martes, 17 de noviembre de 2009

Segunda carta de amor de Enrique VIII a Ana Bolena



Al recibir una de las apasionadas carta del rey, Ana Bolena se decidió a escribirle asegurándole que él, solo él, poseería su corazón en el momento que quedase totalmente libre. Era, a la vez que una carta de amor, una contestación al regio ultimatúm, y con el objetivo de subrayar sus palabras dándoles más expresión, envió también una prenda de su afecto.Toda las dudas que había sufrido quedaban derrotadas por la absoluta certeza de que Ana no pertenecía a Thomas Wyatt ni a ningún otro hombre y que muy pronto llegaría a ser suya. Enrique VIII explotó de júbilo en su respuesta:


"Os doy las gracias de todo corazón por un presente de tan alto valor que ninguna otra cosa podría igualarlo, no sólo por el valioso diamante y la nave en la que se mece la solitaria doncella, sino muy principalmente por el significado que encierra y la humilde sumisión que supone vuestra bondad hacia mí.

“Creo que me sería muy difícil hallar ocasión para merecerlo si no me asistiera en tal empeño vuestra bondad y favor, los que deseo obtener y preservar por todos los medios a mi alcance; tal es mi firme intención y esperanza según el lema aut illic aut nullibi.

Las demostraciones de vuestro afecto son de tal categoría, y los elevados pensamientos de vuestra carta hállanse tan cordialmente expresados, que me obligan a honraros, amaros y serviros sinceramente y para siempre, rogándoos que continuéis firme en el mismo propósito y asegurándoos que, por lo que a mí incumbe, no sólo he de corresponderos debidamente, sino rebasaros en lealtad de corazón, si ello fuera posible.

Igualmente deseo que, si alguna vez con anterioridad a esta fecha os hubiera de algún modo ofendido, me dierais la misma absolución que de mí solicitáis, asegurándoos que, de aquí en adelante, mi corazón sólo a vos estará dedicado. ¡Ojala pudiera también estarlo mi cuerpo todo! Y así será, queriéndolo Dios, a quien he de rogar diariamente con tal objeto, en la esperanza de que mis plegarias serán al fin escuchadas.

Deseando que el tiempo que haya de transcurrir sea escaso, aunque a mí ha de parecerme largo con exceso.

Escrito de mano del secretario que de alma, cuerpo y voluntad es

Vuestro leal y más seguro servidor

H busca A.B. ningún otro Rey.

(H seeks A.B. no other Rex).

A continuación os pongo un video donde podéis apreciar fragmentos de las cartas que Enrique escribió a Ana Bolena. La fecha exacta de cuando fueran redactadas estas correspondencias es desconocida, no obstante los historiadores estiman que fue entre 1527 y 1528. El monarca escribió nada más y nada menos que 17 cartas a su dama.


http://www.youtube.com/watch?v=pq_qK_FXnhQ


Bibliografía:

Hackett, Francis: Enrique VIII y sus seis mujeres, Editorial Juventud S.A., Barcelona, 1975.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Doña Sancha de Aragón, La cautiva de los Borgia: Quinta Parte

A Sancha se le reconoció su soberanía y abolengo en la corte papal, pero apesar de ello, sabía que era un mero títere en las manos de su nueva familia y su función basicamente en el Vaticano consistía en apaciguar las relaciones de Alejandro VI con el reino de Nápoles. La intención del Papa no era otra que la de asegurarse un aliado frente a los posibles conflictos con las naciones vecinas. Como veremos más adelante, Su Santidad poseía un carácter muy inestable y cambiaba de partidarios conforme sus intereses y maniobras políticas.

Lejos de mostrarse enojada ante un matrimonio de conveniencia, Sancha se adaptaba como podía a la vida marital, no odiaba ni maltrataba a su marido, todo lo contrario, lo apreciaba incluso demasiado y lo defendía a medida de su alcance. No obstante, no le prodigaba ese sentimiento tan sublime que nos oprime el alma: el amor. Una mujer dotada de un fuerte carácter con ella, solamente sería capaz de amar a un caballero más rebelde y despiadado. Ahí es cuando entra en escena su cuñado, César Borgia. El hermano de su esposo poseía todas esas cualidades, hasta en demasiada abundancia, que ella esperaba de un hombre. Su sangre bullía de deseo por el todavía cardenal Borgia y no dudó en entregarse a vivir una arriesgada aventura amorosa a su lado.


