domingo 25 de septiembre de 2011

Los últimos días de Ana Bolena: 14ª Parte

  

Preocupación por la ejecución de una ex-reina


La corte estaba de cierta forma alarmada debido a la ejecución de una reina depuesta. Se temía lo que ella podía decir a la multitud en el discurso previo a su decapitación; ¿sería Ana tan comedida y reservada para callar tantas injusticias? ¿Seguiría el ejemplo de su hermano, demostrando entereza y resignación ante el cadalso? Kingston, entre otros, le propuso a Cromwell que a la hora de su muerte Ana podría declarar ser una buena mujer con todos los hombres menos con el rey. Este sarcástico comentario, diría que desafortunado de su parte, se debía a la naturaleza temperamental del carácter de Ana, que como es totalmente comprensible, oscilaba de la nerviosa euforia al compungido silencio.

 Se decidió entonces ejecutar su condena no en Tower Hill, donde el público tenía libre acceso, sino dentro de la Torre, sobre el prado contiguo a la capilla. Asimismo, otro punto favor de la nueva ubicación era el hecho de que los portones de la Torre acostumbraban a permanecer cerrados por la noche, de manera que podía vigilarse la entrada. Con lo cual, en la Torre se reunió poca gente esa mañana de viernes, no obstante no se trató de un ajusticiamiento a puerta cerrada.

A título anecdótico, Antonio de Guaras, que vivía muy cerca y que tenía amigos que residían dentro de la Torre, logró infiltrarse en el recinto la noche anterior, y de esa forma logró contar de primera mano la ejecución de Ana en su Spanish Chronicle, pese a que las autoridades habían vetado la entrada de los "imperialistas" y representantes de otros países.


"Anne sans tête"


A medida que avanzaba la madrugada del 19, Ana se dedicó a rezar y a conversar animadamente. Luego, riendo, dijo que le pondrían por mote "Anne sans tête". La reina se había serenado mucho y  recalcó en que no creía que lo que le sucedería fuese un castigo divino. Finalmente, el día amaneció y trajo consigo su condena. Apenas había conseguido conciliar el sueño, sus párpados apenas se cerraron en toda la noche. En medio de la oscuridad y el desasosiego, se confortaba en que su fin sería rápido y sin apenas dolor. Kingston entró a verla muy temprano y le entregó veinte libras para distribuir como limosna, acto seguido le informó que se preparase. El día anterior había mantenido una conversación privada con el arzobispo Crammer y también había recibido los sacramentos. Mantuvo con firmeza su inocencia sobre los cargos que le eran imputados y expresó humildemente su amor al rey.




 Ana es encaminada al cadalso

No demoraron mucho en encaminarla hasta el patíbulo, cuya base estaba rodeada de paja y que había sido construido de forma que no se divisara desde afuera. No se permitió la presencia de extranjeros; sin embargo se congregó un buen número de ingleses, colocándose detrás de la fila formada por los consejeros  y la alta nobleza de Inglaterra. Cromwell estuvo presente para supervisar la adecuada realización de su plan, con el lord Canciller Audley, acompañado del heraldo Wriothesley. Los duques de Norfolk y Suffolk también harían acto de presencia, así como Henry Fitzroy, el joven duque de Richmond, al que "supuestamente" Ana había intentado envenenar. Igualmente, asistirían al ajusticiamiento el alcalde de Londres y sus sheriffs junto a los habitantes de la Torre, prácticamente una pequeña población con sus diversas viviendas.




Ana, precedida por Kingston, fue conducida por la vereda abierta en el césped, seguida por cuatro damas jóvenes. Segun nos relata De Guaras, parecía "tan alegre como si no fuera a morir". Su "alegría" mas bien era una muestra de liberación, el acecho y la persecución habían terminado, por fin podría descansar en paz. Por otro lado, De Carles oyó decir que en su dignidad y compostura nunca lució más hermosa. Iba ataviada con una capa de armiño sobre un traje suelto de damasco gris oscuro, con detalles de piel y enagua carmesí. Una cofia de lino blanco le sostenía el cabello debajo del tocado. Cuando subió al patíbulo auxiliada por Kingston, comprendió que uno de los que se encontraban allí cerca era el ejecutor.  Había prometido no decir nada "sino lo que fuera bueno" cuando pidió autorización para dirigirse al pueblo, y mantuvo su palabra.











Ana Bolena se dirigió a la multitud con este conmovedor discurso: 

(Se plasma en inglés del siglo XVI) 

"Good Christen people, I am come hether to dye, for according to the lawe and by the lawe I am judged to dye, and therefore I wyll speake nothynge agaynst it. I am come hether to accuse no man, nor to speake any thyng of that, whereof I am accused and condempned to dye, but I pray God save the king and send him long to reygne over you, for a gentler nor a more mercifull prince was there never: and to me he was ever a good, a gentle and soveraygne lorde. And if anye persone wyll medle of my cause, require them to judge the best. And thus I take my leve of the worlde and of you all, and I hertely desyre you all to praye for me. O Lorde have mercy on me, to God I commende my soule." 


"Buena gente cristiana, he venido aquí para morir, de acuerdo a la ley, y según la ley se juzga que yo muera, y por lo tanto no diré nada contra ello. He venido aquí no para acusar a ningún hombre, ni a decir nada de eso, de que yo soy acusada y condenada a morir, sino que rezo a Dios para que salve al rey y le de mucho tiempo para reinar sobre ustedes, para el más generoso príncipe misericordioso que no hubo nunca: y para mí él fue siempre bueno, un señor gentil y soberano. Y si alguna persona se entremete en mi causa, requiero que ellos juzguen lo mejor. Y así tomo mi partida del mundo y de todos ustedes, y cordialmente les pido que recen por mí. O Señor ten misericordia de mí, a Dios encomiendo mi alma."






