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domingo, 20 de septiembre de 2009

¿Enrique VIII era sifilítico?


La familia de Enrique VIII (1572), pintado en la Era Isabelina por Lucas Heere. Este lienzo anacrónico muestra al monarca, sus tres hijos y el marido de María Tudor, Felipe II de España, al lado de figuras mitológicas.


A lo largo de los siglos se propagó la idea que Enrique VIII era sifilítico;¿ pero realmente podemos corroborar que padeció esta enfermedad? Este hecho se ha alegado para explicar las taras y defectos de su descendencia, sin embargo, nada ha sido probado con total seguridad.

Fue un tal doctor Currie quién, en 1888, elaboro una teoría de una supuesta enfermedad venérea, teoría que más adelante apareció en el periódico "British Medical Journal" en un artículo titulado "Algunos lechos de muerte reales" de 1910. En él se reflejaba la imagen de un mísero soberano moribundo, convertido en "una masa de nausebundas dolencias" y purulentas llagas" que exhalaba una insoportable "pestilencia". La segunda y más conocida de tales versiones populares encuentra su origen en la obra de MacLauran De Mortuis, que salió a la luz en 1930, que se apoya en gran parte en la errónea afirmación de Pollard de que Catalina parió nueve veces y no siete como se pretende. Desde entonces, la cuestión ha quedado zanjada del todo por la obra de J. F. D. Shrewsbury Enrique VIII, un estudio médico.


El autor del ensayo clínico indica que de los seis partos de Catalina de Aragon, un varón sobrevivió por espacio de cincuenta y dos días y María Tudor vivió hasta los 42 años. Tan vasta mortalidad ha de atribuirse "más probable a las circunstancias de la época que a un estigma de la estirpe". Por otro lado, Enrique contrajo matrimonio con Catalina cuando contaba con dieciocho años, edad en la que era un joven que derrochaba salud y vitalidad. Si de verdad hubiese contraído la sífilis, semejante afección se hubiera dejado notar en su figura, ya que la denominada entonces "viruela grande" o viruela francesa", era una espantosa dolencia que hizo su aparición en Europa en 1493, probablemente originaría del Nuevo Continente, y los repulsivos síntomas que la acompañaban no podían pasar desapercibidos.

Si hubiera padecido la enfermedad de verdad, los enemigos políticos de Enrique no hubiesen dudado en aprovecharse de la información para calumniarlo ante todos. Si Catalina de Aragón hubiese contraído la dolencia, hubiera sido rapidamente alejada de la corte. Ella falleció a consecuencia de una trombosis coronaria, empeorada, probablemente, por el disgusto y la serie de humillaciones que tuvo que hacer frente, y cuando los médicos procedieron a realizar la autopsia de su cuerpo, nada anormal encontraron, a excepción de su corazón, "negruzco y deforme".

Tampoco en ninguno de sus vástagos podemos contemplar señales de enfermedades venéreas. María I era corta de vista, pero no sorda; su voz era un tanto bronca y hombruna, su semblante apenado y en sus ojos se reflejaba un atismo de temor; tampoco pudo engendrar hijos. María posiblemente sufrio una serie de falsos embarazos; su vientre aumentaba de volumen, sin embargo, el alumbramiento no llegaba, por lo que los médicos atribuyeron la inflamación del vientre a una hidropesía, vulgar retención de líquidos. No obstante, ninguno de estos defectos era resultado de una sífilis hereditaria.

El hombro derecho de Eduardo VI era un poco más alto que el izquierdo, de modo que su anomalía comprimía todos los órganos de ese costado. Murió a los dieciséis años de un tumor pulmonar, agravado por la toma de medicamentos contraproducentes. Elizabeth I vivió hasta los sesenta y nueve años, una edad bastante avanzada para los cánones de la época. Estuvo en el poder durante cuarenta y cinco años ; su reinado sería recordado como un de los más gloriosos de Inglaterra. Sin embargo, se cuenta que podría haber tenido alguna deformidad sexual, que no la hacía apta para el matrimonio. Henry Fitzroy, duque de Richmond, lo consideraban un muchacho muy apuesto, desgraciadamente la tisis acabó con su sobresaliente trayectoria a los diecisiete años de edad.

No puede afirmarse que desde el punto de vista biológico la descendencia de Enrique VIII había sido un logro, pero nada prueba que a partir de 1530 y en los años sucesivos, una enfermedad sifilítica o degenerativa hubiese deteriorado su estirpe. De hecho, Enrique había alcanzado por aquel entonces la cúspide del poder y en 1544 era todavía capaz de emprender una campaña, montando a caballo desde Calais hasta Boulogne. En el siguiente año se dedicó a "la caza de faisanes con halcón". Su mente tampoco se percibió afectada. En su lecho de muerte, su lúcido cerebro le permitió todavía examinar personalmente todas las pruebas de la traición cometida por Norfolk y Surrey y subrayar los pasajes más significativos del texto incriminatorio.

Más que a la sífilis, la causa de su muerte hay que atribuirla al mal de gota hereditario y a las copiosas comilonas. El primer síntoma grave de esta dolencia empezó a ser evidente hacía el año 1537, cuando exhibía "una dolorida pierna que ni el más mísero de los hombre quisiera para sí". Se trataba de una úlcera o cavidad ocluida, debido a "cristales de biorita sódica en el tejido corpóreo, que fueron posiblemente los que provocaron una entumescencia junto a la artículación y cuya erupción se translucía en un agudo dolor. Acompañado a un aumento de la presión sanguínea y molestias renales, el mal de gota nos proporciona una explicación de por qué el soberano, ya en su edad madura y no antes, como se ha pretendido, pasó a ser "de joven príncipe a déspota celoso, suspicaz y solitario, sin que haya necesidad de inventar ninguna enfermedad degenerativa, mental y moral, de la que no existe el menor asomo de evidencia, ni necesidad de sugerir una ulterior repercusión nerviosa producto de la sífilis para explicar tales rasgos". Shrewsbury concluye: "Nadie puede afirmar con certeza que Enrique VIII padeciera la sífilis ni tampoco puede nadie irrogarse el derecho de acusarle de contraer y transmitir a sabiendas la enfermedad sin antes presentar pruebas mucho más categóricas de las hasta aquí aducidas".

Bibliografía:

Bowle, John: Enrique VIII, Editorial Grijalbo S.A., Barcelona, 1970.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Sellos con estampas de los Tudor



Que no penséis que me he olvidado de Los Tudor ni por un instante... Actualmente me estoy adentrando en desvelar misterios de otras dinastías, pero Enrique VIII y sus allegados siempre tendrán un espacio reservado en mi humilde corte. En breve habrá un post sobre su famoso encuentro diplomático con el rey de Francia, Francisco I.


Os traigo hoy una increíble colección de seis sellos creados por Gail Armstrong para Guernsey Post para celebrar los 500 años de la coronación de nuestro legendario monarca. Las ilustraciones reflejan a Enrique como un gran príncipe renacentista de su tiempo y también todos los acontecimientos claves que marcaron su controvertido reinado.

En los sellos podréis observar:

-Enrique en sus años jovenes mientras se preparaba y estudiaba para ser uno de los grandes reyes de Inglaterra. Vemos que hace alusión a su gusto por los libros, la música, el tenis y la cacería.
-Su coronación junto a Catalina de Aragón.
-Enrique se reune con Francisco I en el Campo de la Tela de Oro.
-Cardinal Wolsey regalando el palacio de Hampton Court a Enrique.
-Enrique baila con Ana Bolena mientras la reina Catalina contempla la escena desde un segundo plano.
-Enrique observa la embarcación que construyó para ser su buque insignia, el "Mary Rose",hundirse.

Para más información: http://www.creativematch.co.uk/viewNews/?97644,
http://www.guernseystamps.com/shop/productdetails.aspx?ProductId=1094&SKU=



Aparte de todo esto, añado también un video, en el que el guía Brett Dolman utiliza ocho retratos de sus seis esposas e hijas, reunidos en una exposición titulada "Henry Women" en el palacio de Hampton Court (publiqué algo a respecto en el pasado mes de mayo), para contarnos brevemente la historia de Enrique VIII y sus seis consortes de una forma amena y muy instructiva.




domingo, 16 de agosto de 2009

Bailando con Los Tudor

El baile era un pasatiempo popular en la corte en tiempos de los Tudor, además a la nobleza les encantaba porque favorecía una de las pocas oportunidades de disfrutar del contacto físico en un entorno social. Sin embargo, un español opinó que los ingleses "no tenían gracia" y que sus danzas "consisten sencillamente en saltar y trotar". Saber bailar era, no obstante, una habilidad esencial tanto para los hombres como para las mujeres de buena familia, y Enrique VII se había asegurado de que todos sus hijos se les enseñara bien.


Los tipos de baile que gustaban en los palacios eran muchos y variados. Las "branles" o "grescas" eran danzas en corro de origen campesino que había adoptado la aristocracia y se habían hecho especialmente populares en Inglaterra. La danza "baja" se llamaba así porque los pies se deslizaban lentamente por el suelo, sin apenas levantarse de él. Sir Thomas Elyot habla de "bargenettes y turgions", que, al parecer, eran compases muy animados.