César Borgia por Altobello Melone (Accademia Carrara, Bérgamo).

¿Pero quién era ese enigmático personaje?

Al parecer, César Borgia (1475-1507) a sus veintiún años era un irresistible galán. Esbelto, ágil, de pelo castaño, piel morena, frente despejada, ojos oscuros y profundos, era el prototipo de hombre ideal para cualquier mujer. Sus modales era exquisitos, aunque fríos, su intachable y distante cordialidad y cierto aire distraído escondían deconfianza y misterio. Tal vez esta era la razón por la cual resultaba tan enigmático ante los ojos de las damas. Estaba dotado de una gran fortaleza y de un extraordinario vigor físico: se cuenta que doblaba con las manos lanzas y barras de hierro, cazaba desde la mañana hasta la noche y sobrellevaba cualquier adversidad sin inmutarse. Su virilidad no tenía nada que aspirar a la de su padre; tuvo muchas amantes a los largo de su vida, entre ellas Sancha de Aragón, a las que algunas siguió manteniendo cuando sucumbió a la sífilis, para entonces se vió forzado a llevar guantes y a ocultar la cara para tapar las repulsivas llagas.

Sin embargo, su entrega a los placeres no le impidió destacarse en sus estudios, coronados por una licenciatura en derecho canónico y civil, lograda entre los dieciséis y los diecisiete años. Su padre proyectó para él una carrera eclesiástica, como era tradicional para el segundón de las familias nobles, en tanto que su hermano Juan, nombrado duque de Gandía, ocuparía el cargo de capitán general de los ejércitos pontificios. Antes de cumplir los veinte ya era arzobispo de Valencia y poco después cardenal.


El día de Pentecostés, 22 de mayo de 1496, se celebraba en San Pedro una función a la cual había acudido el papa con su corte cardenalicia y todas las mujeres de la casa borgia, con Lucrecia y Sancha a la cabeza. Presidía el oficio un capellán español, que se sentía muy honrado por predicar en un ambiente tan distinguido con era la corte papal. Su sermón resultó bastante aburrido para los oyentes, las mujeres que permanecían de pié, se fatigaban , y todos incluído Alejandro VI, estaban impacientes y no veían la hora que el sacerdote concluiera su cometido.

De repente, en aquel ambiente repleto de semblantes hastiados, algo de movió, y se contempló a Sancha y a Lucrecia, con sus vestidos que entre grandes pliegues no conseguían ocultar la agilidad de sus cuerpos, subir a los asientos de los canónigos de San Pedro donde solían cantar los Evangelios. Las doncellas que las acompañaban siguieron sus ejemplos y se reunieron con sus señoras. Hubo un gran bulício en el sala mientras ellas se acomodaban, se arreglaban los vestidos, se saludaban con risas y sonrisas, figiendo que les importaba lo que decía el predicador, mientras que los demás estaban estupefactos ante su conducta, pero que al mismo tiempo la consideraron muy divertida. De lo que no había duda, era que la rebeldía de Sancha ya se dejaba notar, la idea de desplazarse de sitio, según parece, había sido suya y Lucrecia muy a gusto se había limitado a seguirla en su propósito.


Autógrafos y firmas de Julia Farnesio, Adriana Mila, Vanozza Cantanei y Sancha de Aragón (el suyo es el último del extremo derecho). Archivo Secreto Vaticano.



Bibliografía:

Bellonci, María: Lucrecia Borgia, su vida y su tiempo, Editorial Renacimiento, México D.F., 1961.

Gervaso, Roberto: Los Borgia: Alejandro VI, el Valentino, Lucrecia, Ediciones Península, Barcelona, 1996.

http://es.wikipedia.org/wiki/C%C3%A9sar_Borgia

viernes, 23 de octubre de 2009

La malograda conquista amorosa del delfín Francisco

Retrato de una dama desconocida

El futuro rey Francisco I de Francia, a la tierna edad de quince años, fue invadido por primera vez por un desmesurado amor plátonico, algo irremediable de evitar en los conflictivos años de la adolescencia. Era el año de 1509, y nuestro protagonista se alojaba junto a su madre y hermana en el castillo de Blois. Un cierto día, en la iglesia, sus ojos se cruzaron con una joven morenita clara, pequeña y de espléndidos modales. En ese mismo instante, quedó totalmente cautivado por ella y no descansaría hasta saber quién era esa dama que acababa de robarle el corazón.

