Françoise, algo tímida, se percató del efecto que hizó sobre el delfín. Decidió cambiar de sitio en la iglesia, y el joven inmediatamente se movió de su asiento para seguir mirándola sin ningun reparo. De cierta forma, ella en el fondo de su corazón, correspondía a los anhelos del delfín. No obstante, sabía que aventurarse en una relación con un joven de tan alta alcurnia, que incluso podría un día ser rey, no era exactamente lo que más le convenía. Era obvio que para Francisco ella unicamente sería un entretenimiento pasajero y al poco tiempo la abandonaría. Era imposible aquello fuera más allá, ella no era más que una plebeya entre el montón.
Françoise se sintió incomoda ante tantas atenciones y decidió oír misa a otra capilla, pero aquel gesto sólo hizo que se convirtiera en un juego cada vez más excitante para el delfín. No obstante, Francisco no poseía plena libertad para ir en su busca, su madre, Luisa de Saboya, estaba al asecho y vigilando cualquier imprudencia por parte de su vástago. Aquello no era suficiente para detenerse, él nunca se echaba para atrás ante los obstáculos. Viendo que su amada se negaba a dirigirle la palabra, organizó un plan muy osado que le llevaría hasta el dormitorio de la muchacha.
Sus súplicas no sirvieron de nada, ella se apartó de él. Toda la población había observado cómo entraba en la casa y nadie creería que no hubiera yacido con él.
-No, Monsieur, no. Lo que deseáis no puede ser. Yo no soy nadie a vuestro lado; antes moriría que acceder a vuestros ruegos.
Francisco empezó a alarmarse. ¿Era posible que ella no le amase?
Dios era testigo de que ella le amaba. - Yo no soy tan estúpida, ni tan ciega, para no ver lo bello, lo atractivo que Dios os ha hecho, y lo feliz que ha de ser la mujer que os ame. Pero...
Se detuvo unos intantes.
Pero la historia no termina aqui. Francisco seguía empeñado en conseguirla costara lo que costara, y su siguiente maniobra sería hacérsela suya engañándola. Su próximo plan era que su mayordomo la llevara a la casita que tenía en su viña. Sin embargo, a la hora concertada, cuando el muchacho iba nuevamente en busca de su amada, lo llamó su madre. Quería que sus dos hijos la ayudaran a escoger lo que tenían que colocar en una de las habitaciones que estaban decorando bajo su dirección. Francisco, esforzándose al máximo para parecer amable ante su progenitora, no veía la hora de que llegara su ansiado encuentro con Françoise. Mientras él se encontraba allí, a Françoise la entretenían en la casita del bosque. Cuando finalmente el joven pudo escapar de las garras de su madre y galopó a toda velocidad con su caballo, la muchacha ya no estaba. Había descubierto el engaño y había huído para refugirarse en su casa, decidida a abandonar Blois.
Todavía hubo un último encuentro, el escenario fue otra vez la iglesia. De este vez Françoise no consiguió eludirlo y Francisco aprovechó la ocasión para reprocharle su conducta. Ella se mantuvo firme en sus convicciones, no permitió otra vez que la debilidad la venciera. Fue entonces que Francisco compreendió su derrota y jamás volvió a molestarla.
Bibliografía:
Hackett, Francis: Francisco I, rey de Francia, Editorial Planeta de Agostini, Barcelona, 1995.
González Cremona, Juan Manuel: Amantes de los reyes de Francia, Editorial Planeta, Barcelona, 1996.
















