domingo 27 de marzo de 2011

La boda de César Borgia y Carlota de Albret (1ª Parte)



El 10 de mayo de 1499 se celebró la boda de César Borgia y Carlota de Albret. Días después, como mencionamos en el capítulo anterior, al duque Valentino le fue otorgado el cordón de la Orden Real de San Miguel, el más alto honor que podía recibir un caballero en Francia. Esta renombrada institución le pedia a cambio una obediencia incondicional al rey Luis XII y no oponerse jamás a ningún otro miembro de la orden.

Alejandro VI todavía no sabía nada de la buena nueva. El sumo pontífice aún estaba desalentado por el rechazo sufrido por su hijo de parte de la otra Carlota, la princesa de Nápoles. Además, dudaba que encontrara otra dama que estuviera dispuesta a entregar su mano a su intrépido hijo. Sin embargo, de repente, recibió una grata sorpresa de parte de un caballero del séquito de César. El hombre de confianza del duque de Valentinois se llamaba Juanito García, que había recorrido en unos pocos días la distancia entre Blois y Roma portando el comunicado sobre los esponsales. Juanito pidió una audiencia con el Papa para entregarle la misiva con el escudo de su hijo, en la que éste le anunciaba su matrimonio con una "princesa de Francia", celebrado también en presencia de los recién casados reyes de Francia, Luis XII y Ana de Bretaña.



Fragmento de la obra "La Disputa de Santa Catalina" de Pinturicchio (1492-94). Aposentos de los Borgia en el Vaticano.



Juanito cumplió su cometido lo más rápido que pudo, se había ido de Blois el 13 de mayo y el 23 ya estaba en Roma. La carta de César, debido a las prisas, era breve y concisa respecto a lo que en ella figuraba. El duque añadía en la misma su afecto de hijo obediente y leal, en el que narraba el feliz desenlace en la noche de bodas en el lecho nupcial. Asimismo, para el deleite de Alejandro VI, el mensajero le contaría al detalle los pormenores de aquella fastuosa ceremonia.

Rodrigo Borgia estaba impaciente por saberlo todo y no dudó en hacerle toda clase de preguntas. Dicen algunos exagerados cronistas de la época que el relato duró nada más y nada menos que siete largas horas. Le explicó que la novia de diecisiete años de edad era la joya de la corte de Francia, además de ser la descendiente de una vieja e ilustre familia, establecida entre el Marsan y el valle del Garona. Su padre, Alan de Albret, era el titular del ducado de Guyenne, uno de los más vastos del país galo, y del condado de Gaure y de Castres. Su hermano, Jean de Albret, era rey de Navarra desde 1494. La madre de Carlota, Françoise de Bretaña, también provenía de una ilustre estirpe ya que era pariente de la mismísima Ana de Bretaña, condesa de Périgord, vizcondesa de Limoges y señora de Avesnes. El duque Alan fue incluso el que propuso la unión, no obstante, a lo largo de las negociaciones, se hizo un poco derogar para sacar provecho de la situación.


El duque de Guyenne permitió que los representantes de ambas partes empezaran a acordar el pacto. Luego, expuso sus tajantes condiciones: su hija renunciaría a todos sus derechos de sucesión en su casa, sin embargo, en el caso de que se quedara viuda, por el contrario heredaría todos los bienes de su esposo. Para colmo la dote era más bien modesta: 30 mil libras tornesas, aparte el importe no se abonaría en el acto; se dividiría en varias prestaciones a lo largo de un período de dieciséis años.


César hizo todo lo que estuvo a su alcance para complacer a la ambiciosa familia de su prometida. Le daría a Carlota veinte mil ducados en joyas y grandes favores a sus parientes. Luis XII también contribuyó en el asunto, entregando al propio César la suma de 100.00 libras como parte de la dote que el padre de la novia no se podía permitir. Además, el rey de Francia tuvo que hacerse cargo a su vez de prometer al rey de Navarra el capelo cardenalicio para Amadeo de Albret, otro de los hermanos de la futura esposa.


Carlota de Albret era una joven por la que se mereciera luchar. Bella, inteligente, dama de honor de la reina Ana, educada en su corte. El destino finalmente uniría al toro de los Borgia con el león de los Albret. Ambos escudos se asemejaban entre sí; los dos poseían los colores amarillo y rojo, una combinación explosiva donde las haya. César estaba exultante de felicidad, era todo lo que él siempre había soñado: una dama virtuosa, discreta y dulce. Había arrebatado su corazón con su encanto juvenil y exquisitos modales.



