
Una Caída Súbita
Seis días antes de su entrevista con Mark Smeaton, Cromwell había visitado el monarca y pedido urgentemente determinados poderes extraordinarios. Rogó que también fuese constituido un comité, formado por los consejeros más favorecidos y dignos de confianza y algunos jueces, cuyo objeto fuera investigar todos aquellos actos que pudieran ser considerados como una traición, "cualquiera que fuese el culpable", y juzgar luego a los acusados en sesiones especiales. Enrique nombró a sus favoritos: Norfolk, Suffolk, Audley, Wiltshire (Sir Thomas Bolena), Fitzwilliam, Sandys y Paulet.
La caída en desgracia de Ana Bolena fue brusca y repentina. El 30 de abril de 1536, mientras ella asistía una pelea de perros en el parque de Greenwich, Cromwell presentó al rey pruebas tremendamente alarmantes que ponían en evidencia el supuesto juego de seducción empleado por Ana para atraer a Smeaton y otros miembros de la Cámara Privada, entre ellos su propio hermano, George Bolena. Además, para mayor asombro del soberano, su esposa había tramado un regicidio contra su real persona, con el propósito de casarse con uno de sus amantes y gobernar en calidad de regente del hijo que esperaba.


Enrique VIII no pudo disimular su desconcierto ante semejante revelación. Era algo totalmente espantoso, no acababa de entender como su consorte pudo cometer un desatino de tal magnitud. Sin embargo, las pruebas eran bastante claras y convincentes como para despertar serias dudas sobre la paternidad de su hijo y para poner en evidencia la verdadera reputación de su reina. La conspiración urdida por Cromwell y el embajador Chapuys, como representante del emperador Carlos V, empezaba a dar sus frutos. Su intención era derrocar cuando antes a los Bolena, sustituyendo a Ana Bolena por la moldeable Jane Seymour y revertir todas las reformas religiosas que implicaron la ruptura con Roma. Ahora el monarca vislumbraba todo claramente, había sido ultrajado y humillado como esposo y como soberano sin ningún tipo escrúpulos.
Thomas Cromwell había obtenido la mayor parte de sus testimonios interrogando a los miembros de la casa de Ana, especialmente a la damas de su Cámara Privada, las cuales, según afirmó, estaban tan escandalizadas por sus crímenes que eran incapaces de ocultarlos por más tiempo. En el proceso lo que había descubierto se calificó de "obsceno y lascivo" y sólo se conservan fragmentos, aunque suficientes para demonstrar de que todas las pruebas contra Ana se fundamentaron en insinuaciones y rumores. No obstante, fueron más que suficientes para persuadir a un hombre tan receloso como el rey.


La Súplica y la Indiscreción de la Reina
El 30 de abril en el palacio de Greenwich, después de la funesta entrevista con Cromwell, se contempló al rey y la reina aparentemente discutiendo. Ana tenía a Elizabeth en brazos y daba la impresión que suplicaba algo a Enrique, que presentaba aspecto enojado.

Aquel mismo día el concejo permaneció reunido hasta la noche en "prolongada conferencia" y una multitud se congregó en el palacio al percatarse de que "se estaba tratando de alguna cuestión profunda y difícil".
Asimismo, aquel día Ana había reprochado a Sir Henry Norris el hecho de que todavía no había desposado a Madge Shelton; Norris replicó que quería "esperar un poco" pero la reina interpretó que su respuesta evasiva daba a entender que la causa de su demora era nada más y nada menos que ella.
-¡Esperáis que alguien se muera! - le dijo Ana -. Porque si algo malo le pasara al rey, vendríais a por mí.
Norris quedó escandalizado ante la indiscreción de la reina y declaro tajantemente que, si alguna vez se le ocurriera algo así, "desearía que le cortasen la cabeza". Ana lo encontró divertido y contestó que podía causar su perdición si lo deseaba, pero de repente se dio cuenta que había otras personas escuchándoles y ordenó a Norris que fuera a ver a Limosnero, John Skip, y jurase que ella "era una mujer buena". Antes de que pasaran tres días los chismosos que presenciaron lo sucedido habían propagado esa conversación por todos los rincones del palacio. Cuando Cromwell supo de ese asunto, lo añadió a su proceso de investigación, afirmando que ella había pretendido matar al rey. Lo que provocó que el episodio con Norris fuera tan peligroso para la reputación de Ana era la asfixiante tensión que se respiraba en la corte en aquellos cruciales momentos. El hecho de la que la reina fuera la causante de lo sucedido solo hizo que empeorar más la situación.
Eso solo hizo que incrementar el enfado del rey aquel mismo día. Se presume que Enrique VIII fue avisado también por Cromwell de la controvertida conversación que mantuvieron su esposa y Sir Henry Norris, y Ana, intentando defender su posición, le suplicó que no le diera importancia a esas sórdidas calumnias. El rey ya no creía en nada más, los rumores estaban envenenando su cerebro y los celos le estaban carcomiendo por dentro. ¿Quién era la dama que se había atrevido a preferir el cariño de otros hombres al suyo?
Continuará...
Bibliografía:
Denny, Joanna: Anne Boleyn: A new life of England´s tragic Queen, Portrait Books, London, 2005.
Hackett, Francis: Enrique VIII y sus seis mujeres, Editorial Juventud S.A., Barcelona, 1975.
Ives, Eric: Anne Boleyn, Basil Blackwell, Oxford, 1988.
Warnicke, Retha M.: The rise and fall of Anne Boleyn: family politics at court of Henry VIII, Canto, Cambrige University Press, 1996.
Weir, Alison: Enrique VIII el rey y la corte, Círculo de Lectores, Barcelona, 2004.
Thomas Cromwell había obtenido la mayor parte de sus testimonios interrogando a los miembros de la casa de Ana, especialmente a la damas de su Cámara Privada, las cuales, según afirmó, estaban tan escandalizadas por sus crímenes que eran incapaces de ocultarlos por más tiempo. En el proceso lo que había descubierto se calificó de "obsceno y lascivo" y sólo se conservan fragmentos, aunque suficientes para demonstrar de que todas las pruebas contra Ana se fundamentaron en insinuaciones y rumores. No obstante, fueron más que suficientes para persuadir a un hombre tan receloso como el rey.


