viernes 20 de agosto de 2010

Los últimos días de Ana Bolena: 7ª Parte


Una Caída Súbita

Seis días antes de su entrevista con Mark Smeaton, Cromwell había visitado el monarca y pedido urgentemente determinados poderes extraordinarios. Rogó que también fuese constituido un comité, formado por los consejeros más favorecidos y dignos de confianza y algunos jueces, cuyo objeto fuera investigar todos aquellos actos que pudieran ser considerados como una traición, "cualquiera que fuese el culpable", y juzgar luego a los acusados en sesiones especiales. Enrique nombró a sus favoritos: Norfolk, Suffolk, Audley, Wiltshire (Sir Thomas Bolena), Fitzwilliam, Sandys y Paulet.

La caída en desgracia de Ana Bolena fue brusca y repentina. El 30 de abril de 1536, mientras ella asistía una pelea de perros en el parque de Greenwich, Cromwell presentó al rey pruebas tremendamente alarmantes que ponían en evidencia el supuesto juego de seducción empleado por Ana para atraer a Smeaton y otros miembros de la Cámara Privada, entre ellos su propio hermano, George Bolena. Además, para mayor asombro del soberano, su esposa había tramado un regicidio contra su real persona, con el propósito de casarse con uno de sus amantes y gobernar en calidad de regente del hijo que esperaba.




Enrique VIII no pudo disimular su desconcierto ante semejante revelación. Era algo totalmente espantoso, no acababa de entender como su consorte pudo cometer un desatino de tal magnitud. Sin embargo, las pruebas eran bastante claras y convincentes como para despertar serias dudas sobre la paternidad de su hijo y para poner en evidencia la verdadera reputación de su reina. La conspiración urdida por Cromwell y el embajador Chapuys, como representante del emperador Carlos V, empezaba a dar sus frutos. Su intención era derrocar cuando antes a los Bolena, sustituyendo a Ana Bolena por la moldeable Jane Seymour y revertir todas las reformas religiosas que implicaron la ruptura con Roma. Ahora el monarca vislumbraba todo claramente, había sido ultrajado y humillado como esposo y como soberano sin ningún tipo escrúpulos.

Thomas Cromwell había obtenido la mayor parte de sus testimonios interrogando a los miembros de la casa de Ana, especialmente a la damas de su Cámara Privada, las cuales, según afirmó, estaban tan escandalizadas por sus crímenes que eran incapaces de ocultarlos por más tiempo. En el proceso lo que había descubierto se calificó de "obsceno y lascivo" y sólo se conservan fragmentos, aunque suficientes para demonstrar de que todas las pruebas contra Ana se fundamentaron en insinuaciones y rumores. No obstante, fueron más que suficientes para persuadir a un hombre tan receloso como el rey.




La Súplica y la Indiscreción de la Reina

El 30 de abril en el palacio de Greenwich, después de la funesta entrevista con Cromwell, se contempló al rey y la reina aparentemente discutiendo. Ana tenía a Elizabeth en brazos y daba la impresión que suplicaba algo a Enrique, que presentaba aspecto enojado.



Aquel mismo día el concejo permaneció reunido hasta la noche en "prolongada conferencia" y una multitud se congregó en el palacio al percatarse de que "se estaba tratando de alguna cuestión profunda y difícil".

Asimismo, aquel día Ana había reprochado a Sir Henry Norris el hecho de que todavía no había desposado a Madge Shelton; Norris replicó que quería "esperar un poco" pero la reina interpretó que su respuesta evasiva daba a entender que la causa de su demora era nada más y nada menos que ella.

-¡Esperáis que alguien se muera! - le dijo Ana -. Porque si algo malo le pasara al rey, vendríais a por mí.

Norris quedó escandalizado ante la indiscreción de la reina y declaro tajantemente que, si alguna vez se le ocurriera algo así, "desearía que le cortasen la cabeza". Ana lo encontró divertido y contestó que podía causar su perdición si lo deseaba, pero de repente se dio cuenta que había otras personas escuchándoles y ordenó a Norris que fuera a ver a Limosnero, John Skip, y jurase que ella "era una mujer buena". Antes de que pasaran tres días los chismosos que presenciaron lo sucedido habían propagado esa conversación por todos los rincones del palacio. Cuando Cromwell supo de ese asunto, lo añadió a su proceso de investigación, afirmando que ella había pretendido matar al rey. Lo que provocó que el episodio con Norris fuera tan peligroso para la reputación de Ana era la asfixiante tensión que se respiraba en la corte en aquellos cruciales momentos. El hecho de la que la reina fuera la causante de lo sucedido solo hizo que empeorar más la situación.

