lunes 31 de mayo de 2010

Los últimos días de Ana Bolena: 4ª Parte


La alianza con Emperador



El emperador estaba dispuesto a aceptar de una vez " la continuación del último matrimonio" del rey Enrique con Ana Bolena a cambio que la hija de su tía Catalina, María, fuera declarada legítima. Cromwell estaba convencido de que, dada la amenaza de excomunión, una alianza con el imperio era imprescindible para el bienestar de Inglaterra, e incluso la facción de los Bolena prefería dejar a un lado un posible acuerdo con Francia y pactar con Carlos V.



Cromwell versus Ana

A finales de marzo Chapuys había oído decir que Cromwell había reñido con la reina, probablemente por haber accedio a desocupar sus aposentos para que los Seymour se instalasen en ellos. Eso fue la gota que colmó el vaso. Ésa era la señal oficial que Cromwell se había unido a ellos para librarse de Ana Bolena. Además, esa decisión favorecía inmensamente al rey. Se dice que podría acceder a esas habitaciones "por ciertas galerías sin ser visto". Cromwell afirmaría más adelante que " ése fue el exacto momento en que se dio cuenta de que la presencia de Ana como reina amenazaba la seguridad del reino, y la suya propia como secretario".



Cromwell no ocultó a Chapuys el enfrentamiento con Ana el 1 de abril y le aseguró que la reina le odiaba y quería mandarle al cadalso. Preguntó al embajador qué pensaría Carlos V si el rey volvía a casarse. Chapuys insistió que "el mundo nunca reconocería a Ana como esposa verdadera de Enrique pero que tal vez aceptaría a otra dama".


Chapuys esquiva el beso

Enrique estaba decidido a que el emperador reconociera a Ana como reina y, habiendo concedido a Chapuys una audiencia el lunes de Pascua, 18 de abril, el rey urdió un plan para que el embajador, que hasta entonces había negado a Ana la cortesía de besarle la mano, tuviera todas las oportunidades de prestarles sus respectos.

En medio de los rumores que si el monarca se casaría con Jane Seymour o con una princesa francesa, Chapuys fue invitado
durante la semana de Pascua al palacio de Greenwich, el 18 de abril de 1536. Lord Rochford, hermano de Ana, le recibió efusivamente en la entrada. Acto seguido, Cromwell le entregó un mensaje del rey en el que le invitaba a visitar a Ana y besarle la mejilla, lo cual era un alto honor que se confería sólo a quienes gozaban en gran medida del favor de los reyes. Chapuys hizo lo posible para esquivarse de la invitación, sin embargo permitió que George Bolena le acompañara a la capilla real para oír misa. Se podría considerar un hecho bastante relevante ya que habitualmente los diplomáticos no asistían misa junto a la familia real.



Cuando el rey y la reina se levantaron de sus asientos para donar sus ofrendas, Ana atisbó al embajador de pie detrás de la puerta y se volvió, "solo para hacerme una reverencia". Chapuys le contestó con el mismo gesto. Ana tenía la esperanza de hablar con Chapuys durante la comida que presidiría en sus aposentos, pero después de salir de la capilla con el rey quedó muy sorprendida al advertir que el embajador no se encontraba entre los que aguardaban ante su puerta.

-¿Por qué no entra, igual que los demás embajadores? - preguntó Ana.

- Hay buenas razones para ello - respondió Enrique, que en realidad había decidido hablar él mismo con Chapuys durante la audiencia.




Después de cenar con Ana, el rey se dirigió al salón de audiencias, donde Chapuys había comido con Rochford, y mantuvo una conversación con el embajador aprovechando la privacidad que ofrecía el hueco de una ventana. Mientras duró la entrevista, el monarca manifestó mucha hostilidad ante la alianza propuesta e insistió en que el emperador pidiera disculpas por la forma en que se había comportado con él y reconociese a Ana como reina, sorprendentemente que lo hiciera por escrito.

El Secretario indignado

Cromwell quedó consternado al escuchar las palabras del rey porque sabía que el emperador jamás aceptaría semejantes condiciones tan humillantes. El Secretario se percató de que detrás de la actitud de Enrique estaba la influencia de Ana. Al finalizar la audiencia intentó persuadir al monarca de lo contrario, diciéndole que su trato con el embajador no había sido de lo más acertado y con esa forma de actuar lo echaría todo a perder. Fue inútil. Enrique se mostró tan enfadado y propenso a poner obstáculos que Cromwell decidió que lo más conveniente sería retirarse de la corte y fingir que estaba enfermo.



