entonces los señores tomaron las damas de la mano y las sacaron como prisioneras, llevándolas abajo y bailando con ellas, lo cual complació muchísimo a los invitados extranjeros. Cuando hubieron bailado lo suficiente, todos se quitaron las máscaras. Después de esto, hubo un suculento banquete.






Bibliografía:

Weir, Alison: Enrique VIII el rey y la corte, Círculo de Lectores, Barcelona, 2004.

Fotos de la serie "The Tudors", 1ª temporada - episódio 3.