Las más majestuosa de todas las danzas era la pavana, que procedía de Italia, su ritmo lento era especialmente apropiado para las ocasiones ceremoniales en que los bailarines se movían con dificultad por culpa de las pesadas vestiduras y las largas colas de los vestidos. El passamezzo era una versión rápida de la pavana y con frecuencia iba seguido del saltarello, forma primitiva de la alegre y airosa gallarda que se hizo popular en la época de la reina Elizabeth I.

Enrique VIII era un bailarín experto y entusiasta. A los diez años de edad, en la boda de su hermano Arturo, bailó enérgicamente con su hermana Margarita, y los espectadores presenciaron fascinados cómo se despojaba de su capa y retozaba vestido con su jubón y sus calzas. Cuando era joven, el rey "se ejercitaba a diario en la danza", en la cual, según escribió el embajador milanés en 1515, "hace maravillas y salta como un ciervo". También se dijo que "se lucía divinamente" en la pista de baile, comentó con admiración un veneciano.

A Catalina de Aragón también le gustaba la danza, y a menudo bailaba con sus damas en la intimidad de su cámara, pero en sus primeros años como reina con frecuencia estaba embarazada, por lo que la pareja habitual de Enrique era su hermana María, cuyo "porte en la danza es tan agradable como quepa desear".




En este cuadro se ven danzando tres parejas: Enrique VIII con Ana Bolena, Margarita de Escocia con Archibald Douglas y María Tudor con Charles Brandon. Todos van ataviados con un vestuario de estilo italiano.


La gallarda fue el baile favorito de la "Reina Virgen". Como prueba de que era un baile vigoroso, puede recordarse un informe de John Stanhope, cuando la reina promediaba sus cincuenta años:

"La Reina está tan bien como se lo aseguro...sus ejercicios habituales son seis o siete gallardas en un día, además de tocar música y cantar".

Además de usarse como danza completa, los pasos de gallarda se usaron además dentro de otras formas de baile. Por ejemplo , en el manual de danza de Fabritio Caroso (Italia, Siglo XVI), y en el de Cesare Negri, las danzas desarrolladas incluían una sección de "gallarda" .

Un paso especial que se usaba durante la gallarda era denominado "la volta" , un acercamiento cerrado e íntimo con la pareja, con la dama elevada por el aire y ambos rotando 270 grados dentro de un período de seis tiempos. La volta fue considerada muy escandalosa, y muchos maestros de baile consultaban antes de obligar a realizarla.


Robert Dudley bailando con Elizabeth (1580)


Se observa que las danzas del siglo XVI eran menos estilizadas que las de siglos posteriores, y dejaban espacio para la improvisación; gran número de ellas eran muy enérgicas, con muchos correr y mucho saltar, y en algunas -tales como la ronde-los danzarines cantaban. Aunque todas las danzas cortesanas empezaban y terminaban de modo protocolario con una reverencia, los caballeros inclinándose y las damas doblando las rodillas ante el rey y la reina.


A continuación os muestro algunas danzas típicas del Renacimiento:


















Os pongo también un video que os enseña paso a paso como bailarlas:



Bibliografía:

Weir, Alison: Enrique VIII el rey y la corte, Círculo de Lectores, Barcelona, 2004.

http://en.wikipedia.org/wiki/Galliard

sábado, 25 de julio de 2009

El compromiso matrimonial entre Doña Juana de Castilla y Enrique VII de Inglaterra


Juana de Castilla


Enrique VII al conocer la viudedad de Doña Juana de Trastámara demonstró gran interés en convertirla en su segunda consorte. El monarca inglés tuvo la oportunidad de conocerla durante su breve visita a la Isla Británica, en 1506, cuando la armada flamenca que la llevaba, junto con Felipe el Hermoso, arribó, obligada por las tormentas, a las playas inglesas. Podemos asegurar que la belleza de la archiduquesa de Austria no pasó desapercibida a los ojos del viejo rey. Para entonces, era de conocimiento de todos que Juana tenía tendencia a profundos cuadros depresivos, de que daría muestra en la misma Corte de Londres. Enrique VII se sentía atraído ante la idea que fuera una joven ardiente, que llevaba la pasión a límites extremos y que el amor fuera su respirar de cada día.

No obstante, había algo todavía más fascinante en su figura: Juana engendraba con suma facilidad niños sanos y robustos, de los que por ahora había cinco por el mundo. Tal condición era enormemente valorada en cualquier reino, por norma general, los gobernantes eran constantemente perturbados por la cuestión de la sucesión. Por aquellas fechas, el soberano había perdido a su primogénito, el príncipe Arturo. Aunque Juana ya daba signos de inestabilidad emocional, eso en realidad no afligía mucho a Enrique VII. Mantener un enfrentamiento intelectual con su esposa no era lo que más le importaba. El deber fundamental de una reina consorte era proveer de hijos a Inglaterra y consolidar la recientemente fundada dinastía Tudor.


Enrique VII, a sus cincuenta años, era calvo, jadeante, sin dientes y con mal aliento. Sin embargo, desde la muerte de Elizabeth de York, en 1503, el soberano no sacaba de su cabeza la idea de desposarse nuevamente. A la muerte de Arturo, había prentendido su nuera, Catalina de Aragón. Después dirigió también miradas a Juana de Nápoles, incluso a la madre del futuro Francisco I, Luisa de Saboya. Más adelante tuvo en mente a Margarita de Angulema, la hija de la última.




Enrique VII

Finalmente creyó que Juana de Castilla era la que más le convenía. Pero como todavía el cadáver de Felipe el Hermoso era un obstáculo para la futura pareja, el monarca inglés, por si acaso, prefirió jugar a dos bandas. Por un lado pretendía a Juana y por otro monstraba interés por Margarita de Austria. Para definitivamente formalizar el compromiso con la infanta española, nadie mejor que utilizar a su nuera, Catalina de Aragón, como pieza de ajedrez. La joven princesa viuda de Gales desamparada por su padre y vivendo en un estado de caótico abandono, en los últimos tiempos carecía de recursos para pagar a sus sirvientes y para alimentarse y vestirse como correspondía a su rango. El asunto de la dote de su matrimonio con Arturo le traía por la calle de la amargura.

Catalina de Aragón



Catalina presentía que la boda de su hermana con su suegro podría ser su liberación, si Juana se convertía en reina de Inglaterra. Y así se lo suplicó a su padre. La única persona capaz de persuadir a la tozuda reina de Castilla de 27 años era sin duda su progenitor.


Vi lo que el rey de Inglaterra vos fabló - contestaría Fernando a su hija, el 15 de marzo de 1507 - sobre lo de su casamiento con la reina de Castilla, mi fija, vuestra hermana, y plúgume sobre todo lo que sobre ello de su parte me escrebistes.



Aquella negociación no desagradaba al Rey Católico:


Respondedle a ello de mi parte que yo no sé aún si la dicha de la Reina, mi fija, está en voluntad de casarse, y que si ella se ha de casar, que yo folgaré más que se case con dicho Rey, mi hermano...


Lo primero sería conseguir que Juana accediese a que se diera sepultura a su marido, Felipe el Hermoso. De verdad que Fernando lo intentó pero todo fue en vano. Juana era de convicciones fijas, su respuesta se repetía un y otra vez: "No tan deprisa". Es lógico de esperar que no consiguió ver un atisbo de encanto en su achacoso prometido. Todo ello fue contemplado por ella durante su breve visita a la corte inglesa. Enrique VII no era precisamente un "Adonis" capaz de hacer olvidar a su amado Felipe.


De todas formas, una tisis galopante puso fin al compromiso. Enrique VII falleció el 21 de abril de 1509. Dos meses antes, Fernando el Católico, convencido ya que el proyecto de casar a su hija era imposible, decidió que Doña Juana fuera encerrada definitivamente en Tordesillas. Si hubiera accedido a esta proposición a tiempo, tal vez se hubiera librado de un angustioso y eterno encierro.



Bibliografía:


Fernández Álvarez, Manuel: Juana la Loca, La Cautiva de Tordesillas, Espasa-Calpe, Madrid, 2001.

Hackett, Francis: Enrique VIII y sus seis mujeres, Planeta DeAgostini, Barcelona, 1996.

lunes, 20 de julio de 2009

The Groom of the Stool ("El Gentilhombre del Excusado")

El título de Gentilhombre del Excusado se derivaba del privilegio que permitía que este caballero atendiese a su soberano siempre que usaba la silla retrete; sus obligaciones era proporcionarle un paño de franela "para limpiarse el extremo de abajo", y llamar a un criado de la Cámara para que vaciase y limpiase el utensilio.

Era considerado el principal Caballero de la Cámara Privada, que tenía como función dirigir el departamento y era responsable de su personal y de la custodia del mobiliario, las llaves y los objetos valiosos. Por motivos de seguridad, solo elegía cortesanos de mayor confianza y que solían pasar mucho tiempo con el rey en sus aposentos privados. Normalmente, eran hijos de nobles de alta cuna o de miembros importantes de la pequeña nobleza.

Como tenía obligación de atender al rey mientras hacía sus necesidades, se le asignaba siempre una habitación en los aposentos privados; nadie más tenía acceso a la alcoba de Enrique VIII " ni a ningún otro lugar secreto", a menos que fuese por invitación.