Fragmento de una de las ímagenes de la Epistola de Ana de Bretaña y Luis XII. Manuscrito iluminado por Bourdichon. Primera década del siglo XVI


El contrato matrimonial fue firmado en presencia de los reyes de Francia y de los más ilustres nobles de la corte el 10 de mayo de 1499 en el castillo de Amboise. Acto seguido se trasladaron todos a Bois donde se celebrarían los esponsales.


Continuará...


Bibliografía

Catalán Deus, José: El Príncipe del Renacimiento: vida y leyenda de César Borgia, Debate, Barcelona, 2008.

http://www.kimiko1.com/research-16th/TudorWomen/1500/AnneBrittanyEpstl1D2.html

miércoles 16 de marzo de 2011

Los últimos días de Ana Bolena: 11ª Parte


Los hermanos Bolena son llevados a juicio

El lunes 15 de mayo de 1536 se llevó a cabo el juicio de lord Rochford y de la reina Ana en la Gran Sala de la Torre de Londres. No fue un litigio a puerta cerrada. El embajador Chapuys calculó que unas 2000 personas asistieron al funesto evento, para las cuales se construyeron plataformas especiales. Cabe mencionar, que ninguno de los veintiséis pares del reino que participaron en el juicio era desconocido para el hermano y la hermana, y con algunos además les unía un vínculo muy estrecho.

El tío de ambos, Thomas Howard, el astuto duque de Norfolk, lo presidió como gran administrador que era. Sorprendentemente, dicen que Norfolk se emocionó ante el trágico final de sus sobrinos, no pudo contener el llanto, "el agua corría por sus ojos". Otro que fue convocado a colaborar en el pleito fue Henry Parker, conocido como lord Morley, padre de Jane Parker, por lo tanto suegro de lord Rochford.

Asimismo, contaron con la presencia de Henry Percy, conde de Northumberland, que inesperadamente tuvo que ausentarse del proceso alegando una repentina indisposición y se marchó antes de que concluyeran las actuaciones. Obviamente, sería un mal trago para lord Percy, si recordamos lo supuestamente enamorados que él y la reina estuvieron en el pasado. Ver romance entre Ana Bolena y Henry Percy en entradas anteriores:

http://carolbjca.blogspot.com/2009/03/el-romance-entre-ana-bolena-y-henry.html

http://carolbjca.blogspot.com/2009/03/el-romance-entre-ana-bolena-y-henry_31.html


¿Dónde estaba Sir Thomas Bolena, conde de Wiltshire, mientras sus hijos se exponían ante un tribunal? Mismo que Sir Thomas fue excusado de la tarea de condenar a sus propios hijos, no tenemos constancia de que este caballero que había sido fiel seguidor de Su Majestad el rey durante su vida adulta ( y que intentaba seguir siéndolo) actuara en defensa de su familia. En realidad, denunció las acciones contra el monarca de los presuntos confabuladores, tal vez hasta las de sus propios vástagos.





La entereza de la reina Ana y la audacia de lord Rochford

Ana Bolena y su hermano George no consiguieron huir de un desenlace brutal. También ellos fueron sentenciados a morir, a pesar de suplicar su inocencia. Ambos conocidos por su inteligencia e ingenio, impresionaron a la expectante audiencia con su coraje y bravura ante lo inevitable.

Cuando le tocó a la reina ponerse a merced de los pares del reino, ésta llevaba ya dos semanas encarcelada en la Torre. La habían escoltado hasta allí el contestable de la Torre, lord Kingston, y el lugarteniente del recinto. También la acompañaban lady Kingston y su tía lady Bolena. Fue necesario detallar las causas y el origen de cada uno de los adulterios cometidos. Se alegaba en el proceso que uno de ellos había ocurridos un mes después del nacimiento de la princesa Elizabeth, y otro un mes antes del mal parto acaecido el 29 de enero. Asimismo, se especificaba con gran riqueza de detalles las fechas en que fue pactado mandar asesinar al rey Enrique y los intentos de envenenar a la reina Catalina y su hija María, entre otros cargos más.

Ana mantuvo su entereza durante el duro percance. Mientras la interrogaron permaneció inquebrantable como una roca, portándose como se estuviera recibiendo un gran honor. Su semblante hablaba por sí solo, y al contemplarla de cerca resultaba complicado convencerse de que fuera realmente culpable. Según el heraldo Charles Wriothesley, que se hallaba presente," dio prudentes y discretas respuestas a sus acusadores"."Sus palabras - dijo una persona afuera de la sala - movieron a compasión a sus enemigos más encarnizados".