Eso solo hizo que incrementar el enfado del rey aquel mismo día. Se presume que Enrique VIII fue avisado también por Cromwell de la controvertida conversación que mantuvieron su esposa y Sir Henry Norris, y Ana, intentando defender su posición, le suplicó que no le diera importancia a esas sórdidas calumnias. El rey ya no creía en nada más, los rumores estaban envenenando su cerebro y los celos le estaban carcomiendo por dentro. ¿Quién era la dama que se había atrevido a preferir el cariño de otros hombres al suyo?

Continuará...

Bibliografía:

Denny, Joanna: Anne Boleyn: A new life of England´s tragic Queen, Portrait Books, London, 2005.

Hackett, Francis: Enrique VIII y sus seis mujeres, Editorial Juventud S.A., Barcelona, 1975.

Ives, Eric: Anne Boleyn, Basil Blackwell, Oxford, 1988.

Warnicke, Retha M.: The rise and fall of Anne Boleyn: family politics at court of Henry VIII, Canto, Cambrige University Press, 1996.

Weir, Alison: Enrique VIII el rey y la corte, Círculo de Lectores, Barcelona, 2004.

miércoles 11 de agosto de 2010

La pasión contenida de Margarita de Angulema


Margarita de Angulema, obra de Jean Clouet (Aprox 1527)


Guillaume Gouffier, señor de Bonnivet (1488-1525) fue uno de los grandes compañeros de aventuras de Francisco I de Francia y unos de los gentilhombres más poderosos de la nación, siendo nombrado Almirante de Francia en 1515. A igual que su amo y rey, siempre estaba metido en líos de faldas y su galantería era de sobra conocida entre las damas de la corte. No le asustaba nada y atropellaba todo cuanto se cruzaba en su camino. Una mujer, tanto si era casada, como soltera, como viuda, no escapaba de su mira y la asechaba tal y como un halcón embiste a su presa. El amor para él era un juego que se ganaba con amabilidades y alabanzas. Alcanzado su fin, sus amores duraban lo que las flores del campo tardaban en marchitar. Sin embargo no se olvidaba por esto de la mayor de sus conquistas, aquella en la que había puesto el corazón, la hermana del heredero al trono, que muy en breve sería la esposa de Gaston de Foix, Margarita de Angulema (1492-1549).


Guillaume Gouffier de Bonnivet retratado por Jean Clouet en 1516


De 1506 a 1512, volvió raras veces a Francia. En su primer regreso, el primero de sus propósitos fue visitar con asiduidad a Luisa de Saboya, madre de Francisco y Margarita, que veía con muy buenos ojos a la familia de Gouffier. Ella sentía la misma dicha que su hijo en verle y escucharle. Los sentimientos de él para con Margarita eran difíciles de ocultar. La llama que ardía en su corazón era tan intensa que no podía evitar que se sonrojaran sus mejillas o que brillaran intensamente sus ojos. Demasiado cauto para acercársele de un modo directo, contentábase cortejándola platónicamente, pero con tal pasión, que esta vez la joven atisbó claramente el sentimiento que consumía la existencia de su pretendiente. Bonnivet para darle celos no dudó en lanzarse a una aventura amorosa con una de las damas de honor de su entorno.

Sin embargo, Margarita estaba enamorada en su adolescencia de Gastón de Foix (1489-1512) su prometido y sobrino del rey Luis XII. Desgraciadamente, hubo un cambio de planes ya que la familia de Gastón se alió con España. Su hermana Germana se casaría con Fernando, el Católico y los derechos sobre Navarra obligarían más tarde una unión imperiosa con el reino vecino. Margarita fue obligada a aceptar a otro pretendiente por orden de Luis XII, Carlos IV, duque de Alençon.
La hermana de Francisco se sentía muy desdichada por entregarse a un matrimonio sin amor y por ello no pudo disimular su amargura:

- Alabado sea Dios - dijo Margarita, - pero prefería la muerte. La boda se preparó para fines de 1509, cuidando de no traicionar sus sentimientos, "tanto se contuvo, que sus lágrimas que invadían su corazón, le provocaron una hemorragia nasal tan abundante que puso en peligro su vida". Ella tenía entonces diecisiete años y el novio veinte. Mismo siendo de una edad similar, Margarita lo consideraba un iletrado que no llegaba a la suela de su zapato, a pesar de ser de noble cuna.

La vida de su primer año de casada, "fue casi peor que la muerte". Además, su anterior prometido, Gastón, murió en la Batalla de Rávenna en Italia, tres años más tarde, en 1512. Ahora sí todas sus esperanzas se había desvanecido y no sentía más ganas de luchar.