Para nuestra época se puede considerar una profesión de lo más humillante, sin embargo para ellos era todo lo contrario. Era especialmente valorada, ya que era un honor pasar más tiempo con el rey a solas. Sir Henry Norris, ejecutado por supuestamente haber sido amante de Ana Bolena, tuvo el honor de ostentar este puesto en la corte.

Con el paso del tiempo podría llegar a ser secretario privado del rey, realizando una gran variedad de tareas admininstrativas dentro de sus aposentos privados.


Bibliografía:

Weir, Alison: Enrique VIII el rey y la corte, Círculo de Lectores, Barcelona, 2004.

http://en.wikipedia.org/wiki/Groom_of_the_Stool

domingo, 12 de julio de 2009

Enrique VIII y sus pantorrillas

En 1515, Enrique VIII recibió en su espléndida corte a los embajadores venecianos. Tanto el monarca como el cardenal Wolsey vieron, en tal visita, una ocasión idonea para deslumbrar a los italianos y distanciarlos de Francia. Para entonces, Francisco I organizaba un ataque contra Milán, que reuniría sus tropas y se aliaría con los ejércitos de Venecia. En septiembre del mismo año, el soberano francés se enfrentaría a las fuerzas de la Confederación de Suiza, dueñas del ducado del Milanesado. El combate, conocido como la Batalla de Marignano, culminaría con la victoria de Francisco I y a cesión del Milanesado a la corona francesa.

Durante su estancia en Inglaterra, los embajadores venecianos fueron invitados a la famosa fiesta de mayo, y llegaron a Greenwich a una hora muy temprana el primer día de dicho mes. Enrique disfrutaba mucho con la llegada de la primavera y era una de sus celebraciones favoritas.

En cierto instante, los venecianos salieron al campo al encuentro del rey. Un carro triunfal, ocupado por cantantes y músicos, encabezaba el alegre séquito compuesta de cientos de guardias del monarca vestidos de color verde. Enrique, vestido de terciopelo del mismo tono, ropilla, birrete, calzas, les saludó cordialmente, volteando sobre un palafrén, que le había sido obsequiado por el Duque de Mantua.

Sin embargo, las aduladoras palabras recitadas por los venecianos, en un descanso de la fiesta, no satisfacían del todo la vanidad del soberano:

-Habládme - díjoles de pronto - . Decidme: el Rey de Francia, ¿es tal alto como yo?

-Escasa es la diferencia, Majestad.

-¿Es igual que yo de grueso?

-No, señor.

-¿Qué forma de pierna tiene?

El veneciano frunció el ceño.

- Tiene la pierna flaca, señor.

-Pues miradme a mí -
exclamó Enrique, desabrochándose la ropilla y luciendo la cadera.

Y luego, mirando al veneciano, dijo satisfecho:

-Y tengo, además, unas magníficas pantorrillas. Yo quiero mucho al Rey de Francia - agregó al cabo de un rato.


Bibliografía:

Hackett, Francis: Enrique VIII y sus seis mujeres, Planeta DeAgostini, Barcelona, 1996.

http://es.wikipedia.org/wiki/Batalla_de_Marignano

lunes, 29 de junio de 2009

The Raucous Royals (La Realeza Escandalosa...)

Os estaréis preguntando: ¿Que hace Enrique VIII tragándose un trozo de pollo? Bueno, todos sabemos que Su Majestad apreciaba mucho un buen manjar y su extraordinario apetito era comentado en toda la corte.¿Pero en realidad siempre fue un soberano gordinflón?

Como he comentado en post anterior, en sus años jovenes el rey llamaba la atención por donde pasaba, deslumbrando a las damiselas con sus fuertes músculos y su imponente presencia. Era un alto caballero, medía apoximadamente 1.92 metros, una altura que superaba con creces los estándares de la época. Además, poseía el pelo rojizo, característico de la dinastía Tudor, que lo había heredado de su madre, Isabel de York. Después de tantas alabanzas, podríamos decir que era un tipo guapo y atractivo.

Sin embargo, su guapura, como el lógico esperar, se perdería por culpa de los años y por sus inconsecuentes excesos. Al final de su vida, sufría mucho por una herida en la pierna que no acaba de cicatrizar. Aquello desprendía un terrible olor a pus que se hacía difícil permanecer mucho tiempo a su lado. Los médicos le aconsejaron,para no empeorar su estado, que debería evitar practicar ejercício físico. Se hizó tan obeso que sus servidores tenían que arrastrarle a una silla vallada sostenida por unos palos por delante y por detrás.

El monarca también tenía las encías hinchadas, le faltaban dientes y peor aún: un aliento horrible. Los médicos hoy en en día creen que el rostro hinchado de Enrique VIII se debía por una enfermedad llamada escorbuto. Las personas adquirian esta dolencia cuando no tomaban suficiente vitamina C en su dieta. En la corte de Enrique, las mayor parte de los cortesanos comían anguilas, ballenas,marsopas, jabalís, caracóles, pavos reales y cisnes. No era costumbre alimentarse de frutas y verduras, que son ricos en vitaminas, lo que explica que el monarca engordara tan considerablemente. Se cuenta que llegó a pesar más de 136 kg!



Esta y otras historias las podéis encontrar en http://www.raucousroyals.com/ o en el blog de la misma autora http://blog.raucousroyals.com/. La escritora inglesa Carlyn Beccia hace un excelente trabajo al intentar aclarar todos los enigmas de nuestros personajes históricos favoritos, todo ello con un lenguaje divertido y cargado de humor. Sabremos de una vez por todas si una anecdota se trata de mero rumor o de una innegable verdad. Algunas talvez jamás podrán ser desveladas...

Os dejo con un video promocional de su libro, que salíó al mercado en septiembre de 2008.


miércoles, 24 de junio de 2009

La Coronación de Enrique VIII

















El 24 de Junio de 1509, hace exactamente 500 años, Enrique VIII fue coronado Rey de Inglaterra y su esposa, Catalina de Aragón, fue proclamada Reina consorte.

En la víspera del gran acontecimiento, el 23 de junio, Londres se lleno de júbilo cuando el rey y la reina atravesaron en procesión a Cheapside, Temple Bar y el Strand hasta el palacio de Westminster. Londres todavía era una ciudad medieval amurallada, aunque sus barrios periféricos se estaban extendiendo muy deprisa más allá de las murallas: en el Strand, por ejemplo, se situaban las grandes casas de la nobleza, con jardines que bajaban hasta el río. El horizonte de la ciudad apareció dominado por las agujas de la catedral gótica de San Pablo y otras ochenta iglesias. Era una ciudad que progresaba, llena de vida y muy congestionada porque sus calles era estrechas y sus edifícios apretujados ocupaban a veces parte de la calle; la mayoría de sus ciudadanos, por tanto utilizaban el Támesis como príncipal vía pública.
Londres durante la Era Tudor

En honor a su coronación, las edificaciones que bordeaban la carrera estaban adornadas con tapices y de los caños manaba vino que el pueblo podía beber sin pagar nada. El joven Enrique, que dentro de cinco días cumpliría dieciocho años, cabalgaba debajo de un dosel que portaban los barones de los Cinco Puertos, precedido por sus heraldos. Estaba imponente vestido con un jubón de oro con piedras preciosas engarzadas debajo de un manto de terciopelo carmesi, forrado de armiño, y sobre los hombros una tira de rubíes.

Catalina, de veintitrés años, iba recatada y modesta en su traje de raso blanco bordado y armiño, dejaba caer sobre sus hombros su extenso y bello cabello rubio rojizo para demonstrar su pureza. Seguía a su esposo en una litera adornada con colgantes de seda blanca y cintas doradas. Sus damas, vestidas de terciopelo azul, la seguían montadas en corceles no menos resplandecientes.

La comitiva resultaba ser un espectáculo fascinante, digno de ser admirado, como si nos adentráramos en un cuento de hadas.

El pueblo al contemplar ese gran evento, no podía contener su entusiasmo. Había muchas esperanzas puestas en aquel jovencísimo soberano. Enrique inspiraba confianza, con él no les faltarían buenas carreteras para viajar, tranquilidad para vivir y ocasiones de acercarse al monarca para hacerse escuchar, para ganar su voluntad. Este rey sacaría a Inglaterra de las tinieblas y se uniría al nuevo movimiento renacentista que triunfaba en Europa. Sería un modelo para los cortesanos y fomentaría el arte y la cultura de su país, además de apoyar a los mercaderes.

Por la tarde el rey y la reina llegaron al Palacio de Westminster, que había sido sede del gobierno real y principal residencia del monarca en Londres desde el siglo XI.



Enrique y Catalina velaron toda la noche antes de la coronación en la capilla de San Esteban, fundada por el rey homónimo en el siglo XIII. El día de San Juan, 24 de junio, domingo, los jovenes soberanos, ataviados con regias vestiduras de color carmesí y precedidos por la nobleza, que iba vestida de escarlata con pieles de adorno, anduvieron hasta la Abadía de Westminster por una alfombra de paño rayado con hierbas aromáticas y flores esparciadas por ella. Al entrar el rey en la abadía y perderse de vista, el gentío rompió la alfombra en pedazos para guardarlos como recuerdos.