No obstante, las pruebas que se exponían no eran suficientemente convincentes como para ocasionar un cambio de postura entre los miembros de jurado. No cabe duda que era inocente de los cargos que se le imputaban. Ana Bolena nunca admitió haber cometido delito alguno y las evidencias en su contra dejaban mucho que desear. Según Antonia Fraser, "eran una mezcla de verdades a medias y de mentiras descaradas". No es muy verosímil que la reina arriesgara su posición para aventurarse en un idilio amoroso con uno de sus cortesanos.

¿Sería ella tan necia? ¿Echaría todo a perder por vivir un romance con Mark Smeaton, por ejemplo? Ana le gustaba el juego del amor cortés, pero ya pasar a otro nivel de intimidad creo poco probable. Enrique VIII la había elevado a lo más alto, había puesto todo una nación de patas arriba, rompiendo con Roma y arrinconando a Catalina de Aragón, una esposa devota e incondicional. ¿Por qué defraudaría al soberano que había dado todo por ella? Es imposible que deseara la destrucción del único hombre de cuyo favor dependía por completo, el rey. Su incapacidad para darle hijos varones sanos fue el detonante de su caída en desgracia. Ana Bolena no tenía a nadie que la protegiera para impedir su cruel destino. No era princesa de España, ni hija de Isabel la Católica, ni tía de un emperador. Todo el poder que ostentaba hasta la fecha se lo debía al rey.



El juicio de George Bolena, lord Rochford, siguió al de la reina. Lo acusaban de cometer incesto con su hermana. Las pruebas contra ambos eran patéticas. La acusación estaba basada en el hecho de haber estado a solas con su hermana durante unas horas y en una ocasión. Comentarios que surgieron mucho después de estos hechos alegaban que Ana deseando mucho tener un hijo varón que sucediera a su padre, y percibiendo que su esposo no la podía contentar, usó su hermano (entre otros) para concebir un hijo. Sin embargo, tal relato era muy distinto de la prueba presentada en su día. La esposa de Rochford, se refirió a una "indebida familiaridad" entre hermana y hermano. Nada más. Inmerso en su amargura, George afirmó con vehemencia antes sus jueces: "Sobre la evidencia de sólo una mujer estáis dispuestos a creer ese gran mal de mí".





Pero no era solo de incesto que le incriminaban; se murmuraba que se había burlado de su soberano y de las baladas y trajes de éste. Además, George aún fue más allá, causando revuelo en el litigio cuando, al pasarle Cromwell un papel y decirle que contestara sin revelar lo que estaba escrito en él, leyó en voz alta lo que su esposa, lady Jane Bolena, había testificado: que la reina había confesado que el monarca era impotente. Fue una insensatez de su parte haber obrado de aquella manera, solo hizo que empeorar las cosas. Sí cabía la posibilidad de que las acusaciones de incestos fueran absurdas, la relativa a la falta de vigor sexual del rey podrían resultar ciertas. Acto seguido, al cuestionarle si había expresado dudas de que Elizabeth fuera hija de Enrique, Rochford se negó a responder e incriminarse. Por otro lado, no hubo ningún intento de evidenciar que se estaba urdiendo un plan para matar al rey.






Se dicta la sentencia

La sentencia pronunciada por Norfolk, fue unánime entre los 26 pares del reino y la misma en ambos casos: la reina y su hermano debían ser quemados o ejecutados de acuerdo con el deseo del rey. Ambos habían negado su culpabilidad. Tras proclamarse el veredicto, los dos admitieron formalmente que merecían el castigo. Era la costumbre de la época: proporcionaba la posibilidad que se les concediera el perdón y evitar la confiscación de propiedades. Podían pedir clemencia, aunque no se la permitieron.

Aquella misma noche después del tenso juicio, Sir Francis Bryan transmitió la noticia de la condena de Ana a Jane Seymour, que estaba en Hampton Court, y poco después llegó el rey en persona a cenar, después de hacer el recorrido por el Támesis con un clima casi festivo.




Continuará...


Bibliografía:

Denny, Joanna: Anne Boleyn: A new life of England´s tragic Queen, Portrait Books, London, 2005.

Fraser, Antonia: Las seis esposas de Enrique VIII, Ediciones Web, Barcelona, 2007.

Hackett, Francis: Enrique VIII y sus seis mujeres, Editorial Juventud S.A., Barcelona, 1975.

Hart, Kelly: The Mistresses of Henry VIII, The History Press, 2009.

Weir, Alison: Enrique VIII el rey y la corte, Círculo de Lectores, Barcelona, 2004.