La Súplica y la Indiscreción de la Reina
El 30 de abril en el palacio de Greenwich, después de la funesta entrevista con Cromwell, se contempló al rey y la reina aparentemente discutiendo. Ana tenía a Elizabeth en brazos y daba la impresión que suplicaba algo a Enrique, que presentaba aspecto enojado.

Aquel mismo día el concejo permaneció reunido hasta la noche en "prolongada conferencia" y una multitud se congregó en el palacio al percatarse de que "se estaba tratando de alguna cuestión profunda y difícil".
Asimismo, aquel día Ana había reprochado a Sir Henry Norris el hecho de que todavía no había desposado a Madge Shelton; Norris replicó que quería "esperar un poco" pero la reina interpretó que su respuesta evasiva daba a entender que la causa de su demora era nada más y nada menos que ella.
-¡Esperáis que alguien se muera! - le dijo Ana -. Porque si algo malo le pasara al rey, vendríais a por mí.
Norris quedó escandalizado ante la indiscreción de la reina y declaro tajantemente que, si alguna vez se le ocurriera algo así, "desearía que le cortasen la cabeza". Ana lo encontró divertido y contestó que podía causar su perdición si lo deseaba, pero de repente se dio cuenta que había otras personas escuchándoles y ordenó a Norris que fuera a ver a Limosnero, John Skip, y jurase que ella "era una mujer buena". Antes de que pasaran tres días los chismosos que presenciaron lo sucedido habían propagado esa conversación por todos los rincones del palacio. Cuando Cromwell supo de ese asunto, lo añadió a su proceso de investigación, afirmando que ella había pretendido matar al rey. Lo que provocó que el episodio con Norris fuera tan peligroso para la reputación de Ana era la asfixiante tensión que se respiraba en la corte en aquellos cruciales momentos. El hecho de la que la reina fuera la causante de lo sucedido solo hizo que empeorar más la situación.
Eso solo hizo que incrementar el enfado del rey aquel mismo día. Se presume que Enrique VIII fue avisado también por Cromwell de la controvertida conversación que mantuvieron su esposa y Sir Henry Norris, y Ana, intentando defender su posición, le suplicó que no le diera importancia a esas sórdidas calumnias. El rey ya no creía en nada más, los rumores estaban envenenando su cerebro y los celos le estaban carcomiendo por dentro. ¿Quién era la dama que se había atrevido a preferir el cariño de otros hombres al suyo?
Continuará...
Bibliografía:
Denny, Joanna: Anne Boleyn: A new life of England´s tragic Queen, Portrait Books, London, 2005.
Hackett, Francis: Enrique VIII y sus seis mujeres, Editorial Juventud S.A., Barcelona, 1975.
Ives, Eric: Anne Boleyn, Basil Blackwell, Oxford, 1988.
Warnicke, Retha M.: The rise and fall of Anne Boleyn: family politics at court of Henry VIII, Canto, Cambrige University Press, 1996.
Weir, Alison: Enrique VIII el rey y la corte, Círculo de Lectores, Barcelona, 2004.