Tomás Moro escribió maravillado estas palabras: "Este día consagra a un joven que es la gloria eterna de nuestra era. Este día es el fin de nuestra esclavitud, la fuente de nuestra libertad, el principio del gozo. Ahora el pueblo, liberado, corre delante de su rey con los rostros iluminados."

Después de ser aclamado, Enrique prestó el juramento de la coronación y fue ungido con óleo sagrado. A continuación el Arzobispo Warham procedió a consagrarle con la corona de San Eduardo el Confesor. El coro rompió a cantar Tedeum Laudamus mientras treinta y ocho obispos conducían al monarca recién consagrado hasta el trono para que recibiera el homenaje de sus súbditos principales.

En una ceremonia mucho más corta, la reina fue coronada con una pesada diadema de oro engastada con zafiros, rubíes y perlas. Cuando la pareja salió de la abadía, el rey llevaba la corona "imperial" o corona arqueada, que era más ligera, y una vestidura de terciopelo color púrpura forrada de armiño; mientras la multitud profería vítores, sonaba el órgano y las trompetas, atronaban los tambores y replicaban las campanas para señalar que Enrique VIII "Había sido coronado gloriosamente por el bien de país entero".



Después de la coronación, el rey y la reina encabezaron la gran procesión de vuelta Westminster Hall para el banquete correspondiente. Además se celebraron justas y torneos en el palacio que durarían hasta medianoche. La fiesta continuaría durantes varios días más.

Semejante alegría se vería unicamente truncada por la muerte de la abuela de Enrique, Margaret Beaufort el 29 de junio, el día después que el monarca alcanzara la mayoría de edad.

A partir de entonces una nueva era deparaba Inglaterra, un tumultuoso reinado que dejaría una huella inolvidable en los anales de la historia de ese país. Por ahora nadie imaginaba que este culto, galante y atractivo príncipe renacentista se acabaría convirtiendo en un temido y despiadado soberano, que sería más recordado por sus conflictivos matrimonios que por sus hazañas en el trono.


Bibliografía:

Weir, Alison: Enrique VIII el rey y la corte, Círculo de Lectores, Barcelona, 2004.

Hackett, Francis: Enrique VIII y sus seis mujeres, Planeta DeAgostini, Barcelona, 1996.


sábado, 23 de mayo de 2009

Carta de Catalina de Aragón, Princesa de Gales

Esta carta escrita por Catalina de Aragón, siendo todavía princesa viuda de Gales, iba dirigida a Miguel Pérez de Almazán, secretario de Fernando el Católico. En esta correspondencia, fechada a 18 de Julio de 1507, se aprecia la fortaleza y prudencia de la infanta a la hora de aconsejar a su padre a respecto de las negociaciones que se estaban produciendo en los reinos vecinos.

Se descubre el resorte político de que se valió el rey D. Fernando de Aragón para contrarrestar la nueva concordia que el emperador Maximiliano meditaba llevar á cabo con Enrique VII, rey de Inglaterra, y con la Señoría de Venecia. La carta del secretario Miguel Pérez de Almazán, á quien contesta la Princesa, debió escribirse en los días que el rey de Aragón se disponía á salir de Nápoles. Salido en 4 de Junio, el 26 llegó á Génova. Verificada poco después en Saona su entrevista con Luís XII de Francia, navegó hacia Cataluña, en cuyas playas tocó á 11 de Julio, y el 20 arribó al Grao de Valencia. Previno el rey D. Fernando con su acostumbrada claridad y perspicacia de genio político el consejo de su hija, habiendo hecho en Saona alegres muestras de su propio poder y conciliándose el de Francia por medio del cardenal de Rohán. Apoyado asimismo en el favor de Inglaterra, vió deshacerse como el humo los amagos del Emperador, que en su carta del 12 de Junio prometía á D. Juan Manuel estar en España con su nieto el príncipe D. Carlos para fines de mes. La dominación flamenca, que había de poner en combustión estos reinos con la guerra de las Comunidades y de las Germanías, se atajó por entonces, y en ello quizá no poca parte cupo á Doña Catalina.

A continuación se detalla la carta de Catalina:

Almaçán. La carta, que con melchor me scryvystes, Recevy; y olge en saber todas las nuevas que en ella me decys, en especyal la vrevedad de la partyda del Rey mi señor; y asy ya yo no escryvo a su alteza a napules, syno endereço las cartas a castilla, porque espero en dyos que le allaran alla. Asy mismo uelgo del amor que me decys el Rey my señor tyene con el Rey de ynglaterra mi señor, y que lo entiende mostrar por obra; y syendo en servycio de su alteza, de todo lo que con el yzyere olgare yo, por que aga mas el Rey my señor de lo que le tyene merecydo. Asy os Ruego, quando su alteza escryvyere al Rey, syenpre acordeys a su alteza que le de a entender su poder y estado, y junto con esto mezcle cebo de mucha dulçura, porque asy cunple al servicio de su alteza; y por eso os lo escrivo a vos, como a persona que se que lo myrareys y en quien todo puede caber. QueRía poderme aprovechar de las çyfras para escryvyr, mas no vasta mi cyencya para mas de sacallas. Lo que os Ruego es que en llegando el Rey mi señor a castylla, de donde avra mas que escrevir, de todo muy por entero me agays saber; porque, por tener tan cyertas vuestras nuevas, las huelgo de saber mas de vos que de nadie. Acabo. De mi mano en grawiche a XVIII de julyo.

La princesa de gales.»


Fuente:
http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/hist/90253957651281607932457/p0000001.htm#I_0_

domingo, 17 de mayo de 2009

Nueva exposición sobre las mujeres de Enrique VIII



Este año el Palacio de Hampton Court tiene varias exposiciones dedicadas al rey Enrique VIII en conmemoración a los 500 años de su ascensión al trono de Inglaterra. Entre ellas, existe una muestra títulada "Las mujeres de Enrique" , que se centra en las esposas e hijas del monarca. Veremos retratos desconocidos de estas damas y también algunos objetos personales suyos. Algunas de las pinturas no han sido nunca enseñadas antes al público, como por ejemplo, las de las reinas Ana de Cleves y Catalina Parr. La exposición se inauguró el 10 de abril de 2009.

Hay cierta controversia sobre la identidad de uno de los cuadros, se trata del retrato atribuido a Catalina Howard. Actualmente la National Portrait Gallery ha etiquetado este retrato como " Mujer desconocida, antes conocida como Catalina Howard". Estudiosos de la Era Victoriana habían identificado este pintura, hecha por Hans Holbein el Joven, como la quinta cosorte de Enrique VIII. La historiadora Antonia Fraser sostiene que esta imagen se parece más a Elizabeth Seymour, hermana de la reina Jane Seymour. Incluso podemos apreciar cierta semejanza entre las hermanas, principalmente en el mentón y la boca.

La dama en cuestión viste un atuendo de viuda, algo raro en una joven recién casada como era Catalina. Sin embargo, Elizabeth guardó luto por su primer marido que falleció en 1534. En 1538 volvería a desposarse con Gregory Cromwell, Primer Baron de Cromwell, hijo del Primer Ministro del reino, Thomas Cromwell, Primer Conde de Essex.
Soy de la opinión que no se trata de Catalina Howard, parece muy austera y mayor para ser ella. En realidad no existe ninguna imagen que podemos confirmar como suya. Según Fraser, el único retrato posible de ella, es una figura de perfil, en una ventana del King´s College, Cambridge.

A continuación un video donde podéis contemplar estos mágnificos retratos:






Fuentes:

Fraser, Antonia: Las seis esposas de Enrique VIII, Ediciones Web, Barcelona, 2007.



jueves, 30 de abril de 2009

Enrique VIII se inspiró en Felipe el Hermoso


Me quedé impresionada con este artículo hallado en el Diarío ABC, en el se afirma que Enrique VIII quedó fascinado con el carácter de Felipe el Hermoso e incluso vió en él un ejemplo a seguir. Las relaciones entre el aún Duque de York y el Archiduque de Austria fueron bastante cordiales y se enviaban correspondencia con frecuencia. Pena que la muerte prematura de Felipe interrumpiera una amistad que podría haberse afianzado en los años venideros.



Enrique VIII, retrato de 1509



Felipe el Hermoso

A continuación el artículo completo:


"Enrique VIII, probablemente el más famoso a la par que sanguinario Rey de Inglaterra, podría haberse "inspirado" en Felipe El Hermoso, esposo de Juana La Loca, para construir su personalidad como monarca.


Según se desprende de las cartas que el aún Duque de York enviaba al regente español y que ahora expone la Biblioteca Británica, el futuro Rey de Inglaterra se sintió fascinado por la fuerza, el carácter y la complexión física de Felipe El Hermoso tras conocerlo personalmente en enero de 1506, cuando éste se "refugió" en Inglaterra de las revueltas que por aquel entonces recorrían España.


Con motivo de la celebración de su 500 º aniversario de ascenso al trono, la Biblioteca Británica inauguró el día 23 de abril la exposición "Enrique VIII: Hombre y Monarca", que muestra cómo el idealista y renacentista heredero británico pasó a convertirse en un cruel y despiadado monarca que desconfiaba de todo y de todos.