El primer paso que llevó a cabo fue relatar sus inquietudes a su confidente hermana Margarita. Ambos recordaban conocerla, solía ir con Margarita para jugar juntas a las muñecas. Supo que su nombre era Françoise y que era cuñada del mayordomo que tenían en Blois, o sea que estaba casado con la hermana de ella, y claro está que Françoise vivía allí, en una de las casas de la plaza. Contaba precisamente dieciséis años, uno más que Francisco. Aunque no era una dama de la corte, Margarita, para complacer a su hermano, decidió invitarla a todas las celebraciones que se dieran en el castillo. Francisco no podía creer que la había conocido en sus años infantiles, y sin embargo, ahora la contemplaba desde una óptica totalmente distinta. Estaba tan apasionado que su hermana no tenía coraje de negarle nada.


Françoise, algo tímida, se percató del efecto que hizó sobre el delfín. Decidió cambiar de sitio en la iglesia, y el joven inmediatamente se movió de su asiento para seguir mirándola sin ningun reparo. De cierta forma, ella en el fondo de su corazón, correspondía a los anhelos del delfín. No obstante, sabía que aventurarse en una relación con un joven de tan alta alcurnia, que incluso podría un día ser rey, no era exactamente lo que más le convenía. Era obvio que para Francisco ella unicamente sería un entretenimiento pasajero y al poco tiempo la abandonaría. Era imposible aquello fuera más allá, ella no era más que una plebeya entre el montón.


Françoise se sintió incomoda ante tantas atenciones y decidió oír misa a otra capilla, pero aquel gesto sólo hizo que se convirtiera en un juego cada vez más excitante para el delfín. No obstante, Francisco no poseía plena libertad para ir en su busca, su madre, Luisa de Saboya, estaba al asecho y vigilando cualquier imprudencia por parte de su vástago. Aquello no era suficiente para detenerse, él nunca se echaba para atrás ante los obstáculos. Viendo que su amada se negaba a dirigirle la palabra, organizó un plan muy osado que le llevaría hasta el dormitorio de la muchacha.



Retrato de Francisco a la edad de 21 años (1515)

El delfín Francisco, cabalgando en su impetuoso córcel, se encaminó hacía la ciudad, y una vez estuvo en la plaza dónde ella vivía, puso el caballo a galope dejándose caer en un hoyo y para colmo en frente a la residencia de Françoise. Los caballeros que le escoltaban lo sacaron de allí repleto de barro. Protestaba por su mala suerte y hasta cojeaba. A pesar su estado impresentable, su hombres no demoraron ni un instante en ayudarlo a subir las escaleras de la casa de su dama y se atrevieron a dejarlo en la cama de la joven, mientras un mensajero se daba prisa en ir en busca de otro traje.


Françoise había contemplado el espectáculo desde una una ventana y se había acelerado a resguardarse en un desván, de dónde fue rapidamente hallada por su cuñado, el mayordomo. La llevaron hasta Francisco y dejaron sola ante él, tremula y agitada. El delfín tendido en la cama, la cogió de la mano.


- ¿Por que huyes de mí? ¿Por qué me torturas, Françoise? Yo no soy malo. Yo no voy a devorarte. ¿Por qué no me dejas que te mire?

Sus súplicas no sirvieron de nada, ella se apartó de él. Toda la población había observado cómo entraba en la casa y nadie creería que no hubiera yacido con él.

-No, Monsieur, no. Lo que deseáis no puede ser. Yo no soy nadie a vuestro lado; antes moriría que acceder a vuestros ruegos.

Francisco empezó a alarmarse. ¿Era posible que ella no le amase?

Dios era testigo de que ella le amaba. - Yo no soy tan estúpida, ni tan ciega, para no ver lo bello, lo atractivo que Dios os ha hecho, y lo feliz que ha de ser la mujer que os ame. Pero...

Se detuvo unos intantes.

- Sería una locura que una persona de mi condición pensara en vos. Podéis explicar vuestra conquista a quien sea; en vuestra propia casa, en donde mis padres servían, he aprendido lo que era el amor. Deseáis una mujer para pasatiempo; en la ciudad encontraréis mucho más bellas que yo, a las que no tendréis que suplicar tanto. No es por falta de amor que huyo de vos. Os amo más que a mi vida, pero no quiero obrar con desacuerdo a mi conciencia.