Mientras Ana ostentara el poder, la alianza con España sería un hecho insostenible. Cromwell consideraba ese acuerdo algo imprescindible para la seguridad del reino y para su propio pellejo. Ana era a partir de ese instante su más temida enemiga y la mayor amenaza para su carrera, incluso para su vida.


Continuará...


Bibliografía:

Weir, Alison: Enrique VIII el rey y la corte, Círculo de Lectores, Barcelona, 2004.

Warnicke, Retha M.: The rise and fall of Anne Boleyn: family politics at court of Henry VIII, Canto, Cambrige University Press, 1996.


lunes 17 de mayo de 2010

Los últimos días de Ana Bolena: 3ª Parte


El cortejo se hace público


Enrique seguía cortejando a Jane Seymour, pero le prometía a su nueva dama que no la visitaría ni hablaría con ella "excepto en presencia de uno de sus parientes". No obstante, a pesar de todos los esfuerzos para ocultarlo, el reciente encaprichamiento del rey se hizo público. En una conversación mantenida entre Cromwell y el embajador Chapuys a finales de marzo de 1536, éste último exclamó: ¡Cuánto favorecería al rey Enrique otro matrimonio, si era cierto que lo estaba considerando! Ahí había un rey "que hasta ese momento se sentía decepcionado en cuanto a la cuestión de la descendencia masculina y que sabe muy bien que este matrimonio (presente) nunca será considerado legal." Después Cromwell replicó diciendo que era cierto que su señor "aún se inclinaba a prestarle atención a las mujeres" , pero creía que en adelante viviría honorable y puramente, continuando con su presente matrimonio".




Sin embargo, el perspicaz embajador ya estaba enterado de todo el asunto de Jane Seymour, que era precisamente por lo cual había sugerido el tema del matrimonio del rey. A Jane, por ahora, la consideraba simplemente como otra en una larga lista de queridas del rey. A pesar del decoro y la modestia de la dama, Chapuys no terminaba de creer en la intachable virtud de Jane y se lo comunicó al emperador Carlos V: "Podéis imaginar si, siendo inglesa y habiendo estado mucho tiempo en la corte, no consideraría pecado seguir siendo doncella." Añadió que había "abundantes testigos de lo contrario".




Las relaciones internacionales era otro dilema que preocupaba a Enrique VIII. Su meta principal era lograr un acuerdo entre Inglaterra y España, mientras las relaciones con Francia se volvían cada vez más tensas. El emperador ansiaba ahora establecer una alianza con el monarca inglés que se mostraba dispuesto a la conciliación. Carlos V debía tragarse como fuera el trato dado a su tía. La muerte de la reina Catalina, seguida por los rumores de que "la concubina" podría ser a su vez reemplazada, creaban una atmósfera en general favorable a un acuerdo.


Aunque nos pueda parecer que Ana Bolena ya no gozaba del favor real, su posición en los meses de febrero, marzo y abril de 1536 era sorprendentemente fuerte. En vez de causar la ruptura de la pareja real, parece ser que el aborto despertó las simpatías del rey por Ana. Por aquel entonces no tenía todavía intenciones de deshacerse de su segunda esposa, a contrario, defendería a puño y espada la posición de Ana como reina ante el Emperador. Además, la facción de los Bolena seguía dominando la corte.



Se asecha el peligro


En esa primavera de 1536, la corte inglesa era un tumultuoso emplazamiento, colmado de todo tipo de rumores de ascenso y de rumores contrarios de caída. Por lo tanto, a pesar del momentaneo apoyo de Enrique, se daba cuenta que algo no iba bien y su situación podría peligrar en un santiamén. Ana Bolena, a diferencia de Catalina de Aragón, nunca había podido construirse una base de poder, aparte de sus propios parientes (al menos uno de los cuales, el duque de Norfolk, sentía una fuerte antipatía por ella y no compartía sus ideas religiosas), mientras que por temperamento prefería desafiar antes que calmar.



Entretanto, las cuentas indican que la reina Ana continuaba manteniendo su status real. Durante ese período se encargaron seda anaranjada para un camisón y centenares de metros de cinta fina para sujetar su largo cabello. Había riendas decoradas para las mulas de la reina, cintas verdes (el color de los Tudor) para sus clavicordios y gorras caras para su bufona. Los pagos por los adornos de su "gran cama" - flecos dorados de Venecia y borlas de oro de Florencia - llaman bastante la atención, tal vez una artimaña para atraer al monarca al lecho real.