Escaso conocimiento


Casado en primeras nupcias con Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos, a la que repudió más tarde frente a la oposición de Roma, que no aceptó el divorcio por presiones de Carlos V, Enrique VIII mantuvo en su juventud una estrecha relación epistolar con la realeza española. Además de cartearse con Felipe El Hermoso con cierta asiduidad durante cerca de cinco meses -Felipe murió en junio de 1506-, al Enrique de los primeros años de reinado le gustaba también mantener contacto con su suegro, Fernando de Aragón, a quién enviaba misivas contándole, por ejemplo, cómo había ido la coronación de su hija.


La exposición de la Biblioteca Británica navega por la vida de Enrique VIII vista desde una óptica muy personal e intimista, a través de los escritos, dibujos, partituras o salterios que pasaron por las manos del monarca. El principal objetivo tanto de esta exposición como del resto de numerosos actos conmemorativos de la coronación de Enrique VIII es mostrar la "cara amable" de un rey que fue considerado como "una sangrienta tara en la historia de Inglaterra" por el ilustre novelista Charles Dickens.


El comisario de la muestra, David Starkey, se lamenta de que lo único que se sepa de Enrique VIII es "que se casó seis veces y se divorció cuatro", mientras que, a su juicio, merece la pena también "descubrir al rey apuesto, al príncipe idealista, al dedicado hijo y marido, al estudioso, al poeta, al músico y al amigo que se encontraban dentro de él". Así se muestran entre otros documentos varias partituras debidas a su inspiración como la que lleva el título de la famosa canción "Pastyme with good compnaye", en la que ensalzas las virtudes de la vida principesca, la caza y el baile, y los libros que el poeta y sacerdote John Skelton escribió para la instrucción del príncipe adolescente.


Junto a ellos se expone una lista de notables ejecutados durante su reinado: entre ellos, dos de sus esposas, un cardenal, más de veinte miembros de la aristocracia, cuatro destacados funcionarios públicos, seis amigos o personas de su entorno más próximo, tres abades mitrados y varios responsables de monasterios. Sea como fuere el modo en que Enrique VIII pasó de firmar creaciones musicales a condenas a la pena capital, el hecho es que este rey ha pasado a los anales de la historia como el monarca británico que más órdenes de ejecución ha signado."

domingo, 22 de marzo de 2009

La moda femenina en la corte de Enrique VIII: Los vestidos

La mayoría de los extranjeros opinaba que las mujeres inglesas vestían mal y sin recato, pero lo que vemos en los retratos induce a pensar que en Inglaterra los escotes no eran más bajos que en otras partes. Aunque es verdad que la moda inglesa iba a la par que el resto de Europa, las damas vestían suntuosamente y llevaban vestidos cuya confección requería como mínimo nueva metros de tela. En 1501 Catalina de Aragón presenta el verdugado (un tipo de saya acampanada) a la corte Inglesa, que añade más rigidez a la moda femenina y será un requisito necesario para todas las prendas de vestir del siglo.


Dos damas de la familia de Tomás Moro (1527-28)



La cola del vestido era larga y formaba una gaza en el extremo para que se viese la enagua o se llevaba sobre el brazo. Los corpiños eran muy ceñidos, tenían escotes amplios y cuadrados con ribetes de ofebrería o joyas y se estrechaban gradualmente hasta rematar en punta por detrás, donde se ataban los cordones. Los corsés con bisagras o "cuerpos" con varillas de metal cubiertos de terciopelo , cuero o seda, se introdujeron hacia 1530. En el decenio de 1540, el escote cuadrado empezó a retroceder ante el cuello alto. Las mujeres embarazadas llevaban corpiños con cordones delanteros que podían aflojarse a medida que transcurrían los meses y crecía la barriga.



En 1530 había aumentado el número de mujeres que usaban el verdugado y las faldas se hicieron más rígidas y más amplias, ahora de llevaban abiertas por delante para que se viese la enagua. Alrededor de la cintura las damas llevaban un ceñidor adornado con joyas del cual colgaba una cadena con un pomo perfumado. Las mangas iban aparte, en los primeros tiempos del reinado se ajustaban mucho la muñeca y su puños se adornaban con pieles y bordados. Con el tiempo se hicieron cada vez más recargadas, con mangas intercambiables debajo, anchas y acuchilladas, con bordes festoneados, y otra manga larga encima, vueltas hacia atrás para que pudiera verse la excelente tela o piel del forro. La mayoría de las mujeres usaban medias negras de estambre tejidas a mano y sujetadas por medio de ligas. La unica prenda interior era el vestido camisero.




La reina Catalina Parr, retrato de 1545 atribuido a Master John

La mayoría de las prendas de etiqueta las hacían sastres profesionales que trabajaban por encargo y utilizaban las telas y los adornos que suministraban los comerciantes de tejidos y complementos, que solían importar sus mercancías del extranjero. Generalmente eran más caras que las mejores prendas de diseño de hoy: el valor de un jubón o un vestido equivalía a los ingresos anuales de un trabajador no especializado.


Las telas más costosas y más buscadas eran las diversas clases de seda, terciopelo, damasco, brocado y raso, y el paño de oro y el de plata, que se tejían con urdimbres de metales preciosos, a veces con una trama de seda de color. Esos tejidos, que procedían principalmente de Venecia y Génova, solían llevar suntuosos estampados de granadas, alcachofas, piñas, capullos de rosa, y coronas que se hacían con tintes brillantes.

Bibliografía:

Weir, Alison: Enrique VIII, el rey y la corte, Círculo de Lectores, Barcelona, 2004.

http://www.historyonthenet.com/Tudors/tudor_costume.htm

http://www.pbs.org/wnet/sixwives/times/fashion.html

http://www.nehelenia-designs.com/Ye_Olde_Online_Shoppe/Renaissance/Tudor/tudor.html

domingo, 15 de marzo de 2009

El arte en la Corte de Enrique VIII: Las Miniaturas de Lucas Horenbout

Las miniaturas se dieron a conocer por primera vez en Inglaterra por Margarita de Valois, hermana de Francisco I, que envió a Enrique VIII en el otoño de 1526 tres retratos del monarca francés y sus hijos realizados por Jean Clouet, el pintor de la corte francesa. Esta nueva técnica artística la llamaban por entonces "Limning", la palabra "Miniatura" no se usó hasta el siglo XVII, y enseguida causó furor en la corte Tudor.

El arte de pintar miniaturas tenía sus orígenes en las intrincadas ilustraciones de los manuscritos iluminados, para las cuales se habían usado técnicas parecidas, y también en las medallas con retratos italianas. Los retratos circulares en miniatura habían aparecido en manuscritos y en documentos oficiales, pero ahora se hicieron populares por derecho propio. Solían montarse sobre cartulina rígida, pintarse con colores vivos sobre fondo azul con letras doradas y colocarse en un marco o estuche, tal vez hecho de oro o marfil. Eran muy caros y, por lo tanto, relativamente raros y muy apreciados.

Muchos de los manuscritos de los que se derivaban las miniaturas se producían en Gante y Brujas. Los iluminadores más célebres pertenecían a una familia llamada Horenbout (nombre que a veces se anglicaniza y se escribe Hornebolte en documentos oficiales), que se había establecido en Gante en 1414 y poco antes había trabajado para Margarita de Austria. Alrededor de 1524, tres de sus miembros, padre, hijo e hija llegaron a Inglaterra, probablemente invitados por Enrique VIII. Gerard Horenbout, el padre, había sido pintor de la corte de Flandes e ilustró manuscritos para el Cardenal Wolsey.

Su hija, Susana Horenbout, nacida en 1503, era también artista y se dice que pintaba miniaturas, aunque ahora no se puede identificar ninguna. Se casó con dos oficiales del reino y permaneció en Inglaterra hasta su muerte en 1545. Sin embargo, no existe ninguna prueba de sus actividades artísticas, y en las cuentas reales no hay constancia de ningún pago a su nombre.

El hijo, Lucas Horenbout ( Aprox.1490-95-1544) había aprendido el oficio en el taller de su padre. En 1512 se habia convertido en miembro del Gremio de Pintores en Gante. En Septiembre de 1525 en nombre de Lucas aparece por primera vez en las cuentas reales al serle concedia una generosa pensión vitalicia de 33 libras y 6 chelines (9900 libras) al año, prueba de la gran estima que el rey tenía por su talento. Lucas Horenbout fue el primer retratista importantes de la reinado, el artista que perfeccionó y popularizó el arte de pintar miniaturas en Inglaterra y que con ello creó moda que duraría siglos.

Al parecer, el trabajo de Lucas como iluminador impresionó al rey, que le encargó que pintase miniaturas siguiendo el estilo de Clouet. Lucas cumplió en encargo con habilidad y delicadeza. En 1527 Enrique pudo devolver el gesto que Margarita de Valois había tenido un año antes y le envió retratos miniaturas suyos y de su hija, María, probablemente pintados por Lucas, que en 1528 fue ascendido al puesto de “Pintor del Rey".