Francisco afligido continuaba suplicando. Llamaron a la puerta para informarle que su traje nuevo ya estaba listo. Hizo que aguardaran mientras seguía implorando por los favores de la prudente dama. Pero todo fue en vano. El rendido delfín por temor a su madre se apresuró a marchar. Françoise con su corazón deshecho se mantuvo inflexible para conservar su honor.


Pero aún no se daría por vencido. Todo sucedido lo relató a sus ayudantes de cámara y el más viejo de todos le propuso una solución: intentaría comprarla con dinero. Para su infelicidad su secretario era su propia madre, y no podía pedirle dinero sin explicarle el porqué. No sabemos cómo, pero se las arreglaron para conseguir 500 coronas, una suma considerable. El mismo cortesano que le aconsejó las llevo a Françoise. La joven ofendida ante semejante insulto, se negó rutundamente a aceptar tan indignante proposición. El ayudante de camara, enfadado por el comportamiento de Françoise, volvió a su amo diciéndole que aquello era un afrenta contra él y que la insolente dama lo pagaría muy caro. No obstante, Francisco temía demasiado a Luisa de Saboya para recurrir a las violencias.


Pero la historia no termina aqui. Francisco seguía empeñado en conseguirla costara lo que costara, y su siguiente maniobra sería hacérsela suya engañándola. Su próximo plan era que su mayordomo la llevara a la casita que tenía en su viña. Sin embargo, a la hora concertada, cuando el muchacho iba nuevamente en busca de su amada, lo llamó su madre. Quería que sus dos hijos la ayudaran a escoger lo que tenían que colocar en una de las habitaciones que estaban decorando bajo su dirección. Francisco, esforzándose al máximo para parecer amable ante su progenitora, no veía la hora de que llegara su ansiado encuentro con Françoise. Mientras él se encontraba allí, a Françoise la entretenían en la casita del bosque. Cuando finalmente el joven pudo escapar de las garras de su madre y galopó a toda velocidad con su caballo, la muchacha ya no estaba. Había descubierto el engaño y había huído para refugirarse en su casa, decidida a abandonar Blois.

Todavía hubo un último encuentro, el escenario fue otra vez la iglesia. De este vez Françoise no consiguió eludirlo y Francisco aprovechó la ocasión para reprocharle su conducta. Ella se mantuvo firme en sus convicciones, no permitió otra vez que la debilidad la venciera. Fue entonces que Francisco compreendió su derrota y jamás volvió a molestarla.


Bibliografía:


Hackett, Francis: Francisco I, rey de Francia, Editorial Planeta de Agostini, Barcelona, 1995.

González Cremona, Juan Manuel: Amantes de los reyes de Francia, Editorial Planeta, Barcelona, 1996.

domingo, 18 de octubre de 2009

La Mascarada del Château Vert



El 02 de marzo de 1522 Enrique VIII celebró justas en honor a los embajadores de Carlos V en las cuales él mismo participó a lomos de un caballo adornado con gualdrapas plateadas en las que aparecían bordados un corazón herido y el lema "Elle mon coeur a navera"("Ella ha herido mi corazón"). La dama en cuestión, responsable por lanzarle el dardo del amor, podría tratarse de María Bolena. Su romance con el monarca empezó más o menos por esas fechas, sin embargo, no hay ningún dato que confirma que fuera ella la homenajeada, podría ser cualquier otra dama de la corte el objeto de sus atenciones.


Dos días después, la noche del martes de Carnaval, los enviados del Emperador fueron los invitados del cardenal Wolsey en York Palace, donde se montó un espectáculo de cierta importancia titulado "The Château Vert". Se trataba de un castillo verde con tres torres. En cada una de ellas ondeaba una bandera: una con tres corazones rotos, otra que mostraba la mano de una dama sosteniendo un corazón de hombre y una tercera en la que aparecía la mano de una dama haciendo girar un corazón de hombre. Ocupaban el castillo unas damas con nombres extraños: Belleza (María Tudor, duquesa de Suffolk), Honor (condesa de Devon), Perseverancia (Ana Bolena), Amabilidad (María Bolena), Constancia (Jane Parker), Generosidad, Misericordia y Piedad. Las ochos mujeres llevaban vestidos de encaje de punto milanés confeccionados con raso blanco, y todas lucían su nombre bordado en otro en el tocado, y gorros milaneses de oro con joyas incrustadas. A los pies de la fortaleza había más damas cuyos nombres eran Peligro, Desdén, Celos, Aspereza, Desprecio, Lengua Mordaz y Rareza, vestidas como mujeres indías (con gorros negros).