Continuará...


Bibliografía:


Fraser, Antonia: Las seis esposas de Enrique VIII, Ediciones Web, Barcelona, 2007.

Weir, Alison: Enrique VIII el rey y la corte, Círculo de Lectores, Barcelona, 2004.

jueves 13 de mayo de 2010

Los últimos días de Ana Bolena: 2ª Parte




Un súbito aborto





El 29 de enero de 1536 la reina Ana abortó. Era un bebe varón , de algo más de tres meses. Es muy probable que la reina llorase y que el rey, enfurecido y desilusionado le dijese: "Ahora veo bien claro que Dios no quiere darme hijos varones." Ana trataba de disculparse, asegurando que la emoción producida por la caída de él era lo que había provocado el súbito aborto. Envuelta en un mar de sufrimiento y desdicha por no haber podido complacer a su marido, y víctima de los celos que la consumían día tras día, le profesó estas conmovedoras palabras: "Porque os amo infinitamente más que Catalina es por lo que se me parte el corazón cuando os veo enamorar a otras." El rey le contestó indiferente: " Cuando os levantéis hablaremos."




Después comento el triste incidente a una persona de su círculo íntimo en la cámara privada, diciéndole que Dios le estaba negando un hijo varón. En la siniestra mente del monarca todo empezaba a cobrar sentido: había sido embrujado por Ana Bolena, "seducido y obligado a ese segundo matrimonio mediante sortilegios y hechizos." El embajador Chapuys, afirmó que existía la creencia general de que Ana tenía una "constitución deficiente" que le impediría tener hijos sanos. Algunos incluso ceían que en ningún momento había estado embarazada. Por lo tanto, Enrique se eximía de cualquier responsabilidad por haberse separado de su primera esposa, ahora desaparecida para siempre.

El dolor por la pérdida de su hijo era difícil de sobrellevar, además Enrique rehuía su compañía. Tal vez ya entonces Ana presentía el peligro al que se vería expuesta sino cumplía con su cometido de dar al rey un hijo sano. Al menos, Ana seguía contando con el apoyo y confianza de sus damas más allegadas; su prima Madge Shelton y Margaret Lee, hermana del poeta Thomas Wyatt. Igualmente su hermano, George Bolena, nunca dejó de permanecer a su lado en esos momentos tan delicados. Lord Rochford, de arraigadas tendencias luteranas y Embajador, poseía un carácter decido y perspicaz que podría servir de gran utilidad a Ana.

La historia se repite


Por otro lado, la relación del rey con Jane Seymour se iba afianzando cada día más. La primera reina había muerto y se acusaba a la segunda una "incapacidad total para concebir hijos varones". El embajador Chapuys se enteró de que fue la noticia de los obsequios que el Enrique había regalado recientemente a la "señorita Seymour" lo que causó el aborto de la reina Ana. Se sabe que el rey había enviado a Jane una bolsa llena de oro y una carta expresándole su admiración; y la dama, cayendo de rodillas ante el mensajero, besó la carta y la devolvió, pidiéndole que, en nombre suyo, rogase a Su Gracia tuviese en cuenta que ella no poseía más bienes que su honor y que prefería morir mil veces antes que perderlo; y que si el rey deseaba hacerle un obsequio, esperase a hacerlo cuando Dios le enviase una ocasion de contraer matrimonio.




Aquel humilde gesto, conmovió al rey y le pareció muy atractivo por la dulzura y recato que revelaba. Puede que Jane interpretara el papel de virgen virtuosa a petición de los ambiciosos Seymour. El 3 de marzo, Sir Edward Seymour fue nombrado Caballero de la Cámara Privada. Él y su hermano Thomas esperaban recibir muchos honores gracias a la relación de su hermana con el rey y ellos y sus partidarios suplicaron a Jane a no ceder a las pretensiones de su real amante, sino a extraer todas las ventajas posibles de la relación. Por lo tanto, es lógico que los Seymour y demás aliados, que eran también enemigos de Ana y partidarios de Lady María, urdieran un plan para derrocar a la reina y promover sus propios interereses. Jane que tenía creencias religiosas ortodoxas y simpatizaba con la mayor de las hijas del rey, se mostró dispuesta a cooperar con ellos.

Según una historia de una fecha posterior, Ana halló a Jane sentada sobre el regazo de su marido. Como era de esperar, la reina demostró su indignación al presenciar tan bochornosa escena. Ana echó en cara al rey lo sucedido y lo culpó de la pérdida de su bebe.



Continuará...