Continuará...


Bibliografía:

Fraser, Antonia: Las seis esposas de Enrique VIII, Ediciones Web, Barcelona, 2007.

Hackett, Francis: Enrique VIII y sus seis mujeres, Editorial Juventud S.A., Barcelona, 1975.

Warnicke, Retha M.: The rise and fall of Anne Boleyn: family politics at court of Henry VIII, Canto, Cambrige University Press, 1996.

Weir, Alison: Enrique VIII el rey y la corte, Círculo de Lectores, Barcelona, 2004.

viernes 9 de septiembre de 2011

La misteriosa muerte de Juan Borgia, duque de Gandía: Primera Parte




La carrera de Juan Borgia en el Vaticano iba en viento en popa, pues en aquel momento Alejandro VI estaba en el auge de su poderío y es lógico de suponer que deseaba a toda costa la misma suerte para su vástago. El 7 de junio de 1497, en consistorio, proclamó ante todos su intención dar a su hijo un feudo, para él y para sus descendientes la ciudad de Benevento, con sus correspondientes fortalezas y pertenencias. Su ascenso no resultó ser del agrado de muchos, sin embargo algunos trataron de sacar provecho de la situación en la medida de lo posible. Entablar amistad con el duque de Gandía era un golpe de suerte y sería estúpido el que no vislumbrara las ventajas que tal vínculo proporcionaba.

El cardenal Ascanio Sforza no salió muy bien parado. Existe un episodio nefasto que corrobora esta afirmación. Ocurrió en una noche de junio en el palacio del vicecanciller:
 Sforza agasajaba a sus invitados con un espléndido banquete, entre los cuales se encontraba Juan Borgia. Impulsivo, engreído y creyéndose intocable, el hijo de Papa comenzó a burlarse de los convidados y llegó a llamarles "holgazanes a la mesa", a lo que uno de los aludidos contestó tranquilamente que jamás se olvidarían de su bastardía. Juan se levantó bruscamente, haciendo creer a todos que tal insulto desencadenaría en una lucha cuerpo a cuerpo, pero la conducta del duque fue todo lo contrario. Abandonó la residencia de Ascanio buscando refugio en el palacio papal.






Alejandro VI obró de una manera inesperada: haciendo caso omiso a la inmunidad diplomática, mandó una compañía de soldados a forzar las puertas del palacio de Ascanio y acto seguido hizo arrestar al hombre que proclamó aquella injuria a su hijo. La clemencia de Su Santidad brilló por su ausencia, fue tajante y firme en su decisión: su condena sería la horca. El gesto hostil de Rodrigo Borgia resulta inexplicable para un hombre ante todo conocido por su tolerancia hacía los chismes y las habladurías acerca de él. Quizá aquel comentario desafortunado le sentó como una puñalada, una grieta en su orgullo, que era imposible no defender su honor. Sus hijos eran su esperanza de un futuro próspero, la prolongación de su ser, nadie tenía derecho a difamarlos.  

Después del incidente, Juan, rescatada su honra, merodeaba por todos los rincones de Roma con su actitud temeraria e imprudente, sin prestar la mínima atención a los consejos que le daba su padre. Seguía metiéndose en intrigas y fanfarroneaba sin cautela.




Además de sus amoríos con Sancha de Aragón, se decía que Juan estaba enamorado de una jovencita noble y bellísima, la hija del conde Antonio María della Mirandola, y que trataba de aproxímarse a ella a toda costa. Desconocemos si logró su cometido, ya que la muchacha estaba muy bien salvaguardada por su familia; no obstante resulta llamativo que un gentilhombre de la servidumbre del cardenal Sforza, cierto Jaches al cual ella había sido ofrecida en matrimonio, con ricas promesas de dote, aun amando a la dama, siempre se negaba a casarse con ella.

Llegó finalmente el señalado 14 de junio de 1497. Vannozza Cattanei hizo una gran invitación a sus hijos varones; no era algo inusual, la madre de los vástagos del Papa le gustaba frecuentemente reunir en torno a su mesa su progenie. 




Vannozza planeó su fiesta no en el palacio de la ciudad, sino al aire libre, en una viña que poseía entre la iglesia de San Martino ai Monti y la de Santa Lucia in Selci, invitando a César, a Juan, al cardenal Borgia de Monreal y a algunos parientes íntimos. Por el contrario, Lucrecia no acudiría ya que llevaba ochos días encerrada en su retiro de San Sixto.




César, con su traje laico, alardeaba de sus modales de caballero; y el duque de Gandía se comportaba como si fuera "el rey" de la fiesta, dejando trasparecer su carácter fanfarrón y descarado ante la presencia de los demás cortesanos. Junto a Juan Borgia aparece de pronto un enmascarado; pero a su alrededor no había quien se preocupase. 




 A avanzadas horas de la noche  acabó la cena y los convidados, despidiéndose de Vanozza, regresaron a sus residencias: iban en grupos, cada uno con su pequeño séquito, hacía el Vaticano, cuando cerca del palacio del cardenal Ascanio, en el barrio del Ponte, el duque de Gandía se detuvo, y tomando consigo un palafrenero y dando montura al misterioso hombre de la máscara, se adentró en la oscuridad de la madrugada para acudir a una cita. Haciendo alarde de su carácter temerario, no siguió las indicaciones de los que le aconsejaban ir acompañado por hombres armados. La resonante y engreída carcajada del joven duque fue lo último que parientes y servidores oyeron de él vivo.


Continuará...




Bibliografía:

Bellonci, María: Lucrecia Borgia, su vida y su tiempo, Editorial Renacimiento, México D.F., 1961.

Escenas de la primera temporada de la serie The Borgias (Showtime, 2011)