Luego entraron ochos caballeros ataviados con sombreros de paños de oro y grandes capas de raso azul. Se llamaban Amor, Nobleza, Juventud, Devoción, Leatad, Placer, Dulzura y Libertad. Este grupo, uno de cuyos miembros era el rey en persona, lo introdujo un hombre vestido de raso carmesí con llamas de oro. Su nombre era Deseo Ardiente (interpretado por William Cornish, quién monto el espectáculo) y las cortesanas se emocionaron tanto a causa de su aparición que quizá hubieran entregado el castillo, pero Desprecio y Desdén dijeron que defenderían la fortaleza.


Entonces empezó el simulacro de asedio:


Los señores corrieron hasta el castillo, momento en que se oyeron fuertes estampidos de armas de fuego, y las damas lo defendieron con agua de rosas y dulces. Los señores replicaron con dátiles, naranjas y otras frutas deliciosas y finalmente el castillo fue tomado. Lady Desprecio y sus compañeras huyeron. Entonces los señores tomaron las damas de la mano y las sacaron como prisioneras, llevándolas abajo y bailando con ellas, lo cual complació muchísimo a los invitados extranjeros. Cuando hubieron bailado lo suficiente, todos se quitaron las máscaras. Después de esto, hubo un suculento banquete.






Bibliografía:

Weir, Alison: Enrique VIII el rey y la corte, Círculo de Lectores, Barcelona, 2004.

Fotos de la serie "The Tudors", 1ª temporada - episódio 3.


lunes, 12 de octubre de 2009

Doña Sancha de Aragón, La cautiva de los Borgia: Cuarta Parte



La llegada de Sancha de Aragón no satisfizo en absoluto a Lucrecia Borgia. No veía con buenos ojos que esa dama fuera objeto de tantas atenciones. Su inquietud no pasó inadvertida ante todos: "Esta cosa ( la llegada de Sancha) comienza a poner celosa a la hija del Papa, Madona de Pesaro, y no le gusta nada", decían los malintecionados informadores. Es obvio que sintiera cierto temor a que la compararan con la princesa napolitana. Antes mismo que llegara a la corte, todos elegíaban la belleza y atributos de Sancha, logícamente era normal que Lucrecia padeciera esa desconfianza.

En la mañana del 20 de mayo de 1496, Lucrecia vistió sus mejores galas para dar la bienvenida a la nueva habitante del Vaticano, y no escatimó esfuerzos para lucir más atractiva que su cuñada. Su séquito fue muy selecto: las doce doncellas bien adornadas, los dos pajes con capas magníficas y caballos cubiertos con brocados de oro y rojo. Sancha de Aragón llegó hacia las diez de la mañana de mayo, con un cortejo real, animado por cuatro bufones del palacio y dos bufones adjuntos, montando un caballo con gualdrapas de terciopelo y raso negro, portaba además el traje típico de las mujeres casadas de Nápoles: negro y con grandes mangas. Lucrecia, con su corcel también adornado con gualdrapas de raso negro, fue a su encuentro, y las dos damas se saludaron con mucha solemnidad.



Supuesto retrato de Lucrecia Borgia en La disputa de Santa Catalina, de Bernardino di Betto Bardo il Pinturicchio. Sala de los Santos de los Apartamentos Borgia del Vaticano.




Inmediatamente, el cortejo siguió su recorrido. Lo precedía, cabalgando, Jofré, con su semblante divertido y petulante a la vez. Su largo cabello llamaba la atención con reflejos de color cobre, bien peinado, el rostro bronceado por el sol mediterráneo, ajustado en un coselete de raso negro. Entre la hija de Alejandro VI y el embajador español iba Sancha, bien pintada, que contemplaba la escena con cierta altivez y presunción. Se dice que hubo desilusión por parte de algunos asistentes; la creía más hermosa y más agraciada de lo que habían imaginado, pero no por ello el momento fue menos expectante.