La princesa María Tudor, futura María I, aprox. 1525-29

Hasta hace escasamente poco tiempo, la obra de Lucas Horenbout gozó de escaso reconocimiento, ahora se han identificado como suyas al menos diecisiete miniaturas importantes, que datan en su mayoría de 1526-1535: hay cinco retratos de Enrique VIII, tres de Catalina de Aragón, dos de forma probablemente erronea se identifican como de Ana Bolena, y estudios del duque de Suffolk, la princesa María, Carlos V, Henry Fitzroy, Jane Seymour, el príncipe Eduardo y Catalina Parr. También se ha sugerido que otros trece retratos de cuerpo entero salidos de su taller y de calidad inferior, entre ellos los de Enrique V, Eduardo IV, Enrique VIII, Jane Seymour y el príncipe Eduardo proceden de su estudio. También se dice que Horenbout pintó un retrato de William Carey, esposo de María Bolena.


Catalina de Aragón, aprox. 1525-26

Poco sabemos de la colleción de miniaturas de Enrique VIII. Al igual que su hija Elizabeth I, es probable que la guardara en su aposentos privados. El rey usaba las miniaturas como instrumentos diplomáticos y las daba a sus cortesanos como señal de gran favor. Jane Seymour llevaría una miniatura suya colgada al cuello por medio de una cadena. Aquello resultaba demasiado visible para su señora, la reina Ana Bolena, que enfadada, se la arrancó.


Enrique VIII, aprox. 1525-27


Bibliografía:

Weir, Alison: Enrique VIII, el rey y la corte, Círculo de Lectores, Barcelona, 2004.

lunes, 2 de marzo de 2009

Carta de amor de la Reina Catalina Howard a Thomas Culpeper



Esta es una única carta que se conserva atribuída a Catalina Howard, quinta esposa de Enrique VIII.Fue escrita en la primavera de 1541 a su supuesto amante, Thomas Culpeper, ocho meses después de haber contraído matrimonio con en monarca inglés. La joven Catalina estaba profundamente enamorada de ese distinguido caballero. Lady Jane Bolena (viuda de Jorge Bolena) deseosa de halagar y distraer a su señora, no tuvo reparos en proporcionar a la reina ocasión de entrar en unas relaciones para las que su corazón se hallaba muy dispuesto. La dama de compañía, aprovechando su natural aptitud para el alcahueteo, se dedicó a preparar entrevistas para la enamorada pareja. El ambicioso Culpeper, objeto de aquella regía adoración, no se dejó convencer en un principio; pero al fin triunfó el cariño que él también sentía por Catalina. Las entrevistas celebradas fueron de una intensidad y un nerviosismo extremos .

Después de la caída en desgracia de Catalina, Culpeper fue uno de los hombres acusados de cometer adulterio con la reina. Aquello era considerado traición, y Culpeper fue ejecutado (junto a Francis Dereham, que fue amante de Catalina antes que llegara a la corte). Culpeper trató de salvarse a si mismo diciendo que se había citado con Catalina únicamente porque la joven reina estaba "muriendo de amor por él", y no dejaba que abandonara la relación. Catalina, por su lado, alegó lo contrario, dijo a sus interrogadores que él pedia incesantemente encontrarse con ella, y sentía demasiado miedo para negarse. Sin embargo, la carta expone claramente la versión de los hechos contados por Culpeper.

Catalina no recibió la misma educación que las otras esposas de Enrique VIII, aunque su mera capacidad de leer y escribir era lo suficientemente impresionante para la época. Se transcribe aquí como originalmente escrito, y los errores gramaticales son de la propia Catalina.



Master Culpeper,

Os ruego- le decía- que me enviéis a decir cómo os encontráis.

Me dijeron que estabais enfermo, y jamás he deseado cosa alguna tanto como veros.

Mi corazón muere sólo de pensar que no puede permanecer para siempre en vuestra compañía.

Venid cuando esté aquí Lady Rochford, pues así me será más fácil estar a vuestras órdenes.

Os agradezco que hayáis prometido ayudar a ese pobre, mi criado, ya que, si él se marchare, no me atrevería a enviaros recado con ningún otro.

Os ruego le deis un caballo, pues yo no he podido conseguir uno para él; por lo tanto, mandadme uno para él; y con esto me despido, esperando veros de aquí a poco.

Ojalá estuviera yo ahora con vos, para que vierais el trabajo que me cuesta escribiros.

Vuestra mientras dure la vida,
Catalina


Olvidaba deciros una cosa, y es que habléis a mi criado y le mandéis que se quede aquí, pues dice que hará lo que vos le ordenéis.




Antes de morir en el cadalso el 13 de febrero de 1542, Catalina pronunció unas emotivas palabras:

"¡Hermanos! Os juro por el viaje que ahora mismo he de emprender que yo no he faltado al rey. Ahora bien, es cierto que antes de que el rey se fijase en mí yo amaba a Culpeper, ¡y ojalá hubiese accedido a lo que él me rogaba que hiciera!, pues cuando el rey quiso hacerme suya, Culpeper quería que yo dijese que estaba comprometida a él. Si lo hubiera hecho, no moriría ahora de esta muerte, ni tampoco él habría perecido. Más me hubiese valido tenerle por esposo que se dueña del mundo; pero el ansia de grandeza me cegó, y puesto que la culpa es mía, justo es que también lo sea el sufrimiento. Mi mayor dolor es que Culpeper haya tenido que morir por mi causa."

Bibliografía:
Hackett, Francis: Enrique VIII y sus seis mujeres, Editorial Juventud S.A., Barcelona, 1975.


http://gen.culpepper.com/historical/howard/letter.htm

domingo, 22 de febrero de 2009

Carta de amor de Enrique VIII a Ana Bolena


En primer lugar, me gustaría dar las gracias a Diana de Meridor por haberme enviado esta información tan valiosa sobre Enrique VIII. Esta carta de tono urgente y desesperado, era el ultimátum del soberano a su amada Ana Bolena. En ella se mostraba dispuesto a prescindir de María Bolena y de Catalina de Aragón, a desarraigalas de su corazón con tal de que Ana se le entregara en cuerpo y alma. Enrique había hallado la mujer que deseaba. Estaba hechizado, obsesionado, obcecado. Al fin dió rienda suelta al impulso de su corazón:

Meditando acerca del contenido de vuestras últimas cartas, me veo acosado por mil pensamientos torturadores y sin saber a qué atenerme, ya que en unas frases creo descubrir una satisfacción y en otras todo lo contrario. Yo os ruego encarecidamente me digáis cuáles son vuestras intenciones respecto del amor que existe entre los dos.

Necesito a toda costa una respuesta, ya que llevo un año herido por el dardo de vuestro cariño y sin tener aún la seguridad de si hallaré o dejaré de hallar un lugar en vuestro corazón y afecto.

Esta incertidumbre me ha privado últimamente del placer de llamaros dueña mía, ya que no me profesáis más que un cariño común y corriente; pero si estáis dispuesta a cumplir los deberes de una amante fiel, entregándoos en cuerpo y alma a este leal servidor vuestro, si vuestro rigor no me lo prohíbe, yo os prometo que recibiréis no sólo el nombre de dueña mía, sino que apartaré de mi lado a cuantas hasta ahora han compartido con vos mis pensamientos y mi afecto y me dedicaré a serviros a vos sola.

Rendidamente suplico una contestación para esta mi carta, pues anhelo saber hasta dónde y para qué puedo contar con vos.

Si no os fuera grato contestar por escrito, indicadme algún lugar donde pueda recibir la respuesta de palabra, y yo acudiré con todo mi corazón.

No sigo por temor a cansaros.

Escrito de mano de quien no desea ser sino vuestro,

E. Rex.”


Bibliografía:

Hackett, Francis: Enrique VIII y sus seis mujeres, Editorial Juventud S.A., Barcelona, 1975.

domingo, 15 de febrero de 2009

El lado romántico de Enrique VIII

En mi incansable búsqueda sobre la Dinastía Tudor, encontré una nota de prensa muy adecuada para una noche como hoy. Os extraigo parte del artículo publicado en el Diario El País el dia 13 de febrero:

Famoso por casarse seis veces y tratar a sus esposas con una crueldad sanguinaria, el rey Enrique VIII de Inglaterra también tenía su lado romántico, según una insólita y apasionada carta de amor escrita a su segunda mujer, Ana Bolena. La misiva, celosamente guardada en el Vaticano casi cinco siglos, volverá este abril a Reino Unido y se mostrará por primera vez al público en una exposición de la londinense Biblioteca Británica (British Library) titulada Enrique VIII: Hombre y monarca, que mostrará correspondencia, documentos oficiales clave y libros de la biblioteca personal del rey.

La exposición examinará las profundas transformaciones, personales y políticas, intelectuales y religiosas, que sucedieron bajo el reinado de Enrique VIII. Las motivaciones del soberano que cambió el rumbo de Inglaterra serán analizadas a partir del amplio fondo documental sobre el rey almacenado en la British Library.

En la misiva, escrita en francés -Ana se había educado en la corte de Francia- a comienzos del mes de enero de 1528, el Rey expresa su "intención inalterable" de casarse con la dama y promete "rezar una vez al día" para lograr ese objetivo. "Las demostraciones de tu afecto -señala- son tales y las hermosas palabras de tu carta están escritas con tanta cordialidad, que realmente me obligan a honrarte, amarte y servirte para siempre". "Por consiguiente, te aseguro que mi corazón estará dedicado a ti solamente", afirma el monarca, que escribe la nota con "la mano del secretario que en corazón, cuerpo y voluntad es tu sirviente más leal y confiado".