Grabado del siglo XIX de Gastón de Foix, duque de Nemours

El regreso a Francia de Bonnivet abrió un nuevo capítulo en la vida de Margarita. Presentósele repentinamente, a media noche, para ver a Margarita. Ella le correspondió con un cálido abrazo.Este abrazo tenía un fondo de apasionado pesar por el desaparecido Gastón. Bonnivet, convencido de que iba a ser admitido como amante perfecto y verdadero, preparábase a recibir dignamente su conquista, sin tener en cuenta que estaba comprometido con una dama de la corte al servicio de Margarita. Pero inesperadamente le dieron la notícia que tenía que presentarse ante el rey Luis XII. Extrañamente se desmayó. Alençon ordenó que su esposa fuera a atender el enfermo. Bonnivet fingiendo estar desvanecido, "se dejó caer en sus brazos". Ella lo sostuvo. "Apoyándose sobre ella quiso apoderarse de lo que el honor de una dama prohibe." Margarita pidió socorro. Entró el hermano de Bonnivet, al que no tardaron en mandar buscar medicinas.



Margarita de Angulema, duquesa de Alençon


Aprovechando su ausencia el indigno enamorado. olvidando nuevamente todo platonismo, exclamó: ¿Ahora que está usted casada y que su honor está a salvo, que mal hay que tome lo que es mío?

La duquesa de Alençon luchaba entre el deseo que le inspiraba aquel apasionado diablo y "mi honor y mi consciencia", como decía. Aquel hombre le despertaba un ardor incontenible mismo contra su voluntad, era inevitable sucumbir a sus encantos. Aquel asalto la agitó hasta lo más profundo, aunque sabía que no le convenía, era un conquistador empedernido, pero Margarita hizo un esfuerzo y luchó contra su propia debilidad. Después de haberlo rechazado, a medida que la noche avanzaba, "no podía hacer otra cosa que llorar."

Al volver a rencontrarse, estaba él muy resentido por aquellos "admirables escrúpulos de conciencia". Tenía que pertenecerle ni que fuera a la fuerza. Sin embargo, Margarita estaba dispuesta a huir de la primera de sus "prisiones". Defenderíase a sí misma, costara lo que costara, contra su pasión por Bonnivet, o su deseo, "como ella misma lo juzgaba". Si él hubiese sabido despertar su ternura, todo habría sido muy distinto.


Bibliografía:

Hackett, Francis: Francisco I, rey de Francia, Editorial Planeta de Agostini, Barcelona, 1995.

http://es.wikipedia.org/wiki/Margarita_de_Angulema


http://es.wikipedia.org/wiki/Guillaume_Gouffier_de_Bonnivet


miércoles 4 de agosto de 2010

Erasmo de Rotterdam conoce a un "genio universal"


Erasmo de Rotterdam (1466/69 - 1536). Retrato de Hans Holbein (1523)


En 1499, Tomás Moro acompañó a Erasmo a visitar a los hijos de Enrique VII y Elizabeth York en el palacio de Eltham. Entonces, el príncipe Enrique solo tenía ocho años de edad, sin embargo, ya demostraba poseer un nivel cultural superior a los chicos de su misma edad. A raíz de recibir del joven príncipe misivas redactadas en Latín, Erasmo quedó desconcertado y decidió finalmente ir a conocer a ese niño tan erudito. El humanista holandés sospechaba que los perceptores del príncipe le ayudaban a escribir las cartas, y más adelante se llevó una grata sorpresa al descubrir por Lord Mountjoy, discípulo suyo y mentor del pequeño Enrique, que era obra del niño y de nadie más. Posteriormente se sentiría halagado al presenciar que el estilo de Enrique imitaba el suyo ya que en tu tierna juventud había leído varios de sus libros.



Enrique VIII cuando era niño (1498)


A Erasmo le impacto la desenvoltura del niño y éste, la inversa, apreció el nuevo latín, simplificado y racional, que proponía el sabio Erasmo. No obstante, el escritor de Elogio de la Locura también pudo constatar por sí mismo el temperamento avasallador que daría muestras Enrique VIII en su edad adulta. Sin importar el protocolo reinante en la época, se presentó ante el pequeño sin versos laudatorios (Thomas Moro, por el contrario, llevaba los suyos bien preparados). El joven príncipe comprendió la situación, aunque no consintíó semejante desdén. Se suponía que él era el futuro de la casa Tudor y merecía todo tipo de alabanzas. No olvidemos que entonces era el segundo en la línea sucesoria y le habían otorgado el título de duque de York, solo detrás de su hermano Arturo, príncipe de Gales. Enrique insistió que le complacería tanto leer un homenaje suyo que Erasmo pasó los tres días siguientes escribiéndolo hasta tenerlo listo. Como el erudito reconocería más tarde, "en parte por verguenza y en parte por vejación". Erasmo, que en modo alguno era adulador, llamaría a Enrique VIII, "genio universal" cuando avanzaran en su relación, impresionado por la variedad de sus talentos. Representaba en su opinión, el ideal de príncipe renacentista.

Bibliografía:

Weir, Alison: Enrique VIII el rey y la corte, Círculo de Lectores, Barcelona, 2004.

Dossier sobre Enrique VIII (El joven Tudor, escrito por Julián Elliot).Revista Historia y Vida, nº500, Noviembre de 2009.