Rodrigo Borgia esperaba ansioso la llegada de su nuera, con tal impaciencia ,que parecía un joven ilusionado ante la visita de su querida enamorada. Tras los póstigos de la ventana escrutaba la plaza, y sólo cuando divisó la cabalgata se puso en su sitio, rodeado de cardenales.





Transcurrieron algunos instantes, se percibió en la sala vecina el alboroto de las armas , el susurro y en andar de las damas, y finalmente entró Doña Sancha con sus modales atrevidos, encarando al Papa con su mirada desafiante. No parecía nada intimidada, su condición de hija y nieta de reyes se dejaba notar. A continuación, junto con su marido se arrodilló e inclinó la cabeza para besar el pie de Su Santidad. Enseguida, se dió paso a la cortejo femenino de la princesa napolitana que irrumpió en la sala para el besamano pontificial. Luego, todos ocuparon sus respectivos puestos, Jofré junto a su hermano César, y Sancha y Lucrecia sobre dos cojines de terciopelo rojo colocados sobre las gradas del trono pontificio. El Papa las observaba complacido y lleno de dicha.


Bibliografía:

Bellonci, María: Lucrecia Borgia, su vida y su tiempo, Editorial Renacimiento, México D.F., 1961.

lunes, 5 de octubre de 2009

La educación de Ana Bolena en los Países Bajos: Primera Parte



Retrato imaginario de Ana Bolena cuando era adolescente, tapa del libro "Ana Bolena, los años franceses" de Robin Maxwell.


Sabemos muy poco sobre los primeros años de vida de Ana Bolena. La incógnita ya comienza a la hora de situar su fecha y lugar de nacimiento; los historiadores no llegan a un consenso y hasta hoy siguen en debate. Según Antonia Fraser y Eric Ives, Ana había nacido hacia 1500 o 1501, probablemente en Blickling, Norfolk, donde sin duda pasó parte de su infancia.




Palacio de Blickling Hall, Norfolk


La primera vez que Ana abandonó las Islas Británicas fue en 1513, y permanecería alejada de su tierra durante casi nueve largos años. Su destino era la corte de los Habsburgo en Malinas, ubicada actualmente en la provincia de Amberes, en la región de Flandes (Bélgica). En este emplazamiento, Margarita de Austria gobernaba los Países Bajos como regente de su sobrino de trece años, Carlos de Borgoña (futuro emperador Carlos V). El cometido de Ana era unirse al séquito de damas de honor de la archiduquesa.



El futuro Emperador Carlos V cuando todavía era adolescente


La decisión de Thomas Bolena de enviar a su hija menor al cuidado de Margarita era claramente impulsada por su incuestionable potencial, pero incluso más por todas las oportunidades que conllevaría educarse en un entorno tan selecto. El lugar era muy propício ya que la regente no estaba criando a sus sobrinos de forma aislada. Para la nobleza europea era un momento ideal para buscar un puesto para sus vástagos en aquellas espléndida corte y proporcionales un amplio abanico de conocimientos, además del privilegio de ser instruídos al lado de los gobernantes de la futura generación. En ningún otro lugar un padre podría encontrar mejor comienzo para una futura dama de alta alcurnia, sin embargo, Sir Thomas Bolena aspiraba todavía a más.


Si su hija Ana aprendiera buenos modales y también un nivel aceptable de francés, seguramente tendría un porvenir como dama de Catalina de Aragón, facilitando el camino de la reina en la política exterior europea, donde el francés era el idioma diplomático. Lo que le dió a Thomas la oportunidad de colocar a Ana en un puesto tan ventajoso fue su destino como embajador en la misma corte de los Habsburgo en 1512. Como podemos observar, sus relaciones con Margarita de Austria era muy cordiales , ayudando que la regente aceptara de muy buen grado que ella se incorporara entre sus dieciocho filles d´honneur. Cuando Thomas Bolena regresó a Inglaterra a principios del verano de 1513, envió a su hija inmediatamente a los Países Bajos.

Las primeras impresiones de Margarita sobre Ana fueron muy buenas, y decidió escribirle una misiva a su padre para informarle de su llegada. En ella la regente relataba que la Petite Boulain era tan bien educada y agradable para su edad que ella estaba en deuda con él por mandarle a su hija.




Margarita de Austria, regente de los Países Bajos



Bibliografía:
Ives, Eric: The life and death of Anne Boleyn: "The most happy", Blackwell Publishing, 2004.