Con la inocencia de un adolescente perdidamente enamorado, Enrique VIII firma la carta, supuestamente robada en su momento por un espía del Vaticano, con la frase "H pretende a A. B. Ningún otro Rey", junto a las iniciales de su amada encerradas en un corazón. En opinión de David Starkey, historiador y comisario de la exposición, que podrá visitarse desde el 23 de abril hasta el 6 de septiembre, la misiva, "más que cualquier otra cosa", proyecta luz sobre un rincón de "la mente del Rey".



Carta de Enrique VIII en la que el monarca declara su amor a la doncella Ana Bolena, a comienzos del mes de enero de 1528

Para Starkey, "Enrique no es sólo el rey más conocido de Inglaterra, por sus esposas, su silueta y su carácter sanguinario". "Es uno de nuestros soberanos más importantes", pues "creó una iglesia nacional y una política insular y xenófóba que determinó el desarrollo de Inglaterra durante los siguientes 500 años".

El recorrido se completará con tapices, esculturas, armaduras, joyas y esculturas procedentes de otros museos. Entre la lista de objetos expuestos se contará el Salterio de Enrique VIII (libro de oraciones del monarca, que incluye miniaturas del rey representado como David matando a Goliat), un retrato de juventud, de autor desconocido (datada en 1513), el contrato matrimonial con Catalina de Aragón, de 1504, que sellaba la alianza angloespañola, prestado temporalmente por el Archivo General de Simancas.

Bibliografía:

http://www.elpais.com/articulo/cultura/Enrique/VIII/rey/sanguinario/romantico/elpepucul/20090213elpepucul_3/Tes

viernes, 30 de enero de 2009

La moda en la corte de Enrique VIII: Las joyas

Durante el reinado de Enrique VIII, las joyas de estilo medieval dieron paso a los diseños renacentistas, entre los que destacaba los camafeos y los grabados con motivos clásicos. Los retratos de cabeza aparecían no sólo en camafeos, sino también en medallones en miniatura que se engarzaban en colgantes, broches y anillos. Muchas joyas estaban adornadas con motivos de la naturaleza, y gran número de ellas eran marcadamente simbólicas y con frecuencia daban cuerpo a alusiones visuales o juegos de palabras.


Extraordinario anillo con los retratos de Elizabeth y Ana Bolena (1575)


Miniatura de Enrique VIII (1526) atribuída a Lucas Horenbout

Las joyas eran imprescindibles para definir el status social de una persona, incluso más que la indumentaria. En la corte, ambos sexos hacían gran ostentación de joyería, la mayor parte de la cual era obra de ofebres londinenses o se importaba de Italia, París o Brujas.

Los oficiales del Estado o de la casa llevaban gruesos collares de oro con eslabones en forma de doble, con insignias de rastrillos y rosas de los Tudor y una rosa colgante, como se ve en el retrato de Tomás Moro que pintó Holbein.



Enrique VIII poseía una enorme colección de joyas, mayor que la de cualquier otro rey inglés. Parte de ellas eran heredadas, pero muchas las hicieron por encargo, algunos diseños eran del propio monarca. A Enrique le encantaba enviar agentes al extragero en busca de piezas magníficas y raras. Sus piezas fueron las primeras de Inglaterra en plasmar motivos clásicos. Entre ellas había un colgante en el que aparecía un rostro antiguo , una tabilla con una representación de Hércules y otra de oro antiguo adornada con diez esmeraldas y angelotes blancos.

Los collares de Enrique eran increíblemente espléndidos, con incrustaciones de piedras preciosas de altísimo precio, uno de ellos pesaba más de tres kilos. También era dueño de noventa y nueve anillos de diamantes. Buen numero de joyas suyas fueron robadas, "se perdieron a espaldas del soberano" o "se regalaron voluntariamente".



Enrique VIII atribuído a Hans Eworth (1545)

Parte de la colección de joyas del rey Enrique tenían un significado religioso, tales como los relicarios, insignias para sombrero, crucifijos, corazones, devocionarios y colgantes de "IHS" o "Jesús" como el que llevaba Jane Seymour, pero con la llegada de la Reforma estas cosas pasaron de moda. Curiosamente, el monarca poseía un anillo de oro con una calavera, ejemplo de una costumbre de aquella época que consistía en llevar joyas que recordaban la mortalidad.


Pintura de la reina Jane de Hans Holbein

La joyas personalizadas eran también muy populares en aquellos tiempos. Ana Bolena tenía como mínimo tres colgantes en forma de iniciales: "AB" y "B", que aparecen en varios retratos suyos.



Ana Bolena, pintor desconocido

El rey se aseguró de que sus sucesivas esposas estuvieran bien provistas de joyería. La reina de Inglaterra poseía dos colecciones: sus joyas oficiales, que había heredado de las anteriores consortes y entre las que había algunas piezas muy antiguas e históricas, y sus joyas personales, que valían una fortuna.

Actualmente se conservan pocas joyas de la Casa Tudor. Al cambiar los gustos, las piezas se fundían para hacer otras, por lo que la mayor parte de la información sobre estas piezas procede de retratos y de documentos escritos.

Bibliografía:

Weir, Alison: Enrique VIII, el rey y la corte, Círculo de Lectores, Barcelona, 2004.

tudorhistory.org

viernes, 23 de enero de 2009

La moda femenina en la corte de Enrique VIII: Los tocados

En tiempos de los Tudor, la corte y la nobleza eran quienes imponían las tendencias del vestuário. La ropa desempeñaba un papel importante en lo que se refería a proclamar el rango y la riqueza de quien las llevaba, ya que a veces era carísima.Cuanto más suntuosos eran el tejido y los adornos, mayor la posición social. Se llegaron a promulgar leyes que restringían el uso de ciertos tejidos y colores a personas de determinadas categorías. Este primer capítulo lo dedicaremos a los tocados femeninos.

Llevar el pelo suelto sólo les estaba permitido a las muchachas solteras y a las reinas en los actos oficiales. Las mujeres casadas usaban capuchas de "varias clases de terciopelo a modo de gorra". Las capuchas triangulares era una prenda peculiaramente inglesa que fue popular entre 1480 y 1540 aproximadamente. Inspirada por el arco de cinco puntas de la arqutectura gótica tardía, enmarcaba el rostro y ocultaba por completo los cabellos. Las capuchas triangulares se hacían con varias capas de terciopelo forrado con seda y adornado con suntuosos bordados y orfebrería, reforzado con metal o alambre y sujetado con alfileres decorativos. La manera como se confeccionaban esas capuchas hasta hoy es un misterio, y se cree que tenían un significado simbólico. Catalina de Aragón y Jane Seymour fueron adeptas a ese tocado.




En la década de 1520, las damas elegantes empezaron a llevar la capucha francesa, introducida en Inglaterra por Ana Bolena. Era una prenda con forma de media luna que se confeccionaba con materiales parecidos a los de la capucha triangular, y se llevaba en la parte superior de la cabeza, dejando los cabellos al descubierto y formando un moño.Un velo de color negro colgaba sobre la espalda. En 1540 la capucha francesa ya superaba a la triangular en popularidad y seguiría estando de moda durante cincuenta años. Como dato curioso, Jane Seymour prohibió el uso de este tocado durante su reinado, regresando nuevamente a la corte después de su muerte. Aparte de Ana Bolena, otras dos reinas, Catalina Howard y Catalina Parr lucían esa prenda de vestir.





Bibliografía:

Weir, Alison: Enrique VIII, el rey y la corte, Círculo de Lectores, Barcelona, 2004.

www.henrytudor.co.uk

viernes, 16 de enero de 2009

Jane Seymour "Obligada a obedecer y a servir": Segunda Parte




Enrique VIII y Jane Seymour se comprometieron secretamente en Hampton Court, temprano, en la mañana del 20 de mayo, veinticuatro horas después de la ejecución de Ana Bolena. Al poco tiempo, el 30 de mayo de 1536 se celebró oficialmente el matrimonio en el "gabinete de la reina" en Whitehall.El 04 de junio fue públicamente declarada reina. Ella eligió como moto: "Obligada a obedecer y a servir".

Jane no pudo disfrutar de una gran coronación tal y como lo hizo Ana, la anterior consorte. Era verano y la peste se extendía por todo Londres. El rey le dijo que debería esperar hasta primavera para ser coronada. Pero se rumoreaba, que Enrique no tenía ninguna intención de hacerlo hasta que su esposa diera a luz a su ansiado hijo.

Se cuenta que era una dama que disfrutaba de los placeres sencillos. Adoraba los jardines y era una costurera experta, cuyo trabajo se exponía en los palacios reales más de un siglo después de su muerte. También le gustaban la caza y la pesca e iba de cacería siempre que podía.

Una de sus primeras medidas como reina, fue lograr la reconciliación entre Enrique VIII y su hija María. Consiguió que Enrique permitiera que Lady María regresara a la corte, donde le dió procedencia como "la primera después de la reina". Jane tomaba a María de la mano y caminaba con ella como su igual, y se negaba a ser la primera en cruzar las puertas. Apenas les separaban siete años de diferencia y se hicieron muy buenas amigas, además de compartir el fervor religioso por la vieja fe.