Bibliografía:

Fraser, Antonia: Las seis esposas de Enrique VIII, Ediciones Web, Barcelona, 2007.

Hackett, Francis: Enrique VIII y sus seis mujeres, Editorial Juventud S.A., Barcelona, 1975.

Weir, Alison: Enrique VIII el rey y la corte, Círculo de Lectores, Barcelona, 2004.

viernes 7 de mayo de 2010

Los últimos días de Ana Bolena: 1ª Parte

Durante los meses de mayo y junio, publicaremos un serie de entradas en memoria de Ana Bolena en las cuales recordaremos los últimos días previos a su injusta ejecución acaecida el 19 de mayo de 1536.

La muerte de Catalina de Aragón

El 07 de enero de 1536, fallecia, confinada y olvidada por todos, una de las reinas más queridas de Inglaterra, Catalina de Aragón. Su muerte, paradójicamente sería el ocaso de su poderosa rival, Ana Bolena. A partir de entonces, la nueva consorte se vería envuelta en un enmarañado de intrigas y traiciones que inevitablemente conllevaría a su caída en desgracia.



Enrique se emocionó levemente al saber la noticia de la muerte de Catalina. Luego exclamó: "¡Dios sea loado! Ahora quedan alejados de nosotros los temores de que surja una guerra. Ha llegado el momento de que yo pueda pactar con los franceses a mi gusto, pues temerosos de que yo firme una alianza con el Emperador, harán cuanto yo les pida".

Como sabemos, Enrique VIII era incapaz de admitir la legitimidad de su primer matrimonio y no dudó en demostrar su júbilo ante toda la corte. Dicen que Ana se vistió de amarillo porque era el color del regocijo y de la alegría. Además, el rey no consintió que, por la muerte de la anterior soberana, se suspendiese ninguna de las fiestas organizadas para aquel invierno. Llevando en brazos a su hija Elizabeth, de la misma manera que lo hiciera antes con la princesa María, recorrió las grandes salas del palacio y luego fue a la capilla para asistir a una misa solemne, mientras sonaban las trompetas, y después la enseño orgullosamente a sus cortesanos en un banquete al que siguieron bailes y justas. Enrique VIII pregonaba su alegría por todos los rincones, sin embargo, en una biografía del siglo XVII, se cuenta que el rey lloró con la última carta de Catalina. Ambos hechos podrían ser ciertos.




En enero de ese año, Ana Bolena sintiéndose libre del fantasma de Catalina , su dicha se dejaba trasparecer ante todos, pero todavía tenía otro triunfo por celebrar; estaba nuevamente encinta. Enrique VIII volvía a ilusionarse ante la perspectiva de un hijo varón y la apoyaba incondicionalmente. Si ella daba a luz a un hijo podría estar tranquila; pero ¿y si el rey sufría nuevamente un desengaño y la abandonaba? ¿Por quién? Ella conocía muy bien el encaprichamiento de su marido por la joven recatada y bondadosa Jane Seymour, que se aventuraba a utilizar en mismo juego que ella misma empleó años atrás para conquistar el inestable corazón del monarca.


Una peligrosa justa

A sus cuarenta y cuatro años, Enrique aún participaba en justas de vez en cuando, pero su carrera en las lizas finalizó bruscamente el 24 de enero de 1536 cuando, durante un torneo en Greenwich, llevando la armadura completa, fue descabalgado por un contrincante. Al caer al suelo, su caballo, que también llevaba armadura, se desplomó sobre él. " La caída fue tan fuerte que todo el mundo pensó que había sido un milagro que no se matara", informó Chapuys.




Trascurrido ese terrible infortunio, el duque de Norfolk entró de súbito en la estancia de Ana para avisarle que Enrique se había caído de su corcel, con tal fuerza, que en un principio llegaron a temer por su vida. El disgusto de la reina fue tan grande que la mantuvo convaleciente durante unos días. Desgraciadamente, el 29 de enero sufriría una de las mayores desilusiones de su vida.


Continuará...


Bibliografía:

Fraser, Antonia: Las seis esposas de Enrique VIII, Ediciones Web, Barcelona, 2007.

Hackett, Francis: Enrique VIII y sus seis mujeres, Editorial Juventud S.A., Barcelona, 1975.

Warnicke, Retha M.: The rise and fall of Anne Boleyn: family politics at court of Henry VIII, Canto, Cambrige University Press, 1996.

Weir, Alison: Enrique VIII el rey y la corte, Círculo de Lectores, Barcelona, 2004.