Warnicke, Retha M.: The rise and fall of Anne Boleyn: family politics at court of Henry VIII, Canto, Cambrige University Press, 1996.

Fraser, Antonia: Las seis esposas de Enrique VIII, Ediciones Web, Barcelona, 2007.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Doña Sancha de Aragón, la cautiva de los Borgia: Tercera Parte

En el Castelnuevo en Nápoles, Sancha de Aragón y Jofre Borgia fueron formando una corte mixta, en las que se seguía las reglas de etiqueta y caballería españolas, pero gozando de la libertad y del avance de la sociedad italiana. No faltaban secretarios, ayudantes de cámara,damas de compañía, pajes, lacayos, sirvientes, etc. que estuvieran pendientes del bienestar de sus señores, los Príncipes de Squillace. Digamos que el palacio se hallaba bien servido y abastecido.

Sin embargo, de repente llegaron unas notícias no muy placenteras a los oídos de Su Santidad, cosas graves acerca de los desórdenes morales y materiales del palacio napolitano. Alejandro VI, alarmado por la situación y por las calumnías que circulaban sobre su hijo y nuera, envió a Nápoles unos breves papales que acusaban a Sancha de recibir caballeros en sus aposentos, auxiliada en estos encuentros por sus doncellas, que por su parte no parecían modelo de decencia; toda la corte, además, era difamada de indisciplina y de costumbres corrompidas y licenciosas. El sequito napolitano, logícamente se sintió muy ofendido ante aquellas molestas acusaciones , y se reunió rapidamente en consejo bajo la autoridad de maese Antonio Gurrea, el mayordomo.


Los cortesanos a servicio de los príncipes de Squillace, sin mucha tardanza formaron una alianza defensiva: y por encima de todo, por fidelidad a su señora, juraron que en la cámara de ella nadie había visto entrar más hombres que aquel "maese Cecco, acompañador de Sancha, un hombre anciano y honrado, que pasa de los sesenta años". Y continuaba atestiguando sobre las "doncellas y mujeres honestas y buenas" las cuales, como todo los nobles, aportaba a sus amos "ese honor y reverencia como si fuesen el S. Príncipe el rey, y la Princesa la reina".





Esclarecido el tema, y oída la opinión de cada uno, maese Antonio Gurrea, tomando un folio de grandes dimensiones escribió su testimonio detallado, añadiendo lo del "perfecto gobierno de la casa" que siempre fue, estuviese seguro el Papa, y era " al presente tan bueno que ni mejor ni mayor podría ser" y declarando que si alguién dijera lo contrario sería "un vil y mal hombre, digno de gran castigo". Basándose en esas informaciones, todos los caballeros relataron su testimonio de propia mano, afrentando al malintencionado informador. A continuación, el capellán Don Giovanni Murria lo corroboró todo. Este escrito reunido el 17 de junio de 1494, fue mandado urgentemente a Roma para tranquilizar a Alejandro VI, y archivado donde hasta hoy permaneció escondido.


Si el Papa creyó vehemente en aquél documento que exhaltaba la dignidad de Sancha, nunca lo sabremos. Para aquel entonces,Rodrigo Borgia tenía en mente otras preocupaciones que le afligían, más importantes que la conducta de su nuera napolitana. Pero más adelante, Su Santidad no pudo evitar saciar su curiosidad por contemplar de cerca la abrumadora belleza de Sancha que tanta fama le había proporcionado. Así que solicitó la presencia de Jofré y su nuera en Roma. Podemos decir que semejante petición no agradó demasiado a los Reyes de Nápoles, temerosos de la inconstancia política de Alejandro VI. En un princípio de estableció la morada de los Príncipes de Squillace en Nápoles, aunque Jofré fuese de Roma. No obstante no les quedó más remedio que cumplir las órdenes del Papa, y en la primavera de 1495, los jóvenes príncipes partieron hacía Roma.





En los frescos de los aposentos de los Borgia en el Vaticano se encuentra la obra "La Disputa de Santa Catalina" de Pinturicchio (1492-94) donde podemos contemplar a varios miembros de esta controvertida familia. En este fragmento, vemos a Sancha de Aragón (a la izquierda) acompañada de su esposo Jofré Borgia. Este es el único posible retrato suyo.


Bibliografía:

Bellonci, María: Lucrecia Borgia, su vida y su tiempo, Editorial Renacimiento, México D.F., 1961.