La corte de la reina Jane, si debía ser espléndida, también debía ser decorosa. Se cuenta que era estricta en cuanto a los trajes de sus damas, prohibiendo la moda francesa introducida en la corte por Ana Bolena. Se decía que sus amistades eran sólo femeninas y su reinado se caracterizó por transmitir una atmósfera severa, casi opresiva. Se preocupaba por los mínimos detalles, muchas veces sin importancia, quería que todo estuviera impecable.

Finalmente a principios de 1537, el rey recibió la buena nueva que tanto ansiaba: su queridísima esposa estaba embarazada. El embarazo de Jane le despertó un deseo incontrolable de comer perdices.El monarca ordenaba traerlas desde Calais y Flandes. Engordó terriblemente y se tuvieron que ensanchar todos sus vestidos.

A comienzos de septiembre de 1537, la reina se retiró al Palacio de Hampton Court para reposar en vísperas del gran acontecimiento. El parto fue largo y difícil, pero al final, a las dos de la madrugada del 12 de octubre de 1537, la soberana dió a luz el esperado príncipe. Enrique VIII se monstró lleno de júbilo y lloró de alegría cuando sostuvo a su hijo en brazos por primera vez, y el país estalló en celebraciones.A la edad de 46 años, el monarca había logrado su sueño. El niño fue bautizado con el nombre de Eduardo, por su bisabuelo, Eduardo IV, pero más en particular porque era la víspera de San Eduardo. Las hermanas del joven príncipe, María y Elizabeth atendieron al esplendida ceremonia de bautismo. Jane acudió al gran evento, pero aún se encontraba débil y sin fuerzas. María actuó como madrina, Elizabeth la llevaba en brazos el tío del niño, Thomas Seymour.

A los pocos días de nacer su hijo, Jane contrajo fiebre puerperal, probablemente a causa de los métodos obstréticos poco higiénicos que se emplearon en el parto. Al día siguiente después del bautizo, su salud fue empeorando cada vez más. La fiebre y la infección dominaban de su cuerpo. Desgraciadamente, Jane murió a medianoche el 24 de octubre de 1537, sólo doce días después del nacimiento de su hijo. Tenía veintiocho años y había sido reina de Inglaterra menos de dieciocho meses.

El rey la consideró siempre su "verdadera" esposa, la única que fue capaz de darle el heredero varón que tanto deseaba. Tanto es asi que la enterró en la Capilla de San Jorge, en el Castillo de Windsor, lugar que él había destinado para su propia tumba. Ella fue la unica de las seis consortes que descansó eternamente junto a Enrique VIII, y según cuentan, la que sinceramente le amó. El monarca vistió negro hasta 1538 y tardó más de dos años en volver a casarse.

Nunca sabremos si detrás de ese rostro bondadoso y servicial se escondía algo más. Su familia, los Seymour, no midieron escrúpulos hasta ver a su hermana en el trono de Inglaterra. En una corte con tantas ansias de poder, no sería de extrañar que la ambición se hubiera apoderado de ella también. Tal vez quisó actuar con cautela y sensatez, sin intrometerse demasiado en los asuntos de Estado, en vistas del trágico destino de la anterior consorte. Años después de su muerte, incluso mientras estaba casado con otra de sus esposas, Jane seguía apareciendo en los retratos reales como reina. Su especial condición como madre del heredero nunca fue olvidada.

Para finalizar os dejo con este bonito video con imagenes de Jane Seymour...




Fuentes Bibliográficas:

Weir, Alison: Enrique VIII, el rey y la corte, Círculo de Lectores, Barcelona, 2004.

Fraser, Antonia: Las seis esposas de Enrique VIII, Ediciones Web, Barcelona, 2007.

es.wikipedia.org/wiki/Jane_Seymour

englishhistory.net/tudor/monarchs/seymour.html

www.luminarium.org/encyclopedia/janeseymour.htm

lunes, 12 de enero de 2009

Jane Seymour: "Obligada a obedecer y a servir": Primera Parte



Jane Seymour se hizó conocida por haber sido la tercera esposa de Enrique VIII y madre del futuro rey Eduardo VI. Fue la quinta hija de los diez hijos de John Seymour y Margery Wentworth. Los Seymour eran una familia de respetable e incluso rancio abolengo en una época en que tales cosas era importantes. Su apellido ,de origen Normando, se rumoreaba que era un tanto oscuro y en un princípio se pronunciaba St Maur. Se cuenta que ascendieron en riqueza e influencia gracias a una serie de matrimonios ventajosos con herederas de sangre noble.

Su padre, Sir John Seymour, acompañó a Enrique VIII en su campaña francesa de 1513 y estuvo presente en el Campo de Tela Dorada en 1520. Fue nombrado caballero y luego convertido en un Hidalgo del Dormitorio. También había sido Sheriff en Wiltshire y en Dorset, digamos que era una carrera poco notable, pero de todos modos lo situó al lado del monarca durante toda su vida.

La fecha exacta del nacimiento de Jane es desconocida, las fuentes indican que fue entre 1504 y 1509. Sin embargo la mayoría de los historiadores, como es el caso de Antonia Fraser, prefieren 1509. Poco se sabe sobre su vida antes de llegar al corazón del monarca inglés, pero se ha estudiado la posibilidad que terminara su educación en la corte francesa, a servicio de la reina María Tudor, y más adelante de la reina Claudia. Como anecdota curiosa, puede que compartiera el mismo techo que Ana Bolena, ya que ambas fueron damas de honor en el país galo y regresaron a Inglaterra al mismo tiempo.

Jane llegó a la corte inglesa como dama de compañía de la reina Catalina de Aragón. Sin embargo, enseguida Ana Bolena se coronó reina y sus atenciones se volcaron en la segunda esposa del soberano.Por esa razón, fue testigo de presenciar la tempestuosa relación entre Enrique y Ana.

En septiembre de 1535, Enrique VIII se alojó en la residencia de la familia Seymour en Wiltshire, Inglaterra. Es posible que haya sido allí que el rey por primera vez se fijara en ella. Pero no fue hasta febrero de 1536 que su interés por Jane se volvió más evidente. Para entonces el monarca no ocultaba su desinterés por Ana, y Jane era la candidata perfecta para reenplazarla como reina.

Que atributos poseía Jane suficientes para cautivar al rey Enrique?
Jane tenía alrededor veinticinco años cuando atrajo la atención del soberano por primera vez. Según las descripciones de la época, era "una mujer de sumo encanto tanto en el aspecto como en el carácter". Pero otras fuentes sugieren que parece probable que el encanto de su carácter superaba considerablemente en encanto de su aspecto. Chapuys, el embajador español, la describía de "estatura media y no de gran belleza". Su rango más distintivo era su famosa tez "blanca pura". Según Holbein, retratista de la corte, tenía una gran nariz y una boca firme, labios apretados, pero una cara de forma oval con una frente alta tan apreciada en aquel tiempo. La impresión predominante en sus retratos es ante todo el de una mujer sensata, además de virtuosa y poseedora de una reputación impecable. A diferencia de sus hermanos y de Ana Bolena no simpatizaba con las ideas religiosas protestantes.

Enrique VIII empezó a cortejarla y le regalaba costosos obsequios que siempre devolvía. Además sus hermanos, Edward y Thomas Seymour, fueron promovidos en la corte. Le decía a su mensajero que recordara que ella era " una gentil dama de linaje recto y honorable y sin mancha", por encima de todo estaba su honor. Si el rey se dignaba hacerle un obsequio de dinero, rogaba que fuera cuando ella tuviera un matrimonio honorable. Lejos de sentirse desilusionado, el soberano se sintió encantado con ese rechazo. En abril de 1536, Edward Seymour, hermano de Jane, y su esposa cambiaron sus habitaciones por unas que tenía paso directo a unos aposentos del rey, así Enrique podía visitar a Jane de una forma más discreta y privada.

El deseo del monarca de casarse con Jane aceleró las falsas acusaciones de adulterio contra la reina Ana. La reciente muerte de Catalina de Aragón también contribuyó para considerar su decisión. El monarca estaba dispuesto a deshacerse de su actual esposa a toda costa, y la presencia de Jane fue el detonante para tomar tan drástica decisión. La desgracia de Ana fue haber abortado por segunda vez, haciendo que el monarca perdiera todas las esperanzas que diera a luz a su ansiado hijo varón. El rey estaba convencido que si se libraba de Ana y se casaba legítimamente con Jane sería posible engendrar su deseado heredero. Ana Bolena fue declarada culpable de todos los cargos que se le imputaban y condenada a muerte. Fue ejecutada por la espada del verdugo el 19 de mayo de 1536.

Esta historia continuará... el proximo post se publicará esta misma semana...

Fuentes Bibliográficas:

Fraser, Antonia: Las seis esposas de Enrique VIII, Ediciones Web, Barcelona, 2007.

es.wikipedia.org/wiki/Jane_Seymour

en.wikipedia.org/wiki/Jane_Seymour

englishhistory.net/tudor/monarchs/seymour.html

www.luminarium.org/encyclopedia/janeseymour.htm

www.tudorhistory.org/seymour/