domingo 15 de mayo de 2011

Los últimos días de Ana Bolena:12ª Parte



El día después de la sentencia

Después de dictadas las sentencias, Ana Bolena fue trasladada a dos habitaciones con paneles en las paredes del primer piso del recién construido alojamiento del lugarteniente delante de Tower Green, lo que en la actualidad se llama "Casa de la Reina".

El 16 de mayo de 1536, al día siguiente de proclama
rse la culpabilidad de Ana, Sir Kingston estaba preocupado sobre la sentencia que se aplicaría a la reina. Aún seguían sin saber si la soberana sería decapitada o quemada en la hoguera. Le escribió una misiva a Cromwell preguntando: ¿Qué prefiere el rey respecto a la ejecución de la reina? Para la construcción del patíbulo y otras necesidades.

A lo largo de los años nos han intentado convencer que Enrique VIII fue misericordioso con Ana; eso se observa cuando impidió que la quemasen viva en la hoguera. En lugar de tan espeluznante final, el monarca se decantó por la decapitación, pero en lugar de la habitual hacha se emplearía la espada. Para tal incumbencia, ordenó que trajesen el mejor verdugo de Calais que se encargaría de propiciarle una muerte rápida y casi exenta de dolor. Sin embargo, la aparente piedad del monarca se queda en entredicho. Es sabido que Enrique VIII solicitó los servicios del ajusticiador mucho antes que el jurado decretara la culpabilidad de Ana.





La visita de Crammer


Aquel mismo día el arzobispo de Canterbury fue hacer una visita a Ana. Se supone que había ido a verla para escuchar su última confesión y concederle la absolución de sus pecados, aunque ,si analizamos detenidamente los hechos, no tenía mucho sentido si nos adentramos en la ideología protestante de Ana y de Cranmer.
Posiblemente, Ana se habría reconciliado con Dios sin intermediarios y aferrándose a su fe inquebrantable. Cranmer, como fiel servidor de los Bolena, hizo acto de presencia para apoyarla y darle conforto en esos momentos tan dificiles.




Se alega en algunas fuentes que Ana confió a Cranmer que había tenido no sólo un precontrato con lord Percy sino que también se había casado en secreto con él; o bien que la relación de ambos se había consumado después del compromiso. Es posible que Ana haya puesto énfasis en el relato para salvar su vida, o tal vez, dijera la verdad ahora que ya no tenía más escapatoria.

Después de conversar con el arzobispo, Ana parecía más animada y dijo a sus acompañantes que problablemente se le dejaría marchar a Amberes. Pero aquel breve sentimiento de dicha solo era una mera ilusión sin fundamento. Tal vez una leve insinuación de Cranmer haya provocado que albergara esperanzas sin sentido en su corazón.


Los condenados son conducidos al cadalso


Los cinco caballeros serían ejecutados en Tower Hill y, por deseo del rey, fueron absueltos de las terribles penas que debían sufrir en Tyburn. Al menos Enrique VIII mostró algo de clemencia, librando a los condenados de una temible y aterradora agonía; ser destripados en vida, castrados y luego desmembrados. Por fin , se dictó que el hacha sería la herramienta elegida para poner fin a sus vidas. Además, el contestable del la torre, Sir Kingston, había advertido a los procesados un día después del juicio de la reina que emplearan las últimas veinticuatro horas que les restara de vida intentando limpiar su conciencia.

El comportamiento de los prisioneros de estado en vísperas de ser ejecutados era más bien previsible. En la Era Tudor, cuando los hombres estaban a punto de enfrentarse al juicio divino, se esperaba que ellos perdonaran e imploraran por perdón y oraciones. Al mismo tiempo se aceptaba, sin oponer resistencia, la ley y la autoridad del sistema que los había conducido a la muerte.

El 17 de mayo de 1536, y al pie mismo de las ventanas de Ana, los cinco hombres fueron conducidos al cadalso. Todos insistieron en su inocencia, excepto Smeaton que asumió "sus faltas".




Lord Rochford, mantuvo su entereza hasta el final. El privilegio de dar un discurso ante la multitud a veces se anulaba, en el caso de supuestos subversivos, mediante el redoble de tambores para ahogar las palabras del prisionero. Pero George Bolena fue breve y brindó a la muchedumbre de Tower Hill con un elocuente sermón:

Señores todos - empezó con voz vibrante - , vengo aquí no para predicar y dar un sermón sino para morir, ya que la ley lo ha decidido, y a la ley me someto. Poned nuestra confianza en Dios y no en las vanidades de mundo, pues si yo lo hubiera hecho así estaría ahora como estáis vosotros. También quiero pediros que ayudéis a propagar la verdadera palabra de Dios. Yo os pido encarecidamente que roguéis por mí y me perdonéis si en algo puede ofenderos, como yo a todos perdono. ¡Dios salve al rey!




Francis Weston que había sido descrito ante la familia que le adoraba como un caballero entregado a estúpidos devaneos, habló con humildad y sin referirse a los motivos que le había llevado al patíbulo. Lo mismo hizo William Bereton. Henry Norris, el más viejo de los condenados, mantuvo una actitud de altivo estoicismo y murió sin apenas pronunciar unas palabras. Mark Smeaton repitió lo dicho: "Rogad a Dios por mí, porque soy culpable y merezco la muerte. "




Ana Bolena se quedó atónita al enterarse que el músico Mark Smeaton había insistido en su culpa. "¡No me ha librado de la vergüenza que atrajo sobre mi fama!"- exclamó la reina. Y luego: "Temo que su alma padezca por ello".



Un matrimonio nulo y sin efecto

Aquel mismo día 17, el arzobispo Cranmer convocó una reunión en Lambeth para conversar sobre la delicada situación del monarca. El veredicto fue tajante: declaró nulo y sin efecto el matrimonio de Ana con el rey y bastarda a su hija Elizabeth. No obstante, suena bastante contradictorio. Si no había estado casada con Enrique VIII, ¿cómo podía decir que era adúltera?


Continuará...



Bibliografía:


Denny, Joanna: Anne Boleyn: A new life of England´s tragic Queen, Portrait Books, London, 2005.

Fraser, Antonia: Las seis esposas de Enrique VIII, Ediciones Web, Barcelona, 2007.

Hackett, Francis: Enrique VIII y sus seis mujeres, Editorial Juventud S.A., Barcelona, 1975.

Ives, Eric: Anne Boleyn, Basil Blackwell, Oxford, 1988.

Weir, Alison: Enrique VIII el rey y la corte, Círculo de Lectores, Barcelona, 2004.